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viernes, 2 de junio de 2017

Más que centenario




En mi infancia todavía llegué a conocer este local como El Horno Francés, cuyo producto estrella eran los dulces Freixas que, por cierto, jamás caté. Debía ser una exquisitez inventada por un pastelero imaginativo. El etnógrafo Joaquín Díaz dice al respecto:

"El horno francés, de Ramón Freixas, se abrió en la calle de Cánovas del Castillo 26, enfrente de otro establecimiento similar denominado el Horno Suizo que perteneció a Justo Stirnimann. Durante el siglo XIX algunos suizos y franceses se establecieron en nuestro país dedicándose a la pastelería. El célebre confitero Franconi -creador de los cafés suizos en España y que se unió a otro compatriota, Matossi, para formar una sociedad que abriría negocios en Madrid, Bilbao, Burgos, Granada y Valladolid-, inventó un bollo especial para servir con el café que terminó denominándose 'suizo'. La misma cerveza Cruz Blanca fue introducida en España por la firma de Matossi. Pues bien, dentro de esa tradición, Ramón Freixas creó una especialidad, los Dulces Freixas, que le harían reconocido y famoso en toda España con una especie de crema de frutas de diferentes sabores envuelta en chocolate".

Pero ya hace varias décadas que el establecimiento desapareció. No así la estructura interior y exterior del local, devenido hoy en zapatería que, aunque da a dos calles, Cánovas del Castillo (al lado de la casa modernista) y Sierpe, esa estrecha callejuela serpenteante, presenta el portal de entrada a las viviendas u oficinas por esta última calle. La fastuosa portada de la entrada al edificio tiene también un aire modernista que otros tildarán de ecléctico, como todo el edificio en sí, promovido por el citado industrial pastelero Ramón Freixas. El edificio tiene fachada a tres calles, las dos citadas y otra a Regalado. En sus orígenes la parte baja estaba ocupada como obrador y despacho de pastelería. En los años 80 se procedió a rehabilitar todo el bloque que mantiene el recuerdo esplendoroso de aquella clase de viviendas burguesas de mayor o menor empaque que viene desde el siglo XIX. La casa levantada por Ramón Freixas es de la segunda década del siglo XX, siendo su autor Modesto Coloma, y los restauradores Salvador Mata y Alfonso Basterra.









viernes, 21 de abril de 2017

La Llave que abría paladares




Que el anagrama del escudo formara con las dos iniciales de nombre y apellido del fabricante una llave tenía su ingenio. ¿Qué sería antes? ¿El anagrama o el nombre de llave? Seguramente el chocolate. Fuera lo que fuera el diseño estilizado era un gancho que permaneció en la retentiva de los vallisoletanos durante décadas. Una identidad corporativa que se metía por los ojos. El edificio de viviendas remodelado en 1951, y que conocimos como fábrica en su día, permanece ahí, justo en la confluencia de la calle Recondo con el Paseo del Arco de Ladrillo. 




En el blog de Domus Pucelae leo:

"La historia de tan popular marca de chocolate en el ámbito vallisoletano comenzó cuando Pedro López llegó a Valladolid en 1821, donde su espíritu emprendedor le movió a abrir un almacén de vinos y ultramarinos en los soportales de Cebadería. Treinta años después este negocio fue heredado por su sobrino Eudosio López Civera, al que incorporó la fábrica de chocolates La Llave. El establecimiento tuvo tanto éxito que se quedó pequeño, de modo que en 1883 fue abierto un nuevo despacho en la calle del Val y en 1890 otro en la calle de Santiago, donde, junto a los productos de ultramarinos y el chocolate fabricado allí mismo con cacao traído de Sudamérica, se continuaron vendiendo vinos españoles y otros importados, especialmente champán y vinos de Borgoña y de Burdeos.

El negocio del chocolate conoció un auge mayor a partir de 1891, trasladándose la fábrica desde el centro hasta el Paseo del Arco de Ladrillo, consiguiendo, como representante de Valladolid, dos medallas de plata en la Exposición Universal de París de 1900, un año después de la erección de la famosa Torre Eiffel.

La producción de chocolate continuó con Eudosio López Doncel, que entre 1936 y 1939 sufrió las consecuencias de la Guerra Civil y los años de escasez y racionamiento que la siguieron. Fue entonces cuando se comercializó el llamado chocolate Familiar nº 5, que por la escasez en la llegada de azúcar incorporaba mayor cantidad de harina, dando lugar a un inconfundible chocolate a la taza que conocieron varias generaciones. En los años del desarrollo aparecerían modalidades de mayor calidad, como el chocolate con leche y con avellanas, dedicándose, entre 1954 y 1992, prácticamente a la exclusiva producción de este popular producto". 








