"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




domingo, 26 de febrero de 2017

Mercado del Val, más que un superviviente




El Mercado del Val es más que un superviviente, es como un nuevo parto. Mantiene su ubicación de 1892, año de su inauguración. y su estructura metálica vertical. Todo lo demás, nuevo. Tal vez tomando como inspiración originaria el Mercado de Les Halles, de París, derribado hace unas décadas, y urgido por las necesidades de la población el Ayuntamiento tomó la decisión en el último cuarto del siglo XIX de levantar los mercados de Portugalete, Campillo de San Andrés (hoy Plaza de España) y Val. 

Desgraciadamente, una  mala visión en materia urbanística que cundió en Valladolid en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado propició la desaparición de los mercados de Portugalete y Campillo, así como el fomento de una tipología de edificación de altura desmesurada en sus entornos. Que el Val haya sobrevivido a duras penas y que ahora renazca nuevamente, no obstante sus importantes inversiones, es motivo de felicitación. También, lógicamente para el quehacer de la compra y, cómo no, un espacio más para el paseo y la valoración de lo que dispone en materia de mercados una ciudad en estos tiempos.




Vista del mercado entre las dos grandes pilastras del pórtico de entrada a San Benito. El mercado del Val está situado en el corazón histórico de Valladolid. Detrás de la Plaza Mayor y junto al antiguo complejo de San Benito, donde coexisten instituciones tan diferentes como la iglesia, la concejalía de Urbanismo y el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano. Las fotografías adjuntas solo pretenden rendir homenaje a esta reinauguración. Y dar de paso una idea de la reconfiguración de los espacios comerciales a aquellos conciudadanos que aún no lo hayan visitado.
















domingo, 19 de febrero de 2017

Henry Moore toma Cadenas de San Gregorio



Se podría decir que hasta el día 2 de abril la calle Cadenas de San Gregorio  -uno de esos grandes éxitos de peatonalización real en nuestra ciudad-  va a ser la calle de Henry Moore. La histórica calle debe sentirse honrada con la visita de una obra abstracta tan impresionante. Pero a su vez, las esculturas de Moore tienen que reconocer desde su silencio un tanto presuntuoso que están habitando muros de palacios y colegios seculares. No hay combate entre materiales. Piedra de fachadas y metal de las esculturas van a convivir durante dos meses sin vencedores ni vencidos. Una buena propuesta para el ciudadano de a pie: aprovechar la visita a estas obras para visitar el Museo de Escultura y su adjunta Casa del Sol. Todo es organizarse y disfrutar. Aparcar quehaceres o disponer unas horas de ocio para ver esta parte de la ciudad con huellas diferentes. Seguro que después se sale con otra mirada.



"El bronce es un material maravilloso, adquiere una pátina y resiste todos los climas. Basta con mirar los bronces antiguos, como por ejemplo la estatua ecuestre de Marco Aurelio en Roma. Me encanta quedarme debajo de esta estatua, porque es tan grande. Bajo el vientre del caballo la lluvia ha dejado unas marcas que subrayan la parte por donde ha estado corriendo durante siglos. Esta estatua tiene casi dos mil años, y sin embargo el bronce está en perfecto estado. El bronce es realmente más impermeable al tiempo que la mayor parte de las piedras".

Tal parece que este texto de Henry Moore, que extraigo del catálogo de una exposición en Madrid de hace treinta y seis años, fuera también una invitación a dejarnos acoger por las monumentales obras expuestas en la calle, donde el clima vallisoletano también será un desafío para ellas y para las teorías de Moore.  





Volúmenes, huecos, curvas que se proyectan para alejarse o para encontrarse de nuevo en sus recónditas oquedades. Formas, en fin, que se retuercen sobre sí mismas o que se expanden, encarnaciones que pueden parecernos más figurativas o que rompen nuestros esquema lineales, pero no menos integrantes de la realidad en ninguno de los casos. El peatón se admira de la disposición inquietante de cada escultura de Moore. Posiblemente es ese escorzo dinámica de estas obras la que atrae nuestra mirada. Decía Moore:

"La escultura, comparada con la pintura, tiene algunas desventajas, pero puede tener una gran ventaja con respecto a la pintura, y es que se puede mirar desde todos los lados:y si se utiliza y explota enteramente este atributo, entonces es posible dar a la escultura una sorpresa y un interés continuos, cambiantes e inagotables".




