"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




viernes, 21 de abril de 2017

La Llave que abría paladares




Que el anagrama del escudo formara con las dos iniciales de nombre y apellido del fabricante una llave tenía su ingenio. ¿Qué sería antes? ¿El anagrama o el nombre de llave? Seguramente el chocolate. Fuera lo que fuera el diseño estilizado era un gancho que permaneció en la retentiva de los vallisoletanos durante décadas. Una identidad corporativa que se metía por los ojos. El edificio de viviendas remodelado en 1951, y que conocimos como fábrica en su día, permanece ahí, justo en la confluencia de la calle Recondo con el Paseo del Arco de Ladrillo. 




En el blog de Domus Pucelae leo:

"La historia de tan popular marca de chocolate en el ámbito vallisoletano comenzó cuando Pedro López llegó a Valladolid en 1821, donde su espíritu emprendedor le movió a abrir un almacén de vinos y ultramarinos en los soportales de Cebadería. Treinta años después este negocio fue heredado por su sobrino Eudosio López Civera, al que incorporó la fábrica de chocolates La Llave. El establecimiento tuvo tanto éxito que se quedó pequeño, de modo que en 1883 fue abierto un nuevo despacho en la calle del Val y en 1890 otro en la calle de Santiago, donde, junto a los productos de ultramarinos y el chocolate fabricado allí mismo con cacao traído de Sudamérica, se continuaron vendiendo vinos españoles y otros importados, especialmente champán y vinos de Borgoña y de Burdeos.

El negocio del chocolate conoció un auge mayor a partir de 1891, trasladándose la fábrica desde el centro hasta el Paseo del Arco de Ladrillo, consiguiendo, como representante de Valladolid, dos medallas de plata en la Exposición Universal de París de 1900, un año después de la erección de la famosa Torre Eiffel.

La producción de chocolate continuó con Eudosio López Doncel, que entre 1936 y 1939 sufrió las consecuencias de la Guerra Civil y los años de escasez y racionamiento que la siguieron. Fue entonces cuando se comercializó el llamado chocolate Familiar nº 5, que por la escasez en la llegada de azúcar incorporaba mayor cantidad de harina, dando lugar a un inconfundible chocolate a la taza que conocieron varias generaciones. En los años del desarrollo aparecerían modalidades de mayor calidad, como el chocolate con leche y con avellanas, dedicándose, entre 1954 y 1992, prácticamente a la exclusiva producción de este popular producto". 








Todavía existe el chocolate de hacer, ¡y de comer a mordisco!, como me dijeron en el comercio de Severo Fraile cuando me di el gustazo de comprar una tableta el otro día. Uno ha echado en falta los cromos sobre Historia, animales o monumentos que coleccionamos cuando éramos niños. Y mira que he mirado entre el envoltorio.



viernes, 14 de abril de 2017

El imaginero de manos del escultor Jesús Trapote




Hay algo del genial Rodin, ¿o bastante?, en este trabajo en bronce del escultor vallisoletano Jesús Trapote que homenajea al imaginero de los tiempos barrocos. Por supuesto, no pienso en un Rodin angustiado, retorcido, ahíto de escorzos violentos, que expresa la crisis del individuo de todos los tiempos. Tal vez sea la monumentalidad y ese cuerpo poderoso que tiene más de materia pura que de perfección anatómica lo que me recuerda en esta obra a algunas del escultor francés. Pero no se me haga mucho caso, mis asociaciones de ideas son siempre subjetivas y distan mucho de pontificar sobre similitudes y aptitudes de los creadores artísticos.

A diferencia de las obras cargadas de pathos dramático que de la mano de los Juan de Juni, Gregorio Fernández, Francisco Rincón, Alonso de Rozas, Díaz de Tudanca y otros han llenado las iglesias de la Contrarreforma desde mediados del siglo XVI hasta casi nuestros días, la representación del artista de toda aquella imaginería que esta semana se exhibe ampliamente en las calles vallisoletanas tiene otro carácter. Trapote ha sabido impregnar al demiurgo artesano de tallas y pasos de los atributos de un verdadero Creador.

