martes, 4 de febrero de 2025

Un lema estimulante y constructivo para un porvenir incierto. En la calle Porvenir (Con un poema de Ángel González)

 




Hay nombres de calles en la ciudad que por sí mismos transmiten optimismo. Calles con rótulos como Esperanza, Caridad, Alegría, Paraiso, Porvenir, Verdad, Enamorados, Serena, Niña Guapa, Armonía, Solidaridad, Unión, Doncellas o incluso Democracia, por nombrar algunas de ellas, tienen en común  la referencia a cualidades humanas: conducta, virtudes, emociones, cooperación, etc. Tal vez sean pocas y no sean calles principales. Varias de ellas se encuentran en barrios de tradición obrera, otras en casco antiguo. Una, Porvenir, se cruza un día cualquiera en el camino del paseante. ¿O es este quien acierta a pasar por tal vía fuera de su ruta habitual? 

A la calle Porvenir, entre Vadillos y Circular, no sé si acaba de llegarle el porvenir. De un lado, construcciones nuevas que han roto la fisonomía tradicional y antigua de la calle. Del otro, en un buen tramo una hilera de viejas edificaciones o, mejor dicho, de lo que queda de ellas con sus correspondientes solares. Misterio. Al construir los edificios altos, se supone que para no hacer angosta la calle, se generó una especie de plaza a la que da la parte de atrás de las viviendas nuevas. Embellecerla con dos murales en sus vastas medianeras no fue mala idea, teniendo en cuenta además la calidad plástica de ambos. Pero el paso del tiempo no perdona. Ya llevan unos años y han perdido color, si bien son demasiado potentes como para no pasar desapercibidos a los vecinos y transeúntes.




Sin duda la calle es humilde y no tiene arrogancia alguna. Convertida hoy en una especie de trasera de los edificios de altura. La otra acera está desasistida por una ruina larga, en suelo y tiempo. Pero es una calle representativa del viejo Valladolid barrial de una época en que la demografía de la ciudad comenzó a crecer. Me ha hecho gracia al consultar el libro Las calles de Valladolid, del que fue arquitecto municipal a caballo entre los siglos XIX y XX, Juan Agapìto y Revilla, que en las escasas lineas que la dedica comente: "Mucho fiaron en el 'porvenir' los primeros vecinos de esta calle, que en ella construyeron sus primeras viviendas, cuando se iniciaba el barrio de los Vadillos". Yo creo, al ver cómo permanece todavía ese otro lado no edificado, que el porvenir se quedó a medias, o pendiente, o anquilosado perpetuamente. Agapito y Revilla no solo se pondría de mi parte sino que inquiriría a los próceres del consistorio.




No obstante, el lema de uno de los dos murales, me ha ensanchado el corazón. No es un lema cualquiera, no anuncia ningún producto, no reclama ni salvación ni salvadores. Es una leyenda alegre, optimista, indiscutible. El porvenir se defiende hoy. ¿Se está defendiendo realmente a ese territorio inexplorado que hay por delante, en la vida y en el país, con la alegría que muestra la chica ciclista, cabellos al viento y maceta con su planta lozana y creciente? Todo un símbolo sumamente acertado por parte del diseñador de la pintura. Se hubiera merecido encontrarse en un espacio más transitado y céntrico, pero su vínculo con el nombre de la calle es indestructible.

El gran y entrañable Ángel González escribió un poema titulado 

         Porvenir

Te llaman porvenir 
porque no vienes nunca. 
Te llaman: porvenir, 
y esperan que tú llegues 
como un animal manso 
a comer en su mano. 
Pero tú permaneces 
más allá de las horas, 
agazapado no se sabe dónde. 
... Mañana! 
                  Y mañana será otro día tranquilo 
un día como hoy, jueves o martes, 
cualquier cosa y no eso
que esperamos aún, todavía, siempre.

(De su poemario Sin esperanza, con convencimiento, 1961)





El mural titulado Selfie, es obra de Diego Vicente.El titulado El porvenir, de Reskate Studio.





