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viernes, 6 de marzo de 2026

Las piruetas de Hermes para las cuatro estaciones del año, en el Pasaje Gutiérrez

 



Más que mensajero de los dioses, aquí Hermes -nombrado Mercurio por los romanos- parece el hacedor de la luz. Pero es que en la mitología a Hermes se le reconocían muchas propiedades. Él mismo era un dios y además mensajero de otros dioses. Pero también fue considerado protector de los pastores y de los viajeros. Por si fuera poco se habla de él como inventor de instrumentos musicales, tales la flauta y la lira y, por lo tanto, creador de la música. Aún se le reseña con más atribuciones, entre ellas descubridor de la ciencia de la astronomía, del alfabeto, de la gimnasia, de la elocuencia. Y cómo no, era admitido generalmente como dios de los comerciantes. En este último aspecto encajaría la razón de que su figura presida la rotonda central donde convergen los dos pasillos que forman el espléndido y recóndito Pasaje Gutiérrez, entre las calles Castelar y Fray Luis de León. 

"Sus atributos de inventor, amigo de las artes y el saber, diestro en la ciencia musical y en la oratoria, le valieron, con el transcurso de los siglos, ser concebido como un emblema de la cultura, portador del conocimiento humano", reseña Ramón Andrés sobre Hermes en su Diccionario de música, mitología, magia y religión.

La esbelta y desnuda figura del Hermes de nuestro Pasaje se exhibe plena, pletórica más bien, de sus atributos. Aunque en este caso ha perdido el caduceo mitológico, por mor de los movimientos que se hicieron en el pasado con la estatua. Ya saben, aquella vara alada que lleva dos serpientes enroscadas y que tradicionalmente ha representado al comercio. Pero ahí en medio se encuentra: dinámico, impulsado por el viento (Eolo) que le insufla su propia potencia en un pie, alado de pies y de testa, portando una antorcha adaptada a los tiempos modernos como el globo de una lámpara. En un ejercicio que parece imparable, más de bailarín que de correveidile (que me perdone el epíteto), esta representación no oculta el origen de su fabricante, el taller de fundición galo Val d'Osne.  




Nada mejor que recurrir al texto que Clemente de Pablos Miguel, autor del bien documentado y mejor estructurado libro Pasaje Gutiérrez, con fenomenales fotografías de Luis G. Reglero, para informarnos sobre el Hermes, que el autor lo traduce al uso romano como Mercurio:

"El Mercurio imita bronce pero es en realidad una escultura industrial en hierro, copia de la obra manierista de Juan de Bolonia. En la pieza se aprecia la típica composición helicoidal de las esculturas manieristas, la serpentinata, que nos da la sensación que la obra se eleva bajo la cúpula de cristal. Además, frente a la búsqueda del renacimiento clásico de un plano de contemplación, la elección de este estilo de transición permite que pueda ser contemplada desde cualquier ángulo. El dios es elevado del suelo por el viento, simbolizado por un mascarón que sopla bajo uno de sus pies (se trata del dios Eolo) Todo el conjunto se sitúa sobre un pedestal cilíndrico, también de hierro imitando bronce. La divinidad está alzando su mano derecha como en la obra original, donde -en este caso- se ha colocado una antorcha  y un globo para que sirva de luminaria, lo que nos habla de la creación de esta obra con fines comerciales. Sabemos que portaba en su mano izquierda el caduceo, bastón del dios que simboliza la concordia a través de la negociación comercial, sin embargo el atributo ha desaparecido tras la restauración del Pasaje en los años noventa del siglo XX".

Pero Hermes sería un mensajero bastante solitario si no estuviera acompañado de las alegorías de las cuatro estaciones del año. El Pasaje Gutiérrez -que se muestra también al estilo de como cantó el poeta Huidobro: soy el paseante, el paseante que se parece a las cuatro estaciones-  también quería ser cuando se inauguró un Pasaje para todo el año. Buena intención comercial que no prosperó con esta fórmula de pasaje, por otra parte de gran éxito en las grandes ciudades europeas, e incluso durante mucho tiempo permaneció prácticamente obsoleto de sus motivaciones primitivas y caído en el abandono. Algunos recordamos haber ido a jugar de jóvenes a los futbolines y billares que había en un extremo del pasaje, donde no existía ningún local más abierto. Pues bien, rodeando al mensajero y sus piruetas, hay cuatro figuras de terracota, de matriz francesa, representando las Estaciones. Elevadas sobre unas peanas establecen un conjunto de escultura armónica, cargada de simbolismo, y no he podido sustraerme a poner un comentario de pie de foto en cada una de ellas.. 

Y hay más obra en el Pasaje Gutiérrez, como los niños del reloj o las pinturas de los techos o una parte del techo acristalado o las sólidas puertas que abren y cierran el recinto. Pero mejor dejarlo todo ello para otra ocasión. Hoy el protagonista de mi mirada eran las Cuatro Estaciones y Hermes, dios casi para todo. 