Siguiendo con las revelaciones de Henry Moore:

"Una de las cosas que me gustaría pensar que tiene mi escultura es una fuerza, una intensidad, una vida, una vitalidad desde su interior, de modo que se tenga la sensación de que la forma está empujando desde dentro intentando estallar o intentando irradiar la intensidad desde su propio interior en lugar de tener algo que se ha formado simplemente desde el exterior y se ha parado. Es como si uno tuviese algo que está intentando convertirse en una forma desde su propio interior".

¿Será por esa razón por la que el paseante percibe cada escultura de Moore como una fuerza viviente, siempre en proceso de hacerse y transformarse? Tal vez como el cuerpo mismo, como el impulso de vida que cada uno de nuestros cuerpos lleva consigo, un devenir efímero pero que nos da un sentido conciencia de estar habitando este mundo.




Como leer las interpretaciones de Henry Moore a su propia obra, que es la comprobación de la física misma de las cosas, son una delicia y ayuda a saber más de lo que el autor pretende sigo transcribiendo sus opiniones: 

"Con el tiempo descubrí que forma y espacio son exactamente la misma cosa. No se puede comprender el espacio sin comprender la forma.

Por ejemplo, para comprender la forma en su completa realidad tridimensional hay que comprender el espacio que desplazaría al quitarla. No se puede medir un espacio sin medirlo de un punto a otro. Los cielos tienen un espacio que podemos comprender porque hay puntos  -las estrellas y el sol-   que están a distancias distintas unos de los otros. Del mismo modo solo podemos ver el espacio en un paisaje relacionando el primer plano y la distancia intermedia con la distancia más lejana. Para comprender la distancia entre mi pulgar y mi índice se necesita exactamente la misma comprensión que en las distancias del paisaje".




Uno de los aspectos que más sorprende al que se aproxima a la obra de Henry Moore es la creación de oquedades, esos agujeros que genera en alguna parte de sus estatuas, como eco de los primitivos guijarros. Y aunque en el siguiente texto se refiere en principio a la piedra es trasladable en cierto modo su criterio también al bronce:

"Un trozo de`piedra puede estar atravesado por un agujero y no quedar debilitado, siempre y cuando el agujero sea de un tamaño, un contorno y una dirección estudiados. Por el principio del arco, puede permanecer igual de fuerte. El primer agujero hecho con un trozo de piedra es una revelación. El agujero conecta una parte con la otra, haciéndolo inmediatamente más tridimensional. Un agujero puede tener en sí mismo tanto significado de contorno como una masa sólida".

La idea del agujero es una constante en todas las obras de Moore, sean en unos materiales u otros. No en vano él reconoce que "el gusto por los agujeros surgió del deseo de crear espacio y formas tridimensionales. Para mí el agujero no es simplemente un agujero redondo. Es la penetración que atraviesa el bloque de la parte anterior a la posterior. Para mí esto fue una revelación, un gran esfuerzo mental. Lo difícil fue tener la idea de hacerlo, no el esfuerzo físico".

Es de suponer que la manera de trabajar unos materiales u otros varía, así como su resultado. Pero la idea fundamental de los huecos en una escultura late en cualquiera de ellos.






¿Puede el paseante permanecer impasible ante las obras de Henry Moore? ¿Puede quejarse de que no entiende, no ve, no sabe? Pero el escultor no tiene la culpa, porque él sí capta, si comprende, si aprende. Y lo aclara:

"A primera vista la escultura debe tener algunas oscuridades y otros significados. La gente tiene que querer seguir mirando y pensando; la escultura nunca tiene que revelarlo todo inmediatamente. Al principio, tanto la escultura como la pintura exigen un esfuerzo para poder apreciarlas completamente, de otro modo no es más que una inmediatez vacía, como un anuncio, que está diseñado para que la gente que viaje en autobús lo lea en medio segundo. En efecto, todo arte debería tener más misterio y significados del que resulta evidente a un observador rápido".

Ciertamente, quien llega a este territorio de Moore no se queda sin sentirse afectado. Se pregunta, se sorprende, se intriga. Un logro, sin duda, el paso de los volúmenes de Moore por el casco antiguo de Valladolid. Y un ejemplo que debería repetirse con otros autores y otras creaciones.