Hubo un tiempo en que la grafía de algunas palabras parecían traicionar la lengua castellana precisamente en una ciudad histórica de la Castilla profunda. No era el único caso el de este residuo comercial en la calle Porvenir, había más carnicerías empeñadas en ser carnecerías. Es que viene de carne, decían sus defensores en plan sabelotodo, ignorando que todo se lo debemos al latin y bastante al árabe. Ignoro si venderían los mismos productos vacunos o si también los solomillos, las carrilladas o las costillas tendrían sus peculiaridades fonéticas. Siempre me supo amargo un letrero como el de la imagen. ¿Cuántas décadas llevará en la ruina y el olvido y, afortunadamente el desuso del mal vocablo? 







sábado, 1 de febrero de 2025

Juego de las diferencias o de aquello a esto. Un edificio renovado en la calle Estación

 


No creo que se precise excesiva agudeza ocular para percibir la diferencia. Temporal y de estado físico. Que no la estética. El edificio estuvo abandonado durante casi veinte años y la decrepitud hacía mella en la fachada, y es de suponer que también en el interior. Las fotografías de antes de la reconstrucción las hice hace varios años y sirven ahora para las comparaciones. 

Pasabas por delante con cierta frecuencia y, aparte de lamentar el deterioro de un edificio que tendría aproximadamente cien años o se acercaba a esa edad y manifestaba una prestancia singular para su tiempo, temías que cayera algún trozo de cornisa o acristalamiento. En un momento dado cegaron los vanos y al menos se redujeron los riesgos. Pero el edificio seguía ahí, olvidado o no querido por propietarios o constructores.  




Hoy, por fin remozado o, mejor dicho, reconstruído, se podría decir, ha salvado la fachada que afortunadamente ha conservado íntegra su estética y probablemente una parte importante de los materiales. Se mantiene la forja de los balcones y miradores, la balaustrada de los pisos bajos, el zócalo y moldura, la doble cornisa superior de ladrillo, la puerta metálica de acceso. Y un revoco de cal en toda la fachada donde se genera un dibujo que imita sillares. En fin, no soy ningún entendido para detallar todos los elementos y como observador común se me escaparán muchos pormenores. Sin  duda lo que llama más atención es la balconada y el acompañamiento de unos miradores restaurados que, siendo una seña de identidad de edificios de otra época en nuestra ciudad, han recuperado todo su valor. Pero hay una diferencia que sí salta a la vista. La puerta no es exactamente la misma original, que disponía de dos hojas y daba a la calle Estación, porque en esa especie de chaflán semicircular hubo una puerta cochambrosa y si mal no recuerdo estuvo allí instalado un estanco de expendiduría de tabacos.

Obviamente el interior ha sido levantado íntegramente, pero no entro en el tema  y las viviendas estarán adquiridas y, esa es otra, a precios de mercado considerables. Por cierto, en la puerta figuran dos letras, F y C. Seguramente las iniciales del nombre y apellido del constructor del edificio original que no he alcanzado a saber quién fue. 













viernes, 31 de enero de 2025

Gonzalo Cancedo y su libro "La chica que leía el viejo y el mar", en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 



Viernes 31 de enero 2025. 20.00
Fundación Segundo y Santiago Montes

PRESENTACIÓN DEL LIBRO DE CUENTOS DE GONZALO CANCEDO
  "LA CHICA QUE LEÍA EL VIEJO Y EL MAR"

                   
La Fundación Segundo y Santiago Montes remite esta información:

"Como Chéjov, Borges, Poe, Quiroga o Medardo Fraile, Gonzalo Calcedo solo cuenta cuentos. Con ellos ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Alfonso Grosso, el NH, el José Hierro, el Vargas Llosa, el Tiflos, el Hucha de Oro etc; y en 2021, su trayectoria literaria fue galardonada con el Premio de las Letras de la Junta de Castilla y León. Sin embargo, en consonancia con el género elegido, su obra ha sido acogida con la escasa relevancia que la sociedad otorga al autor de relatos. Él mismo nos comenta con ironía: Las novelas no suelen regalarse, los cuentos sí. Una vez terminados son abarcables, con suerte una pequeña joya que cabe en un estuche y se convierte en una dádiva. Si alguien me pide un relato para un periódico o una revista, lo cedo gustosamente. No sólo es una hipotética publicidad, sino también un destino. 

