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jueves, 3 de septiembre de 2026

Un trasplante testimonial: los restos del claustro desaparecido de la Merced en la Plaza de San Juan

 


María Pía ya no está sola. Y eso que lleva ahí veintiséis años. Bueno, jamás estuvo sola. La Plaza de San Juan es en verano un hervidero de gente sentada en los bancos a la sombra de los frondosos árboles. O en las terrazas de los bares de las aceras. Pero ahora la niña María Pía, la obra de la escultora vallisoletana Ana María García Cavero, tendrá al otro extremo una de esas huellas del pasado que había que acomodar en alguna parte antes de que desapareciera del todo. Convivirá por lo tanto con los restos de arquería de un convento desaparecido que había existido en la proximidad, donde se ubica ahora el Colegio de San José y unos bloques de viviendas modernos. Quién sabe si las piedras no harán a María Pía arcanas confidencias en las noches de estío como solo los seres inanimados suelen hacerse entre sí sin que los humanos lo perciban.

Yo diría que aquí, entre el marco vegetal de este espacio, la arquería, recién adaptada en un extremo de la plaza, se ha asentado como una escultura más. En estos arcos permanece la memoria de la obra que debió ser. Nada menos que el claustro procesional de un convento de considerable envergadura que recuerda el claustro del mal llamado Patio Herreriano que traje al blog hace poco. Originariamente el claustro fue uno de los que tenía el convento masculino de la Merced Calzada, fundado en el siglo XIV. Fue nuestro paisano Pedro de Mazuecos "el Mozo" el autor de la traza del claustro, si bien quienes ejecutaron la obra fueron los maestros de cantería Hernando de Hoyo y Rodrigo de la Cantera varios años después de que muriera Mazuecos, en 1621. Podría incluso insinuarse que rescatar esta arquería de la incuria del tiempo es sobre todo un homenaje a los maestros de obra, canteros y albañiles que en otros tiempos dejaron la piel por aquello de ganarse el pan y a la vez ejercitar su profesionalidad magistral.





Ya en su Viage de España el ilustrado y viajero Antonio Ponz, que realizó una ingente obra de inspección de obras y bienes artísticos por todo el país, citó al pasar por Valladolid: "La portada de la Iglesia, y claustro del Convento de PP. Mercenarios Calzados tiene bello ornato de arquitectura según el estilo de Juan de Herrera: aquella con dos columnas de orden dórico, y su cornisamento, y el claustro las tiene dóricas en la galeríainferior, y jónicas en la superior (...) Volviendo al claustro de este Convento, hay en él un sepulcro de Doña Leonor, muger del Rey Don Fernando de Portugal, y madre de Doña Beatriz, segunda muger del Rey D. Juan el Primero de Castilla"

Otro relator de acontecimientos de la ciudad y bienes eclesiales, como fue el vallisoletano Juan Antolínez de Burgos, también cita el edificio en su Historia de Valladolid y dice del claustro: "Tiene un claustro, que aunque no es muy grande, es su fábrica y arquitectura de las mejores de Valladolid: todo es de piedra, las bóvedas se hallan pintadas curiosamente, y alrededor de él están embutidos en la pared unos cuadros de muy buenas pinturas que refieren la vida y milagros de San pedro Nolasco, fundador de esta sagrada religión". Cuando uno lee esto se siente obligado a imaginar aquello.




Conclusión: que el convento fue apreciado artísticamente en su tiempo y que, como otras arquitecturas, debido a los procesos y avatares históricos que se han sucedido, tales como crisis conventuales, desamortizaciones, exclaustraciones, venta de inmuebles y terrenos, especulaciones urbanísticas, etc., han legado en infinidad de casos o bien ruinas o la desaparición definitiva de las construcciones levantadas en su día. De esta arquería "resucitada" algunos guardamos memoria por haberla visto de muy jóvenes en el patio de deportes del jesuita Colegio San José. Aquellos terrenos, sobre los que ahora se levanta un grupo de edificaciones modernas entre las calles Maldonado y Don Sancho, además del suelo ocupado por el citado colegio, habían acogido el convento de la Merced Calzada. Al venderse los terrenos por parte de los jesuitas la arquería desapareció y al cabo de un tiempo se supo de su instalación en una finca privada. Hasta la cesión al municipio y el traslado a la plaza de San Juan. De ambas situaciones ruinosas adjunto fotografías al final de la entrada.


Ver también:

















Fotografía del claustro principal desaparecido que aparece en el libro Patrimonio perdido. Conventos desaparecidos de Valladolid, de la profesora María Antonia Fernández del Hoyo.



