Otro edificio que merece ser mencionado por su resiliencia, que se diría ahora. Cuando el edificio que conocimos durante tantos años albergando la Delegación de Hacienda cerró para trasladarse a un mega edificio de nueva planta en la Huerta del Rey muchos temimos que llevara mal su orfandad. O incluso corriera riesgos del pasado. Parece que no son aquellos tiempos en que se menospreciaba la antigua arquitectura y primaba la especulación en pleno centro urbano. Por otra parte su situación privilegiada en la Plaza de Madrid, junto a la Plaza de España, y que este enorme caserón ecléctico de 1931, obra de Manuel Cuadrillero, tiene su caché camino de un siglo permitió su recuperación y adaptación a nuevos cometidos administrativos. Y en efecto, ya está en marcha la llegada de la Consejería de Familia e Igualdad de oportunidades, cuya tropa de funcionarios dará de nuevo vida a una plaza más de cruce de calles que de descanso y acogimiento.
Y es que esta plaza peculiar fue más bella antes de que derribaran un edificio llamado la Casa del Barco que el arquitecto Antonio Ortiz de Urbina diseñó a principios del siglo XX, tomando como ejemplo edificios análogos que hubo en capitales europeas o americanas. Adjunto una foto antigua para que el lector compare con la mole más elevada y menos estética que se erige ahora entre las calles Muro y Gamazo, a la vera de la vieja Hacienda. Por mi parte, nunca he entendido cómo un edificio de las características de la Casa del Barco -apodo que le pondrían los vallisoletanos por su forma de proa, supongo- pudo ser derribado impunemente en 1969. Falta de reconocimiento a la herencia artística y urbana, por una parte, y probablemente la carencia de un plan de urbanismo actualizado y que las leyes en aquel año aún estarían para ser manejadas por los desaprensivos de turno, el caso es que su desaparición ha redundado en la pérdida de identidad tradicional del lugar.
Pero en fin, veamos ahora el lado positivo. La permanencia de la vieja Hacienda rejuvenece con su nuevo uso. Habrá que ver en su momento cómo ha quedado el patio interior.
En el espacio de la Casa del Barco de esta imagen en blanco y negro se yergue ahora el edificio de galerías acristaladas de la foto anterior a la derecha. Nada que ver con la majestuosidad y la altura estéticamente medida, con el añadido de la gracia de aquella cúpula que lo remataba. Afortunadamente yo llegué a conocerlo, y aunque en aquel tiempo uno no entendía apenas nada de urbanismo ni de arquitectura ni de valorar su ciudad lamenté su desaparición.