"A la pregunta sobre cuáles son sus autores preferidos, contesta sin dudar que los norteamericanos Salinger y Tobias Wolff, y el indiscutible Ernest Hemingway, cuya novela “El viejo y el mar” aparece en el título del libro que se presenta en la Fundación Segundo y Santiago Montes. Al igual que los de Hemingway, los relatos de Calcedo son aparentemente sencillos y profundamente complejos, pues el autor solo nos muestra la punta del iceberg que subyace bajo cada uno de ellos. 




"En “La chica que leía el viejo y el mar” encontramos personajes que trajinan de acá para allá en situaciones aparentemente banales: conversan con desconocidos a los que seguramente no volverán a ver, con diálogos reconocibles, que podrían incluir al lector como un interlocutor más. Personajes itinerantes, cuyos encuentros en aeropuertos, autobuses, bares o paseos, aunque sean azarosos, propician la comunicación entre los que comparten el afán de buscar desesperadamente el contacto con el otro. Sentir la vida, librándola del automatismo de lo cotidiano, este es el anhelo, consciente o inconsciente, de cada uno de ellos. 

"El autor de relatos se asemeja a alguien que se cuela en una casa a oscuras y, con una pequeña linterna, ilumina únicamente lo que cabe en su estrecho foco de luz. Todo lo demás, lo que hay alrededor, el contexto del cuento, han de imaginarlo tanto el autor como los lectores. Y la linterna de Calcedo no enfoca al centro de la sala, sino a los ángulos donde se apoya lo que parece no tener importancia ni valor. Pero son esas historias insignificantes las que nos acaban dando una idea de la indefensión, de la carencia y de la melancolía en la que se debate el hombre contemporáneo, que anda por el mundo como el caminante de Machado, sin meta ninguna. Únicamente las huellas que la vida deja a su paso constituyen algo parecido a un destino posible, o al menos eso parece cuando volvemos la vista atrás. Así nos traza Calcedo, por medio de la escritura, el camino que conduce al reconocimiento de la contingencia de la vida humana. 

Gonzalo Calcedo nació en Palencia en 1961, pero desde niño vive en Cantabria. Su primera colección de cuentos, “Esperando al enemigo”, apareció en 1996, y desde entonces ha publicado más de veinte libros, entre los que destacan “Cuantos de hijos y padres”, “Temporada de huracanes” o “Las inglesas”. Su presentación de “La chica que leía El viejo y el mar” en la Fundación es la primera que realiza de un libro suyo en Valladolid."



La fotografía de portada está tomada de El Norte de Castilla

jueves, 30 de enero de 2025

Desaparece Jesús Anta Roca, activo conocedor de la historia y vida de Valladolid

 


A veces el paseante se siente sobrecogido por la dureza del azar. Invocamos la suerte para todo lo que deseamos que nos beneficie, olvidando que no hay mejor fortuna que una salud bondadosa que nos permita sobrevivir con dignidad. Y un comportamiento honesto y colaborativo entre los componentes de una sociedad cada vez más competitiva.

Hoy me llega la noticia del fallecimiento de Jesús Anta Roca, autor precisamente del libro que cité en la entrada anterior. Un hombre Jesús y un personaje. Su interés por todo lo relacionado con las cuestiones locales, no solo las contemplativas y estéticas sino las prácticas, bien fuera como sindicalista o como político honesto, fue manifiesto y útil en las diversas representaciones que ostentó en tiempos pasados en Ayuntamiento, Diputación o Comisiones Obreras. También en su propia formación política (VTLP) y en las asociaciones vecinales, lo que le permitió siempre palpar la urdimbre de la vida y las necesidades de la gente de los barrios. 

