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jueves, 24 de septiembre de 2026

Mis primeras fotografías de la ciudad con la Werlisa

 



¿Cuánto ha llovido desde entonces? Las ruinas de Santa María la Mayor que ya llevaban siglos en estado de incuria y de olvido fueron objeto de la mirada juvenil a través de la Werlisa. Una cámara elemental. Un regalo paterno. Y cero conocimientos de fotografía. Para usarla tampoco se necesitaban demasiados, pues sus prestaciones eran limitadas y de ella solo se esperaba la foto familiar o de amigos, de cercanía y a ser posible con buena luz. ¿Por qué elegí unas ruinas para estrenar la cámara? No sabría decirlo con exactitud. Supongo que por sentimentalismo. Por rareza. Por sentir el abandono y la pérdida de un legado histórico que en plena Plaza de la Universidad se exponía al tránsito y al deterioro sin fin.  

En la década de los 60 del pasado siglo muchos monumentos de la ciudad se encontraban en mal estado y en riesgo de desaparición. De hecho fue una década, y la siguiente también, bastante desfavorable para un urbanismo racional. Principalmente para el casco histórico más vetusto. Las casas nobles y posadas que quedaban, harto envejecidas si no ruinosas, padecieron la tiranía de la piqueta. Las leyes urbanísticas no estaban a la altura de la protección monumental necesaria y la fiebre inmobiliaria no se anduvo con contemplaciones. Edificios que podrían haberse salvado desaparecieron. Puede que aún tenga fotografías de algunos de ellos por alguna parte. 




Aquella situación penosa nos sensibilizó a algunos. Tal vez por ese motivo yo eligiera unas ruinas extraordinarias como estas de lo que había sido la Colegiata de Santa María la Mayor en su fundación del siglo XI. Primeramente románica y en siglos posteriores fueron añadidos elementos del gótico, de cuyo estilo permanecen algunas salas. El futuro de tal iglesia fue sentenciado con el avance de la construcción de la catedral comenzada en el siglo XVI, que habría exigido el derribo de ese templo adjunto. Paradojas. La catedral se quedó a medio construir y la colegiata prácticamente desapareció. Como dicen por aquí: ni comes las berzas ni las dejas comer. 

No se busque en estas fotografías ni calidad ni belleza deslumbrante. Búsquese solamente testimonio y prueba de un ejemplo del pasado. Las huellas de las características de unos estilos artísticos y de una mentalidad religiosa adaptable a nuevas formas. Basta observar en las fotografías el arranque de la torre románica o la forma de las ventanas abocinadas o alcanzar con la mirada los capiteles con motivos vegetales o seguir la verticalidad de un ventanal ojival con su pequeño rosetón para imaginar lo que tuvo que ser. Pero no es mi objetivo hablar de aquel templo que hoy ha trocado los antiguos pilares por altos e inhiestos cipreses, sino exhibir las imágenes, poco consistentes e imprecisas dentro del blanco y negro al uso, captadas por un primerizo joven con su flamante Werlisa. Considérese, pues, un homenaje personal a una cámara que incentivó en mí la mirada al entorno.
















https://cameramarket.es/pages/werlisa-color-camara-espanola-de-los-anos-60



(Fotografía reciente del espacio que ocupó la colegiata desaparecida, ver enlace anterior)



sábado, 24 de enero de 2026

Cuando aparecen huellas de un Valladolid del pasado

 




"¡Oh ruinas! Yo tornaré a escuchar vuestras lecciones; tornaré a la paz de vuestras soledades: y allí, lejos de la dolorosa escena, de las pasiones, amaré a los hombres, recordándolos; meditaré en lo que puede hacer su felicidad, y cifraré la mía en la idea de haber acelerado la época de la dicha de los humanos". 

Volney, Las ruinas de Palmira.

Tal vez sean excesivas las palabras del Conde de Volney para estas modestas ruinas aparecidas recientemente en el subsuelo de la ciudad. Pero, ¿por qué no aplicárselas? Lo que hubiera ahí debajo, ¿no fue obra de humanos de otro tiempo, con sus creencias y sus ideas, con sus sentimientos y sus pasiones, con sus artes y sus medios técnicos? Ruinas que han permanecido secretas, desplazadas, ignoradas, como si los materiales de construcción, la mano de obra y el saber de los arquitectos no hubieran tenido valor y mérito. Simplemente porque los avatares de la evolución histórica decidió una vez condenarlas al olvido.

