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viernes, 5 de julio de 2024

El cedro majestuoso y recoleto del colegio García Quintana

 



Un árbol es siempre un monumento. Un edificio, una escultura, una obra plástica, un hombre incluso. Pero sin mano humana. La mano humana ha podido hacer de intermediaria. Trasladar desde otra región geográfica, repoblar, plantar, poner semillas aquí o allá. La otra mano se denomina clima. Fertilidad. Aire. Lluvia. La naturaleza por sí misma. Un árbol es, pues y sobre todo, vida.

Esa sensación monumental embriaga al paseante ante un árbol majestuoso o sencillo, o en medio de una arboleda. La arboleda es una de las referencias de la infancia de muchos vallisoletanos. Pero hay, o mejor dicho, hubo, otro elemento. Antes, cuando las casas molineras eran la tipología urbana por excelencia en los barrios obreros, céntricos unos o periféricos otros, da igual, existían patios en la mayoría de los cuales había un pozo. Y a mayores en muchos de ellos se erguía una acacia, por ejemplo.

Así que uno tiene una atracción reverencial no solo por lo que va encontrando por plazas o calles, sino en espacios recoletos, como este del patio del Colegio Público García Quintana, en la Plaza España. Cuando una especie de la envergadura de un cedro la encuentras en un espacio interior te da la impresión de que está cautiva. Pero ¿cabe pensar que un árbol tan esplendoroso pueda ser sometido a cautividad? Este puede verse al pasar por la puerta lateral del colegio por la calle Teresa Gil o bien desde una ventana que hay subiendo al primer piso de la Biblioteca Martín Abril, en la calle López Gómez. De cualquier modo es un árbol afortunado. Acompañado como está gran parte del año por los chavales en el recreo.


martes, 6 de junio de 2017

Las acacias de Recondo




A lo largo de la acera de Recondo, entre Arco Ladrillo y Estación, sobreviven aún varias acacias de tamaño fenomenal. Todas están a la vera de las instalaciones del ferrocarril desde hace décadas. Por el olor que emiten sus flores y frutos las conoceréis. El aroma de los árboles anima nuestros pasos y estimula nuestro ejercicio de respiración cuando pasamos por allí, sobre todo en los días calurosos. Cercadas por las vallas y por los muros de ladrillo se asoman, no obstante, con toda su ligereza. Arraigaron un día y ojalá la mano de las obras que puedan llegar las respete. Lástima que se encuentren en espacios no accesibles al peatón. Pero sus ramas se despliegan altivas y perfumadas. ¿Qué más se puede pedir para contrarrestar el excremento de los tubos de escape que no cesan? 




El poeta Rafael Morales dedicó un soneto titulado La acacia cautiva.

La acacia cautiva 

Cercada por ladrillos y cemento,
por asfalto, carteles y oficinas,
entre discos de luz, entre bocinas
una acacia cautiva busca un viento.

Busca un campo tranquilo, el soñoliento
río sonoro que en sus aguas finas
lleva luces que fluyen diamantinas
en sosegado y suave movimiento.

Busca el salto del pez, el raudo brillo
de su escama fugaz y repentina,
con rápida sorpresa de cuchillo.

Busca la presurosa golondrina,
no la brutal tristeza del ladrillo
que finge roja sangre en cada esquina.


Rafael Morales (Canción sobre el asfalto, 1954)









sábado, 27 de mayo de 2017

Los monumentos verdes de la Plaza de Santa Cruz



En la Plaza de Santa Cruz el  visitante accidental va buscando el monumento arquitectónico. El paseante ordinario se solaza buscando la sombra de los monumentos verdes. Árboles como el tejo, el cedro del Atlas o los plátanos, a más de los jardincillos que ornamentan el espacio, generan un conjunto de vida verde no solo refrescante sino de una belleza estética considerable. Les acompañan, sorteando el cuadrilátero, unas cuantas columnas de granito ahora dispersas y que antiguamente estarían vinculadas con cadenas, al estilo de las columnas de San Pablo o las de los leones de la portada antigua de la Universidad, para indicar y delimitar el fuero propio que el Colegio de Santa Cruz disponía, fuero obtenido de los Reyes Católicos por el elevado poder del cardenal Pedro González de Mendoza. Esto es historia y de aquellos poderes estas piedras pinaculares que dan más valor a la plaza.
















sábado, 6 de mayo de 2017

¿Viento o gamberrismo?




