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lunes, 29 de junio de 2026

El pavo real vallisoletano y el Teatro Calderón de la Barca

 



En estos tiempos en que se adopta de todo -niños, perros, gatos, mascotas varias, etc.- alguien ha tenido la idea, ¿o es solo ocurrencia?, de proponer la adopción de un pavo real, ese símbolo por excelencia del Campo Grande. O eso pensó este paseante al ver un recortado pavo real de aglomerado apostado en plena Fuente Dorada. Entre su alisado plumaje azul se lee el mensaje: adoptaunpavo.com.cuida de un pavo real de Campo Grande. ¿Irá de adopción o solo de broma? Pues ni una cosa ni otra. Se trata de un guiño publicitario ingenioso y sutil, porque si vas al enlace propuesto lo que te encuentras es nada menos que la programación para la temporada 2026/2027 del Teatro Calderón. Una publicidad delicadamente inductiva e ingeniosa, y nada agresiva, por cierto. 




Por lo demás, ya sabemos la atracción, la fama y el respeto de que goza el pavo real en nuestra ciudad. Y cómo se vincula al parque principal, aunque no estuvo allí toda su vida y me parece que aún no ha transcurrido el siglo desde que se ubicó a la primera pareja. Siempre ha sido una imagen espectacular la de esta ave, pero en los últimos años fue además una imagen icónica, representativa y sumamente atrayente, de la Feria del Libro. No obstante parece que en la última y reciente edición ha pasado a otra vida. A la vez que se ha inaugurado un nuevo logotipo harto convencional. 

Leo un texto del escritor vallisoletano Gustavo Martín Garzo para aquel testimonial libro coral El Campo Grande, un espacio para todos, publicado en 2009:

"Desde hace unos años el pavo real es la imagen de la Feria del Libro de Valladolid. Es así desde que la feria abandonó su emplazamiento de la Plaza Mayor para situarse junto al Campo Grande. El pavo real es una de las figuras emblemáticas del parque y nada pareció más natural que tomarle como símbolo de esta fiesta de primavera. Además, esta extraña ave, con su cola magnífica, que debe desplegarse para ser vista, bien podría ser un símbolo de ese libro cuyas hojas abrimos en el acto de leer. La cola del pavo real está llena de ocelos dorados, azules y verdes que, al extenderse ante nuestros ojos, representan el universo; y en los libros se guardan todos los matices, pensamientos y emociones del corazón humano. Aquel representa el firmamento y sus noches estrelladas; loslibros, ese mundo interior hecho de los pensamientos y las imágenes que pueblan nuestros sueños".

El símil alegórico de Martín Garzo, tan logrado como hermoso, parece haber quedado atrás por criterios que a veces no se entienden bien. Sin que estos signifiquen avance ni mejora creativa ni de comunicación colectiva.





Aunque circunscrito su modus vivendi al Campo Grande nunca estuvo de más que el pavo real representara de alguna manera el estatus de la ciudad moderna que viene latiendo, primero lentamente, más tarde veloz, desde el siglo XIX avanzado -y es que no solo de un conde Ansúrez y llamas o jirones del  escudo debe vivir la representación de la ciudad- pero sería una ligereza postergar el estimulante porte del animal como seña también de identidad urbana, viva y majestuosa, que sigue siendo para los ojos de los paisanos y de los visitantes. 

La última novedad es que, a tenor de ciertas imágenes que he visto por la red, ahora se le ha convertido al pavo real en una imagen infantiloide dirigida a los niños. En fin, otra ocurrencia más que no brilla por su excesiva imaginación. En contrapartida no me parece mal que el Teatro Calderón de la Barca recabe la imagen del pavo real para promocionar, al menos en estos momentos pre-temporada, sus espectáculos. Aunque personalmente si quiero ir al teatro lo haré en función de la obra que me interese. Y si quiero percibir de cerca y disfrutar la belleza y la conducta del pavo real todavía lo tengo más fácil y gratuito: pasear por los ámbitos del parque por donde transcurren sus días y sus noches. Que en ocasiones los transgreden, por cierto.










