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jueves, 14 de mayo de 2026

El escultor Salzillo se pasea por el Palacio de Villena

 



Reconozco que no sé casi nada de la vida y obra de Francisco Salzillo, salvo la limitada mención en los manuales estudiantiles de Historia del Arte de mi juventud. Este escultor murciano realizó a lo largo del siglo XVIII una obra en madera policromada de imaginería católica que podríamos ver como continuidad de la que realizaran los maestros castellanos en el siglo XVII, pero que no lo es probablemente del todo, salvo en su temática, en el tratamiento análogo del mundo de las emociones populares y en la narración acorde con la doctrina al uso. Pero incluso el aspecto de las emociones es tratado de forma menos dramática que los Juan de Juní o Gregorio Fernández, por ejemplo. Son algunas conclusiones que saco, seguramente escasamente acertadas o deficientes, tras ver una muestra de la obra de Salzillo, gracias a la exposición que nos ha traído el Museo Nacional de Escultura y que con el título de Salzillo.El instante detenido se halla ubicada en el Palacio se Villena hasta el 23 de agosto. 




Y siendo como es la primera vez que me encuentro ante una variada representación de Salzillo me recreo a mi modo, decidiendo subjetivamente sobre la marcha lo que me afecta más pero a su vez tratando de entender el sentido de cada obra, aunque participe menos de otras. Sin duda que el Barroco castellano, del cual tenemos en Valladolid tanta abundacia exuberante en iglesias y en el Museo, nos tiene acostumbrados a unas formas y un trabajo bastante más incisivo y dramático, a mi modo de ver, que las imágenes del escultor murciano. Así que de Salzillo vemos aquí vírgenes idealizadas, extraordinariamente hermosas. Me quedo fascinado por el medallón enn relieve de la Virgen de la leche, o por el busto de una Dolorosa cubierta por una túnica, que conviene recorrer su entorno para percibir la naturalidad contenida de todos sus perfiles. O la proporcionada talla y la dulzura del rostro de una Inmaculada que, no obstante el revoloteo a sus pies de tanto angelote, adquiere una majestuosidad admirable con el vuelo de su túnica que el escultor labró con una complacencia extraordinaria.




Hay también en la exposición santos rigurosos. Quien combatiendo al demonio. Quien invocando y predicando cual fundadores de órdenes mendicantes, esos Santo Domingo y San Francisco de Asís que tenemos en nuestro museo habitualmente. Y no podía faltar la santa correspondiente en pleno arrebato místico. Destaca un San José con el Niño que para mí hace parangón con la Inmaculada citada antes, y que es un canto a la ternura masculina, esa característica tan ausente muchas veces pero tan necesaria en la vida cotidiana. Algunos Niños Jesús destacan también por su delicada elaboración.

No podía faltar en esta muestra de Salzillo un paso de Semana Santa con personajes un tanto grotescos, aunque lo grotesco y exagerado también se da en los pasos vallisoletanos y en eso la diferencia de intención no es mucha. Este paso de Salzillo se basa en el episodio del Prendimiento y, si bien hay un beso de Judas cuyo personaje es pelirrojo -una característica que se le adjudica a Judas en muchos cuadros por aquel tópico maledicente de que lo pelirrojo es color infernal y encarna la maldad-, lo que más llama la atención es una escena violenta en que el defensor Pedro trata de acuchillar a uno de los que van a prender a Cristo. 





Algunas de las obras de Salzillo no eran tallas completas de madera sino más bien estructuras huecas, esqueletos, salvo una pequeña parte labrada visible. Y así se ven unas figuras de un Nazareno o una Dolorosa que solo tienen tallado el rostro o las manos. También aparece en la muestra una obra de la colección permanente del Museo que siempre me ha parecido interesante, la representación de un San Felix de Valois que sujeta unos grilletes porque se había dedicado a la redención de cautivos. Se trata de uno de esos armazones vestideros donde el escultor trabajaba tan solo la cara y las manos y el resto iba cubierto de vestidos o traje, según fueran sanas o santos, confeccionados aparte con la calidad de otro tipo de artistas. No faltan en la exposición algunos bocetos en barro de sus obras, destacando especialmente una cabeza de San Antón, que me han parecido sumamente interesantes y mucho más expresivas que la obra final.  






Además de obras propias de Salzillo hay una que me parece de lo más bello, no solo por su trabajada talla sino por la actitud, por la historia doméstica que está  narrando. Y la tenemos permanentemente en el Museo. Se trata de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen niña, que durante mucho tiempo se pensó que era obra de Salzillo pero ahora se le adjudica a otro artista murciano, Juan Porcel. Un dúo entrañable y dulce que a uno le hace recordar que, al menos en otros tiempos, la enseñanza más elemental, la de leer y escribir, empezaba por la propia familia.

El visitante de una exposición siempre se ve sacudido por una receptividad diferente. Por un lado tendemos a ser subjetivos, entrando en ese juego personal de esto me gusta más y esto menos. Por otro estamos sujetos a percibir lo nuevo con una distancia que vamos acortando a medida que tratamos de entender los significados de la obra, de un autor, de unos destinatarios, de un sistema de ideas y de un tiempo pretérito al que hay que viajar imaginativamente para valorarlo de modo objetivo. La exposición de obra de Francisco Salzillo merece la pena, como todas las exposiciones temporales que el Museo de Escultura nos ha deparado en función de una temática o autor elegido. No volveremos a ver con frecuencia obra del imaginero murciano por estos pagos y hay que aprovechar lo que nos ha llegado.  











domingo, 1 de junio de 2025

Imprescindible y hondo Eduardo Chillida en el Palacio de Villena

 



"Ocupar un lugar y no tener medida:
¿no será esto el espacio?"


