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jueves, 18 de julio de 2024

Las fachadas cromáticas de la calle Asunción

 


No sé de quién sería la ocurrencia, pero considero un acierto la policromía de un tramo de acera de la calle Asunción. Esta calle, desde que inauguraron el túnel de las Delicias en el año 1952, no tuvo salida para vehículos en uno de sus extremos, el de calle Labradores. Siendo una calle céntrica y parte de lo que fue el barrio de trabajadores ferroviarios desde el siglo XIX ha quedado un tanto traspuesta. No es un lugar de paso más para los que viven en ella o van a sus recados. Encontrarse de pronto con la alegría de los colores es un hallazgo divertido y estimulante. El color es una manera de compensar fachadas anodinas y realzar que en cada edificio puede latir siempre una armonía y una originalidad, por muy austeros y rectilíneos que hayan sido de principio.

Estos edificios tan cromáticos tienen una antigüedad alta. El que comparte dos coloridos es de 1940. Pero el azul, por ejemplo, es de 1914 y el amarillo de 1883 nada menos. Esta calle y otras paralelas a ella es de las que conservan más edificio añosos, pero muchos de ellos se han rehabilitado o bien remozado de alguna manera. 

Los colores son un elemento cultural que ha variado a través de los siglos y de las sociedades y que hoy mismo no se ven con el mismo significado en Occidente y en Oriente, por poner dos focos de trayectoria histórica tan diferente. Desconozco por qué y cómo se decicieron los propietarios de estos edificios por los colores que exhiben. Ni si hubo consenso o fue imposición. Para gustos los colores, dice un dicho al uso. Por supuesto, y también los sabores, las palabras, las ideas. Pero si los colores definen tanto las tendencias de personas y colectividades la elección de los de estas casas de Asunción me intriga. Si alguna vez me entero lo contaré.   




El historiador francés Michel Pastoureau, en su sorprendente libro Diccionario de los colores habla de cómo en la historia de la humanidad se han producido mutaciones importantes y decisivas en el gusto y uso de los colores. "...Los colores de la actualidad no pueden entenderse si no es a la luz de los colores del pasado, con los cuales existe generalmente una continuidad y más raras veces una ruptura. Hablar de las prácticas y significados del color en el mundo actual implica necesariamente volver atrás, unas veces al siglo XVIII y al XIX y otras a épocas anteriores (...) Estas diferentes fases, estas diferentes transformaciones, estos diferentes sistemas han dejado numerosas y muy profundas huellas en nuestros conceptos y nuestras definiciones del color, en nuestros usos actuales, en nuestros códigos y nuestros rituales, en nuestro vocabulario, nuestra imaginación y nuestra sensibilidad". 

Tal vez lo que vivimos en nuestro tiempo sea una superabundancia no solo de tonos de colores -la gama de ellos es casi infinita- sino de significados en base a ellos, aplicados a las innumerables actividades humanas, a la multiplicidad de objetos, a la reinvención de paisajes urbanos. Y en ese sentido Michel Pastoureau es firme: "Soy de los que creen que el color es un fenómeno cultural, estrictamente cultural, que se vive y se define de manera distinta según las épocas, las sociedades y las civilizaciones. No tiene nada de universal, ni en su naturaleza ni en su percepción. Por eso mismo no creo en la posibilidad de un discurso científico unívoco sobre el color, basado únicamente en las leyes de la física, de la química, de las matemáticas y de la neurobiología. Para mí, un color si no hay alguien que lo mira no existe (en este sentido, le doy la razón a Goethe contra Newton) El único discurso posible sobre el color es ante todo de naturaleza social y antropológica".

¿Complejo o sencillo? Lo que sorprende y agrada al paseante al encontrar estos edificios de colores en la calle Asunción, por lo que tiene de rupturista y rescatador del abandono o lo insustancial, ¿sería compartido emocionalmente por oros viandantes? ¿Pensarán lo mismo quienes habiten estas viviendas o sentirán rechazo por los colores? Siempre podrán decir a sus amigos: vivo en tal calle, la casa amarilla o la azul.    










jueves, 16 de mayo de 2024

Un rincón abierto y colorido en el casco antiguo

 



Ni es un ángulo muerto, ni un escondrijo, ni un rincón apartado. Al ser peatonal no convoca tráfico y el paso de viandantes se nutre principalmente de colegiales y estudiantes. Es un espacio abierto y a la vez recogido en pleno centro histórico. Podría ser un espacio anodino y destruído más, de los que hartamente sufrió Valladolid en el pasado, bien por envejecimiento o por especulación inmobiliaria, o por ambas causas tan relacionadas. Pero la rehabilitación de algunos edificios con altura prudente y la anchura respetada de la plaza otorga una armonía humilde pero gozosa al lugar.

