Austera belleza, pero sumamente elaborada, como todo lo que hacían los mudéjares. Que el ladrillo haya dado tanto juego desde las primeras civilizaciones urbanas es una maravilla. Que se haya seguido manteniendo la tradición de su uso gracias a albañiles delicados e ingeniosos es una suerte. Que el torreón de lo que se supone que fue alcázar de la reina de Castilla María de Molina, procedente del lejano siglo XIII, haya llegado hasta nuestros días es una suerte añadida para la ciudad. Acaso se deba a haber permanecido en terrenos del Monasterio de las Huelgas Reales, que fundó aquella reina inteligente y audaz en tiempos de mil disputas dentro y fuera de la Corona. Los arquitectos y albañiles mudéjares sabían hacer los edificios, tanto con vistas a su duración como en la detallada ornamentación a base del mismo material noble, el ladrillo.
El torreón no está al alcance de la vista del paseante. Uno lo conocía por fotografías antiguas y por haber visto su parte superior asomando desde la calle Estudios y la calle Colón, a la altura de la Iglesia de la Magdalena. Y se encuentra dentro de un patio perteneciente al Monasterio de las Huelgas Reales y el colegio concertado adjunto, donde alza su esbelta arquitectura. Sería de desear que quedara incorporado de alguna manera a las visitas en un recorrido histórico y pudiera ser conocido y admirado.
Ignoro si hoy los especialistas están totalmente de acuerdo con la función que tuvo en su día este torreón. Por una parte leo que pertenecía al alcázar que la reina María de Molina ordenó edificar junto al monasterio. Por otro lado se ha dicho que pudo ser una de las puertas de acceso de la ampliación del recinto amurallado de la ciudad. He elegido tres explicaciones de conocedores de la Historia del Arte y de la Arquitectura como información provechosa.
Juan José Martín González escribió sobre el torréon en su Catálogo de Monumentos Civiles de la ciudad de Valladolid, de 1976:
"Constituye el resto militar más importante de la ciudad. Y se dice militar, porque aunque perteneciente al palacio de la reina, no es sino una puerta de la muralla que le protegía. Doña María de Molina había tenido predilección por la villa, donde construyó un palacio. Se edificaría en los tiempos de su reinado, siendo esposa de Sancho IV (1284-1295) Muerto su esposo continuó gobernando, de suerte que habría de seguirle ocupando. Al aproximarse el término de su vida, el palacio lo cedió para el establecimiento del convento cisterciense de las Huelgas, por ella fundado y donde fue sepultada".
Ignacio Represa describe así el torreón en la Guía de Arquitectura de Valladolid, 1996:
"Su arquitectura corresponde a un modelo tipológico ligado a las fortificaciones almorávides y almohades, en las que se produce un cambio de eje, formando un recodo, entre el acceso y la salida del interior de la puerta. A esta situación de funcionalidad defensiva se asocia un pequeño adarve situado inmediatamente encima del acceso más monumental (y en posible conexión con el de la desaparecida muralla) que permite en planta baja albergar dos nichos a modo de garitas de guardia. La parte más monumental está organizada a partir de un gran arco túmido resaltado sobre el muro que alberga el arco de paso y la ventana superior correspondiente al adarve. Conserva escasos restos ornamentales, como las mensulillas pétreas de soporte del alero perdido, o rastros de los enfoscados que ocultarían originalmente las fábricas de ladrillo, con relleno de tapiales".


Un texto más reciente que los anteriores, el de Consuelo Escribano en su blog Ermitiella, de 2019, recoge análogos planteamientos y los actualiza:
"Esta torre puerta, de planta rectangular de aproximadamente 9,40 m por 7,45 m. suponía la entrada desde el interior de la villa al Palacio Real medieval del siglo XIII mediante un acceso acodado, una estructura bien reconocida y habitual en las construcciones defensivas y que se hereda de la arquitectura fortificada almorávide, si bien su generalización se produjo en época almohade.
El interior del acceso posee a cada lado dos espacios interpretados como garitas de vigilancia. La construcción se levantó sobre un zócalo de piedra caliza con alzados de tapial hacia el interior del palacio - eso sí, con esquinas reforzadas en material latericio-, mientras que la fachada principal, la que daba a la ciudad, lo hacía en ladrillo. Un revestimiento de mortero de cal se extendía al exterior e interior, donde aún puede observarse en el intradós del gran arco túmido - de herradura apuntado- ciego que configura el ornato constructivo de la puerta.
Un arco similar mas pequeño e inscrito en aquel alberga una puerta mas reducida, también con arco túmido y una ventana sobre ella rematada con arco de herradura, que actuaría como elemento de guardia, antecedente de las posteriores ladroneras. Represa le hace coincidir con un adarve, que no es sino un paso de ronda, pero no nos ha sido posible acceder a esa zona y trabajamos sobre hipótesis sin contrastar.
En cualquier caso, todos los arcos se encuentran enmarcados por un alfiz. La torre puerta se inscribe, además, en una fachada delimitada por dos pilastras que rematan en altura con enormes canecillos pétreos que sustentaban una viga sobre la que volaba el alero. Almenas y merlones rematarían el parapeto superior del conjunto. La puerta tiene exentas sus cuatro caras manifestando enjarjes de muros en los paramentos norte y sur".


Esta litografía de Francisco Xavier Parcerisa, así como la fotografía antigua adjunta, transmite una imagen que debió ser contemplada por muchos vallisoletanos y viajeros durante siglos, el torreón cegado y abandonado, del que se hace eco José María Quadrado en su monumental obra Recuerdos y bellezas de España, de 1861, tomo dedicado a Valladolid:
"...Formando una escreciecia ácia la Magdalena, la separaba del monasterio de las Huelgas situado allende los muros, y hoy todavía contiguo á dicha parroquia aparece tapiado un viejo arco de ladrillo de forma de herradura, que pudo ser puerta..."