Y más recientemente fue afianzando su faceta de una especie de cronista que, poco a poco pero sin pausa, divulgaba, tanto desde medios periodísticos de la ciudad como desde su propio blog, temas ciudadanos, de historia, de calles, de monumentos. Sus conocimientos le permitieron estrenarse incluso  como guía voluntario de grupos que desearan conocer aspectos de la ciudad. A la par fue publicando diversos trabajos sobre patrimonio del concejo, sobre fuentes de vecindad, sobre pozos y fuentes de la provincia, sobre los pozos de hielo de pueblos de Valladolid o uno bastante reciente también sobre historia y personajes de la ciudad menos conocidos pero no menos interesantes. Los títulos completos se pueden ver en las librerías y puedo asegurar que son todos una aportación valiosa. 

Si existe el amor por la ciudad y por la provincia Jesús Anta pudo testimoniar que él generaba un encuentro sentimental con toda la herencia monumental, del tamaño y valor que fuese, y con los acontecimientos históricos donde se desarrollaron. Agradecido a sus conocimientos y a su siempre generosa bonhomía en el trato invocaré la frase romana actualizada: que la tierra o el éter te sea leve. 












lunes, 27 de enero de 2025

Fuentes, pozos y lavaderos de la provincia de Valladolid, un documentado trabajo de Jesús Anta Roca

 


El agua ha sido siempre un don de Valladolid y provincia, por sus ríos de mayor o menor caudal y por sus capas freáticas. La capital ha dispuesto siempre tanto de unas como de otras corrientes. Y el viaje de las aguas de Argales realizado hace siglos proveyó a la urbe de un suministro privilegiado. Las fuentes han sido una constante histórica en Valladolid. Aún permanecen algunas antiguas, secas o en uso, de piedra o ladrillo, y se han incorporado algunas nuevas en materiales modernos. Pero si bien en la ciudad han desaparecido otros espacios relacionados con el agua, tales como lavaderos o pozos o abrevaderos, no así en la provincia, aunque ya sin uso pero al menos manteniendo sus peculiares arquitecturas. Porque todos estos espacios tienen su arquitectura, y aun sencilla resulta aún bella. 

Un ejemplo es la fuente de la imagen. Ubicada en la esquina de la calle Tres Amigos con Francisco Suárez forma parte de la fachada del Colegio Ponce de León. La geometría del ladrillo es insuperable y dice mucho de la sabiduría de los viejos albañiles. Y del buen disponer de los recursos. En este caso el colegio público todo, levantado entre 1925 y 1930, es una muestra del saber hacer arquitectónico. Y la solución de esta esquina entre dos calles revela además una inteligencia amable y no solo técnica. No todo lo pasado fue más viejo, como algunos podrían pensar.




Recomiendo esta última obra de nuestro paisano Jesús Anta Roca, autor que viene trabajando y haciendo públicos desde hace tiempo temas relacionados con la ciudad y la provincia. Parte de ellos expuestos en la prensa local y parte en su blog.


Fuentes, pozos y lavaderos de la provincia de Valladolid - Historia, cultura y arquitectura del agua

Jesús de Anta Roca

Edición digital: Fundación Joaquín Díaz • 2024

189 páginas
ISBN: 978-84-126425-7-5

Puede descargarse gratuitamente en formato PDF 21,1MB 



viernes, 24 de enero de 2025

El niño del libro y el Día Internacional de la Educación

 


¿Hay mejor símbolo de la educación que el libro? Bueno, las nuevas generaciones saltarán ante la pregunta. La tablet, el ordenador, el móvil, es decir la pantalla, dirán a bote pronto. Nuevos soportes que deben complementar, que no sustituir al libro, pero que sin duda tienen una aceptación superior. ¿Son todos ellos sinónimos de educación? Una pregunta que no soy capaz de responder. Pueden serlo, pero ¿hasta qué punto de conocimiento? De cualquier manera son representativos de la cultura de nuestros días.

El caso es que me acabo de enterar de que hoy, 24 de Enero, es el Día Internacional de la Educación, fecha decidida por la Asamblea General de las Naciones Unidas. Por más que miro por la red no veo que centros de enseñanza, medios de comunicación y organismos públicos se hagan mucho eco. Puedo estar equivocado. Pero de cualquier manera la educación no es algo restringido a las edades tiernas y juveniles, sino una respuesta a la necesidad de saber y comportarnos que debe durar toda la vida.




