"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




domingo, 19 de febrero de 2017

Henry Moore toma Cadenas de San Gregorio



Se podría decir que hasta el día 2 de abril la calle Cadenas de San Gregorio  -uno de esos grandes éxitos de peatonalización real en nuestra ciudad-  va a ser la calle de Henry Moore. La histórica calle debe sentirse honrada con la visita de una obra abstracta tan impresionante. Pero a su vez, las esculturas de Moore tienen que reconocer desde su silencio un tanto presuntuoso que están habitando muros de palacios y colegios seculares. No hay combate entre materiales. Piedra de fachadas y metal de las esculturas van a convivir durante dos meses sin vencedores ni vencidos. Una buena propuesta para el ciudadano de a pie: aprovechar la visita a estas obras para visitar el Museo de Escultura y su adjunta Casa del Sol. Todo es organizarse y disfrutar. Aparcar quehaceres o disponer unas horas de ocio para ver esta parte de la ciudad con huellas diferentes. Seguro que después se sale con otra mirada.



"El bronce es un material maravilloso, adquiere una pátina y resiste todos los climas. Basta con mirar los bronces antiguos, como por ejemplo la estatua ecuestre de Marco Aurelio en Roma. Me encanta quedarme debajo de esta estatua, porque es tan grande. Bajo el vientre del caballo la lluvia ha dejado unas marcas que subrayan la parte por donde ha estado corriendo durante siglos. Esta estatua tiene casi dos mil años, y sin embargo el bronce está en perfecto estado. El bronce es realmente más impermeable al tiempo que la mayor parte de las piedras".

Tal parece que este texto de Henry Moore, que extraigo del catálogo de una exposición en Madrid de hace treinta y seis años, fuera también una invitación a dejarnos acoger por las monumentales obras expuestas en la calle, donde el clima vallisoletano también será un desafío para ellas y para las teorías de Moore.  





Volúmenes, huecos, curvas que se proyectan para alejarse o para encontrarse de nuevo en sus recónditas oquedades. Formas, en fin, que se retuercen sobre sí mismas o que se expanden, encarnaciones que pueden parecernos más figurativas o que rompen nuestros esquema lineales, pero no menos integrantes de la realidad en ninguno de los casos. El peatón se admira de la disposición inquietante de cada escultura de Moore. Posiblemente es ese escorzo dinámica de estas obras la que atrae nuestra mirada. Decía Moore:

"La escultura, comparada con la pintura, tiene algunas desventajas, pero puede tener una gran ventaja con respecto a la pintura, y es que se puede mirar desde todos los lados:y si se utiliza y explota enteramente este atributo, entonces es posible dar a la escultura una sorpresa y un interés continuos, cambiantes e inagotables".




Siguiendo con las revelaciones de Henry Moore:

"Una de las cosas que me gustaría pensar que tiene mi escultura es una fuerza, una intensidad, una vida, una vitalidad desde su interior, de modo que se tenga la sensación de que la forma está empujando desde dentro intentando estallar o intentando irradiar la intensidad desde su propio interior en lugar de tener algo que se ha formado simplemente desde el exterior y se ha parado. Es como si uno tuviese algo que está intentando convertirse en una forma desde su propio interior".

¿Será por esa razón por la que el paseante percibe cada escultura de Moore como una fuerza viviente, siempre en proceso de hacerse y transformarse? Tal vez como el cuerpo mismo, como el impulso de vida que cada uno de nuestros cuerpos lleva consigo, un devenir efímero pero que nos da un sentido conciencia de estar habitando este mundo.




Como leer las interpretaciones de Henry Moore a su propia obra, que es la comprobación de la física misma de las cosas, son una delicia y ayuda a saber más de lo que el autor pretende sigo transcribiendo sus opiniones: 

"Con el tiempo descubrí que forma y espacio son exactamente la misma cosa. No se puede comprender el espacio sin comprender la forma.

Por ejemplo, para comprender la forma en su completa realidad tridimensional hay que comprender el espacio que desplazaría al quitarla. No se puede medir un espacio sin medirlo de un punto a otro. Los cielos tienen un espacio que podemos comprender porque hay puntos  -las estrellas y el sol-   que están a distancias distintas unos de los otros. Del mismo modo solo podemos ver el espacio en un paisaje relacionando el primer plano y la distancia intermedia con la distancia más lejana. Para comprender la distancia entre mi pulgar y mi índice se necesita exactamente la misma comprensión que en las distancias del paisaje".




Uno de los aspectos que más sorprende al que se aproxima a la obra de Henry Moore es la creación de oquedades, esos agujeros que genera en alguna parte de sus estatuas, como eco de los primitivos guijarros. Y aunque en el siguiente texto se refiere en principio a la piedra es trasladable en cierto modo su criterio también al bronce:

"Un trozo de`piedra puede estar atravesado por un agujero y no quedar debilitado, siempre y cuando el agujero sea de un tamaño, un contorno y una dirección estudiados. Por el principio del arco, puede permanecer igual de fuerte. El primer agujero hecho con un trozo de piedra es una revelación. El agujero conecta una parte con la otra, haciéndolo inmediatamente más tridimensional. Un agujero puede tener en sí mismo tanto significado de contorno como una masa sólida".

La idea del agujero es una constante en todas las obras de Moore, sean en unos materiales u otros. No en vano él reconoce que "el gusto por los agujeros surgió del deseo de crear espacio y formas tridimensionales. Para mí el agujero no es simplemente un agujero redondo. Es la penetración que atraviesa el bloque de la parte anterior a la posterior. Para mí esto fue una revelación, un gran esfuerzo mental. Lo difícil fue tener la idea de hacerlo, no el esfuerzo físico".

Es de suponer que la manera de trabajar unos materiales u otros varía, así como su resultado. Pero la idea fundamental de los huecos en una escultura late en cualquiera de ellos.






¿Puede el paseante permanecer impasible ante las obras de Henry Moore? ¿Puede quejarse de que no entiende, no ve, no sabe? Pero el escultor no tiene la culpa, porque él sí capta, si comprende, si aprende. Y lo aclara:

"A primera vista la escultura debe tener algunas oscuridades y otros significados. La gente tiene que querer seguir mirando y pensando; la escultura nunca tiene que revelarlo todo inmediatamente. Al principio, tanto la escultura como la pintura exigen un esfuerzo para poder apreciarlas completamente, de otro modo no es más que una inmediatez vacía, como un anuncio, que está diseñado para que la gente que viaje en autobús lo lea en medio segundo. En efecto, todo arte debería tener más misterio y significados del que resulta evidente a un observador rápido".

Ciertamente, quien llega a este territorio de Moore no se queda sin sentirse afectado. Se pregunta, se sorprende, se intriga. Un logro, sin duda, el paso de los volúmenes de Moore por el casco antiguo de Valladolid. Y un ejemplo que debería repetirse con otros autores y otras creaciones.






* Los textos de Henry Moore están extraídos del libro "Henry Moore", editado por el British Council, la Fundación Henry Moore y el Ministerio de Cultura en 1981, a propósito de una exposición retrospectiva de Esculturas, Dibujos y Grabados desarrollados por el autor entre 1921 y 1981.