viernes, 13 de febrero de 2026

Agua y más agua en la desembocadura: la Esgueva crecida buscando desesperadamente al Pisuerga

 



Días de lluvia y ríos crecidos. El paseante, desafiando una jornada en extremo pluviosa, se ha acercado por capricho a unaa desembocadura que siempre le ha parecido espectacular. En épocas del año con escasas lluvias el Esgueva viene con una corriente menor y, no obstante, presenciar su final, en forma de catarata escalonada hacia el Pisuerga, resulta digno de ser contemplado. En las épocas más secas uno se permite descender al borde del Pisuerga, disfrutar de cierto ecosistema, y admirar cómo el río grande acepta las aguas del pequeño y las incorpora a su curso casi inadvertidamente. 

Hoy no era seguro bajar, las orillas estaban anegadas, y tampoco se trataba de arriesgarse. Así que mejor hacer las fotografías desde la pasarela existente sobre lo que fueron las compuertas, donde permanecen los engranajes que hacían accionarlas, y hoy meros testigos de arqueología de servicios. Subiendo o no a la parte superior se puede admirar la llegada impetuosa de la corriente que, tras haber atravesado todo el valle Esgueva, cae aquí rendida pero atronante. El viento sacudía hombres y frondas, y las aguas no eran ajenas tampoco al ímpetu eólico. 




Recordarlo para quien lo ignore no viene mal. Si nuestra ciudad dispone de capas freáticas abundantes, también tiene a su favor nada menos que tres ríos. El Esgueva, que con sus dos ramales recorría la ciudad por el norte y por el sur durante siglos de historia. Fue el río de la ciudad antigua por excelencia. Hasta que en el siglo XIX y XX se cubrieron y desviaron estos dos cursos, y se canalizó la llegada de un único curso  por el entonces extrarradio. Hoy hay que ir hasta el barrio España para contemplar el último tramo del río y la desembocadura en el Pisuerga. 

El Pisuerga, a medida que la ciudad fue creciendo y expandiéndose, se convirtió en el río de denominación más reconocida y principal. Recuérdese aquello de "Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid..." que se suele utilizar de una manera enigmática y sin que nadie que lo dice sepa qué quiere decir y por qué lo dice. Ironías del lenguaje.  

Y por último, aunque ya tangencial y en un extremo del término municipal, está el Duero, el gran río que empieza a serlo al asumir las aguas del Pisuerga, pero que justo roza el barrio de Puente Duero, ya a considerable distancia del centro de la ciudad. 




Contemplar hoy esta desembocadura impetuosa motivada por el caudal de las aguas le hace pensar a uno en lo que tuvieron que ser las riadas que Valladolid sufrió a lo largo de su historia y que están documentadas. Riadas de dos cursos del Esgueva que dañaba diferentes barrios de la urbe. En el siguiente relato, referente a una gran inundación que afectó tanto al desbordamiento del Pisuerga como de las Esguevas, el vallisoletano Ventura Pérez consignó en su Diario de Valladolid:

"Año de 1739, día 5 de Diciembre, creció el río hasta cubrir las aceñas; y a las nueve de la noche crecieron las esguevas tanto que corrió más de media vara en alto por la calle de Esgueva hasta la plazuela Vieja; y el día 6 del dicho bajó el río por la mañana hasta verse las aceñas más de tres cuartas; estuvieron en ese estado el río y la esgueva todo el día, y ya sobre tarde creció el río tanto y tanta cantidad de agua fue la que vino, que subió por cima de la barandilla del puente y se inundó toda la  ciudad de agua por la esgueva. Estuvo creciendo hasta la una de la noche, que en toda la noche durmió la gente, y andaban con linternas hasta ver donde llegaba el agua...". El relato sigue abundando en datos de calles y plazas afectadas, prácticamente lo que hoy consideramos la parte más céntrica e histórica. Un ejemplo de los varios que hubo de inundaciones y crecidas.