Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Cuadrado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Cuadrado. Mostrar todas las entradas

lunes, 4 de agosto de 2025

El comediante que viene y va por la plaza del viejo corral de comedias

 



Parece irse pero acaso llega. Nunca sabremos si su encogimiento viene dado por los rigores extremos de las estaciones del año o si se encuentra alicaído a causa del poco interés manifestado por el público en la última función. Tal vez se sienta apesadumbrado por un amor que no pudo ser en la última población donde se alojó o porque no fue comprendido por alguna autoridad puritana que le expulsó sin apenas darle tiempo a mostrar su arte. 

La vida del comediante es tan solitaria como despechada. El comediante pone el dedo en la llaga de lo que muchos no dirían en público aunque lo deseasen. Al comediante, salvo excepciones, se le permite la arrogancia, la burla, el desdén y la bufonada porque no es uno de los suyos. Pertenece a otro mundo. Es alguien de paso que con sus máscaras a cuestas y sus letras aprendidas representa la vida como si fuera ficción. El comediante, maleta en mano y personajes a la espalda, da sus funciones para malvivir de ello pero vive para hacer de su rol un sistema de vida. Su andar es lento y pausado. Visto a distancia nunca sabes si llega o se está yendo. Pero él sueña con sirenas porque ha padecido como Odiseo los asaltos que depara el proceloso oceáno, pero también imagina que los molinos son monstruos dispuestos a acabar con él si no idea la manera de combatirlos.
  




La obra escultórica de El comediante se encuentra situada en la Plaza de Martí y Monsó, junto a la Plaza Mayor. Obra del vallisoletano Eduardo Cuadrado (1947-2021) se erigió precisamente para evocar la vieja plaza de la Comedia donde existía desde el siglo XVIII un patio de teatro. Algunos hemos conocido el cine Coca, levantado en 1930 en el mismo lugar, sin que hubiéramos imaginado al disfrutar de innumerables sesiones de cine que aquel suelo había estado poseído anteriormente por otro espacio diferente de representaciones no menos imaginarias. Pero más que evocar la antigua plaza o el oficio mismo del actor es la figura del comediante lo que el artista trata de resaltar de un modo un tanto nostálgico. El mismo material de bronce, la oscuridad que emana de toda la figura, el individuo en tamaño natural pertrechado para una caminata sin fin -y ahí el paraguas habla tanto o más que el resto de la imagen- y su colocación aislada en un extremo de la plaza, transmite una imagen de personaje solitario, reconcentrado y melancólico. O simplemente de alguien que pasa de todos los humanos a los que va dedicando su arte por pueblos y urbes.

Al otro extremo de la plaza le espera la fuente de las sirenas de Concha Gay. Pero su destino es mantener con ellas un diálogo a distancia. Quién sabe si algún día no coincidirán.








martes, 13 de mayo de 2025

Delibes, el hombre que pasea y medita

 



Si algo característico tienen las esculturas peatonales es la cálida proximidad que transmiten al ciudadano. Hay varias en la ciudad. No subliman a los personajes del pasado o de los mitos como hacía la estatuaria historicista más antigua, colocándolos prepotentes y distantes sobre sus pedestales u hornacinas. La estatuaria a nivel peatonal se acerca y se mezcla con el deambular cotidiano. En algunos casos representando un oficio genérico. En este otro, sin dejar de manifestar una dedicación, deja constancia de un personaje vallisoletano del siglo XX, Miguel Delibes, reconocido tanto por su quehacer periodístico como por la creación literaria. Del oficio periodístico es algo que ya ha quedado sobre todo como recuerdo para los vallisoletanos de décadas pasadas, bastante más difíciles que las presentes. De su entrega a la escritura de novelas Delibes sentó sus reales hace tiempo para lectores de todas las generaciones y a estas alturas poco hay que decir que no se haya vertido sobre su obra, que aún cuenta con devotos y leales lectores.

La escultura pretende trasladar al paseante las características bastante fieles de un personaje en su desplazamiento callejero. No es baladí la ubicación, pues está colocada en uno de los tramos que el escritor realizaría diariamente desde su domicilio al periódico que dirigió en una época (El Norte de Castilla) y con el que siempre mantuvo vinculación. No es tampoco capricho del escultor envolver al personaje en una indumentaria de invierno que puede parecer exagerada para el foráneo pero en absoluto para el natural de esta tierra. El paraguas del hombre previsor y la carpeta bajo el brazo del hombre presto al apunte improvisado definen un afán de hombre que camina y va inmerso en sus pensamientos. Porque Delibes era también un paseante, amante del Campo Grande de toda la vida, aunque creo que esta característica la hemos mantenido, y aún lo hacemos, los que crecimos yendo a pasar los ratos al parque, disfrutando de las cuatro estaciones, unas más recorridas con presura a causa de la crudeza invernal y otras solazándonos y refugiándonos en él de los calores del estío. 

La obra fue realizada por Eduardo Cuadrado García (Valladolid, 1947 - Valladolid, 2021), inaugurada en 2020 y se compuso en fibra de vidrio y poliéster con vaciado en bronce. Erigida para conmemorar los cien años del nacimiento del novelista, se sitúa ante la entrada del Paseo del Príncipe del Campo Grande que, como muchos no sabrán, quedaba a las afueras de la ciudad en siglos pasados y fue denominado o bien Campo de la Verdad o bien Campo de Marte. Pero estas denominaciones nos llevarían a otro tema.











lunes, 10 de julio de 2017

El náufrago de Eduardo Cuadrado



Creo que el escultor Eduardo Cuadrado nombra esta escultura como náufrago. El hombre que camina con la cerviz gacha, encadenado onerosamente a sus máscaras, arrastrándolas y arrastrándose a duras penas, puede muy bien ser una metáfora del hombre sobre la tierra. Y más en concreto del tiempo actual en que todos nos vinculamos a un sinnúmero de objetos, relaciones y actividades que ocupan nuestro tiempo. Sin darnos cuenta, acaso, de hasta qué punto ocupar el tiempo con lo ajeno es ser invadidos en nuestro espacio íntimo del pensamiento y de las emociones. Porque el náufrago urbano de hoy día no es el mero hombre receptivo, abierto a todo tipo de ideas y situaciones que van a enriquecer su manera de ser, sino aquel que no las sabe catalizar y su vivir es simple deriva. Aunque mirado de otro modo, ¿no somos todos o bien seres al pairo o a la deriva o eso mismo, náufragos? 

Es curioso que las máscaras tengan un detalle evidente -ríen, lloran o son póker- y sin embargo el rostro del náufrago permanezca opaco, invisible, inexistente. El contraste entre rostro y máscaras me parece un logro.  Una manera de enfocar al individuo cotidiano presto a ponerse la cara adecuada a cada circunstancia, mal que le pese. Pero cuyo rostro auténtico a veces no se le conoce. En fin, una lectura del paseante como cualquier otra.

Realizada en bronce, la escultura de Cuadrado, que tiene unas cuantas más por plazas y lugares de la ciudad, se encuentra ubicada en el pequeño jardín de entrada a las instalaciones de REVAL, de la Diputación Provincial, en la calle Ramón y Cajal. Lástima que la visibilidad del náufrago solo sea posible a quienes acceden al recinto. Si bien el jardincillo se anima con esta figuración es una pena que no esté en un espacio de mayor paso de transeúntes. Las reflexiones serían más compartidas. Aunque siempre se podría buscar una nueva ubicación más visible. ¿O es porque este tipo pesimista que acarrea sus ataduras no sería un buen mensaje para el mundo feliz y confiado de nuestras calles?