Hay mucho en el porte de esta escultura de un dios jupiterino, si bien habitante del olimpo del Arte, que en lugar de rayos para fulminar a los dioses de la competencia enarbola el mazo y el cincel con el que genera expresión en las imágenes que se suponen deben ser imperecederas. El imaginero de Jesús Trapote tiene una mirada interior reflexiva, una actitud de calmosa parada, como si estuviera meditando sobre el paso siguiente que va a avanzar para la obra que se trae entre manos. En este sentido evoca el esfuerzo tanto de diseño como de técnica que un artista de la madera debía precisar en su mente antes de afinar con la gubia, el formón o la azuela. Una alegoría, en fin, profunda y alejada de la parafernalia con que se han representado otras estatuas dedicadas de nuestra ciudad, que consagra, a mi modo de ver, a Trapote como un verdadero hacedor de nuestros días.




Obra del año 2003, la escultura del imaginero está ubicada al comienzo de la calle de las Angustias, esquina con González Echegaray y la Bajada de la Libertad. Mejor referencia: frente al Teatro Calderón, aunque el imaginero mire en dirección centro. Me parece adecuado que esté prácticamente a pie de calle, integrada en la marcha ordinaria de los viandantes. No me parece tan idóneo que la cantidad de mobiliario urbano que hay en torno a ella la haga perder cierta perspectiva, aunque tal vez el tránsito peatonal la haga más familiar. Soy partidario de esta concepción próxima de los monumentos escultóricos, tan alejados de aquellos de otros tiempos que si no estaban sobre altos pedestales parecía que el personaje no hubiera existido. 










lunes, 10 de abril de 2017

Jardines junto al Arco de Ladrillo que amaría Brecht




Tengo una extraña pero familiar predilección por los jardines pequeños, esos que son nuevos y rescatan los rincones de la ciudad, desproveyéndolos de la vocación de basureros a la que se habrían visto abocados si la imaginación no se hubiera impuesto a la incuria. Apenas unos metros de zonas céntricas, de tránsito abundante donde viejos y nuevos sistema de transporte pugnan por coexistir junto al transeúnte presuroso o el jubilado calmo. Sin ocultar realidades inmediatas -viales, ferrocarril, edificios ruinosos y construcciones modernas de alturas desmesuradas- disfrazan la aglomeración, aligeran la mezcolanza de elementos urbanos y traen con su sueño artificial algo de la fronda natural que una vez perdió el paisaje ciudadano.



Se trata de un pequeño espacio situado junto al Arco de Ladrillo. Nada más atravesar el humilde y deprimido paso subterráneo peatonal que comunica la calle Puente Colgante, a la altura del paso elevado sobre el ferrocarril, con toda la zona poblada de la carretera de Madrid. Justo al borde de las vías del tren, en los terrenos que antaño fueron de una fábrica de harinas que hace décadas ardió y que por arte de la fiebre y consecuente burbuja inmobiliaria se trocó en nuevas construcciones. Sorprende el cuidado y buen estado de esta vegetación amable de la que se benefician los vecinos de la zona.



No sé por qué me viene a la mente un relato que el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht cuenta en sus Historias del señor Keuner:

"Interrogado sobre sus relaciones con la naturaleza, el señor K. contestó:

- De cuando en cuando me gustaría ver algún que otro árbol al salir de casa, en esos momentos, sobre todo, en que, debido al cambio de aspecto que experimentan según la hora del día y la época del año, tan particular grado de realidad alcanzan. Ocurre además que en las ciudades, el invariable espectáculo de objetos de uso, como casas y calles que no tendrían sentido de estar deshabitadas, acaba por trastornarnos. Nuestra singular organización social nos hace incluir también a los hombres entre los objetos de uso. Pues bien, los árboles tienen -al menos para mí, que no soy carpintero- un no sé qué de autónomo, de independiente de mi persona que me tranquiliza, y confío en que incluso para el carpintero tengan también algo que no sea reducible a pura y simple utilidad".