miércoles, 24 de junio de 2026

Postales de estío. Neptuno en su río del Campo Grande durante la canícula

 



Hoy traigo esta colección de postales del frescor como contrapartida de los días extremos de canícula que padecemos. ¿Hay acaso mejor manera de paliar, siquiera pasajeramente, el calor tórrido que refugiarse en el Campo Grande y detenerse en cualquiera de sus espacios de sombra? No son solo los espacios umbríos que los altos árboles proporcionan, sino la propia belleza de su envergadura. La variada y exuberante vegetación, las formas múltiples que adquiere esta y las amplias tonalidades de verde oxigenan y refrescan nuestra mente, y no solo el resto del cuerpo. Por supuesto, no hago de menos a otros parques y espacios de verdor que alivian al ciudadano en barrios o plazas, pero el Campo Grande, tan bien situado y tan frondoso es un lujo al alcance de quien transite por la proximidad. 

Muchos son los ámbitos que nos proporciona el parque fastuoso que nos ha acogido desde la infancia. Muchos los rostros que muestra a lo largo de las cuatro estaciones. Ninguno desmerece, porque la naturaleza brinda la oportunidad de ser observada y disfrutada en cualquiera de sus estados. Pero ciertamente, es la necesidad humana la que nos inclina con un afán egoísta y lógico, a apreciar la manifestación del estío en el Campo Grande. Mucha es la capacidad de respiración que nos proporciona, como una sana isla entre las viales de tráfico del entorno. Si a todo ello se le suma los cantos de las aves, los graznidos de los pavos reales, el deambular cada vez más aproximativo de las ánades, el Campo Grande resulta un espacio terapéutico decisivo.  




Si hoy me detengo, una vez más, en ese territorio del río que bordea la isla de Neptuno es porque apacigua contemplar su curso manso y el conseguido efecto de una vegetación ribereña múltiple, fecunda, que llena al paseante de asombro. Hablamos de sauces, arces, aligustres, álamos, tejos, cedros, castaños, bambúes, espinos de fuego, palmitos...Y aunque este paseante no es capaz de distinguir gran parte de ellos tengo constancia que unos u otros adornan y dan vida al recorrido del río. No es Neptuno el verdadero protagonista de este territorio del parque que era nombrado en mi infancia como los Países Bajos, aunque no creo que esa expresión tuviera que ver con la nación. Es el riachuelo prácticamente recóndito y callado, que no sabes si va o viene, el elemento que define este área del parque.

El río cursa a través de una especie de pasadizo donde se derraman troncos de árboles y ramaje variado, imponiendo su dominio de verdor copioso y grato a la vista. Nadie imaginaría que no es un río natural, aunque natural sea el agua y la vegetación. Qué poéticamente lo expresan Teresa López y Raúl Domingo en su libro Campo Grande. Jardín histórico de Valladolid, apareccido hace treinta cinco años: "Otro protagonista del parque soy yo: el río. Salgo de las aguas serenas del estanque, recorro un camino y me pierdo de forma subterránea y escondida". Un hermoso libro que habla del Campo Grande desde la perspectiva de los paseos que pueden y deben darse a través suyo.




Neptuno es la única estatua que ha sobrevivido del conjunto que hubo en otro tiempo en el Campo Grande. Junto con un Mercurio y una Venus o representación de la Abundancia, situadas sobre sendas fuentes, adornaba un paseo. Mercurio y Venus desaparecieron y a Neptuno, rescatado de la orfandad y del olvido, la colocaron en la isleta actual. En el libro El Campo Grande,un espacio para todos, Jesús Urrea comenta: "Ha sido esta última la única estatua que ha sobrevivido a tantos cambios como se han producido en los jardines del Campo. De tamaño natural, mutilada y medio olvidada entre la vegetación de la isleta sobre el riachuelo en que se encuentra, sin valorarse el interés que tiene esta obra escultórica del siglo XVII, seguramente procedente de algún sitio real y regalo de Isabel II a la ciudad, merecería una mayor consideración municipal". No obstante, este paseante discrepa de esta última opinión. El espacio donde se encuentra Neptuno es idóneo y concede al curso del arroyo un toque especial, casi misterioso. ¿Iba a estar mejor en un museo? Aunque ciertamente no es un lugar excesivamente frecuentado, si bien está próximo a la zona de juego de los niños, y probablemente pase desapercibida.  