Esta frase verso se me había quedado en la mente de una lectura de los escritos de Eduardo Chillida, lectura que practico con cierta recurrencia porque esos escritos están cargados no solo de pensamientos sino sobre todo de sugerencias, comprobaciones que cuestionaba y dudas. Es decir justo lo que un hombre creador debe sentir cuando hace. Para mí Chillida no es tanto entender como sentir. El arte es subjetivo para el que lo practica, pero aún mucho más subjetivo para el receptor. Naturalmente a uno le interesa saber en la medida de lo posible lo que quería decir el escultor pero me siento más afectado por lo que percibo. Sensaciones, intuiciones, vuelos que echan el pulso con la racionalidad al uso de otros estilos y géneros de hacer arte. Pero esas percepciones mías son también, o sobre todo, entendimiento. Como recuerda Victoria Cirlot en un artículo Chillida solía repetir aquello de trabajar hacia adentro, sabiendo como sabía que una obra está dirigida primero hacia el interior del que la desarrolla. Si un artista como Chillida tenía claro este principio, ¿cómo no lo va a tener un simple diletante como yo, que busca interiorizar las obras que le dicen y le significan? Ante la obra de Chillida no me pido respuesta a la pregunta lineal de: ¿qué quiere decir cuando da un nombre determinado a tal escultura? Y no por ello soy menos curioso ni dejo de buscar el placer o el desasosiego que me pueda aportar.

 



Pues bien, estos devaneos míos vienen a cuento de que esta semana última se ha inaugurado una exposición en el Palacio de Villena de cincuenta y tantos trabajos de diversa entidad, tamaño y material realizados por Eduardo Chillida. Bajo la denominación expositiva de Chillida. Mística y materia, se han repartido las obras por las espléndidas salas del Palacio de Villena, edificio que se encuentra frente al Museo Nacional de Escultura, del que depende. Para enfocar la obra a ese vínculo espiritual y místico se han colocado varias obras de la imaginería religiosa del fondo del Museo de esculturas del gótico brabanzón, del gótico germánico, de Juan de Juni, de González Velázquez, de Felipe Bigarny, de Pedro de Mena, de Gregorio Fernández y hasta un bodegón de Luis Meléndez. Ciertamente esta obra de acompañamiento es escasa y no me parece mal porque la obra de Chillida, tan numerosa como impactante en estas salas  ya lo llena todo.





Hay tres obras de considerable tamaño que se encuentran en terreno del Museo de Escultura, mientras el resto del conjunto expuesto, el mayoritario, está en el Villena. En el zaguán el Peine del viento XVII, en el patio porticado el Locmariaquer IX y en el jardín Lo profundo es el aire XVII. Lo cito para que no se le pase al visitante que vaya directo al Villena.

Eduardo Chillida en sus Escritos:

"Yo me paso la vida buscando en mi estudio -mi lugar favorito- para intentar aproximarme a lo que desconozco. Ahí me he dado cuenta de que existe el tiempo en mi escultura. Existe en una versión que no es la versión temporal corriente. Es la de un hermano del tiempo: el espacio. El espacio es un hermano gemelo del tiempo. Son dos conceptos absolutamente paralelos y similares. Y como yo estoy muy condicionado por el espacio, he estado siempre muy interesado por el tiempo. De hecho, mi tiempo es muy lento; pero ese tiempo es el del reloj, que es el que a mí no me interesa. Me interesa el tiempo que es armonía, es ritmo, son medidas".





Otro texto del escultor que hace reflexionar:

"No creo demasiado en la experiencia. Pienso que es conservadora. Yo creo en la percepción, que es otra cosa. Es más arriesgada y más progresista. He llegado a darme cuenta de que pierdo fuerza conforme pasan los años. Un día, pensando en estas ideas, me di cuenta de que había una cosa en la que yo seguía mejorando con la edad: la percepción. Percibo mejor. Incluso mis ojos ven mejor, siendo peores que cuando tenía treinta años. Eso es muy positivo y gratificante. Hay algo que todavía quiere ir hacia arriba y quiere crecer. Además, creo que eso es lo que hace percibir, y el percibir actúa directamente en el presente, pero con un pie puesto en el futuro. La experiencia, en cambio, hace lo contrario: estás en el presente, pero con el pie puesto en el pasado. Es decir, prefiero la postura de la percepción. Todo mi trabajo es hijo de la pregunta. Soy un especialista en preguntas. Algunas son respuestas".

Imprescindible se hace en estos tiempos seguir visualizando la obra del escultor Eduardo Chillida. Una oportunidad que nos brinda la dirección del Museo Nacional de Escultura y la Fundación Eduardo Chillida/Pilar Belzunce. La exposición estará abierta hasta el 14 de septiembre. Es un lujo que frente al mismo Palacio de Villena tengamos permanentemente a pie de calle su obra Lo profundo es el aire. Homenaje a Jorge Guillén. 




















































* Los textos de Chillida los reproduzco del precioso libro titulado Escritos que La Fábrica Editorial publicó en 2005.