* Los textos de Henry Moore están extraídos del libro "Henry Moore", editado por el British Council, la Fundación Henry Moore y el Ministerio de Cultura en 1981, a propósito de una exposición retrospectiva de Esculturas, Dibujos y Grabados desarrollados por el autor entre 1921 y 1981.



sábado, 11 de febrero de 2017

El torso superviviente de Emiliano Barral



Si ya se ha hablado en este blog del monumento al poeta Núñez de Arce, labrado por Emiliano Barral, y ubicado en el Campo Grande, hoy hablemos de una huella. Un torso que, casi por casualidad, se encuentra a la abrigadora intemperie del Jardín del Museo de Escultura. Porque casualidad fue que el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González lo encontrara en los 80 del pasado siglo por el Carmen de Extramuros.

Este esbelto torso de matrona, en la mejor tradición grecolatina, formaba parte de un conjunto escultórico que iba a recordar al poeta Leopoldo Cano, muerto en 1934. El Ayuntamiento se lo adjudicó a Emiliano Barral, un escultor joven experimentado y con bastante talento que ya había realizado en la ciudad la otra obra citada, y en 1935 fue erigido en la Plaza de la Libertad, próxima a la casa natal del escritor. Avatares políticos de aquel bienio forzaron el desmantelamiento del conjunto y su relegación a otra zona de la ciudad. Solo a mediados de 1936 volvió a recuperarse un lugar digno, la Plaza de la Trinidad, aunque por poco tiempo, pues el golpe de Estado condujo a que los insurrectos, que no compartían precisamente ni la adscripción política del escultor, ni la alegoría del conjunto, decidieran su violenta demolición. De los restos nada se supo nunca más. Por ello no deja de ser un golpe de azar que fuera descubierto el torso de figura femenina hace pocas décadas y recuperado para su exhibición. Aunque, personalmente, pienso que no sería de extrañar que otras partes del conjunto derruido figuraran de adorno en alguna finca o predio. No pocos casos se han dado.




El monumento se inspiró en una poesía de Leopoldo Cano titulada 'Las fronteras'. El historiador y periodista Enrique Berzal lo ha descrito recientemente así: "Barral había interpretado la poesía de Leopoldo Cano como una oda a la fraternidad universal, por lo que optó por una composición alegórica harto singular: una gran figura femenina, hierática, mirando al frente, con la pierna derecha y el brazo derecho levantados, mientras sujetaba un manto que le caía al lado del cuerpo. Tres niños desnudos, situados a su izquierda, con los brazos levantados, le agarraban la ropa. La hojita de olivo que portaba en su mano era el símbolo de la paz". Con tal alegoría inequívoca, pletórica de una riqueza de símbolos que la hacían complementaria del poema 'Las fronteras', no es de extrañar que a los intolerantes de su tiempo les resultara insoportable. 




Los restos de esculturas amputadas tienen siempre un encanto que, por un lado nos hacen añorar la obra completa que no llegó hasta nosotros, pero por otra nos suma en los sueños y el interés por conocer la mentalidad de otros tiempos. Basta con ver numerosas obras de la Antigüedad clásica demediadas para admirar en apenas un trozo de piedra esculpida lo que tuvo que suponer su realización total. Y nos admiramos por lo que hemos heredado, y nos consolamos con esa parte de herencia. El torso de la matrona de Barral no es una mera copia griega o helenística, es también una afirmación del rigor de las formas en que se empeñó el escultor y una labor de talla exigente y moderna. 






La ubicación del torso bajo las arcadas de un antiguo patio nobiliario trasladado para su salvaguarda a este jardín puede parecer de una orfandad casi rayana en el olvido. ¿Cuántos de los visitantes del Museo de Escultura se detienen al final de la visita para contemplar e interesarse por la escultura y el lugar? Probablemente el jardín podría enriquecerse más con un incremento de labor de jardinería, no sé. Hay algo de soledad castellana en el jardín del que acaso podría sacarse mayor provecho.

Traigo un retazo del poema de Leopoldo Cano, 'Las fronteras', que me parece que debió ser ya sugerente en su tiempo.

"Yo mirando tristemente
 esta línea fronteriza
 que por tierra se desliza
 con aspecto de serpiente,
 y recordando los lazos
 que el hombre rompió iracundo,
 pensé: 'El amor creó al mundo
 y el odio lo hizo pedazos".

¿Sería una premonición de Leopoldo Cano sobre los tiempos funestos que iban a llegar al país y que él no conocería?

Para hacernos una idea, adjunto una fotografía, aparecida en su día en El Norte de Castilla, con Barral en primer plano, del grupo escultórico a Leopoldo Cano.