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domingo, 18 de enero de 2026

El pasado habita en Cabezón de Pisuerga. Pedagógica exposición arqueológica del Museo de Valladolid





Valladolid no acaba en su propio término territorial sino que se prolonga, tanto en intercambio comercial y personal como emocionalmente, a través de otros municipios del alfoz. Cabezón de Pisuerga es uno de ellos. Como Simancas, Arroyo, Zaratán, Laguna...Quien se extrañe aún del término alfoz puede recurrir al Diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, donde este le dirá que procede de la voz árabe háuz, algo así como distrito o comarca, aunque en tiempos modernos estos otros términos se hayan ajustado y precisado mucho más a realidades de población contemporáneas. En fin, que lo común es considerar como alfoz a las poblaciones de cercanía donde llega la influencia socio-económica de la capital y se genera a la vez un vínculo inverso.

Cabezón, para un vallisoletano, está ahí, desde siempre, a tiro de piedra, es una proximidad histórica. El término Cabezón vendría de cabezo, cerro. No en vano a su lado se encuentra el cerro hoy llamado de Altamira. Un lugar ya habitado en tiempos primitivos, como también Valladolid, cuando ni uno ni otro de estos territorios poblados tenían los nombres que luego fueron adjudicados. Si en nuestra ciudad hubo un poblamiento en la Edad del Hierro, el ubicado en el Soto de Medinilla, en uno de los meandros del Pisuerga, también existieron otros de la Edad del Bronce y del Hierro en Cabezón, conocidos por los arqueólogos como Santa Cruz y El Bosque-Las Arenas. Pero además hubo ocupaciones posteriores ya con el Imperio Romano en los primeros siglos d.c. 

Y es precisamente sobre todo esto que cito aquí de pasada, sobre lo que trata una exposición recoleta pero muy bien planteada que se encuentra en el Museo de Valladolid (Palacio de Fabio Nelli), bajo el título Donde el pasado habita. Arqueología de Cabezón de Pisuerga. Utensilios de trabajo, de uso doméstico, armas o decoración se exponen en vitrinas profusamente acompañados por paneles explicativos. En estos toda una reconstrucción de las formas de vida y de rituales, de poblados y  viviendas, de las tareas o los ocios de aquellos vecinos de varios cientos de siglos antes de nuestra era y de siglos posteriores. Al fin y al cabo vieja y sabia Historia de Cabezón de Pisuerga.




















Como joya espectacular, que no se libró de su deterioro, destaca el mosaico de la villa romana de Santa Cruz, llamado Mosaico de los guerreros Glauco y Diomedes, un episodio sobre un lance de honor. Los arqueólogos Arturo Balado Pachón y Ana Martínez García, en el artículo aparecido en el IX Curso de Conocer Valladolid, en el año 2015, indicaban que aquel mosaico  "...cubría un triclinium porticado que miraba al Pisuerga. Se trata de un mosaico rectangular con numerosos restos de basas de columnas que configurarían una galería porticada sobre el río de unos 35 m de longitud. 

El mosaico ocuparía la parte central de esta galería, y el emblema (de 3,74 x 2,15 m) nos presenta a cuatro figuras masculinas agrupadas dos a dos en sendas escenas. En realidad lo que nos está contando es un pasaje de la Ilíada en dos escenas diferentes y representa la lucha entre Glauco y Diomedes, por un lado, y a continuación a los combatientes estrechando sus manos e intercambiando sus armas, al finalizar. 

Además presenta inscripciones en latín y griego (Ilíada, canto VI, 119-236) que aclaran el sentido de las dos escenas. La griega representa un verso final de la Ilíada que es común a varios de los combates que nos narra este antiguo poema. Pero la latina nos aclara de qué combate se trata, ya que se puede leer TYD..., que sin duda hace referencia a TIDEO rey de Etolia, padre de Diomedes. 

No parece que haya duda en la funcionalidad de la galería porticada sobre el río, dominando el paisaje. La lucha entre Glauco y Diomedes fue siempre valorada en la Antigüedad como el más cabal modelo de hospitalidad y esta sala sería pues un ejemplo de triclinium donde se ofrece la hospitalidad de dueño de la villa, frente a un paisaje de su fundus (Regueras, 2013: 83). Desde luego llama la atención, pero no es novedoso, ya que son muchos los ejemplos, la continuidad por el gusto hacia los autores clásicos en fechas tan tardías del imperio, incluso con inscripciones en griego, lo que demuestra el refinamiento cultural de las élites que construían estos palacios rurales".