El Pasaje Gutiérrez, que muchos lo ignoran pero otros lo atravesamos con frecuencia en nuestros paseos, también ha sido nombrado en la literatura. Y es que cruzar por el pasaje no es un mero tránsito. Apetece detenerse siquiera un instante y contemplar. O simplemente sentir que habitamos en otro tiempo y espacio. La escritora Rosa Chacel  (Valladolid, 1898 - Madrid, 1994) lo menciona, en base a sus propios recuerdos, en su preciosa novela Memorias de Leticia Valle: 

"Me gustaba sobre todo tener que ir a la farmacia, porque mi abuela tenía viejas recetas que acostumbraba a tomar, y con todas sus exigencias y requisitos solo querían servírselas en la farmacia militar. Allí íbamos mi tía y yo, y teníamos que esperar incalculablemente hasta que se podía coger solo al boticario y explicarle que la vez anterior había estado demasiado, o demasiado poco, cargado de cualquier cosa. Entre tanto, yo me paseaba por el pasaje donde estaba la farmacia.

Es maravilloso ese tiempo que se pasa esperando; parece que uno no está en sí mismo, que está haciendo algo para otro, y sin embargo se está tan libre.

Aquel pasaje, a la entrada de la calle del Obispo, se torcía en el medio para salir a la de la Sierpe, y en el ángulo que formaba había una rotonda con montera de cristales, que tenía cuatro estatuas representando las estaciones, y en medio una de Mercurio. ¡Qué luz caía sobre aquella pequeña plaza encerrada! A cualquier hora, en cualquier época del año, había allí una luz que le hacía a uno comprender. Yo, desde allí, comprendía, no sé por qué la historia. La historia que no me gustaba estudiar en los libros desde allí me parecía algo divino. Dando vueltas entre aquellas estatuas, bajo aquella luz, yo pensaba según fuese el día. Cuando era en verano, poco antes de las doce, el sol era terrible, era irritante, trágico. Yo pensaba entonces en los gladiadores que morían en el circo de Roma. Veía sobre todo aquellos que caían al pisar la red, veía los cuerpos arrastrados por la arena, y también algo leído no sé dónde: dos que morían a un tiempo, atravesándose mutuamente con sus espadas. Bajo aquel sol, bajo aquella luz desgarradora, veía siempre aquella escena; dos hombres desnudos que se mataban uno al otro al mismo tiempo". 





Es la sonrisa que se insinúa de la bonanza esperada y anhelada por los humanos, más que las flores con se adorna el cabello o el cesto que lleva en su regazo, lo que parece definir a Primavera. Suma a su propia actitud del renacer el revuelo del vestido, con el que parece abrirse al nuevo clima. 





Más firme y serena, consolidada en su calidez y exhibiendo segura con una mano su haz de cereal ya recogido, símbolo de las cosechas que alimentarán a los hombres, aunque privada de la hoz en la otra mano, se nos muestra aquí la alegoría del Verano.






Otoño parece mostrar ya otro rostro, más ausente, de una lenta fuga. Portadora de los frutos de la vid, tanto en su cabeza como en el cesto, sujeta con otra mano una copa en un gesto que sin duda pretenderá ofrecer a los que le acompañen en su estación.





Más embutida en su propia vestimenta, Invierno se deja reconocer por la planta de acebo con que se adorna y con ese jarrón a sus pies donde las brasas permanecerán encendidas para capear sus meses gélidos.













miércoles, 24 de mayo de 2017

El Pasaje Gutiérrez, al alza




Ya tenía ganas el paseante de ver cómo cada vez con más frecuencia  visitantes de paso se detienen en el Pasaje Gutiérrez. ¿Son las visitas guiadas las que le conducen a él? ¿Qué les contará la cicerone? ¿Les explicará que la arquitectura civil es tan interesante o más que la tradicional religiosa y, por supuesto, más representativa del espectro social y económico de la ciudad que quería modernizarse, incluso al uso de las modas europeas?

A poco que se observe  el paseante puede distinguir a la manada que es llevada amablemente al paseo tranquilo del viajero solitario que descubre casi por casualidad los lugares de la ciudad. El Pasaje ha sido uno de esos espacios tan céntricos como desconocidos incluso para los mismos vallisoletanos. Ha estado fuera de las visitas turísticas o simplemente culturales durante demasiado tiempo. Se ve que ahora pita algo más y aunque todavía falta cierto comercio más dinámico y más ocupación de locales lo que hay es admirable, por su apuesta arriesgada y su capacidad de resistencia. ¿Tiene la culpa el mismo pasaje de no haber sido suficientemente comercial? Es verdad que las modas y pautas de comportamiento de los compradores han cambiado desde su inauguración lejana. Que la capacidad adquisitiva del vallisoletano tampoco fue elevada. Y cuando lo fue ha sido dirigida hacia centros nuevos y comercios más llamativos al paso peatonal. Que ha habido demasiado abandono y tristeza en el ámbito del Pasaje Gutiérrez no cabe duda, pero todo pinta a que las cosas ya no son así. ¿Deseos del vallisoletano de a pie que toma a propósito la vía interior que lleva de una calle a otra por el simple placer de disfrutar de un marco diferente, ajeno a la vorágine del tráfico? 




