"¡Oh ruinas! Yo tornaré a escuchar vuestras lecciones; tornaré a la paz de vuestras soledades: y allí, lejos de la dolorosa escena, de las pasiones, amaré a los hombres, recordándolos; meditaré en lo que puede hacer su felicidad, y cifraré la mía en la idea de haber acelerado la época de la dicha de los humanos".
Volney, Las ruinas de Palmira.
Tal vez sean excesivas las palabras del Conde de Volney para estas modestas ruinas aparecidas recientemente en el subsuelo de la ciudad. Pero, ¿por qué no aplicárselas? Lo que hubiera ahí debajo, ¿no fue obra de humanos de otro tiempo, con sus creencias y sus ideas, con sus sentimientos y sus pasiones, con sus artes y sus medios técnicos? Ruinas que han permanecido secretas, desplazadas, ignoradas, como si los materiales de construcción, la mano de obra y el saber de los arquitectos no hubieran tenido valor y mérito. Simplemente porque los avatares de la evolución histórica decidió una vez condenarlas al olvido.
Se percata este paseante de unos ventanucos a nivel de suelo en la céntrica calle. Podrían parecer unos barrotes forzados para propiciar una fuga. Pero las ruinas no pueden escapar de su destino del pasado. Y sin querer, cuando nadie se acordaba de ellas o, mejor dicho de lo que en ese terreno hubo, el vaciamiento del interior de un edificio de hace 125 años las expone al aire libre. Alguno dirá ¿y cuál es la belleza de estas ruinas? Pues acaso la belleza reside en la sorpresa de que aún en Valladolid, que tanto ha edificado sobre sí misma durante siglos, aparezcan restos de algún tipo de edificación antigua. Mayormente de conventos e iglesias, que abundaban. También de palacios o casas nobles, no menos abundantes. Y en muchas ocasiones los puentes soterrados de las Esguevas.
Según los técnicos estas piedras pertenecen a un convento del siglo XVI llamado del Corpus Christi, nada extraño en una zona que estaba en las afueras de la urbe histórica, y que acogía varias propiedades más de órdenes católicas. Se hallan en un solar comprendido entre la Acera de Recoletos y la calle Gamazo, adquirido no hace mucho por el propietario del adjunto Hotel Colón Plaza con objeto de ampliar el hotel. Piénsese que tanto la Acera de Recoletos, como Gamazo o Muro son calles abiertas a finales del siglo XIX, constituyendo un nuevo barrio acomodado y dispuesto de vías de circulación modernas. Y próximo a las instalaciones del ferrocarril, verdadero dinamizador de la ciudad en el siglo XIX, y sobre todo a su espléndido edificio de la estación.

Vista desde calle Gamazo Vista desde Acera de Recoletos
En estas reproducciones del Plano de Valladolid de Ventura Seco, de 1738, se pueden observar los conventos de instituciones religiosas que cundían por la zona que en la actualidad va de la Plaza de Zorrilla hacia Colón y Paseo de Filipinos, con el triángulo de descampado de lo que sería con el tiempo el Campo Grande.
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