Todavía existe el chocolate de hacer, ¡y de comer a mordisco!, como me dijeron en el comercio de Severo Fraile cuando me di el gustazo de comprar una tableta el otro día. Uno ha echado en falta los cromos sobre Historia, animales o monumentos que coleccionamos cuando éramos niños. Y mira que he mirado entre el envoltorio.



domingo, 26 de febrero de 2017

Mercado del Val, más que un superviviente




El Mercado del Val es más que un superviviente, es como un nuevo parto. Mantiene su ubicación de 1892, año de su inauguración. y su estructura metálica vertical. Todo lo demás, nuevo. Tal vez tomando como inspiración originaria el Mercado de Les Halles, de París, derribado hace unas décadas, y urgido por las necesidades de la población el Ayuntamiento tomó la decisión en el último cuarto del siglo XIX de levantar los mercados de Portugalete, Campillo de San Andrés (hoy Plaza de España) y Val. 

Desgraciadamente, una  mala visión en materia urbanística que cundió en Valladolid en las décadas de los 60, 70 y 80 del siglo pasado propició la desaparición de los mercados de Portugalete y Campillo, así como el fomento de una tipología de edificación de altura desmesurada en sus entornos. Que el Val haya sobrevivido a duras penas y que ahora renazca nuevamente, no obstante sus importantes inversiones, es motivo de felicitación. También, lógicamente para el quehacer de la compra y, cómo no, un espacio más para el paseo y la valoración de lo que dispone en materia de mercados una ciudad en estos tiempos.




Vista del mercado entre las dos grandes pilastras del pórtico de entrada a San Benito. El mercado del Val está situado en el corazón histórico de Valladolid. Detrás de la Plaza Mayor y junto al antiguo complejo de San Benito, donde coexisten instituciones tan diferentes como la iglesia, la concejalía de Urbanismo y el Museo de Arte Contemporáneo Patio Herreriano. Las fotografías adjuntas solo pretenden rendir homenaje a esta reinauguración. Y dar de paso una idea de la reconfiguración de los espacios comerciales a aquellos conciudadanos que aún no lo hayan visitado.
















miércoles, 12 de octubre de 2016

Y la bici pasó por allí y se quedó (colgada)




Aficionado a descubrir rótulos de comercios que rompen lo tradicional me quedé colgado de esta fachada de bar en la Avenida de Palencia, entre las calles Doctor Esquerdo y Penitencia. Cabe pensar que el primitivo dueño del bar lo tituló de esa guisa aprovechando el tirón inicial de cierta serie de televisión. La bicicleta de otro tiempo se presta a relacionar el nombre con épocas pasadas, y aunque la tipografía sea más actual no queda mal. Naturalmente es la bici la que pone la salsa. No entiendo por qué unas mayúsculas se acentúan y las de cuéntame no. Misterios de los diseñadores, ¿o fallo técnico?

Del interior no puedo decir nada, pasaba por casualidad y a la carrera y no podía pararme. Otro día echaré un vistazo dentro. Eso sí, no puedo por menos que reflexionar sobre cómo influyen los medios televisivos en estos tiempos. Pero también hay bares y cafetines en abundancia con títulos de novelas o de personajes. En realidad poco cambia, simplemente se adapta en función de los gustos y preferencias de sus propietarios.




martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando aquellos insignes ya iban a graduarse la vista




Eso parecen decir los personajes recortados en cartón de la fotografía. El paseante no puede pasar por alto el reclamo publicitario de la óptica. Cuando un elemento decorativo ocurrente se suma al mobiliario urbano nos da satisfacción. Si tiene calidad se incorpora a la calle con mayor dignidad y buen gusto que muchos rótulos ordinarios que adolecen de dudosa estética. Si además no está exento de humor, algo que suele escasear hoy día en medio del tránsito veloz de automovilistas y peatones, el círculo del mensaje se cierra gratamente. 

El óptico Jesús Blanco, ya lo tuvo claro desde la apertura del establecimiento. Las gafas gigantes que ocupan el frontis de la bella y trabajada fachada de madera es de esos aciertos que hablan por sí solos. Aunque no hubiera recalcado con letras el producto que vende se hubiera entendido a la primera. Sabe recuperar una vieja tradición de los países europeos donde en otras épocas bastaba con nitidez una imagen y la gente entendía de qué iba un taller o un comercio. El desarrollo de las especificaciones es algo que trajo el siglo XIX.

Disfruten de esa esquina a tres calles, entre la Plaza de Fuente Dorada y el comienzo de Cánovas del Castillo y la Bajada de la Libertad. ¿No suavizan más sus líneas esas austeras balconadas de la ciudad histórica, huérfanas casi todas de macetas que alegren los ojos? 