En la imagen de la izquierda, los restos de la arquería en la zona de deporte del colegio San José en los años 60 del siglo XX. En la imagen de la derecha su instalación maltratada en la cerrada finca particular de Los Quemadillos, entre Simancas y Valladolid. Fotografías tomadas de internet.




sábado, 8 de agosto de 2026

El solitario soportal testigo de la Plaza de Santa Ana

 



No, no es ningún pegote como les parecerá a algunos. No es sobrante, ni desacierto. No es mera vetustez, sino sabiduría. Porque los soportales fueron un diseño inteligente, sabio y eficaz que si ya se habían dado en algunos casos en época medieval solo fue la urbanística renacentista avanzada la que los impulsó. Y en Valladolid en concreto a partir del nuevo planeamiento urbano del centro exigido tras el devastador incendio de 1561.  

Este soportal es simplemente, o nada más y nada menos, un testigo en esa ubicación. Probablemente ya estaba ahí ese trozo de soportal antes de que se levantaran otros edificios de la Plaza de Santa Ana. Incluso que sea anterior al neocláisco monasterio adjunto, pero no a otro convento, el de la Trinidad, que dio nombre a la plaza si bien desapareció a raíz de la Desamortización de 1836-1837. El edificio, reconstruido hace más de treinta años, lo ha respetado. Una seña de identidad del pasado. O, mejor dicho, de la arquitectura y el urbanismo pretéritos. Se suma al amplio recorrido de soportales del entorno de la Plaza Mayor, aunque quede algo descolgado. Los que dan vitalidad y carácter a la Fuente Dorada, Cebadería, Especería, Vicente Moliner, Ferrari y Plaza Mayor, e incluso unos nuevos de la Pasión, y que siguieron transmitiendo unas de las soluciones más eficientes del urbanismo que se impuso en el siglo XVI. Hubo otros edificios que antaño tuvieron porches y que los perdieron. Y me viene a la mente uno que llegué a conocer en la calle Angustias, junto a los juzgados, del que se han mantenido las columnas pero adosadas a la anodina fachada actual, pues el soportal no se respetó al edificar lo nuevo, y cuya pérdida es una de esas abundantes desdichas con que nos maltrató la fiebre inmobiliaria sobre el casco antiguo. 




En 1967 se publicó un librito muy interesante cuyo autor fue el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González, titulado "Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesta en valor". Es sabido el interés y preocupación de Martín González por denunciar e intentar salvar con su catálogo de obras en peligro, que eran abundantes, el patrimonio vallisoletano. Respecto a la plaza que nos concierne se decía en el catálogo:

"Santa Ana (plaza) Requiere esta plaza una traza que regularice las nuevas construcciones.

Casa número 16. Soportales del siglos XVI. Al hacerse nueva construcción, los soportales deben incorporarse, remetiéndolos si fuera preciso".

Respecto a lo primero hay que decir que durante estos últimos años se ha adecuado en parte la plaza a la tipología más o menos semejante a la de los edificios existentes desde el siglo XIX. Con una excepción. Que entre las calles Zúñiga y María de Molina se levantó un edificio de superior altura al resto del entorno y que causa un efecto más abrupto. Y en lo tocante a los consejos del profesor sobre la casa esquina con San Lorenzo al menos el soportal se salvó al reconstruirse el edificio hace una treintena de años. Así que disfrutemos de esta variante de soportal que, si bien descolgado de los soportales próximos, da testimonio de aquella ciudad que renació tras el incendio de 1561, en medio de una plaza trapezoidal que, salvo el monasterio de Santa Ana, erigió nuevas edificaciones.

He incorporado una fotografía del estado del soportal en la década de los 60 del siglo XX, extraída del libro citado.





Me ha venido a la mente, y lo he buscado de nuevo, un texto del escritor cubano Alejo Carpentier sobre la fecundidad de las columnas y soportales en La Habana. Circunstancia que se produce en otros países americanos, herencia del paso de los españoles por aquellas tierras:

"Así, en muchos viejos palacios habaneros, en algunas ricas mansiones que aún han conservado su traza original, la columna es elemento de decoración interior, lujo y adorno, antes de los días del siglo XIX, en que la columna se arrojará a la calle y creará –aun en días de decadencia arquitectónica evidente- una de las más singulares constantes del estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades".

¿No podría aplicarse esta reflexión tan hermosa de Carpentier a Valladolid?












domingo, 30 de junio de 2024

Aquellos lujosos quioscos orientales...de prensa, tebeos y chucherías, como este del Caño Argales

 



Afortunadamente restaurado no hace mucho, aquel quiosco de infancia queda al menos como testigo de un pasado no tan lejano. Si mudo o no depende de si alguna entidad -es propiedad municipal y asociaciones hay muchas que podrían proponer un destino para él- acierta a dotarlo de un uso. Ya se sabe que un espacio que no presta un servicio o proporciona una utilidad del tipo que fuere puede quedar condenado otra vez a un deterioro irreperable. Cierto que no es fácil saber en qué puede emplearse el viejo pero remozado quiosco del Caño Argales, con un perímetro tan acotado como el que ofrece. Cierto también que no le favorece, e incluso le amenaza, la compañía decrépita del edificio donde se asentó la antigua tienda de ultramarinos La Casa del bacalao, de los Heras, cuya fachada está sujeta por la ortopedia de rigor. Pero sería una lástima que permaneciera a la intemperie como una especie de mera estatua expuesta a los elementos.