Ciertamente, hasta las pequeñas zonas ajardinadas, transmiten la ligereza y el bienestar de una naturaleza que no desea ser apartada por el cemento, el asfalto y el ladrillo que sí son simple utilidad, desprovistos con frecuencia de belleza. 




Al fondo asoma la estructura huérfana del antiguo y magistral depósito de locomotoras, por cuya supervivencia procura la gente de la Asociación de Amigos del Ferrocarril. Con la incertidumbre generada por la decisión de no soterrar las vías nadie sabe qué será de una huella de arqueología industrial hoy por hoy echada a perder. pero rescatable incluso en su funcionamiento, siquiera con afán museístico.
 






domingo, 2 de abril de 2017

Sol y sombra en una calle del lejano pasado: Santo Domingo



Fotografiar la calle de Santo Domingo, junto al barrio de San Nicolás,  con esos contrastes tajantes de sol y sombra es como volver al pasado. Esa luz que se combate a sí misma es seguramente análoga a la que se manifestaría hace más de quinientos años. De cuando se levantaron los dos conventos de monjas que vertebran la rúa. La luz y su desdoblamiento también se mantendrían aunque aquí ya no hubiera calle ni conventos ni tapias ni algunas edificaciones más recientes. El reflejo sobre un solar tendría un efecto diferente y su efecto visual sería nonato. Sin edificios el juego de luces poco diría a nadie, sencillamente porque tampoco existiría el transeúnte.




Es precisamente el efecto de ese contraste duro sobre los muros lo que nos lleva a valorar el cambiante comportamiento de la luz. También nos conduce a una reflexión simbólica sobre nuestra historia, cargada de oscuridades y luminosidades. Esta calle no es una especie de maqueta de hace siglos, al estilo del caserío que Ventura Seco dibujara en su fenomenal plano de 1738, que ha llegado casi incólume a nuestros días, sino también una muestra visual digna de disfrutar, preñada de cromatismo, admirable aún en su armonía superviviente.




Simplemente pisar esta calle, que es prácticamente peatonal, por su escaso tránsito de vehículos, resulta placentero. Hay algo que de pronto te traslada a otra época a lo largo de unos cuantos metros. Si vas acelerado el entorno te sujeta y sientes que demoras el paso. El paseante puede no darse cuenta conscientemente, pero el otro yo que siempre anda por ahí dentro hablándonos con un discurso alternativo seguro que sí lo percibe.



El paseante que va calmo y abstraído puede de pronto ver algo más que el caserío humilde y revocado. Y se fija en la mezcla de colores que de vez en cuando renuevan la protección de las fachadas. Esa gama de ocres intensos, tibios amarillos, decididos asalmonados le hacen a uno sentirse ante lienzos abstractos de formas categóricas, totales, delimitadas, precisas. Si a ello se le suman las diferentes alturas que cabalgan unas sobre otras, los tejadillos, las portadas de entrada a los conventos, los aleros y marquesinas, se tiene la sensación de pasar por una pequeña ciudad que, de no ser por los símbolos religiosos, no se sabría precisar fácilmente a qué región del mundo pertenece. ¿O tal vez sí?




La calle de Santo Domingo fue de lo primero que fotografié con mi cámara de adolescente, la Werlisa Color. Colores más tenues, menos contrastados, pero con una nitidez del objeto, esos muros, que maravillaba. Esta calle tiene mucho de cordón umbilical con el pasado de la ciudad. Pocas calles quedan de esa guisa, conservadas tan modestas como definidas. Uno no puede por menos que tomar esta ruta al acercarse a la biblioteca de la Plaza de la Trinidad. Aquellas huellas de la ciudad que fue y pervive le convierten a uno en un sentimental.