Nota. Esto no es publicidad. Es reconocimiento a una iniciativa tan particular como ingeniosa.






viernes, 19 de agosto de 2016

Banderolas al viento





No es un texto comercial este, no. Ni hace propaganda de lo que hay detrás de las imágenes. Pero tiene que ver con el comercio. Acostumbrados como nos han tenido durante décadas los establecimientos de cercanía al rótulo poco estético, de maltrecha y burda caligrafía, ocupante de buena parte del frontis del comercio, o bien a base del neón convencional, la extensión más reciente del rótulo en banderola es una sorpresa que hay que acoger. Por una parte, no devora ni ensombrece la fachada. Por otra, muchas de estas banderolas están sumamente trabajadas, tanto en su ilustración como en el material empleado. Es un impacto visual eficaz, sin ocupar prácticamente espacio, que pueden ser artísticas si el propietario del comercio se esmera y sabe realizar el encargo a un buen creativo.

Sin ánimo de agotar el despliegue de este tipo de insignias anunciadoras, una breve batida fotográfica por algunas zonas de la ciudad nos ha proporcionado un buen ramillete de ejemplos. De entrada, uno de los más conseguidos es la banderola con que se anuncia Bulgarcita Pingos, en la calle Ferrocarril. Una tienda que no es de una simple cosetodo sino de una artesana que crea y recrea objetos relacionados con telas. La banderola es una seña de identidad que para sí hubieran querido los gremios de hace siglos.  




Bar Nuberu, en la calle Concha Velasco,  un bar acogedor que se ha ido especializando en cervezas internacionales y además proporcionan cafés elaborados con arte y sabor. No en balde el año pasado consiguieron ser campeones de Castilla y León de baristas 



La parada de los comics, recientemente instalados en una esquina de calle Cadena y Acibelas.



El rótulo de Café Teatro en Cánovas del Castillo no tiene pérdida. Imposible resistirse a no poner el haz y envés de la placa.



Óptica Marta Castrillo, en López Gómez, exhibe el símbolo de lo que vende, una forja recortada severa pero contundente que atrapa nuestra visión.



¿Qué decir del popular Café Berlín sino que su caligrafía volada es de una belleza única? Calle Cardenal Cos, esquina a Arribas.



Suficientemente legible la banderola de la Librería A pie de página, en calle Librería. Nos gusta el contraste de colores y la línea roja que, en cuestión de libros y lecturas, no la hay. O no debería haberla. 


El pelícano de Sildavia, en calle Arribas, ya anuncia de por sí el café, aunque luego la caligrafía del nombre se exhiba a lo largo de la cristalera del establecimiento.


Un establecimiento de ropa de mujer, El vestidor de Susa, en calle Librería, próxima a la librería A pie de página.



De la Peluquería Ópera, en calle Niña Guapa, que no sé si está abierta o cerrada, tiene su punto ver el desenfadado rótulo por ambas caras. ¿Por qué no ese aire de personajes de cómic español de los años 80 para anunciar el establecimiento?


Aunque Calendula es un comercio de ropa, bolsos, complementos, alhajas y otros caprichos, como se anuncia, la seña distintiva es un pajarito pizpireto y risueño. Sus razones tendrán. Calle Labradores, casi esquina con Niña Guapa y próxima al túnel de las Delicias.


De Librería Maxtor, ¿qué decir a estas alturas? El hombre-mujer-libro es una viejo icono de su identificación comercial. Su tela semiondea al viento, como las páginas de los libros. Calle Fray Luis de León.


Un poco más allá, también en Fray Luis de León, pero en la acera opuesta, el herbolario Sara.
La caligrafía adquiere personalidad y la planta queda en segundo plano para los ojos. No está mal.


El empaque aventurero del Morgan, en La Solanilla, al borde de la Antigua, todo un navegante de la noche vallisoletana, a los cuatro vientos.


En la calle San Luis, la ludoteca La higuera. El clásico niño como dibujado por otro niño, apoltronado en una hoja de higuera. Soñando y volando. Volar es jugar.



Todo lo que rodea la moda de los chicos skater tienen un establecimiento en López Gómez. Slappy Skate Shop es su nombre. La S líquida asemeja la marca de El Zorro, pero a la inversa. Rojo sobre negro parece traer a cuento otras iconografías.


Babel, un pequeño café bar de la calle Librería, usa un peculiar dibujo cuya interpretación habrá que preguntar a sus dueños. Por más que trato de ver cierto significado mesopotámico no lo encuentro.


Y hasta una entidad pública como la Universidad de Valladolid (UVA) se suma a la manera de publicitar sus dominios. Esta banderola descomunal corresponde a la Colección de Arte e Historia patrimonial de la propia Universidad que se halla en la Plaza de Santa Cruz, en el Edificio Rector Tejerina.