Para algunas personas, cada vez menos, este quiosco es una fuente de recuerdos. Yo mismo me detenía todos los días delante de sus poligonales escaparates al volver de la escuela. Repasando las portadas colgadas de TBO, El capitán Trueno, Jaimito, El jabato, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...etcétera. Había infinidad de publicaciones infantiles, a todas ellas las llamábamos tebeos. ¿Y cómo olvidarse uno de los sobres sorpresa que apenas deparaban un globo nada sorprendente? ¿Cómo olvidar las entrañables y didácticas -todas lo eran- colecciones de cromos de Los diez mandamientos o de aviones o de naturaleza, por ejemplo?  ¿O los consabidos chicles Talgo o Bazoka, que casi no te cabían en la boca? Acordarme de ellos ahora mismo y venirme un gustillo frutal a las papilas es todo uno.



Adjuntar un mini parque infantil con zona ajardinada proporciona a la plaza cierto ambientillo, aunque ha empequeñecido el espacio tradicional. Y los bancos siempre tienen la acogida de la gente de edad o los viandantes que hacen un alto en el camino. La plaza es un punto de tránsito de vehículos intenso, pero a la vez pretende ser un oasis pequeño. En ese marco el quiosco, que es una joya tanto conmemorativa como estética, se siente menos solo. Vecinos de la zona piensan que sigue un tanto huérfano. Propuestas ha debido haber. Acertadas o factibles es otra cosa. 



En estos tiempos en que los quioscos de venta de prensa van desapareciendo a velocidad vertiginosa por toda la ciudad uno quisiera que este testigo tuviera un carácter menos escultórico y más viviente. Si no puede ser para una función como antes para otra que sea reconocida en el vecindario. A la espera estamos.




Para quien no haya conocido en activo este tipo de quiosco adjunto una fotografía antigua de Valladolid en la que un quiosco análogo aparece en plena Plaza Mayor. Probablemente sea el mismo que hay ahora en Caño Argales, donde en los años 50, 60 y acaso parte de los 70 del siglo pasado hubo uno de semejante estética.




jueves, 16 de mayo de 2024

Un rincón abierto y colorido en el casco antiguo

 



Ni es un ángulo muerto, ni un escondrijo, ni un rincón apartado. Al ser peatonal no convoca tráfico y el paso de viandantes se nutre principalmente de colegiales y estudiantes. Es un espacio abierto y a la vez recogido en pleno centro histórico. Podría ser un espacio anodino y destruído más, de los que hartamente sufrió Valladolid en el pasado, bien por envejecimiento o por especulación inmobiliaria, o por ambas causas tan relacionadas. Pero la rehabilitación de algunos edificios con altura prudente y la anchura respetada de la plaza otorga una armonía humilde pero gozosa al lugar.

Sin embargo lo que más llama la atención es el colorido de las casas de esa acera, rompedor en relación con la austeridad gris que suele dominar en el casco viejo. Diferentes tonos que no hace falta describir porque hablan por sí solos. Lejos de chocar negativamente esta mezcla de colorido transgresor es bien recibido por nuestros ojos. Y uno piensa que pasear merece la pena y que el paisaje interior de la urbe tiene la virtud de facilitar percepciones múltiples y alegres.

La calle lleva el nombre de Andrés de Laorden, homenaje a un catedrático de Medicina de la Universidad vallisoletana durante el siglo XIX. También figura con un nombre probablemente anterior como calle del Moral. Confluye con la calle más antigua de la ciudad que hoy se llama Juan Mambrilla pero en siglos medievales fue la calle Francos.










sábado, 27 de mayo de 2017

Los monumentos verdes de la Plaza de Santa Cruz



En la Plaza de Santa Cruz el  visitante accidental va buscando el monumento arquitectónico. El paseante ordinario se solaza buscando la sombra de los monumentos verdes. Árboles como el tejo, el cedro del Atlas o los plátanos, a más de los jardincillos que ornamentan el espacio, generan un conjunto de vida verde no solo refrescante sino de una belleza estética considerable. Les acompañan, sorteando el cuadrilátero, unas cuantas columnas de granito ahora dispersas y que antiguamente estarían vinculadas con cadenas, al estilo de las columnas de San Pablo o las de los leones de la portada antigua de la Universidad, para indicar y delimitar el fuero propio que el Colegio de Santa Cruz disponía, fuero obtenido de los Reyes Católicos por el elevado poder del cardenal Pedro González de Mendoza. Esto es historia y de aquellos poderes estas piedras pinaculares que dan más valor a la plaza.