"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




sábado, 19 de noviembre de 2016

Llegaron los salvajes (para quedarse)




O mejor dicho, no salieron nunca de casa. Porque el tema iconográfico del salvaje, que se representa a lo largo de toda la Edad Media europea, aún se reproducía a punto de los albores del Renacimiento. Y así aparecen en esta fachada del Colegio de San Gregorio, hoy Museo Nacional de Escultura, cuyo artífice parece ser el escultor Gil de Siloé, artista de origen flamenco que aún trabajaba en las coordinadas del arte gótico, si bien haciéndolas evolucionar hacia lo que era ya un imparable cambio de estilos en la concepción arquitectónica y escultórica de finales del siglo XIV. 




El tema del salvaje en la tradición oral, literaria y artística, y en las creencias populares en general hunde sus raíces en las primitivas civilizaciones mesopotámicas. Ya en el Poema de Gilgamesh se dice sobre uno de sus protagonistas, Enkidu, lo siguiente:

"Su cuerpo está todo cubierto de vello,
lleva el pelo tan largo como el de una mujer,
sus guedejas son ásperas como las de Nisaba...
Con las gacelas se alimenta de hierba,
con las bestias sacia su sed en el abrevadero..."

El salvaje es un personaje imaginario que tiene lugar en todas las culturas. El salvaje no es un personaje lejano y ajeno, de otras tierras. No es el bárbaro. El salvaje habita en los mismos territorios que los hombres, si bien circunscritos a determinados ámbitos y poseedores de característica peculiares. El salvaje, sin duda es el Otro (aquí tanto la etnología como la psicología modernas tendrían bastante que decir seguramente), que durante la Edad Media crece en ese imaginario como contrapunto al control disciplinario de la teología religiosa. 





Las representaciones de los salvajes del Colegio de San Gregorio son sumamente ilustrativas. Las esculturas están repletas de atributos, símbolos y características que describen a la perfección lo que se entendía por el salvaje. Los cuerpos son humanos, su tipo racial es europeo, pero su piel está recubierta de vello de arriba a abajo, salvo la cara y las extremidades. Con ello se pretendía dar idea de la enorme fuerza que podían desarrollar. Con una de sus manos pueden sujetar un tronco de árbol, con otra una adarga de gran tamaño con imágenes de caras, unas como si representaran astros, otras rostros feroces. Manuel Arias Martínez y José Ignacio Hernández Redondo, en el texto sobre la Portada del Colegio, que figura en la Guía de la Colección del Museo de 2009, dicen sobre los salvajes de la fachada: " Relacionados con la narrativa fantástica de la Edad Media, en la mayor parte de los casos aparecen unidos a representaciones heráldicas como símbolo de protección al emblema que flanquean. Su presencia en la fachada se une por tanto a las figuras de los soldados que se encuentran en el segundo cuerpo de los contrafuertes, en este contexto de exaltación heráldica que supone la fachada, por encima de otro tipo de interpretaciones."   

Yo, no obstante, pienso que hay una intención por parte de los artífices, ¿sugeridos a su vez por el fundador del Colegio?, de situar en la parte baja de la fachada a los salvajes como símbolo de sumisión de unas creencias y tradiciones del imaginario popular. La fachada es un canto de exaltación a la monarquía de los Reyes Católicos, plasmado en el enorme escudo de su Casa que ocupa buena parte de la fachada. Es también una exaltación al fundador del Colegio, Fray Alonso de Burgos y, consecuentemente un recordatorio del poder inmenso de la Iglesia en la sociedad de su tiempo. 





