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martes, 27 de enero de 2026

Fuente Dorada: la fuente de los gremios de oficios en el corazón comercial de otros tiempos y de ahora

 




Es un bonito y tierno detalle el del niño sacándonos la lengua. Al imaginativo escultor Fernando González Poncio, a quien aún recuerdo entrañablemente como compañero de mis tiempos escolares, también le saldría el infante que todos llevamos siempre dentro aunque peinemos canas. Esta criatura sentada a los pies de su madre, la aguadora, rompe el presencialismo más severo de las otras estatuas. Obras estas, no obstante, que adquieren una ligereza más cercana al espectador que las de los prohombres que hay en otras plazas.

Y es que Poncio intentó sortear la rigidez que siempre presentó la escultura historiográfica tradicional. En parte le ayudó que el tema fuera relatar y hacer alegoría de los oficios del pasado, homenajeando así a los gremios que los componían, que fueron innumerables, con esta síntesis de cuatro modelos escogidos. En cierto modo huye del hieratismo e incluso altanería que estatuas del pasado que se sortean por la ciudad -el conde fundador, el celebérrimo escritor de paso, el monarca nacido en la ciudad, el navegante que dio con otro continente, los reyes fundamentales a los que se concede la unidad política de los reinos de la nación- nos transmiten. Pero que son expresiones también de los criterios estéticos de otra época. 

Estas figuras representan no solo a los oficios sino a los que desempeñaron los trabajos. Al visitante de fuera o al peatón cotidiano cada estatua le lleva a dedicar un punto, siquiera breve, de pensamiento sobre la actividad que ejercía. ¿Cómo no imaginar el trasiego de la aguadora tomando en un cántaro el agua del río o de las fuentes y vendiéndola por doquier? ¿Cómo no sentir los golpes sobre el yunque del hombre que practicó uno de los oficios más duros del mundo? ¿Cómo no percibir al musculoso botero cargando sobre sus hombros el pesado odre de vino cigaleño? ¿O cómo no sospechar de las heridas ocultas de un hombre de armas que precisamente recurriría a uno de los talleres de la calle del gremio de espaderos que, mira por dónde, quedaba justo enfrente de donde se ubica esta representación?





Obviamente hubo tal infinidad de oficios en siglos pasados que para establecer una alegoría de todos y representarlos con estatuas no habría espacio suficiente. Supongo que el criterio para elegir el autor del conjunto estos personajes es porque serían de lo más conocido y habitual. Y que se prestan a ser representados con sus atributos y reconocidos fácilmente por el común de la ciudadanía. No obstante tras cada uno  de los personajes de la fuente hay una placa donde se cita un número determinado de oficios, mayormente desaparecidos. Y que evocan a su vez zonas y calles de la proximidad o del centro histórico tradicional.

González Poncio no fue solamente el escultor. Diseñó este y otros espacios del entorno para recuperar la memoria de las antiguas ubicaciones de los menestrales y gentes de oficios. Su profesión era la de arquitecto, pero tocó más palillos, ya lo dice en el libro Escultura pública en la ciudad de Valladolid José Luis Cano de Gardoqui García: "El interés de Poncio por la concepción de proyectos globales, totales, al modo de los maestros renacentistas, donde la libertad del artista se despliega y asume todo tipo de presupuestos y realizaciones -arquitectónicas, escultóricas, ingenieriles, etc.- ha quedado bien demostrado en sus intervenciones urbanísticas en las plazas de la Rinconada, Martí y Monsó, de España y de la Fuente Dorada".



 
El oficio de aguadora nos hace pensar en que se trataba de algo sencillo. Que no había transformación de por medio como en otros oficios. Que su labor consistía en tomar agua del río o de manantiales y distribuirla por la ciudad, pues hasta fechas relativamente recientes no hubo conducción de agua que llegara a cada domicilio o a los talleres o tahonas que precisasen el agua para sus elaboraciones. La aparente tarea simple conllevaba la fortaleza de la persona que la transportase. Uno supone cuando ve y admira la variedad y tamaño de cántaros que acarrearlos cargados a tope sobre la cabeza o adaptándolos a un costado no tenía que ser baladí. Aunque también se utilizaran asnos con alforjas para llevar las vasijas. Parece ser que la estatua de la aguadora está orientada simbólicamente hacia el monasterio de San Benito, meta del llamado Viaje de aguas de Argales, una obra hidráulica importante del siglo XVI que fue generando algunas fuentes por la ciudad.






El herrero constituía uno de los oficios más considerados. Generar útiles y herramientas de hierro para todo tipo de trabajos relacionados con otros oficios, durante tantos siglos antes de que llegara la producción industrial, tuvo que ser muy apreciado. No en balde el yunque y el fuego de la forja se convirtieron en el símbolo y la denominación visual por excelencia del oficio. Y por supuesto, el músculo y el temple de acero del herrero no va a la zaga. Las películas suelen reflejar muy bien al fornido hacedor de útiles con hierro y fuego. ¿En qué dirección mira desde su constante golpear el hierro este transformador de una materia de materias? Tal vez hacia ninguna parte y hacia todas, pues fraguas habría unas cuantas en distintos barrios.