Sin embargo lo que más llama la atención es el colorido de las casas de esa acera, rompedor en relación con la austeridad gris que suele dominar en el casco viejo. Diferentes tonos que no hace falta describir porque hablan por sí solos. Lejos de chocar negativamente esta mezcla de colorido transgresor es bien recibido por nuestros ojos. Y uno piensa que pasear merece la pena y que el paisaje interior de la urbe tiene la virtud de facilitar percepciones múltiples y alegres.

La calle lleva el nombre de Andrés de Laorden, homenaje a un catedrático de Medicina de la Universidad vallisoletana durante el siglo XIX. También figura con un nombre probablemente anterior como calle del Moral. Confluye con la calle más antigua de la ciudad que hoy se llama Juan Mambrilla pero en siglos medievales fue la calle Francos.










domingo, 2 de abril de 2017

Sol y sombra en una calle del lejano pasado: Santo Domingo



Fotografiar la calle de Santo Domingo, junto al barrio de San Nicolás,  con esos contrastes tajantes de sol y sombra es como volver al pasado. Esa luz que se combate a sí misma es seguramente análoga a la que se manifestaría hace más de quinientos años. De cuando se levantaron los dos conventos de monjas que vertebran la rúa. La luz y su desdoblamiento también se mantendrían aunque aquí ya no hubiera calle ni conventos ni tapias ni algunas edificaciones más recientes. El reflejo sobre un solar tendría un efecto diferente y su efecto visual sería nonato. Sin edificios el juego de luces poco diría a nadie, sencillamente porque tampoco existiría el transeúnte.




Es precisamente el efecto de ese contraste duro sobre los muros lo que nos lleva a valorar el cambiante comportamiento de la luz. También nos conduce a una reflexión simbólica sobre nuestra historia, cargada de oscuridades y luminosidades. Esta calle no es una especie de maqueta de hace siglos, al estilo del caserío que Ventura Seco dibujara en su fenomenal plano de 1738, que ha llegado casi incólume a nuestros días, sino también una muestra visual digna de disfrutar, preñada de cromatismo, admirable aún en su armonía superviviente.




Simplemente pisar esta calle, que es prácticamente peatonal, por su escaso tránsito de vehículos, resulta placentero. Hay algo que de pronto te traslada a otra época a lo largo de unos cuantos metros. Si vas acelerado el entorno te sujeta y sientes que demoras el paso. El paseante puede no darse cuenta conscientemente, pero el otro yo que siempre anda por ahí dentro hablándonos con un discurso alternativo seguro que sí lo percibe.



El paseante que va calmo y abstraído puede de pronto ver algo más que el caserío humilde y revocado. Y se fija en la mezcla de colores que de vez en cuando renuevan la protección de las fachadas. Esa gama de ocres intensos, tibios amarillos, decididos asalmonados le hacen a uno sentirse ante lienzos abstractos de formas categóricas, totales, delimitadas, precisas. Si a ello se le suman las diferentes alturas que cabalgan unas sobre otras, los tejadillos, las portadas de entrada a los conventos, los aleros y marquesinas, se tiene la sensación de pasar por una pequeña ciudad que, de no ser por los símbolos religiosos, no se sabría precisar fácilmente a qué región del mundo pertenece. ¿O tal vez sí?




La calle de Santo Domingo fue de lo primero que fotografié con mi cámara de adolescente, la Werlisa Color. Colores más tenues, menos contrastados, pero con una nitidez del objeto, esos muros, que maravillaba. Esta calle tiene mucho de cordón umbilical con el pasado de la ciudad. Pocas calles quedan de esa guisa, conservadas tan modestas como definidas. Uno no puede por menos que tomar esta ruta al acercarse a la biblioteca de la Plaza de la Trinidad. Aquellas huellas de la ciudad que fue y pervive le convierten a uno en un sentimental.