A veces lo más oculto resguarda lo más bello cuando no lo mejor elaborado. Descubrí una obra de Alonso Berruguete sobre la Adoración de los Reyes hace años, no por su ubicación en la iglesia de Santiago, que eso lo supe después, sino en cierta exposición en que la parte central del retablo estaba desmontada y al alcance de los ojos. Más próxima y más potente, o al menos así la percibí yo. Desde entonces, y hace muchos años de eso, a veces entro en Santiago a contemplar el conjunto del retablo y, sin menospreciar el resto de figuras y significados, mi mirada se sigue centrando en esa banda central que da nombre a toda la representación. Aquella percepción de cercanía hizo que me interesase y valorase más como diletante la obra del artífice de Paredes de Nava.
Epifanía es el término es utilizado por el cristianismo para designar la Adoración de los Magos. Un término que proviene del griego, luego latinizado, para expresar manifestación o revelación, en este caso la aparición de un nuevo dios. Pero la presencia de unos Magos provenientes del Oriente pretende definir algo más: el reconocimiento de un recién nacido al que se quiere como hijo de un dios único. Probablemente el episodio de tres personajes dedicados a la astrología que parecen seguir una estrella no deje de significar también revelación y búsqueda. Tres personajes con distintas caracterizaciones, como si quisieran denotar distintas procedencias raciales y físicas, concretadas simbólicamente en unos dones ofrecidos ante el Niño. Lo ya sabido, el oro, el incienso y la mirra, cuyo origen estaría en distintas ubicaciones al Oriente de Judea. Los artistas, y no solo el relator evangelista, de todos los tiempos, que han generado obras de encargo para el cristianismo, han recreado hasta el infinito aquel pasaje. Alonso Berruguete, un escultor formado e influido, por lo tanto, en el Renacimiento italiano, no iba a ser menos.
En Según Mateo, la narración novelada y bella escrita en griego por el evangelista Mateo, se relata aquel episodio: "...entonces la estrella que vieron en Oriente iba delante de ellos hasta que se detuvo al llegar sobre el sitio en que estaba el niño. Y al ver la estrella se alegraron con inmenso gozo. Cuando llegaron a la casa vieron al niño junto a María, su madre, se prosternaron y arrodillaron ante él; abrieron sus cofres y le entregaron como ofrendas oro, incienso y mirra".
El profesor de Teoría del Arte en la Politécnica de Barcelona Pedro Azara explica en su blog el relato de los Magos:
"En griego, los magos no eran lo que hoy consideramos que son unos magos (unos brujos), sino que eran intérpretes persas de los sueños, unos adivinos. Anatole no designaba la región de la moderna Anatolia; anatole no se refería propia o directamente a una región; significaba, en verdad, el levantar del sol, el alba marcada por el despuntar del sol (sol inevitablemente connotado como una divinidad que iluminaba el mundo); sol que, ciertamente, se alza por el este, es decir, en Oriente (el adjetivo anstolikos sí significaba levantino u oriental). (...) Las ofrendas ya son citadas en el texto original, y tienen un obvio significado simbólico. El oro alude a la realeza -la naturaleza humana de Jesús-, el incienso en su naturaleza divina -el incienso siempre ha perfumado los santuarios-, mientras que la Mirra es un ungüento que preserva la materia orgánica y alude, en este caso, a la próxima muerte y Resurrección de Jesucristo (la muerte de Jesús y la Resurrección de Cristo)".
Volviendo a Berruguete y a su obra en Santiago, y ya digo que sin hacer de menos otras figuras y escenas del retablo, es esa franja escultórica central la que me seduce. La influencia, cuando no emulación, italiana está presente en cada figura. Pero ese conjunto abigarrado de los Magos a ambos lados de la familia sacra rezuma movilidad, energía. Aunque magos y acompañantes parezcan amontonarse, en realidad no se tapan unos a otros y todos muestran una actitud expectante, diría que ansiosa, por ofrecer sus obsequios simbólicos. "Lo que lleva a cabo Berruguete es incorporar a la concepción general de la escena una idea de movimiento atropellado, de tensión expresionista que se aparta de la serenidad que caracteriza la Epifanía de Leonardo", precisa el especialista en Arte Manuel Arias Martínez, en su libro erudito Alonso Berruguete, Prometeo de la escultura, libro en el cual indaga constantemente en la influencia italiana y compara unas y otras obras de Berruguete por tierras españolas.