Importantes fueron siempre los trabajos relacionados con el tratamiento de las pieles y su transformación en distintos artículos. El oficio de botero sirvió para crear odres, botas o pellejos donde guardar no solo vino sino también vinagre y aceite en cantidades menores. Así que fue siempre muy valorado, pero algo parecido ocurría con oficios afines como zapateros, guarnicioneros, coleteros, etc., todos partiendo de la materia prima piel y destinados a diferentes usos. Parece ser que el escultor colocó la figura representativa del botero mirando en dirección a la actual calle de Ferrari, donde se encontraba el corral de boteros, que era el espacio donde se concentraban los del oficio. Hoy existe el callejón todavía pero con una puerta que clausura su entrada, y eso que es de suponer que siga siendo un espacio público. 





Incorporar por parte del escultor Poncio un militar del siglo XVII al conjunto puede interpretarse a dos bandas. Por una parte, que el llamado oficio de armas había sido siempre un ejercicio profesional al servicio de poderes privados o públicos, en este caso sin duda que al servicio de la Corona. Por otro lado, refiriéndose a los oficios relacionados con la armería en general, es decir los arcabuceros, los armeros, los fabricantes de pólvora y cohetería, y, cómo no, los espaderos. Acaso el soldado que sujeta las bridas del caballo con una mano y asienta la otra en una empuñadura, dirige su vista en dirección a donde se encontraba precisamente la calle de Espaderos, hacia la actual Cánovas del Castillo. 





Entre tantas imágenes de los representantes de oficios he ido incrustando otras de varios mascarones por donde expulsa el agua la fuente. Una alegoría añadida de las cuatro estaciones. Las esculturas están talladas en granito abulense. Y no es pura invención la forma ochavada de la fuente. Comenta Cano de Gardoqui en el libro citado anteriormente: "Poncio ha retomado la forma ochavada del pilón de la fuente de 1876; ello con el añadido de cierto carácter simbólico relativo a la proximidad de la Plaza del Ochavo o a la forma ochavada de la moneda de uso corriente en el siglo XVI. Lo mismo puede decirse de la ubicación de la fuente actual, más o menos similar a la del siglo XVII". Fuentes citadas que desaparecieron hasta que esta obra de 1998 recuperó el verdadero sentido y nombre de la concurrida plaza.


Enlaces de interés:




miércoles, 17 de diciembre de 2025

Jorge Guillén desde su atalaya poética de Constitución




"Villa por villa en el mundo
cuando los años felices
brotaban de mis raíces,
tú, Valladolid profundo".

Puede parecer un simple poema escrito en los infolios que el poeta Jorge Guillén sostiene sobre sobre las rodillas de bronce, pero tiene su enjundia. Vincular la infancia con la felicidad, siempre relativa pero más alcanzable si cabe en las edades tempranas, no es una mera licencia poética sino una honda reflexión. Tal vez la profundidad de Valladolid que menciona sea la propia del hombre. Esa hondura que se va dando en los primeros años de la vida, que nos parecen rodeados de sencillez y carencia de responsabilidad. Pero ¿hay algo que marque más para siempre que lo vivido en esos años? El poeta Guillén, que lo sabría sobradamente, lo asocia a su propia ciudad natal, donde vivió un tiempo. Entonces, una ciudad ¿es profunda por el mero hecho de existir y tener un nombre o por cuanto recibe de sus pobladores? 

Esa estrofa forma parte de las agrupaciones de versos que bajo el título de Tréboles se pueden hallar frecuentemente en el poemario Clamor de Jorge Guillén. Es la excusa para justificar el bajorrelieve que labró el escultor Luis Santiago Pardo para ser colocado en la fachada del número 8 de la calle Constitución donde vivió Guillén. Con esta lápida de 1993 se conmemoraba el centenario de su nacimiento. El escritor, en actitud austera pero expresiva, parece recitar sus versos. El escultor se aplicó en su visión figurativa, y nada mejor que añadir aquí lo que escribe José Luis Cano de Gardoqui García en su obra Escultura pública en la ciudad de Valladolid:

"El bajorrelieve muestra de forma fehaciente las constantes formales desplegadas por Santiago al servicio de una producción predominantemente figurativa, que ha ido evolucionando hacia un expresionismo no exento de cierto contenido simbólico. El rigor escultórico, la armonía de proporciones, el naturalismo que emana de la actitud y de los rasgos fieles del personaje retratado son características formales tamizadas por el escultor mediante una textura rugosa, dinámica, que acentúa el carácter expresivo de la obra, revelando al mismo tiempo el ritmo del propio proceso creativo del artista".






Tal vez mucha gente no se detenga ante este u otros relieves que hay en edificios de la ciudad donde nacieron o vivieron personajes significativos de la cultura. El recordatorio del personaje en el edificio debería servir para motivar conocimiento sobre la aportación del poeta. Su obra poética sigue siendo de las más originales y perfectas que se hayan escrito en nuestra lengua. La casa de Constitución, como todo el mundo sabe, se haya ubicada en el corazón histórico de la urbe, tan próxima a la Plaza Mayor y en una zona comercial que rebosa día a día de tránsito de viandantes. No sé si su poema Plaza Mayor, del poemario Cántico, se refiere a nuestra plaza, pero con las connotaciones que hay en el poema me apetece traerlo aquí: 


PLAZA MAYOR

Calles me conducen, calles. 
¿A dónde me llevarán? 

