"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




sábado, 27 de mayo de 2017

Los monumentos verdes de la Plaza de Santa Cruz



En la Plaza de Santa Cruz el  visitante accidental va buscando el monumento arquitectónico. El paseante ordinario se solaza buscando la sombra de los monumentos verdes. Árboles como el tejo, el cedro del Atlas o los plátanos, a más de los jardincillos que ornamentan el espacio, generan un conjunto de vida verde no solo refrescante sino de una belleza estética considerable. Les acompañan, sorteando el cuadrilátero, unas cuantas columnas de granito ahora dispersas y que antiguamente estarían vinculadas con cadenas, al estilo de las columnas de San Pablo o las de los leones de la portada antigua de la Universidad, para indicar y delimitar el fuero propio que el Colegio de Santa Cruz disponía, fuero obtenido de los Reyes Católicos por el elevado poder del cardenal Pedro González de Mendoza. Esto es historia y de aquellos poderes estas piedras pinaculares que dan más valor a la plaza.
















miércoles, 24 de mayo de 2017

El Pasaje Gutiérrez, al alza




Ya tenía ganas el paseante de ver cómo cada vez con más frecuencia  visitantes de paso se detienen en el Pasaje Gutiérrez. ¿Son las visitas guiadas las que le conducen a él? ¿Qué les contará la cicerone? ¿Les explicará que la arquitectura civil es tan interesante o más que la tradicional religiosa y, por supuesto, más representativa del espectro social y económico de la ciudad que quería modernizarse, incluso al uso de las modas europeas?

A poco que se observe  el paseante puede distinguir a la manada que es llevada amablemente al paseo tranquilo del viajero solitario que descubre casi por casualidad los lugares de la ciudad. El Pasaje ha sido uno de esos espacios tan céntricos como desconocidos incluso para los mismos vallisoletanos. Ha estado fuera de las visitas turísticas o simplemente culturales durante demasiado tiempo. Se ve que ahora pita algo más y aunque todavía falta cierto comercio más dinámico y más ocupación de locales lo que hay es admirable, por su apuesta arriesgada y su capacidad de resistencia. ¿Tiene la culpa el mismo pasaje de no haber sido suficientemente comercial? Es verdad que las modas y pautas de comportamiento de los compradores han cambiado desde su inauguración lejana. Que la capacidad adquisitiva del vallisoletano tampoco fue elevada. Y cuando lo fue ha sido dirigida hacia centros nuevos y comercios más llamativos al paso peatonal. Que ha habido demasiado abandono y tristeza en el ámbito del Pasaje Gutiérrez no cabe duda, pero todo pinta a que las cosas ya no son así. ¿Deseos del vallisoletano de a pie que toma a propósito la vía interior que lleva de una calle a otra por el simple placer de disfrutar de un marco diferente, ajeno a la vorágine del tráfico? 




Difícil no valorar la opinión del filósofo Walter Benjamin: "Los pasajes son casas o corredores que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños".  ¿Será porque el lado exterior y el interior se funden en una dimensión diferente y, en efecto, comos los sueños?  Entusiasmado por las calles, los paseos y los pasajes Walter Benjamin escribió con su carácter metafórico preciso: "Se señalaban, en la antigua Grecia, sitios que bajaban al submundo. También nuestro existir de la vigilia viene a ser una tierra donde, por huecos casi imperceptibles, se puede descender a ese submundo, donde se abren espacios por los cuales desembocan los sueños. Pasamos ante ellos diariamente sin sospechar siquiera su existencia mas, al llegar el sueño, en seguida tratamos de atraparlos dando apresurados manotazos, hasta que finalmente nos perdemos entre sus oscuros corredores. El laberinto de casas que conforma la red de las ciudades equivaldría a la conciencia diurna; los pasajes (que son las galerías que llevan a su existencia en el pasado) desembocan de día, inadvertidamente, en esas calles. Pero después, al llegar la noche, bajo las ciegas masas de las casas de nuevo surge la espesa oscuridad". 

Desde el balconcillo el niño y la niña, que parecen de purpurina, sostienen sin tregua el reloj de unas horas que se desean, oh paradoja, intemporales, como ellos.