Y aunque hay varias esculturas repartida por la ciudad con referencia simbólica al libro y, por extensión, al conocimiento y el aprendizaje vital, he recordado una que no recuerdo haber traído al blog. La del niño esgrimiendo un libro en el Campo Grande. Quien leas estas páginas dirá, pero espero que no se queje, que la referencia Campo Grande es constante en mi blog. Inevitable. El parque es un mundo que sintetiza otros mundos, incluso a la misma ciudad, pero a la vez explaya a esta, la dota de una emulación del bosque que hace bien al cuerpo con su consiguiente efecto psicológico. Pero en él también están recordados escritores del pasado.

La llamada Plaza del Libro del Campo Grande es un espacio recoleto y ordinariamente solitario donde en un lateral se representa la alegoría de un niño esgrimiendo -esgrimir: término bélico aunque ampliado a otros quehaceres, como es el caso- un libro. Es una obra en bronce del escultor gallego Manuel García Vázquez, Buciños, erigida en 1980 con ocasión de un Congreso Nacional de Libreros. Situada sobre un pedestal rocoso en forma de arco, que es una fuente pero no funciona, el niño alza el libro por encima de su cabeza, que es tanto como decir hacia el mundo y los acontecimientos. Acaso lo sujeta como una antorcha, porque en un libro que se precie debe haber siempre luz. 

Aun menuda y sobresaliendo sobre una roca, la escultura me sugirió hace tiempo un poema que publiqué en otro espacio.


El niño del libro

Se alza, 
se pone de puntillas, 
quiere llegar tan lejos: 
escalar por la fronda
alcanzar la copa de los árboles y allí
dominar el paisaje
y tal vez desde la hoja
más avanzada del ramaje 
se dispone a volar. 

Planear sobre la tierra 
humedecerse con el salitre del océano 
y descender al corazón del bosque 
o atravesar el desierto 
que los tártaros abandonaron hace siglos
y deslizarse 
por las calles en la noche de las metrópolis 
entre la bohemia y los lances
de los pendencieros. 

Todo está ahí
en su mano revindicadora de fantasías: 
al agitar las páginas 
las palabras se desparraman 
y se mezclan y el viento 
las aventa llevándolas
tan lejos donde otro niño de acero
las volverá a ordenar 
y repetirá la hazaña 
en otra lengua 
sobre los mismos sueños





Enlaces de interés.






martes, 21 de enero de 2025

Emersión de la palabra desde Rosa Chacel

 


Quién dijo que la palabra emerge de la piedra no lo sé. Acaso me lo he imaginado. Quien dice piedra dice materia. ¿Y no es la materia la esencia o, mejor dicho, el todo del hombre? ¿Y no está la capacidad de este para transformarla? La escritora vallisoletana emerge de su propia materia. No es solo la imagen de ella, es su palabra la que asciende horadando la dureza. 

Nace la mujer y se hace la escritora. La fusión de bronce y granito en un entorno que se antoja selvático nos hace soñar con metáforas y alegorías. El busto realista, representando tal cual era Rosa Chacel, se crece sobre la base piedra, mole abstracta. El verdín y la pátina cubriendo la voz oculta. Y tras ese marco arbolado y asentado el monumento en el fértil suelo parece haber una conexión con un párrafo de su libro "Memorias de Leticia Valle": "Con todo, me pasa lo que con la rama de hiedra que llega al marco de mi ventana. Cuando la miro de refilón y la veo asomarse al cristal, me parece una lagartija que va a escaparse si me acerco. Sin embargo, no es lo que parece; no puede huir ni estremecerse, aunque pegue en el cristal con los nudillos; pero a pesar de eso me gusta creer que es mi compañera". ¿Se hubiera imaginado alguna vez la escritora que de alguna manera su futuro, ya en otra materia dispersa, iba a hallarse rodeada de la hiedra? ¿Sentiría de este otro modo el latigazo instantáneo de la simbólica lagartija que se ofrecía a sus ojos?