Por supuesto, todo es objeto de interpretación y cuestionamiento, y más las opiniones de un paseante que se deja admirar y sorprenderse ante todo aquello que había visto desde niño en su ciudad, pero no siempre se había parado a pensar en ello. Al fin y al cabo, ¿no es algo que les suele pasar con frecuencia a la mayor parte de los vallisoletanos? La fachada del Colegio no tiene pérdida. Pienso que no es solo un ejemplo de un determinado estilo artístico y, puesto que el arte se ha puesto siempre al servicio de poderes e ideologías, un desplazamiento, bien de adultos, bien de colegiales, al Museo de Escultura debe servir para informarse sobre la Historia y en la medida de lo posible interpretarla.  No mirar la riqueza monumental plagada de detalles siempre me pareció un desdén con nuestra propia ciudad.









viernes, 4 de noviembre de 2016

Va llegando el otoño a la Fuente El Sol




El sol de la piedra acusa poco a poco la tibieza del sol de otoño. Los tonos amarillos ya van asomando y las hojas mueren lentamente en las ramas. Y sin embargo lo que no se decolora dentro del paseante son los recuerdos de aquellos recorridos gratos de infancia. Paseos con familiares que vivían en La Victoria. Paseos y recreo con la clase escolar, en los que, tras la divertida caminata esperaba el premio del bocadillo y los buenos tragos de agua de esta fuente. Aquello nos producía una emoción especial. 

Y ahí sigue la fuente, mejorado su entorno gracias el interés municipal de los últimos años. Revelándose el agua del manantial bajo el trono de una diosa. No es la única fuente que ha existido o existe. En Valladolid ha habido muchas. Unas han desaparecido del todo, de otras se perdió su rastro y aparecen de vez en cuando, otras están infrautilizadas pero siguen en vigor, y de algunas solo permanece la memoria de gente muy mayor que aún da pistas...o recuerdos. Algunos manantiales del casco histórico aún los hemos conocido y nos hemos servido de ellos.




Pero el encanto de la Fuente El Sol es también y sobre todo el paraje, la subida al páramo, el espacio donde es posible recrearse y mirar, y lo que hoy valoramos más que nunca, su carácter de pulmón de la ciudad, de oxigenación, en estos tiempos en que la contaminación amenaza la salubridad de los habitantes de la ciudad. Y algo que no conocíamos de niños. Que La Fuente El Sol se ubica en las laderas de las terrazas fluviales que se formaron antes de que existiera la historia humana. Herencia de otras épocas geológicas que han beneficiado la protección de este valle amplio en el que crece y se ubica Valladolid. Transcribimos lo que dice el biólogo José Antonio García Alfonso al respecto: "Desde la plataforma superior podemos observar las terrazas fluviales que caracterizan la zona, originadas por el desmantelamiento del páramo a manos de cursos de agua de mayor envergadura que las actuales. Las corrientes del cuaternario antiguo (periodo geológico comprendido desde hace unos 2 millones de años hasta nuestros días), fueron dejando su testimonio en forma de depósitos de cantos rodados, arenas y limos, que hoy afloran como conglomerados en los cortes de los cantiles superiores".




Como tantos otros monumentos de una ciudad antigua, la Fuente El Sol también es vieja y noble. De siempre se habían conocido sus manantiales, y ya en 1602 las autoridades pagaron a arquitectos y maestros fontaneros para que se acondicionara aquel flujo de aguas. Quedó escrito un año más tarde:
"Este día...acordaron que se escriviese y asentase en este libro como por orden y mandado d'esta ciudad, la qual fuente se echo a correr y empezo a correr dia de señor San Juan de junio d'este año de mil y seis cientos y tres años". La calidad de las aguas era sumamente estimada por los vallisoletanos de entonces, de tal modo que se consideró el aprovechamiento y traída de las mismas para abastecer la ciudad, entre otras procedencias.

Pero siempre hubo innumerables problemas técnicos, sucesivos deterioros en las cañerías e incluso imposibilidad de entendimiento con órdenes religiosas que tenían propiedades por aquellos lares. Como al final cualquier operación resultaba mucho más gravosa por sus elevados costos el destino de la fuente se limitó a su ámbito natural y, a pesar de los avatares, al menos ha llegado hasta nuestros días.