Se percata este paseante de unos ventanucos a nivel de suelo en la céntrica calle. Podrían parecer unos barrotes forzados para propiciar una fuga. Pero las ruinas no pueden escapar de su destino del pasado. Y sin querer, cuando nadie se acordaba de ellas o, mejor dicho de lo que en ese terreno hubo, el vaciamiento del interior de un edificio de hace 125 años las expone al aire libre. Alguno dirá ¿y cuál es la belleza de estas ruinas? Pues acaso la belleza reside en la sorpresa de que aún en Valladolid, que tanto ha edificado sobre sí misma durante siglos, aparezcan restos de algún tipo de edificación antigua. Mayormente de conventos e iglesias, que abundaban. También de palacios o casas nobles, no menos abundantes. Y en muchas ocasiones los puentes soterrados de las Esguevas. 

Según los técnicos estas piedras pertenecen a un convento del siglo XVI llamado del Corpus Christi, nada extraño en una zona que estaba en las afueras de la urbe histórica, y que acogía varias propiedades más de órdenes católicas. Se hallan en un solar comprendido entre la Acera de Recoletos y la calle Gamazo, adquirido no hace mucho por el propietario del adjunto Hotel Colón Plaza con objeto de ampliar el hotel. Piénsese que tanto la Acera de Recoletos, como Gamazo o Muro son calles abiertas a finales del siglo XIX, constituyendo un nuevo barrio acomodado y dispuesto de vías de circulación modernas. Y próximo a las instalaciones del ferrocarril, verdadero dinamizador de la ciudad en el siglo XIX, y sobre todo a su espléndido edificio de la estación.








Vista desde calle Gamazo                                                            Vista desde Acera de Recoletos




En estas reproducciones del Plano de Valladolid de Ventura Seco, de 1738, se pueden observar los conventos de instituciones religiosas que cundían por la zona que en la actualidad va de la Plaza de Zorrilla hacia Colón y Paseo de Filipinos, con el triángulo de descampado de lo que sería con el tiempo el Campo Grande.



Enlaces de interés:


viernes, 2 de agosto de 2024

La cara oculta de los viejos edificios

 


Todos los edificios tienen su cara oculta. Curiosamente ese rostro imperceptible solo se hace ver cuando mueren. Cuando llegan las máquinas del derribo y revelan sus intimidades. Son las fachadas protegidas las que, al no quedar derruidas, dejan ver por algún tiempo, en lo que dure el alzado del nuevo edificio, las interioridades. Los locales o las viviendas que hubo en cada piso hablan del tipo de casero o de inquilino que los habitó.  

No busque ustedes arte significativo en las imágenes de lo que fue este edificio de la calle Mantería -aunque las fotografías están tomadas desde la calle paralela, José María Lacort- con 114 años de existencia. Sorpréndanse solo por el aspecto que ofrecen. Observen. Y reflexionen, aunque no tengan mayor conocimiento de causa. El vaciado de todo el interior, desprovisto este de armazón, alturas, vigas, pilares y demás elementos sostenedores de madera, que configuraron durante largos años el hábitat de varios vecinos, invita a un juego de resucitar comercio y vecindario. ¿Hablan la pintura o la decoración de las habitaciones al descubierto de los vecinos que las habitaron? ¿Cuántos comercios se habrán superpuesto unos a otros a lo largo de más de un siglo? Allí un bar, al lado una zapatería, puede que a continuación algún establecimiento de géneros de punto, que se decía antes, el zapatero remendón en el zaguán de un portal, acaso un relojero...El tejado desaparecido, ¿cuántas goteras conocería? Los balcones exteriores, ¿de qué paso de transeúntes serían testigos? ¿De viandantes a la actividad laboral, de mujeres a la compra, de procesiones religiosas, de manifestaciones de protesta, del tráfico de los vehículos?