Difícil no valorar la opinión del filósofo Walter Benjamin: "Los pasajes son casas o corredores que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños".  ¿Será porque el lado exterior y el interior se funden en una dimensión diferente y, en efecto, comos los sueños?  Entusiasmado por las calles, los paseos y los pasajes Walter Benjamin escribió con su carácter metafórico preciso: "Se señalaban, en la antigua Grecia, sitios que bajaban al submundo. También nuestro existir de la vigilia viene a ser una tierra donde, por huecos casi imperceptibles, se puede descender a ese submundo, donde se abren espacios por los cuales desembocan los sueños. Pasamos ante ellos diariamente sin sospechar siquiera su existencia mas, al llegar el sueño, en seguida tratamos de atraparlos dando apresurados manotazos, hasta que finalmente nos perdemos entre sus oscuros corredores. El laberinto de casas que conforma la red de las ciudades equivaldría a la conciencia diurna; los pasajes (que son las galerías que llevan a su existencia en el pasado) desembocan de día, inadvertidamente, en esas calles. Pero después, al llegar la noche, bajo las ciegas masas de las casas de nuevo surge la espesa oscuridad". 

Desde el balconcillo el niño y la niña, que parecen de purpurina, sostienen sin tregua el reloj de unas horas que se desean, oh paradoja, intemporales, como ellos.





Por el bien del pasaje, de los comerciantes que han apostado por situarse en él con sus mercancías y por la ciudad misma que tiene en el Pasaje Gutiérrez un tesoro, los que pasamos con frecuencia deseamos que tenga vida fructífera. El visitante dirigido en masa ve un espacio del siglo XIX que no disponen en todas las ciudades. Solo hace falta que bien el visitante o el indígena sean los que se interesen por cuanto se ofrece en él.  Me parece que el lugar hay que mimarlo y evitar que volviera a caer en la incuria pasada.    









lunes, 29 de agosto de 2016

Donde Hermes sentó sus reales



A la carrera. Podría significar tantos oficios. Que si mensajero de dioses, que si viajero, que si ladrón, que si amante furtivo...Cada cual puede aprehender a Hermes/Mercurio como le venga en gana para sentirse protegido en sus afanes. Que aparezca como evocación principal del Pasaje Gutiérrez hace pensar que sea una alegoría industriosa, comercial, propia del intercambio y el progreso de la época. Destino original, al fin y al cabo, del Pasaje construido en 1886. 

El Pasaje Gutiérrez es uno de los espacios más representativos de la ciudad burguesa vallisoletana de finales del siglo XIX y lo sigue siendo todavía. Si bien no hablamos de un polo comercial que atraiga a las masas, obviamente, ni lo fue nunca, sí es una galería espectacular en cuanto a diseño, modernidad, episodio histórico y efecto nostálgico. Aquella moda del último tercio decimonónico que prendió en las grandes ciudades europeas (Milán, París, Bruselas, Leipzig...) llegó a tocar la sensibilidad de un promotor local de la construcción apellidado Gutiérrez. Que pudo hacer lo que vemos hoy día, a escala menor de otras galerías más mundanas, pero sabiendo estar en la onda, aunque nuestra ciudad no diera comercialmente mucho de sí en aquellos tiempos.

¿He dicho antes nostalgia? ¿Cómo nos acordarnos de aquellas partidas de futbolín y billar a las que nos entregábamos a la salida de clase o bien haciendo novillos? Estaba donde se sitúa ahora el Bar Pigiama, aunque si no me traiciona la memoria su superficie era mayor entonces. 

El Pasaje Gutiérrez, en el corazón de la ciudad, entre las calles Fray Luis de León y Castelar, ofrece y reivindica no solo un lugar de paso apacible sino sobre todo un ámbito de calma, de aislamiento del mundanal ruido, siquiera fugaz. En él la imaginación del paseante puede trasladarle a otro tiempo, sin perderse los múltiples detalles decorativos que lo hacen acogedor. Acaso Hermes lo haya protegido con su insólita presencia. 



No solamente está representado Hermes por la estatua espectacular, copia de la del escultor italiano del Renacimiento Giambologna, sino por una de las pinturas del techo, obra del pintor palentino afincado en Valladolid Salvador Seijas.