¿Y qué decir de las imágenes centrales cortejadas por los venidos del Oriente? Un José paciente, pasivo, tal vez perplejo aún, y anciano (¿será la paciencia una virtud por excelencia de la vejez?) Una María poderosa, dominante y protectora. Acaso se debate entre el intento de la apacibilidad y una expectación contenida, en la que ambos brazos indican una sujeción. El brazo derecho se instala en un control de sí misma, y con el izquierdo sujeta con seguridad al hijo. Por último, este, el niño, urgido por el mimo y sintiéndose amparado por el refugio del regazo de su madre, en una postura inquieta, revoltosa. ¿No es toda una alegoría bien plasmada de cualquier nacimiento humano? En la concepción de las tres figuras parecen converger imágenes ancestrales, anteriores a la idea cristiana, donde la Virgen resalta como una nueva diosa continuadora de otras diosas de culturas precedentes, definida en este caso por su rol en el relato monoteísta.
Pero mejor añado un texto que escribiera Ricardo de Orueta, un crítico especialista en arte de los siglos XVI y XVII, y al que Valladolid debe tanto por haber creado el Museo de Escultura, del libro Berruguete y su obra, de 1917, porque este autor sí sabía:
"(en esta obra) el efecto de inquietud y de arranque va creciendo paulatinamente a medida que irradia la atención desde el grupo central a los extremos. San José aparece perfectamente quieto; la Virgen ya, sin decir que se mueve, está intranquila; el Niño es el que se retuerce y quiere saltar. A los lados, el rey blanco parece, al ofrecer su regalo, que es atraído por el grupo central, y el negro contiene con esfuerzo premioso al impulso que lo empuja; detrás de ambas, unas figuras que se retuercen, que luchan sin saber con quién, que avanzan en tumulto, más con el deseo que con el cuerpo. El moovimiento y su expresión, se va ordenando, va creciendo, desde el centro a los extremos".
La mitología cristiana, en sus amplias variantes, no ha sido solamente inspiración para las obras de las grandes artes (pintura, escultura, arquitectura, etc.) sino también para la literatura. Gran parte de las creaciones y recreaciones reproducen lo que la tradición oral o escrita del cristianismo ha ido sedimentando. Recuerdo un relato de Ramón María del Valle Ínclán en su deleitosa obra Jardín Umbrío, el que titula La adoración de los Reyes. Lo busco. No me resisto a reproducirlo aquí.
" LA ADORACIÓN DE LOS REYES
Vinde, vinde, Santos Reyes
Vereil, a joya millor,
Un meniño
Como un brinquiño,
Tan bunitiño,
Qu’á o nacer nublou o sol!
Desde la puesta del sol se alzaba el cántico de los pastores en torno de las hogueras,
y desde la puesta del sol, guiados por aquella otra luz que apareció inmóvil sobre una
colina, caminaban los tres Santos Reyes. Jinetes en camellos blancos, iban los tres en la
frescura apacible de la noche atravesando el desierto. Las estrellas fulguraban en el cielo, y
la pedrería de las coronas reales fulguraba en sus frentes. Una brisa suave hacía flamear los
recamados mantos. El de Gaspar era de púrpura de Corinto. El de Melchor era de púrpura
de Tiro. El de Baltasar era de púrpura de Menfis. Esclavos negros, que caminaban a pie
enterrando sus sandalias en la arena, guiaban los camellos con una mano puesta en el
cabezal de cuero escarlata. Ondulaban sueltos los corvos rendajes y entre sus flecos de seda
temblaban cascabeles de oro. Los tres Reyes Magos cabalgaban en fila. Baltasar el Egipcio
iba delante, y su barba luenga, que descendía sobre el pecho, era a veces esparcida sobre los
hombros… Cuando estuvieron a las puertas de la ciudad arrodilláronse los camellos, y los
tres Reyes se apearon y despojándose de las coronas hicieron oración sobre las arenas.
Y Baltasar dijo:
—¡Es llegado el término de nuestra jornada!…
Y Melchor dijo:
—¡Adoremos al que nació Rey de Israel!…
Y Gaspar dijo:
—¡Los ojos le verán y todo será purificado en nosotros!…
Entonces volvieron a montar en sus camellos y entraron en la ciudad por la Puerta
Romana, y guiados por la estrella llegaron al establo donde había nacido el Niño. Allí los
esclavos negros, como eran idólatras y nada comprendían, llamaron con rudas voces:
—¡Abrid!… ¡Abrid la puerta a nuestros señores!