También sobre él escribió el arqueólogo José María Blázquez en un artículo sobre mosaicos romanos de tema homérico:  

"En el pavimento de Cabezón del Pisuerga se encuentran cuatro personajes emparejados dos a dos; los situados en la parte izquierda son guerreros en actitud de luchar, como se deduce de los escudos, que chocan y de las lanzas, que se cruzan. Los guerreros cubren sus cabezas con un casco helenístico de visera angular con cimera. Las otras dos figuras están muy mutiladas, en su parte superior. La cuarta también se encuentra muy deteriorada en la zona media e inferior. Ambas visten traje romano. En la parte alta se lee una inscripción en griego. Se representa en esta composición un tema de la Ilíada. La terminación de la Inscripción en griego se lee en los cantos 6.120; 20.159 y 23.814, en los que se describen la lucha entre Glauco y Diomedes, Eneas y Aquiles, Ayax y Diomedes, respectivamente. La inscripción latina, muy mal conservada, podría aludir a Diomedes, tal como se refiere en los versos 6.119-236 de la Ilíada, donde se afirma que después del combate con Glauco, ambos combatientes se dieron la mano y se intercambiaron las armas".  






Más allá de estas épocas tan pretéritas se expone una pequeña muestra de objetos y esculturas relacionados con el monasterio cisterciense (siglo XIII) de Santa María de Palazuelos, en el término de Cabezón. Tras un largo tiempo de abandono y desapariciones parciales hace unos años se realizó la tarea de rehabilitar lo que permanecía en pie, principalmente la iglesia y algunas capillas adjuntas. El arte cisterciense tiene en Valladolid una notable representación: Santa María de Valbuena, La Santa Espina, Retuerta, Matallana y Palazuelos configuran un quinteto importante, con una conservación muy desigual, alguno de ellos en la ruina total. Sobre Palazuelos adjunto enlaces. 











Y por último el llamado Tesoro del Pago del Doctor, "un rico conjunto de joyas y monedas, evidencia de la inestabilidad política acontecida en el siglo XIX", indica el propio museo. Extraigo del facebook del mismo museo esta información:

"Encontrado en 1963 en el 'Pago del Doctor', en una cantera situada ahora dentro de los límites de la actual base militar "El Empecinado" en Cabezón de Pisuerga apareció este tesoro formado por monedas de oro y joyería de oro y plata dentro de una vasija que fue referida como 'ánfora' y que, desgraciadamente, no se ha conservado. Aunque tradicionalmente se ha querido atribuir al momento de la batalla de Cabezón (12 de junio de 1808) y que la ocultación se debe datar a partir de 1795 (fecha de la moneda más moderna), lo cierto es que hay joyas posteriores a esa fecha y que las marcas de algunas de alhajas que lo integran pudieran llevar su datación hasta el segundo cuarto del siglo XIX".

Por supuesto que esta exposición, que permanecerá hasta el 31 de mayo, debería ser de obligada visita para los vecinos de Cabezón de Pisuerga, pero por otro lado también de interés para los vallisoletanos de la capital, pues ambas poblaciones han compartido en el pasado las mismas culturas y características de vida y relaciones. La exposición está comisariada por la arqueóloga Consuelo Escribano Velasco. 










martes, 16 de septiembre de 2025

Diálogo de verde y piedra en el recóndito jardín arqueológico

 



"Es pequeño el jardín, de aquella forma 
que al hombre llaman el pequeño mundo, 
en quien se cifra su grandeza y forma 
de aquel mundo mayor otro segundo; 
de suerte que el artífice conforma 
con más valor y ingenio más profundo 
al grande paraíso este pequeño, 
muestra del cielo y del valor del dueño".