Por el bien del pasaje, de los comerciantes que han apostado por situarse en él con sus mercancías y por la ciudad misma que tiene en el Pasaje Gutiérrez un tesoro, los que pasamos con frecuencia deseamos que tenga vida fructífera. El visitante dirigido en masa ve un espacio del siglo XIX que no disponen en todas las ciudades. Solo hace falta que bien el visitante o el indígena sean los que se interesen por cuanto se ofrece en él.  Me parece que el lugar hay que mimarlo y evitar que volviera a caer en la incuria pasada.    









lunes, 22 de mayo de 2017

El autor nombrado da la cara (O cómo Zorrilla recita desde su pedestal)




Siquiera porque le tiene visto de toda la vida, el paseante no podía dejar de lado o, mejor dicho, de espaldas, al poeta emérito de la ciudad. Ese cambio de siglo, del XIX al XX, con ecos estéticos aún románticos y mucha parafernalia historicista, trajo esta escultura representando a José Zorrilla y Moral que, si bien nació en Valladolid, vivió casi toda su vida fuera, incluso en el extranjero y, principalmente, en Madrid. Entre el Ateneo de Madrid y el Ayuntamiento de nuestra ciudad decidieron que el escultor Aureliano Vicente Rodríguez Carretero realizara este conjunto escultórico dedicado al poeta fallecido varios años antes. También Rodríguez Carretero era de la tierra, en concreto riosecano, pero vivió en Madrid y se desplazó por ciudades italianas aprendiendo del oficio. Que el tema de la exaltación literaria o histórica le iba a Rodríguez Carretero no cabe duda. Los elementos simbólicos definen la estatua y su posición. El poeta Zorrilla sostiene en su mano izquierda un poemario, mientras la derecha hace ademán de estar declamando.




En el tronco del monumento la musa, la inspiración  -qué importa si el autor pensaba en Erato o en Talía o en Melpómene, o en una mezcla de todas ellas-  tañe la lira con ese toque afectado que más que inspirar al poeta parece que se dejase transportar por las palabras melindrosas de Zorrilla. Hay quien opina que hay cierta contradicción entre las dos estatuas, la del poeta y la de la musa, bastante severa y bruta la primera y toda una realización delicada y precisa la de la musa. Que el conjunto es del gusto de aquel tiempo, ni que decir tiene. La encrucijada entre Paseo de Zorrilla que se inicia, el Campo Grande y dos calles significativas como son Santiago  -tradicional, antigua-  y Miguel Iscar -apertura de un siglo XIX avanzado y burgués-  realza el conjunto escultórico, homenaje al poeta vallisoletano, y lo transforma en una de las señas de identidad características de la ciudad.   

Como todo el mundo sabe, la escultura ha cambiado en sucesivas ocasiones de posición, incluso de entorno inmediato. Éste unas veces ajardinado, otras inmerso en fuentes o, bien como ahora, independiente. Discutibles todas sus orientaciones, lo que es obvio es que el poeta se dirige siempre hacia el centro burgués y confiado  -otros dirían simplemente histórico- y al paseante no le parece mal en absoluto. La ciudad profunda y antigua también está más allá y en la dirección en que el poeta recita. 






De fiero no tiene el león más que la máscara. Encarnación del sol, acaso del poder de la palabra, está condenado el pobre a ser ignorado salvo por los niños que le tienen al alcance. Originalmente cumplía el papel, junto con el gemelo del otro lado, de generar chorro de agua. Una metáfora que los hombres posteriormente se han negado a valorar, cegando y desconectando las redes de la fuente a aquella idea con que fue concebido el félido de bronce. El agua es el ciclo natural de la vida, obviamente, pero también de la belleza estética y de la construcción de las palabras. Y sobre todo, símbolo del devenir, del flujo incesante. Acordémonos de Heráclito.






Desde esta posición Don José se alinea con una de las cúpulas de la Casa Mantilla, uno de esos grandes edificios civiles de la ciudad. situado al principio del Paseo de Recoletos. Pero se trata de otra historia. 









sábado, 20 de mayo de 2017

Ese toque modernista en pleno centro tradicional




En Valladolid no abundan los edificios de estilo modernista. Pero más de uno hay, como éste en la calle Cánovas del Castillo, próximo a Fuente Dorada. El juego de miradores con ventanal ojival, combinados con algunas figuras representativas como los atlantes, los dragones alados y ese remate acastillado, sugieren un cierto homenaje al simbolismo del Medievo. Leo por ahí que el maestro de obras fue un tal Modesto Coloma, y su realización tuvo lugar en 1916.

Por otro lado, es inevitable recordar la influencia de aquella arquitectura original, discutible si se quiere, pero presta a diseñar e imaginar como pocas, que tanto cundió en las ciudades catalanas a principios del siglo XX y que tuvo una expansión más menguada por otras zonas de España. El paseante siempre hace un alto en la acera de enfrente para recrearse en una de esas excepciones vallisoletanas que tanto alegran a la vista y que invitan a reflexionar sobre el misterio de las opciones y los caprichos que algunos arquitectos, y los propietarios que encargaran el inmueble, tuvieron la ocurrencia de arriesgar hace más de cien años. 