Les dejo con el disfrute visual de una fronda única. Como contribución a la fuga posible de esta canícula abrasadora que ha traído el verano.  
 















miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquel entrañable fotógrafo minutero del Campo Grande

 



Tal vez la escultura reproduce los pasos de una danza y a un bailarín que la ejecuta. Aquella parafernalia de preparar a los sujetos que deseaban la foto, de ocultarse bajo una lona, de ordenar atención a punto de darle al obturador o de manipular con las manos en la oscuridad de una caja el relevado, está magistralmente recogida por Eduardo Cuadrado, el autor de otras obras que pululan por la ciudad (Delibes, El comediante, etc.) Aunque la obra instalada en 1994 como homenaje al fotógrafo del Campo Grande se suele asociar al último de los fotógrafos minuteros, Vicente Muñoz, que muchos hemos conocido, en realidad es reconocimiento a cuantos minuteros se instalaron en distintos tiempos y lugares del parque. 

Ciertamente esta figura parece un híbrido, un personaje fantástico, transformado, como los que los antiguos mitos recrearan. Pegasos, centauros, harpías, esfinges, etc. se quedan atrás ante esta representación donde el hombre desaparece engullido por la cámara, donde no hay magia sino técnica modesta y precisa, y sobre todo buen hacer y hábil experiencia. Parte máquina, parte hombre, parte la captura de un instante.




Si era técnica y no magia ni milagro, ¿de qué se trataba aquella caja sujeta por un trípode? Lo explica sucintamente José Delfín Val en Tres rostros para una máquina, artículo incluido en el libro El Campio Grande. Un espacio para todos:

"Antiguamente se usaban para la fotografía rápida placas ferrotípicas que quedaron desfasadas por los adelantos técnicos habidos en el siglo XX. Ya en la primera década se utilizaban emulsiones de gelatinobromuro de plata que resolvía los problemas de sensibilidad y obtención de copias rápidas. Los minuteros llevaban en el interior de su cámara el material sensible, generalmente de tamaño postal, tratado al gelatinobromuro. La misma cámara era portadora de dos recipientes para el revelado y fijado de la fotografía. El artista tomaba la foto original sobre una de estas postales (el negativo) que se reproduciría en otra postal y en la misma cámara, obteniéndose así el positivo. Este positivo podría reproducirse cuantas veces se quisiera. El fotógrafo entregaba la foto todavía húmeda, tierna, por lo que se aconsejaba al cliente que la llevara cogida por un extremos hasta que se secara antes de guardarla en la cartera. Muchas de esas fotografías se han pasado la media vida de una persona metidas en una cartera". 




La obra de Cuadrado fue, como otras, realizada en fibra de vidrio para posteriormente ser vaciada en bronce, según nos cuenta Cano de Gardoqui en su útil guía de escultura pública en nuestra ciudad. Que esté situada en el punto en que Vicente Muñoz trabajaba no deja de ser un detalle de gratitud póstumo de la ciudadanía con el profesional. Ante este fotógrafo y otros pasaron infinidad de personas de toda condición, pero sin duda que los clientes favoritos eran los soldados que hacían la mili (el servicio militar) en Valladolid durante sus salidas de paseo, las familias en un día festivo, las parejas de novios más o menos formales de aquel tiempo ya lejano, o simplemente unos niños. No en balde los mismos minuteros colgaban de su cámaras una especie de muestrario con fotos de reclamo para los viandantes. ¿Por qué el fotógrafo Muñoz elegiría este punto del parque donde el fondo de imagen era la frondosidad y no un monumento? Tal vez detectó que el arbolado, la floresta en general, es siempre un fondo natural mejor acogido. O que acaso los efectos contrastados de luces y sombras beneficiaban más al resultado de su trabajo.