Tribuna idónea desde donde se sigue honrando el recuerdo de la vallisoletana y de paso las palabras que dotaron su obra. La escultura, obra de Francisco Barón (Madrid, 1931-2006), se erigió en un espacio recoleto del Campo Grande en 1988. 






viernes, 17 de enero de 2025

Postales de invierno. El pavo real

 


Querido pavo real. El rocío que acompañaba a la niebla de par de mañana se ha diluído lentamente y tú picoteas en busca de lo que solo tú sabes. Pero ¿acaso no hacemos también algo así los humanos? Picotear en nuestro entorno, deslizarnos entre cencelladas, buscar alimentos terrenales, incluidos los que nutren nuestros pensamientos, las emociones y los sentimientos. Y como tú, hay individuos que despliegan su plumaje para conquistas efímeras, pretendiendo deslumbrar en el entorno. ¿Lo logran? ¿O simplemente se lo creen? Si al menos dispusieran de la belleza de tus geometrías plásticas y de tus colores, de la gracilidad de tu imagen, de los movimientos controlados con que te mueves...La vida nos dice que quien de verdad aporta algo constructivo apenas se exhibe. Que quien busca con sinceridad no se pasea con alharacas. Que quien obtiene satisfacciones, que no beneficios crematísticos, lo consigue desde sus silencios. Pero a ti no se te puede aplicar esquema humano alguno porque solo vives para los tuyos. Y las metáforas y comparaciones son ejercicios netamente nuestros.

Te diré que eres una especie de hilo conductor de los vallisoletanos que hemos llegado a cierta edad. Os conocimos de niños y con cierta distancia y prevención. Más de una vez corríais tras algún paseante, acaso interpretando que este invadía un territorio sacro para vosotros. El del cortejo. Pero seguís llamando la atención de los visitantes, aunque no creo que las ánades o las ardillas tengan celos por ello, pródigos en eternizaros con los móviles y no sé hasta qué punto supliendo la observación directa y relajada. No me cabe duda de que sabéis sobradamente que dejáis al personal boquiabierto. Yo suelo escuchar sus expresiones de admiración.

Tenéis un vínculo tan simbólico con el Campo Grande, en cuyo ámbito os movéis como reyes del mambo, que hasta las ilustraciones publicitarias os ponen a capitanear la perspectiva del parque. Sois, como se dice ahora, un icono representativo. Una seña de identidad cuando no una identidad corporativa de la ciudad. Pero a veces, díscolos, despistados o aventureros, sobrepasáis la zona que los humanos os han delimitado y os paseáis alegremente por el Paseo de Filipinos, una ocurrencia que también practican de vez en cuando los patos o los gansos, con los consiguientes riesgos. No sé si fuiste tú u otro de tu familia al que no hace mucho tuve que reconducir hacia el recinto seguro porque había invadido la calzada de vehículos ¡con el tránsito que hay por esa zona! Se ve que mis chasquidos y palmadas conectaron con vuestros receptores sensoriales y logré que, sin mayor percance, tú o el que fuera se reintegrase a la vida ordinaria del jardín. Aquel día tuve la sensación de haber realizado una buena acción con otra especie. Seguro que os lo habéis contado entre vosotros. Eso me basta.




 

Elisa Martín Ortega y su libro "La piel cantaba" en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 




En «La piel cantaba» se establece una alianza entre amor y dolor: la memoria del amor genera dolor al enfrentarse a un deseo infinito. Y la piel es la gran metáfora, la frontera que la voz no puede traspasar para expresar cuanto ansía. Clara, ensimismada y armoniosa, la voz de la piel que canta suena en la noche líricamente desolada; piel que está en el origen del lenguaje y marca los contornos de la boca, del decir. Así pues, la palabra poética, íntimamente ligada al lenguaje oral y a los órganos que lo generan, es una palabra nocturna que permanece agazapada, explora el dolor y ahonda en lo inefable. En palabras de Carlos Aganzo (La piel como frontera, Norte de Castilla) “La voz de Elisa Martín Ortega es una voz encendida en plena búsqueda de la belleza. Una voz que canta sobre las sorpresas del tacto y las visiones del interior, en ese momento incierto, todavía en los feudos de la noche oscura del alma, donde se espera con inminencia la llegada de la luz del amanecer”.