Lope de Vega, Descripción del Abadía (versos 41-48)


¿Por qué no empezar con unos versos de Lope, aunque este los dirigiera a los jardines de uno de los palacios del Duque de Alba? No quería demorar las imágenes de un jardín escasamente conocido, y más tras haber estado recorriendo el patio de Fabio Nelli. Tampoco es que me haya haya trazado una ruta de jardines; simplemente salen a mi encuentro. Más allá del Campo Grande, que es en sí mismo un parque con muchos jardines, había paseado los jardines de Santa Cruz, de la Casa Cervantes, de la Casa Zorrilla, los jardines de La Rubia, la Fuente de la Salud, entre otros, y los había traído al blog. Y me quedan tantos aún, interiores de edificios y abiertos a un barrio. 

Pero a veces te encuentras con jardines que no te esperas y te sorprenden. Es el caso del que existe en el Museo de Valladolid, o Fabio Nelli. Hay algo de sueño arqueológico en este jardín. Decir arqueológico no quiere decir ni funerario ni pretérito y mucho menos extinto. Es de alguna manera el contrapeso de la exuberancia del patio renacentista desde el que se accede. La altura de los árboles tratan de contrarrestar los muros que lo delimitan. Muros del propio palacio de Fabio Nelli y de la plaza octogonal del viejo coso, a la que está adherido, que lo ensombrecen. 




Las piedras, sin duda exiliadas de antiguos edificios desaparecidos, presumiendo todavía de sólidos basamentos o de esbeltos fustes, dan la impresión de que se hubieran colocado ellas mismas guiadas por el viejo instinto de haber pertenecido a edificios palaciegos demolidos impunemente. Si tienen memoria echarán en falta columnatas de las que formaron parte, arcadas de patio de casas nobles, atrios o zaguanes, o conducciones de agua que durante siglos trajeron el agua de Argales a la ciudad. La nobleza de la piedra no viene solo del edificio al que haya pertenecido una pieza. Viene sobre todo del trabajo manual realizado por quienes las trabajaban. Viene por su representación estética y de uso. Viene por los significados simbólicos que la hayan otorgado y la función que los canteros y arquitectos quisieron que cumpliera.

Jardín más luminoso y fecundo en verano, jardín umbrío y húmedo en estaciones de recogida, la vegetación compensa la dureza y la altura de los muros que cercan. Las tapias de ladrillo o mampostería,  engullidas en algunas partes por las plantas trepadoras, colaboran a un desaliño aparente. Pero todo está más estudiado de lo que parece, con los rótulos informativos de piedras y plantas.

Y uno, admirado por este rincón oxigenante del museo, se va de ahí haciéndose preguntas harto contradictorias. ¿Qué falta en este melancólico jardín interior? ¿Dónde el agua que el paseante desearía ver? ¿Por qué ese aire casi más conventual que accesible y que, sin embargo, le da un carácter secreto que atrapa a los sentidos? ¿Por qué no será más frecuentado si aparta al visitante del ruido de los días? Pero también el paseante duda de sus propias preguntas. No tiene sentido dar vueltas a lo que es como es y le imprime carácter y en alguna medida arrebata.





Entonces, puesto a dejarme llevar por la imaginación, he recordado el poema Al otro lado de la puerta del poeta catalán Francesc Cornadó y lo recito.

AL OTRO LADO DE LA PUERTA 

Hacia poniente, en la parte sombría,
el jardinero quiso plantar un laberinto 
de árboles perennes. Crecieron setos vivos, 
grandes cedros de incienso y tejos recortados. 
Aquellos árboles magníficos murieron de viejos. 
Permanece, sin embargo, una cueva oscura 
cuya puerta está cerrada desde hace algunos años; 

sus bisagras están oxidadas y cuesta
mucho abrirla. Alguno afirma que dentro 
se halla un corredor que conduce a una cámara 
circular con la estatua de una diosa virgen 
de largos y sueltos cabellos y mirada terrible. 
Hay quien dice que la estancia se encuentra vacía 
y que toda mirada no es sino un vacío de sombras.