Por supuesto que hubo en el pasado otras figuras representativas del Campo Grande, los guardas y jardineros, el barquero (que por cierto, al menos tiene una placa en el borde rocoso del lago), el barquillero. ¿Quién se acuerda del barquillero? A este paseante no le pusieron nunca ante un minutero del parque, pero en mi magín habita la imagen vívida del barquillero, porque de niño cuando me decían que iban a llevarme al Campo Grande tenía dos ideas fijas: montar en la barca y que me comprasen barquillos, cuyo sabor y textura se instalan para toda la vida en la mente. Y ahí está la caprichosa memoria para rememorar épocas ya evanescentes y homenajear de paso a los viejos oficios.   










domingo, 27 de julio de 2025

La cascada y gruta entrañables del Campo Grande (y su entorno)

 



El poeta chileno Vicente Huidobro poetizó aquello de:
 
"Soy el paseante
el paseante que se parece a las cuatro estaciones"

Y esa sensación tiene uno ante la visión a lo largo del año del Campo Grande de Valladolid, la gran joya de nuestra ciudad que en el  siglo XIX pretendía casi contrarreloj hacerse moderna. Cada estación del parque y pulmón tiene sus pecularidades y su encanto. En brisas, en colores, en fronda, en aromas, en comportamiento de los animales que la pueblan y, cómo no, en la actitud con que es tomado el espacio por quienes lo visitan. Sé de muchas vallisoletanos que en su recorrido diario hacia el trabajo lo atraviesan por el Paseo del Príncipe y de simples paseantes que recorren sin rumbo sus sendas. El Campo Grande, con sus zonas diferenciadas pero armonizadas unas y otras entre sí, se presta a ello. Hoy hago el recorrido del río artifical pero fantástico y elegante. Mañana el entorno del lago, que es un estanque pero que la fantasía ve en las rocas que lo delimitan, su surtidor y los peces un auténtico espacio acuático. Me paro en torno a la Fuente de la Fama o entro al recoleto rincón del monumento a Núñez de Arce. Etcétera. El Campo Grande no existe para un día sino para todos los días y todo el año.

Si de pronto me he ido a buscar y rebuscar por el entorno de la cascada y su gruta es porque a uno le vienen recuerdos de etapas tan diferentes como la de la niñez y la juventud, en que gastamos parque a mansalva. Incluso posteriormente, llevado por el afán paternal, uno ha iniciado a sus vástagos en el afecto por el parque. Esta cascada es de lo más espectacular, teniendo en cuenta que se creó una montaña para que simulara  lo que es, y da el pego realmente. Parece auténtica. Antiguamente se podía entrar a la gruta por sus laterales y recuerdo que incluso hubo una barra de bar. Si el vandalismo no fuera norma para ciertos humanos lo ideal sería que su entrada y recorrido estuviera permanentemente accesible. Uno se conforma con que no vuelvan a instalar allí dentro ningún chiringuito. Uno quiere lo más puro posible ese espacio.





María Antonia Fernández del Hoyo en su artículo El Campo de la verdad, recogido en el libro El Campo Grande, un espacio para todos:

"...La cascada del Campo Grande, ideada por Oliva, estaba carente de plano; su construcción sería larga y compleja. La estructura se hizo con piedras procedentes de derribos, entre ellos del Ayuntamiento herreriano, y revestida de otras ornamentales, lo que incrementó muchísimo el peso haciendo temer su ruina. Más polémica resultó la búsqueda de las estalactitas naturales que debía revestir el interior de la guta. La persona encargada de localizar una cueva natural de donde se pudiesen tomar eligió la hoy muy célebre de Atapuerca, en la vecina provincia de Burgos, para extraer las que consideró necesarias, pero un periódico burgalés puso el grito en el cielo acusando de vandalismo al Ayuntamiento de Valadolid. El enfrentamiento con Burgos implicó a varias instituciones y no se saldó hasta que la intervención del Ministerio de Fomento autorizó el traslado de las estalactitas a Valladolid, colocándoise en junio de 1880".