jueves, 18 de mayo de 2017

Uno de esos rincones al aire libre acogedores




Me agradan los rincones apacibles y discretos de la ciudad. Un rincón puede ser pequeño y, sin embargo, hospitalario. Que es tanto como decir recuperador. Principalmente con el buen tiempo. Puede consistir en cuatro bancos ubicados en un trozo de plazoleta pública o en una terraza agradable apartada del bullicio. Esto último sucede en la esquina de la calle Simón Aranda con José María Lacort, en el tramo más cercano a Mantería. Allí, los bajos que conservan un murete, pilastras y la correspondiente verja accesible de la edificación de otra época  -cuánto se echa en falta en Valladolid aquella especie de atrio ajardinado que tenían muchos edificios antiguamente- cumple la función de terraza a la solana y al sombreado por mor del Bar Galván. Debido a que tanto el tramo de Simón Aranda como Mantería son peatonales y Lacort suele llevar un tráfico más reducido el espacio resulta acogedor para leer la prensa o un libro mientras tomas un verdejo y unas aceitunas que Antonio, amablemente, te va a colocar sobre la mesa. Añadamos que el mismo edificio mantiene la tipología más o menos original, anterior a la barbarie inmobiliaria, y con ese aspecto de caserón adquiere una personalidad visualmente grata. Se nos traslada una sensación de estar a gusto, ilusoria fantasía de retroceder en el tiempo, a la sombra del reducido pero eficaz arbolado, y a eso le llamo calidad de vida. Un alto en el camino en cualquiera de los recorridos céntricos que adquieren un valor superior, sin dejar de ser un ejercicio sencillo que sabe a gloria. Sensaciones y sentimientos del paseante. Qué se le va a hacer si uno es ansí.



martes, 16 de mayo de 2017

La cargada espalda del poeta




¿Se nota mucho la ancha y cargada espalda del poeta de la ciudad por excelencia? Demasiados espacios urbanos con su nombre lo abruman. Una plaza céntrica y axial, una escultura auspiciada por la musa, una larga y fecunda avenida que se llama paseo porque también lo es, un estadio de fútbol, un instituto de enseñanza histórico, un teatro tradicional en la misma Plaza Mayor de la urbe, un museo de su casa natal recuperada...Seguramente me deje algún lugar o centro más, y no cito las iniciativas privadas que también llevan su nombre y apellido. 

Doscientos años de su nacimiento que las instituciones locales deciden celebrar a lo largo del año. ¿Qué sabe el vallisoletano medio de la obra del autor cuyo nombre se invoca por diversos ámbitos ciudadanos, más allá de su Tenorio? ¿Qué sabemos de la vida y andanzas de un personaje que hemos encumbrado? Tal vez entre tanta actividad para conmemorar su cumpleaños podamos encontrar algunas respuestas.

La escultura de José Zorrilla y Moral, aunque parece que declamara al cielo, ofrece esa perspectiva cuando se llega hasta ella procedente del Paseo Central del Campo Grande. El paseante la vio así al acercarse.



viernes, 12 de mayo de 2017

La India en Valladolid




Al fondo, tras la celosía de forja, apacible y concentrado en su escritura, el escritor indio Rabindranath Tagore nos recibe y nos ignora. Es el atrio de la Casa de la India, ubicada en la calle Puente Colgante. El viejo chalé de principios del siglo XX, que había permanecido durante décadas abandonado y a punto de ruina, fue recuperado a partir de 2003, por un acuerdo firmado entre la Embajada de la República de India, el Ayuntamiento de la ciudad y la Universidad de Valladolid con el objetivo de fomentar una obra cultural que vinculase al país asiático con la cultura occidental. 

La casa había pertenecido desde 1915 a una familia vallisoletana, apellidada Aragón, en una zona que en aquel tiempo estaba muy a extrarradio de la ciudad. Huertas y jardines no le faltarían pues a poca imaginación que echemos aquel paraje tenía que ser una gloria durante décadas, aunque permaneciera próximo el ferrocarril, el Arco de Ladrillo y la Fábrica de Harinas La Rosa, que aún se encuentra enfrente y que esperemos que cuando deje de cumplir su función siga ahí como una huella de historia y arqueología industrial, seña de identidad de una actividad harinera por excelencia que jugó en el pasado nuestra ciudad.

El proyecto de recuperación del edificio corrió a cargo de los arquitectos  Eduardo Carazo Lefort, Paloma Gil Giménez,  Julio Grijalba Bengoetxea,  Alberto Grijalba Bengoetxea y Victor J. Ruiz Méndez. Como el jardín interior está con obras, no me he inmiscuido ni he osado entrar a ver el resto. Tiempo y oportunidad habrá para que pueda mostrarlo desde este mismo blog.



















La postura del Tagore estatua que nos encontramos en el zaguán exterior de la casa me hace recordar un cuento suyo,  El oficio de autor. Lo transcribo.


"Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe.

Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú sí, madre; tú sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo por qué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.

¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?

A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarlo cien veces.

Tú lo esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.

Papá sólo sabe jugar a escribir libros.

Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo.

Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?

Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i... exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.

Ni te importa que papá malgaste tanto papel. 

Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados? "

(Tomado de Ciudad Seva, página de Luis López Nieves)