 A otras esquinas suceden 
Otras como si el azar
Fuese un alarife sabio 
Que edificara el compás 
De un caos infuso dentro 
De esta plena realidad. 

Calles, atrios, costanillas 
Por donde los siglos van 
Entre hierros y cristales, 
Entre más piedra y más cal. 

Decid, muros de altivez, 
Tapias de serenidad, 
Grises de viento y granito, 
Ocres de sol y de pan: 
¿Adónde aún, hacia dónde
Con los siglos tanto andar? 

De pronto, cuatro son uno. 
Victoria: bella unidad.










miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquel entrañable fotógrafo minutero del Campo Grande

 



Tal vez la escultura reproduce los pasos de una danza y a un bailarín que la ejecuta. Aquella parafernalia de preparar a los sujetos que deseaban la foto, de ocultarse bajo una lona, de ordenar atención a punto de darle al obturador o de manipular con las manos en la oscuridad de una caja el relevado, está magistralmente recogida por Eduardo Cuadrado, el autor de otras obras que pululan por la ciudad (Delibes, El comediante, etc.) Aunque la obra instalada en 1994 como homenaje al fotógrafo del Campo Grande se suele asociar al último de los fotógrafos minuteros, Vicente Muñoz, que muchos hemos conocido, en realidad es reconocimiento a cuantos minuteros se instalaron en distintos tiempos y lugares del parque. 

Ciertamente esta figura parece un híbrido, un personaje fantástico, transformado, como los que los antiguos mitos recrearan. Pegasos, centauros, harpías, esfinges, etc. se quedan atrás ante esta representación donde el hombre desaparece engullido por la cámara, donde no hay magia sino técnica modesta y precisa, y sobre todo buen hacer y hábil experiencia. Parte máquina, parte hombre, parte la captura de un instante.




Si era técnica y no magia ni milagro, ¿de qué se trataba aquella caja sujeta por un trípode? Lo explica sucintamente José Delfín Val en Tres rostros para una máquina, artículo incluido en el libro El Campio Grande. Un espacio para todos:

"Antiguamente se usaban para la fotografía rápida placas ferrotípicas que quedaron desfasadas por los adelantos técnicos habidos en el siglo XX. Ya en la primera década se utilizaban emulsiones de gelatinobromuro de plata que resolvía los problemas de sensibilidad y obtención de copias rápidas. Los minuteros llevaban en el interior de su cámara el material sensible, generalmente de tamaño postal, tratado al gelatinobromuro. La misma cámara era portadora de dos recipientes para el revelado y fijado de la fotografía. El artista tomaba la foto original sobre una de estas postales (el negativo) que se reproduciría en otra postal y en la misma cámara, obteniéndose así el positivo. Este positivo podría reproducirse cuantas veces se quisiera. El fotógrafo entregaba la foto todavía húmeda, tierna, por lo que se aconsejaba al cliente que la llevara cogida por un extremos hasta que se secara antes de guardarla en la cartera. Muchas de esas fotografías se han pasado la media vida de una persona metidas en una cartera". 




La obra de Cuadrado fue, como otras, realizada en fibra de vidrio para posteriormente ser vaciada en bronce, según nos cuenta Cano de Gardoqui en su útil guía de escultura pública en nuestra ciudad. Que esté situada en el punto en que Vicente Muñoz trabajaba no deja de ser un detalle de gratitud póstumo de la ciudadanía con el profesional. Ante este fotógrafo y otros pasaron infinidad de personas de toda condición, pero sin duda que los clientes favoritos eran los soldados que hacían la mili (el servicio militar) en Valladolid durante sus salidas de paseo, las familias en un día festivo, las parejas de novios más o menos formales de aquel tiempo ya lejano, o simplemente unos niños. No en balde los mismos minuteros colgaban de su cámaras una especie de muestrario con fotos de reclamo para los viandantes. ¿Por qué el fotógrafo Muñoz elegiría este punto del parque donde el fondo de imagen era la frondosidad y no un monumento? Tal vez detectó que el arbolado, la floresta en general, es siempre un fondo natural mejor acogido. O que acaso los efectos contrastados de luces y sombras beneficiaban más al resultado de su trabajo.

Por supuesto que hubo en el pasado otras figuras representativas del Campo Grande, los guardas y jardineros, el barquero (que por cierto, al menos tiene una placa en el borde rocoso del lago), el barquillero. ¿Quién se acuerda del barquillero? A este paseante no le pusieron nunca ante un minutero del parque, pero en mi magín habita la imagen vívida del barquillero, porque de niño cuando me decían que iban a llevarme al Campo Grande tenía dos ideas fijas: montar en la barca y que me comprasen barquillos, cuyo sabor y textura se instalan para toda la vida en la mente. Y ahí está la caprichosa memoria para rememorar épocas ya evanescentes y homenajear de paso a los viejos oficios.