Elisa Martín Ortega (Valladolid, 1980) había publicado hasta el momento tres libros de poesía: Corazón huido (2002) Ensueño (2009) y Alumbramiento (2016), además de los ensayos El lugar de la palabra. Ensayo sobre la Cábala y la poesía contemporánea(2013) y La belleza de la infancia (2022). En su faceta investigadora, se ha dedicado a los estudios sefardíes, y actualmente es profesora de Literatura infantil en la Facultad de Educación de la Universidad Autónoma de Madrid. Todos sus libros los ha presentado en la Fundación Segundo y Santiago Montes, a la que ha estado siempre ligada, habiendo colaborado durante dos veranos en las labores didácticas que Catalina Montes llevaba a cabo en la Ciudad Segundo Montes de El Salvador.


* Información remitida por la Fundación Segundo y Santiago Montes.

martes, 14 de enero de 2025

Ménades y sátiro en el jarrón modernista de Ángel Díaz Sánchez en el MUVA

 



He ahí el sátiro en el juego de seducción con las ménades o bacantes. Enredados todos ellos en una celebración dionisíaca el sátiro trata de apropiarse de las danzantes y ellas lo fustigan, escapan, se burlan. Se dejan arrebatar. Es un juego condescendido entre todos. Hasta los amorcillos, esos niños que en realidad son los impulsos eróticos, azuzan la diversión, pugnan por contribuir a su manera a la bacanal. La flauta de Pan cuelga de una rama. Pendiendo de otra rama, un panal de miel al que acude una abeja. Hay una mariposa que revolotea. Toda la imagen es de un mundo rural donde las fuerzas naturales implican a los seres fantásticos como proyección de los mortales. Una ménade se deja caer voluptuosa y enajenada, sin soltar el pandero. Casi se escucha la última percusión musical. Otra, desde lo alto, perdiendo su vestido, se dispone, pletórica de regocijo, a golpear al sátiro con una vara. Un amorcillo tira de la gran oreja caprina del genio. Este ríe y se retuerce abandonado a la lujuria, ocupando gran parte de la escena de un costado del jarrón. Sus manos gruesas obran como zarpas, reteniendo a las dos bacantes por sus brazos o piernas. Las contorsiones de las figuras conceden movimiento a un jarrón que se presta como excusa para la escena. 




Sobre sátiros dice el investigador Ramón Andrés en su Diccionario de música, mitología, magia y religión: "Estos genios festivos y alegres, custodios de los bosques, embriagados por el vino y no menos por la sensualidad del mundo, tenían un aspecto rudo y bestial, mitad hombre y mitad macho cabrío en su parte inferior; otras veces sus piernas y cintura correspondían a un caballo, o bien a un asno. Siempre provistos de una larga cola, sus representaciones coincidían en mostrarlos chatos y calvos, desnudos e itifálicos, con los ojos saltones".

El mismo autor también dedica su erudita indagación a las bacantes: "...Tocan una música de sonido intenso y embriagador, y lo hacen con el aulós y percutiendo fuertemente la tensa piel del tímpano; casi desnudas y con velos transparentes -otras veces se las describe con pieles, a menudo de corzo o de pantera- van por los montes y caminos coronadas de hiedra, llevan un tirso y un cántaro, y danzan con fuerza y violencia. Se pensaba que durante sus rituales estaban poseídas por una pantera, y danzaban imitando los movimientos de este animal".



Siempre es una sorpresa lúdica encontrarse con una recreación que desde el arte clásico se ha estado reproduciendo hasta la actualidad. El juego de la seducción del sátiro con las bacantes. Este interesante jarrón modernista forma parte de la Colección de Arte de la Universidad de Valladolid. Su autor fue el madrileño Ángel Díaz Sánchez (1859-1938) que tras formarse en la Academia de San Fernando de Madrid viajó a Italia donde trabajó intensamente. Posteriormente se asentó en Valladolid y aquí fue durante veinte años profesor de la Academia de Bellas Artes. La Universidad vallisoletana adquirió en 1981 un lote de pinturas y esculturas de este artista.

Realizado en yeso barnizado el jarrón se halla protegido por un acristalamiento que, con sus reflejos, limita la nitidez de las tomas fotográficas del visitante.