Más allá del manantial la Fuente El Sol es ahora mismo un parque. El último acondicionamiento lo ha dejado más accesible que nunca. Hay una zona reciente convertida en merendero y espacio de juegos infantiles. Pero lo que realmente atrapa es la variada vegetación que rodea y la cómoda subida a lo alto de los páramos a través de varias escalinatas. El paseante se recrea y admira cuantas plantas, árboles o bosques crecen alrededor, pero apenas sabe de nombres, de característica o de propiedades. Recurro de nuevo a lo que García Alfonso escribió:

"Como ya se ha comentado, la flora es una mezcla de especies exóticas, introducidas por el hombre, y otras autóctonas, que han logrado instalarse en algunos enclaves del parque. Entre las especies introducidas destacan los árboles como el ciprés común y el ciprés de Monterrey, con presencia de algunos ejemplares de gran porte, que, según se dice, son los de mayor envergadura de la ciudad. El pino carrasco ocupa la ladera izquierda y las plataformas superiores, y las falsas acacias y plátanos de sombra se encuentran en el entorno de la fuente. La vaguada aparece ocupada por chopos y álamos, ambas especies típicas de cursos fluviales naturales, encontrando aquí variedades de vivero que, no obstante, generan una acogedora y fresca alameda. Junto a las especies anteriores encontramos otras que han colonizado la zona de forma natural, destacando una interesante orla de espinosas que ofrece cobijo y alimento para una variada fauna. Las especies principales son el espino albar, el rosal silvestre, la zarzamora, y las formaciones de hiedra que trepan enmarañadas a los troncos de los árboles, recreando así el paisaje de algunos bosques de ribera naturales. 

En las laderas soleadas y expuestas aparece un cortejo de especies arbustivas de pequeña talla, típicas de laderas con suelos raquíticos, pobres y muy insolados. Entre ellas se puede destacar el lino de monte, la salvia, el tomillo salsero, el té de páramo, la candilera, la hierba de las siete sangrías, el chucarro blanco y la flor de abeja. Ésta última es una especie de orquídea, cuya flor imita la forma y colores del insecto, atrayendo a los machos para facilitar la polinización. Junto al regato crece la menta de burro y el junco churrero, ambas especies muy ligadas a las zonas con elevada humedad edáfica (del suelo)"




Naturalmente, donde hay agua y donde hay vegetación existe también hábitat para numerosas especies animales. Pero este es ahora mismo otro tema que nos llevaría más allá del paseo circunstancial y gozoso a la Fuente El Sol. Lo dejamos para otra ocasión.
























Blogs recomendados:

http://amigosfuenteelsol.blogspot.com.es/

http://www.barriolavictoria.org/SOL/SOL2/sol2.html




domingo, 30 de octubre de 2016

El jardín recoleto de la Casa de Cervantes




A veces pienso que el paseante local o el visitante de fuera se dejan seducir más por el lugar ilustre y el nombre que detenta la Casa de Cervantes que por el marco vegetal que da acceso. Y es a ese marco, a ese ámbito ajardinado que lo precede a lo que mis ojos quieren prestar atención. Uno y otro, jardín y casa que lleva el nombre del escritor, son espacios remozados. La casa pudiera ser una de aquellas del siglo XVII en que Cervantes vivió entre 1604 y 1606 en Valladolid. El jardín es una recreación bastante reciente, pues en los tiempos del escritor solo se conocía la calle Rastro y la casa estaba ubicada a orillas de una de las Esguevas. La casa, que se convertiría en museo ya bien andado el siglo pasado, pasó por una restauración exhaustiva que la sacó de su incuria en la primera parte del siglo XX, a instancias del vallisoletano Marqués de la Vega-Inclán.



Aunque la casa y su jardín tiene un acceso más conocido desde la calle Miguel Íscar, urbanizada en el siglo XIX, tras el soterramiento del Esgueva,  existe otro, el que desde la Plaza de Madrid lleva por la antigua calle del Rastro. El desnivel que se produce entre Miguel Íscar, de intenso tránsito, y la del Rastro permite una visión acertada y grata.  

El paseante desearía que este jardín recoleto fuera más concurrido y menos prisionero. Puede que las altas verjas estén pensadas para proteger el lugar de actos vandálicos, pero en modo alguno debería tal cerca espantar a gentes que quisieran hacer un alto en el camino o improvisar una tertulia peripatética. De todos los elementos que lo adornan hay que destacar los altos árboles tras los que se pueden ver edificaciones del urbanismo burgués decimonónico. En el jardín destaca un añadido que va pegado a la medianera de un edificio posterior. Se trata de parte de la fachada del antiguo Hospital de la Resurrección, que debió estar por la actual Plaza de Zorrilla, donde se ubica la imponente Casa Mantilla. Que Cervantes escribiera en Valladolid algunas de sus novelas, llamadas hoy ejemplares, tales como El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros y El casamiento engañoso propició que algunos lugares de la ciudad aparecieran en ellas.