Apostaría que algún machito o una tribu de vándalos al completo causó la desgracia del árbol. No me pega que el viento, que no ha sido intenso los dos últimos días, lo arrancara por esa parte del tronco. Pero tampoco soy un entendido. No son árboles antiguos los de la acera de la calle Recondo junto al aparcamiento de la Estación. Si algún frustrado quiso poner a prueba su capacidad muscular debería pensar que en este caso su aptitud mental es inversamente proporcional a la ejercitada con las manos. Y de contenido cívico, además, cero. Al paseante le producen asco estas situaciones. Ojalá me haya equivocado, y haya sido el viento. 




martes, 7 de marzo de 2017

Entre la mano floreciente de la primavera y los pinceles exuberantes de Manolo Sierra




Eran días duros de invierno riguroso cuando Manolo Sierra, pintor y peculiar muralista, se lanzó a decorar la fachada de La flor de la canela, a solicitud del establecimiento para celebrar los 15 años que lleva abierto. Pero es que con Manolo Sierra no hay quien pueda ni en materia de frío ni en materia plástica de calle. La iniciativa privada de decorar con estética y alegría parte o proximidad de sus fachadas nos parece a algunos un logro y una línea a seguir. Los perfiles grises que ofrece en muchas calles la ciudad bien merecen ser alterados por coloridos y temáticas que expresen el corazón de la vida urbana. Ya se han visto últimamente puertas abatibles de garajes decoradas con calidad y técnica. Sirven para alegrar y desalojar con su mera presencia las tentaciones de fealdad y emborronamiento de grafiteros sin gusto, cuyo objetivo único parece ser competir a lo tonto entre sí. Por otro lado, pendiente está que se emprenda una acción plástica, también imaginativa y de buen lustre, sobre las numerosas medianeras que abundan en edificios de Valladolid. Ahí el Ayuntamiento debe dar pasos porque artistas dispuestos a la labor creo que los hay.

Justo mes y pico después de la realización del colorista y exuberante mural la avanzadilla de la primavera se anuncia con sus flores de almendro. Justo detrás del bar, en el paso de la Guardería, ahí junto al Arco de Ladrillo.




Pero La flor de la canela es más que un vals de Chabuca Granda. Viene de cierta expresión que ya Sebastián de Covarrubias, autor del extraordinario "Tesoro de la lengua castellana", había definido en 1611. "Para encarecer una cosa de excelente solemos dezir, q es la flor de la de canela". Y en otro lugar vuelve a matizar: "Flor de la canela, lo muy perfeto". Es curioso cómo en torno a esta expresión parecen coincidir la interpretación de Manolo Sierra y la agradable estancia del bar homónimo, a la que se suma una secuela  poética. Llega a mis manos el último libro de poemas de Javier Dámaso, titulado Viajero inmóvil, y en él encuentro este poema titulado precisamente, el autor sabrá por qué, "La flor de la canela":


"Y a aquella limeña
primorosa
que cruzó el mar
para buscarme,
¡cómo no desearla!

Mas resultaba evidente
que yo no le importaba.
Su voluntad categórica,
su enorme determinación
me convertía en glacial.

No era a mí
a quien amaba.
Ella sólo amaba una idea,
una única idea,
la particular imagen
que se hacía de mí".