domingo, 26 de marzo de 2017

El jardín del Colegio Mayor Santa Cruz



Es cierto que el jardín del Colegio Mayor Santa Cruz, adjunto al histórico Palacio renacentista de Santa Cruz, gana sobre todo durante la primavera avanzada y el estío exuberante. No solamente por la fronda de sus árboles y el efecto frescor que transmite, sino porque se impone la vegetación compensando el material de los edificios que lo limitan. Pero el paseante de las cuatro estaciones, que diría el poeta Huidobro, debe ver y captar el efecto del clima sobre los espacios urbanos a lo largo de cada ciclo, porque en cada uno hay belleza. Este jardín reservado y casi secreto, en el que nunca he visto que entre gente de la calle que no sea algún perdido y osado turista ocasional, aún huele a un invierno que no acaba de abandonarnos y a una primavera indecisa que cualquier día hará su estallido. De ahí que este ámbito, que, en su actual estructura, procede de los pasados años 40, dispuesto además con algunos añadidos que llegaron de otras partes de la ciudad, se nos ofrezca todavía en esta fecha austero. 



El acceso desde la calle Cardenal Mendoza, en una zona transitada por estudiantes universitarios y de enseñanza media de los numerosos centros que hay en el entorno.




En medio del patio ajardinado, un estanque con nenúfares y peces entre el verdín.



La fachada de iglesia es un traslado, pues perteneció al extinto Colegio de San Ambrosio, ubicado en su tiempo en la que es ahora calle Santuario. El edificio al que se adosa es la instalación del museo de Arte Africano de la Fundación Jiménez Arellano, con acceso desde el interior del Palacio de Santa Cruz.






Los leones y sus escudos están ampliamente representados en monumentos de la ciudad. Su simbolismo procede seguramente de tiempos, civilizaciones y culturas antiguos. De hecho el león está muy relacionado con interpretaciones astrológicas. Luis Eduardo Cirlot, en su "Diccionario de símbolos" señala del león entre otras características, que "constituye, como rey de los animales, el oponente terrestre del águila en el cielo y, por lo mismo el símbolo del señor natural o posesor de la fuerza y del principio masculino". ¿Era por esta razón por la que príncipes, clérigos y nobles, tan representativos de un sistema patriarcal, utilizaban con frecuencia el emblema del león para exaltar sus linajes, propiedades o instituciones? También recuerda Cirlot:"...el león pertenece al elemento tierra y el león alado al elemento fuego. Ambos simbolizan la lucha continua, la luz solar, la mañana, la dignidad real y la victoria". Alegorías todas ellas de las que los estamentos de poder han hecho tradicional ostentación.



La parte de atrás del Palacio de Santa Cruz delimita otro de los lados del jardín.


Al fondo el actual Colegio Mayor, residencia de estudiantes. Ya en el siglo XVI había una hospedería de estudiantes que posteriormente desapareció. Hubo también aquí una Escuela de Artes y en el siglo pasado volvió a utilizarse como residencia.  

Sobre su fachada dice la "Guía de Arquitectura de Valladolid" dirigida por Juan Carlos Arnuncio Pastor: "La portada, trabajada en piedra y abierta hacia el viejo Colegio, muestra al exterior la nobleza del edificio. Su organización en tres cuerpos -puerta, balcón y escudo del cardenal Mendoza- rematado por un frontón partido, sigue un modelo ya experimentado en el siglo precedente, como en los ejemplos de la Casa del Sol y el palacio del Marqués de Revilla, y que se retomará así mismo en la portada de la Cárcel de la Rean Chancillería".





Y el busto de un prócer de la ciudad, Claudio Moyano, que fue alcalde, rector y diputado en distintas fechas del siglo XIX. Tal vez el elevado pedestal haga destacar al personaje que hoy, mayormente, es un desconocido para la población, no obstante llevar su nombre una calle céntrica. Pues ¿quién recuerda que Claudio Moyano llevó a cabo una iniciativa legislativa por la que se aprobó una ley reguladora de la enseñanza a mediados del siglo XIX, que fue nombrada como la ley Moyano?

Habrá que volver al jardín cuando los árboles estén en su cénit y el estanque se haya poblado de más plantas acuáticas. A ver cómo luce con la estación caluorsa.