(Del poemario Jardí ardent -Jardín ardiente- publicado por SD Editores)































sábado, 13 de septiembre de 2025

El elegante y acogedor patio del Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid

 



Me gustan los impactos visuales no solo en el exterior de un edificio, su fachada, por ejemplo, sino cuando penetro a él y más si sé algo de la envergadura que ha tenido en el pasado. Traspasar un zaguán después de contemplar un frontispicio amparado por sendas torres y hallar un patio que se abre con sus arcadas y su piso superior suscita un entusiasmo contenido, y a veces desatado, en el visitante. Pero esto en Valladolid no es nuevo. Sobreviven todavía por azar de diferentes usos y amortiguadas decadencias algunas casas nobles, palacios o casonas, también conventos, que resguardan unos patios renacentistas que hablan por sí solos. Evidentemente se han perdido, por desinterés y derribo, muchos otros. En los siglos XVI y XVII abundó la pujanza económica y social de clases altas. Nobles, funcionarios de alto rango, comerciantes o banqueros, como es el caso de Fabio Nelli, tenían como signo de su buen vivir adquirir casas y fincas en la ciudad y contratar los mejores arquitectos y artistas del momento para edificar sus mansiones. Pero, a tenor del declive de tantos edificios importantes, se supone que los buenos tiempos no duran siempre.




Fabio Nelli de Espinosa fue un banquero vallisoletano del siglo XVI con orígenes italianos. Su ejercicio de prestamista en Sevilla le enriqueció. Fruto de la alta posición social conseguida y retornado a Valladolid decide construirse en 1576 un palacio. Contrató a un arquitecto de prestigio de entonces, Juan González de Lastra pero al morir este heredaron las obras otros dos importantes profesionales: Pedro de Mazuecos el Mozo y Francisco de la Maza, escultor. De estos es la obra del patio y de la escalera a la planta superior. Varios años después la fachada del palacio fue trazada por otro arquitecto en auge, Diego de Praves, del que hay en la ciudad más obras. Pero el banquero decidió no tener en cuenta sus ideas y entregó también a Pedro de Mazuecos la dirección de la fachada. 




Un patio, aunque está delimitado cuadrangularmente por paredes y galerías no es un espacio cerrado. Ya los romanos lo pusieron en práctica en sus casas, llamando atrium al espacio principal de la casa mientras el compluvium suponía la abertura en el techo por la que entraba luz, caía el agua y se expelían los humos. Y a imagen y semejanza del gran invento doméstico romano se ha ido reproduciendo la casa en siglos posteriores, con mayor o menor lujo. Para el profesor Javier Pérez Gil, de la Escuela de Arquitectura, en general los patios responderían a seis funciones. Proporcionar luz a dependencias interiores abiertas al patio. Vetilación y mantenimiento de la temperatura. Encauzamiento de la lluvia. Comunicación y articulación de recorridos para las dependencias del edificio. Ajustamiento de la acústica. E incluso generación de espacios de trabajo. Lo sintetizo de su artículo El patio de mi casa es particular, reproducido en el monográfico El patio. Lecciones sobre arquitectura palacial en Valladolid, de la revista Dossier Ciudades, que edita el Instituto Universitario de Urbanística de la UVA. 
 



Los patios de las casas nobles y palacios reproducen este esquema de funciones, más o menos alterado a criterio de sus dueños. El Palacio de Fabio Nelli pasó a lo largo de los siglos de ser la morada de una autoridad influyente en la ciudad a generar dentro de él diversas viviendas de gente modesta, padecer los avatares del deterioro y mala habitabilidad, a ser salvado para el uso, ya en fecha reciente, 1968, de museo arqueológico, lo cual llevó a una rehabilitación interior total. El patio mantiene una esbeltez armónica que invita a ser contemplado en planos difentes, para lo cual la escalera lleva a un piso superior donde el visitante puede imaginar tiempos pretéritos. Las columnas lisas, con sus capiteles corintios, amparando unos arcos de medio punto, proyectan la perspectiva en tres de sus cuatro lados, pues uno de ellos no dispone de corredores.

Tal vez haya pecado de reproducir un exceso de fotografías, pero no podía resistirme a tantos ángulos y planos que exhibe esta joya de finales del siglo XVI que se nos ha legado. 
















Para postre un poema de Jorge Luis Borges titulado Un patio, aparecido en su libro Fervor de Buenos Aires. Lo descubro a través del artículo del profesor Pérez Gil.


Un patio

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio. 
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio. 
Patio, cielo encauzado. 
El patio es el declive 
por el cual se derrama el cielo en la casa. 
Serena, 
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas. 
Grato es vivir en la amistad oscura 
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.