Recientemente incorporada a la fachada esta talla en madera incisa del artífice José Arcadio Unibaso, Josito, que se incorpora a la seña de identidad del establecimiento.











domingo, 2 de octubre de 2016

La soledad de la guardería fantasma



¿Alguien sabe algo de la antigua guardería? Cuándo se levantó, cómo funcionó, qué uso llegó a tener, cómo y por qué fue su declive...En fin, cuándo degeneró en erial. Permanece el arco de metal sobre dos columnas, como testimonio fantasmagórico. En la primavera empieza a tomar el aspecto de un jardín salvaje, las amapolas y las plantas silvestres ocupan el suelo y varios árboles frutales enseñan sus dones por pocos días. Es un lugar de paso muy frecuentado que hace de atajo entre la gente que va o viene desde las Estaciones y el Centro por el Arco de Ladrillo hacia la Avenida de Irún y Gabilondo. Como enseñas arbóreas de más entidad permanece un pino y un cedro de considerables dimensiones. Este último tocado del ala, como se puede observar por su inclinación. En las estaciones frías se afirma mucho más el aspecto yermo. Una parte de los terrenos de esa antigua guardería fueron urbanizados como aparcamiento de vehículos y lo que le da cierta solera de otra época son las galerías descubiertas que aún permanecen en el edificio largo que ocupa la esquina de Arco Ladrillo con Puente Colgante que, si no es centenario, poco le puede quedar.

Por más que he consultado varios libros sobre urbanismo editados por el Ayuntamiento no he encontrado aún una información precisa sobre la guardería que debió existir. Sigo prospectando. 











miércoles, 21 de septiembre de 2016

El pino de la Antigua




Hay espacios verdes más o menos grandes, más o menos afortunados, más o menos admirados por los transeúntes. Hasta hace unos años, en el entorno de la Antigua y la Solanilla había casas. Después, el derribo de éstas -qué recuerdos nos vienen de la taberna de Casa Gabino, en la esquina con Magaña- dio paso a una pequeña parcela de jardín que nunca tuvo mucho tirón. Pero el pino que allí fue creciendo iba dando una impronta especial al lugar.

La amenaza vino de mano de las veleidades de cierto regidor, que pretendía transformar el subsuelo en aparcamiento público. Algo que suscitó el rechazo de algunos entes ciudadanos. Se armó jaleo: denuncias, recursos judiciales, protestas de calle. Se realizaron catas que dieron lugar al descubrimiento de restos de edificaciones de diversas épocas, entre ellos una necrópolis medieval. No en vano esa zona de la ciudad se ubica en lo que fue el Valladolid más primitivo, antes dela fundación de Pedro Ansúrez, la que procede de tiempos romanos, cuyos restos permanecerían bajo las edificaciones y la urbanización actual de la Plaza de la Universidad.   

Durante un tiempo el espacio verde permaneció sumido en el abandono, hasta que una vez desechada la nefasta idea del parking se taparon los restos históricos y se reforma con la actual floritura que engalana el costado de la Antigua y la Solanilla, de la que se beneficia a su vez la calle Magaña, esa trasera de las Angustias por donde transcurría en sus siglos de venturas el ramal norte del río Esgueva.

El pino ubicado en ese espacio urbano es como un símbolo, un monumento al árbol acaso más extendido en Valladolid y provincia. El ábside especial de las Angustias da fe de su talante de vecino fiel.   










viernes, 16 de septiembre de 2016

Ortopedia para el cedro de San Andrés




El cedro de la Plaza de San Andrés se inclina desde hace tiempo peligrosamente y acaso de modo incluso fatídico. No es el único árbol que acusa el inevitable envejecimiento o la cesión del suelo, ya han pasado más casos en parques y plazas de la ciudad. Incluso hay registrados por el Ayuntamiento más de trescientos ejemplares con riesgo de caída en toda la ciudad. 

El cedro de San Andrés es aún joven, apenas unos sesenta años de existencia. Recientemente, a principios de verano, instalaron un puente metálico con anclaje a una base de hormigón en el subsuelo que permita soportar el peso del tronco. No es algo muy estético, no es un elemento armonioso, pero sí un recurso ortopédico sobre un frondoso ejemplar que da sombra y alegría a la plaza. Una operación provisional para salvarlo de la tala y que siga acogiendo a los paseantes que se sientan en los bancos a los que cobija. Tal vez quiso ser demasiado altivo al competir con la torre edificada al lado, de casi doscientos cincuenta años. Acaso a las arquitecturas humanas no les gusta la sombra de lo que sigue siendo naturaleza adaptada a la vida urbana. Disfrutemos a nuestro paso mientras esté. El encorvamiento no tiene por qué restarle belleza.