







No, no es ningún pegote como les parecerá a algunos. No es sobrante, ni desacierto. No es mera vetustez, sino sabiduría. Porque los soportales fueron un diseño inteligente, sabio y eficaz que si ya se habían dado en algunos casos en época medieval solo fue la urbanística renacentista avanzada la que los impulsó. Y en Valladolid en concreto a partir del nuevo planeamiento urbano del centro exigido tras el devastador incendio de 1561.
Este soportal es simplemente, o nada más y nada menos, un testigo en esa ubicación. Probablemente ya estaba ahí ese trozo de soportal antes de que se levantaran otros edificios de la Plaza de Santa Ana. Incluso que sea anterior al neocláisco monasterio adjunto, pero no a otro convento, el de la Trinidad, que dio nombre a la plaza si bien desapareció a raíz de la Desamortización de 1836-1837. El edificio, reconstruido hace más de treinta años, lo ha respetado. Una seña de identidad del pasado. O, mejor dicho, de la arquitectura y el urbanismo pretéritos. Se suma al amplio recorrido de soportales del entorno de la Plaza Mayor, aunque quede algo descolgado. Los que dan vitalidad y carácter a la Fuente Dorada, Cebadería, Especería, Vicente Moliner, Ferrari y Plaza Mayor, e incluso unos nuevos de la Pasión, y que siguieron transmitiendo unas de las soluciones más eficientes del urbanismo que se impuso en el siglo XVI. Hubo otros edificios que antaño tuvieron porches y que los perdieron. Y me viene a la mente uno que llegué a conocer en la calle Angustias, junto a los juzgados, del que se han mantenido las columnas pero adosadas a la anodina fachada actual, pues el soportal no se respetó al edificar lo nuevo, y cuya pérdida es una de esas abundantes desdichas con que nos maltrató la fiebre inmobiliaria sobre el casco antiguo.
En 1967 se publicó un librito muy interesante cuyo autor fue el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González, titulado "Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesta en valor". Es sabido el interés y preocupación de Martín González por denunciar e intentar salvar con su catálogo de obras en peligro, que eran abundantes, el patrimonio vallisoletano. Respecto a la plaza que nos concierne se decía en el catálogo:
"Santa Ana (plaza) Requiere esta plaza una traza que regularice las nuevas construcciones.
Casa número 16. Soportales del siglos XVI. Al hacerse nueva construcción, los soportales deben incorporarse, remetiéndolos si fuera preciso".
Respecto a lo primero hay que decir que durante estos últimos años se ha adecuado en parte la plaza a la tipología más o menos semejante a la de los edificios existentes desde el siglo XIX. Con una excepción. Que entre las calles Zúñiga y María de Molina se levantó un edificio de superior altura al resto del entorno y que causa un efecto más abrupto. Y en lo tocante a los consejos del profesor sobre la casa esquina con San Lorenzo al menos el soportal se salvó al reconstruirse el edificio hace una treintena de años. Así que disfrutemos de esta variante de soportal que, si bien descolgado de los soportales próximos, da testimonio de aquella ciudad que renació tras el incendio de 1561, en medio de una plaza trapezoidal que, salvo el monasterio de Santa Ana, erigió nuevas edificaciones.
He incorporado una fotografía del estado del soportal en la década de los 60 del siglo XX, extraída del libro citado.

Afortunadamente restaurado no hace mucho, aquel quiosco de infancia queda al menos como testigo de un pasado no tan lejano. Si mudo o no depende de si alguna entidad -es propiedad municipal y asociaciones hay muchas que podrían proponer un destino para él- acierta a dotarlo de un uso. Ya se sabe que un espacio que no presta un servicio o proporciona una utilidad del tipo que fuere puede quedar condenado otra vez a un deterioro irreperable. Cierto que no es fácil saber en qué puede emplearse el viejo pero remozado quiosco del Caño Argales, con un perímetro tan acotado como el que ofrece. Cierto también que no le favorece, e incluso le amenaza, la compañía decrépita del edificio donde se asentó la antigua tienda de ultramarinos La Casa del bacalao, de los Heras, cuya fachada está sujeta por la ortopedia de rigor. Pero sería una lástima que permaneciera a la intemperie como una especie de mera estatua expuesta a los elementos.
Para algunas personas, cada vez menos, este quiosco es una fuente de recuerdos. Yo mismo me detenía todos los días delante de sus poligonales escaparates al volver de la escuela. Repasando las portadas colgadas de TBO, El capitán Trueno, Jaimito, El jabato, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...etcétera. Había infinidad de publicaciones infantiles, a todas ellas las llamábamos tebeos. ¿Y cómo olvidarse uno de los sobres sorpresa que apenas deparaban un globo nada sorprendente? ¿Cómo olvidar las entrañables y didácticas -todas lo eran- colecciones de cromos de Los diez mandamientos o de aviones o de naturaleza, por ejemplo? ¿O los consabidos chicles Talgo o Bazoka, que casi no te cabían en la boca? Acordarme de ellos ahora mismo y venirme un gustillo frutal a las papilas es todo uno.
Adjuntar un mini parque infantil con zona ajardinada proporciona a la plaza cierto ambientillo, aunque ha empequeñecido el espacio tradicional. Y los bancos siempre tienen la acogida de la gente de edad o los viandantes que hacen un alto en el camino. La plaza es un punto de tránsito de vehículos intenso, pero a la vez pretende ser un oasis pequeño. En ese marco el quiosco, que es una joya tanto conmemorativa como estética, se siente menos solo. Vecinos de la zona piensan que sigue un tanto huérfano. Propuestas ha debido haber. Acertadas o factibles es otra cosa.
En estos tiempos en que los quioscos de venta de prensa van desapareciendo a velocidad vertiginosa por toda la ciudad uno quisiera que este testigo tuviera un carácter menos escultórico y más viviente. Si no puede ser para una función como antes para otra que sea reconocida en el vecindario. A la espera estamos.
Ni es un ángulo muerto, ni un escondrijo, ni un rincón apartado. Al ser peatonal no convoca tráfico y el paso de viandantes se nutre principalmente de colegiales y estudiantes. Es un espacio abierto y a la vez recogido en pleno centro histórico. Podría ser un espacio anodino y destruído más, de los que hartamente sufrió Valladolid en el pasado, bien por envejecimiento o por especulación inmobiliaria, o por ambas causas tan relacionadas. Pero la rehabilitación de algunos edificios con altura prudente y la anchura respetada de la plaza otorga una armonía humilde pero gozosa al lugar.
Sin embargo lo que más llama la atención es el colorido de las casas de esa acera, rompedor en relación con la austeridad gris que suele dominar en el casco viejo. Diferentes tonos que no hace falta describir porque hablan por sí solos. Lejos de chocar negativamente esta mezcla de colorido transgresor es bien recibido por nuestros ojos. Y uno piensa que pasear merece la pena y que el paisaje interior de la urbe tiene la virtud de facilitar percepciones múltiples y alegres.
La calle lleva el nombre de Andrés de Laorden, homenaje a un catedrático de Medicina de la Universidad vallisoletana durante el siglo XIX. También figura con un nombre probablemente anterior como calle del Moral. Confluye con la calle más antigua de la ciudad que hoy se llama Juan Mambrilla pero en siglos medievales fue la calle Francos.