Un ejemplo. Así comienza la novela El casamiento engañoso: "Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un soldado que, por servirle su espada de báculo y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo muy caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el humor que quizá granjeó en una hora". Por cierto, a quienes no hayan leído El licenciado Vidriera, El casamiento engañoso o El coloquio de los perros se les recomienda desde este modesto blog que lo haga sin dudar. La frescura, la modernidad y la imaginación de estos relatos, impregnados de una ironía y una diversión fantásticas conjura cualquier mal de nuestros días. Nada del alma humana hay de nuevo bajo el sol.













domingo, 16 de octubre de 2016

Callejeando, según Pierre Sansot.




Tal vez todas las ciudades de nuestro tiempo se parezcan. La modernidad las uniforma. Tal vez aquellas ciudades que tienen en su haber un pasado y huellas latentes de distintas épocas se asemejen todavía de manera más entrañable. Pues no solo comparten las marcas no siempre gratas del presente  -tráfico desmesurado del automóvil, dificultades viarias, contaminación consecuente, exceso de mobiliario urbano que congestiona cada vez más los espacios del peatón, etc.-  sino que se compensan con un cierto grado de monumentalidad, con una arquitectura antigua que pervive, con cascos antiguos que recuerdan de alguna manera nobles estructuras de asentamientos humanos que han poblado anteriormente la misma ciudad. Y que, por lo tanto, la han hecho para que llegara hasta nuestros días.

El paseante puede y sabe elegir las zonas por las que quiere transitar con despreocupación. El paseante no es un individuo detenido en el tiempo, anclado en miradas nostálgicas, si bien no pasaría nada porque lo fuera, pues anhela tanto contemplar los cambios de su ciudad como recuperar un paso lento, principalmente si dispone de tiempo. El paseante callejea, se relaja y observa lo que acaso no había conseguido ver con anterioridad. El filósofo y escritor francés, ya fallecido, Pierre Sansot, autor de una obra de reflexión, Del buen uso de la lentitud, dice cosas como éstas al respecto:

"Callejear no es detener el tiempo, sino adaptarse a él sin que nos atropelle. Implica disponibilidad y en resumidas cuentas no querer apresar el mundo. Contemplamos las mercancías sin tener necesariamente el deseo de comprarlas. Miramos los rostros con discreción y no tratamos de llamar su atención. Caminar libre, lentamente, en una ciudad presurosa, no atribuir valor más que a la maravilla del instante en una sociedad mercantilista, suscita mi simpatía. En el aspecto de la callejeadora ociosa hay algo de soberano y fluido. La mirada curiosa, sagaz, móvil del que callejea respira inteligencia y me resulta agradable observar a ambos".

Volveré a citar a Pierre Sansot. La fotografía corresponde a la Plaza del Caño Argales. Pero ese espacio se merece una entrada aparte.






viernes, 14 de octubre de 2016

Esos extraños seres híbridos de las puertas



¿Obras de escultores de la madera o de ebanistas? ¿O ambos oficios de la misma mano? Hay un toque de orfebre innegable en esas pequeñas esculturas que lucen viejas puertas de edificios centenarios de nuestra ciudad. En este caso extraños seres masculinos, medio humanos y medio volátiles, híbridos de la naturaleza, que no se sabe bien si proceden del reino animal, del vegetal o del mitológico de la cultura humana. ¿Se trata de representaciones protectoras? ¿De personajes benefactores? ¿Son individuos que se hacen o que se deshacen, como el mismo hombre de carne y hueso? 

Ornan la vertical de un portalón del principio de la calle Duque de la Victoria. Hay muchos más con análogo toque decimonónico por esas calles nuestras. Habrá que ir localizándolos y traerlos aquí.