Entonces los tres Reyes se inclinaron sobre los arzones y hablaron a sus esclavos. Y
sucedió que los tres Reyes les decían en voz baja:
—¡Cuidad de no despertar al Niño!
Y aquellos esclavos, llenos de temeroso respeto, quedaron mudos, y los camellos,
que permanecían inmóviles ante la puerta, llamaron blandamente con la pezuña, y casi al
mismo tiempo aquella puerta de viejo y oloroso cedro se abrió sin ruido. Un anciano de
calva sien y nevada barba asomó en el umbral. Sobre el armiño de su cabellera luenga y
nazarena temblaba el arco de una aureola. Su túnica era azul y bordada de estrellas como el
cielo de Arabia en las noches serenas, y el manto era rojo, como el mar de Egipto, y el
báculo en que se apoyaba era de oro, florecido en lo alto con tres lirios blancos de plata. Al
verse en su presencia los tres Reyes se inclinaron. El anciano sonrió con el candor de un
niño y franqueándoles la entrada dijo con santa alegría:
—¡Pasad!
Y aquellos tres Reyes, que llegaban de Oriente en sus camellos blancos, volvieron a
inclinar las frentes coronadas, y arrastrando sus mantos de púrpura y cruzadas las manos
sobre el pecho, penetraron en el establo. Sus sandalias bordadas de oro producían un
armonioso rumor. El niño, que dormía en el pesebre sobre rubia paja centena, sonrió en
sueños. A su lado hallábase la Madre, que le contemplaba de rodillas con las manos juntas.
Su ropaje parecía de nubes, sus arracadas parecían de fuego, y como en el lago azul de
Genezaret, rielaban en el manto los luceros de la aureola. Un ángel tendía sobre la cuna sus
alas de luz, y las pestañas del Niño temblaban como mariposas rubias, y los tres Reyes se
postraron para adorarle y luego besaron los pies del Niño. Para que no se despertase, con
las manos apartaban las luengas barbas que eran graves y solemnes como oraciones.
Después se levantaron, y volviéndose a sus camellos le trajeron sus dones: Oro, Incienso,
Mirra.
Y Gaspar dijo al ofrecerle el Oro:
—Para adorarte venimos de Oriente.
Y Melchor dijo al ofrecerle el Incienso:
—¡Hemos encontrado al Salvador!
Y Baltasar dijo al ofrecerle la Mirra:
—¡Bienaventurados podemos llamarnos entre todos los nacidos!
Y los tres Reyes Magos despojándose de sus coronas las dejaron en el pesebre a los
pies del Niño. Entonces sus frentes tostadas por el sol y los vientos del desierto se cubrieron
de luz, y la huella que había dejado el cerco bordado de pedrería era una corona más bella
que sus coronas labradas en Oriente… Y los tres Reyes Magos repitieron como un cántico:
—¡Éste es!… ¡Nosotros hemos visto su estrella!
Después se levantaron para irse, porque ya rayaba el alba. La campiña de Belén,
verde y húmeda, sonreía en la paz de la mañana con el caserío de sus aldeas disperso, y los
molinos lejanos desapareciendo bajo el emparrado de las puertas, y las montañas azules y la
nieve en las cumbres. Bajo aquel sol amable que lucía sobre los montes iba por los caminos
la gente de la aldea. Un pastor guiaba sus carneros hacia las praderas de Gamalea; mujeres
cantando volvían del pozo de Efraín con las ánforas llenas; un viejo cansado picaba la
yunta de sus vacas, que se detenían mordisqueando en los vallados, y el humo blanco
parecía salir de entre las higueras… Los esclavos negros hicieron arrodillar los camellos y
cabalgaron los tres Magos. Ajenos a todo temor se tornaban a sus tierras, cuando fueron
advertidos por el cántico lejano de una vieja y una niña que, sentadas a la puerta de un
molino, estaban desgranando espigas de maíz. Y era éste el cantar remoto de las dos voces:
CAMIÑADE SANTOS REYES
POR CAMIÑOS DESVIADOS,
QUE POL’OS CAMIÑOS REAS
HERODES MANDOU SOLDADOS."