Probablemente no queden ya inquilinos de otro tiempo, pero si alguno de ellos viera esa parte de atrás, ¿sería presa de recuerdos y de perplejidad? ¿O simplemente pasaría de largo ante lo que consideraría ruina?  El paseante no pasa de largo ante una contrafachada que es un testigo que tornará a la ocultación. Una mirada de excepción a lo residual.






jueves, 23 de mayo de 2024

Los cipreses de la plaza de la Universidad, un monumento

 


No es un monumento a los cipreses, sino que los cipreses son el monumento añadido a un espacio que durante siglos estuvo abandonado. Hoy lo enriquece incorporando la vida vegetal a las ruinas de una antigua colegiata románica -Santa María la Mayor era nombrada y se dice que fue fundación del mismo conde que repobló la urbe en el último tercio del siglo XI- casi toda ella derruida para la construcción unos siglos después de una catedral que tampoco pasó de ser sino la mitad de la prevista. Pero eso es parte de la historia de la ciudad en que se intentó acometer lo nuevo destruyendo lo viejo y sin que a veces lo nuevo cuajase o quedara a medias.

Recuerdo haber estrenado en estas ruinas mi cámara Werlisa, elemental pero asequible para un padre que no dudaba en dar satisfacción a su hijo y de paso iniciarse este, también a medias, en la captura fotográfica. Hace unas décadas estas ruinas eran más ruinas, había un talud de tierra que casi ocultaba los restos de una torre románica de la que aún puede verse un cuerpo inferior. Igualmente persistían contra los elementos algunas arquerías ojivales. Un amontonamiento que pasaba desapercibido en pleno corazón de la ciudad. 



Una restauración apropiada en su momento, el rescate de algunas dependencias góticas hoy adjuntas a la catedral y haber concebido el espacio que había ocupado la nave de la antigua iglesia como jardín conectado con la plaza dio nuevo sentido y dignificó los restos de piedra. Pero sin duda que fueron estos esbeltos cipreses los que han llevado juventud y alegría a un territorio yermo. He leído por alguna parte que cada ciprés se ubica en la base de lo que era cada pilar que sostenía la bóveda de la colegiata, separando las distintas naves. Hoy no sostienen techumbre alguna pero son un estandarte al aire y a la atmósfera, tan necesitados de oxigenación. Y un homenaje a la visualización estética del entorno.




No sé quién tuvo la idea de llamar jardín necrológico -necrológico ¿por qué?- a este espacio. Tal vez la idea se herede de la visión del Romanticismo sobre los cementerios, donde tanta acogida tuvieron los cipreses. Aunque ciertamente ya en la Antigüedad grecorromana venían simbolizando al mundo de los muertos y más en concreto a la imagen que se han hecho los hombres de una deseada aunque improbable eternidad. Pero, ¿hay que recordar que los romanos plantaban estos árboles hermosos a la vera de los caminos que llevaban a sus urbes o que aún hoy día la Toscana esté repoblada en sus caminos por hileras de cipreses? Habrá que ver hoy el ciprés como símbolo de permanencia, de constante esfuerzo por elevarse los hombres por encima de las dificultades.

Lástima que el jardín esté acotado, decisión esta la del encerramiento que se tomó para evitar la ocupación gamberra del espacio. Para mí que no es la mejor solución.







domingo, 7 de mayo de 2017

La ruinosa belleza



Imagino que los que lean el título de la entrada y vean luego las fotos exclamarán: pero qué dice este loco. O bien: ¿acaso una casa destartalada y ruinosa puede ser bella? El más intolerante opinará: no sé qué piensan las autoridades que no han tirado el edificio. Pues miren por dónde uno cree que sí hay ahí belleza o, como dirían los castellanos antiguos, galanura. Y más si la hemos conocido habitada y ensoñamos conque algún día, antes de que se arruine del todo, ofrezca una renovada visión de fachada. Y todo el edificio se recupere y vuelva a lucir.

La casa número 9 de la calle de la Estación lleva años desalojada y cerrada a cal y canto -o a paneles por cada balcón-  y sus problemas habrá para que permanezca a la espera de mejores tiempos. Cuando paso por delante no dejo de pensar en qué aspecto podría ofrecer si se reconstruyera por dentro y se recuperase la fachada. El elemento metálico de los balcones y de esos miradores que forman la esquina en semicírculo, huérfanos de un acristalamiento que también podría reponerse, y las formas esbeltas que ofrecen las balconadas definen a un edificio cuya altura es hoy la adecuada para una calle que no ha sido maltratada más que parcialmente por edificios de altura superior. 

Ya digo que está en la calle de la Estación, esquina a la de  García Valladolid. Sí, justo enfrente de un emblemático caserón que acoge un bar centenario, La Ferroviaria. Por cierto, pienso fotografiar otros edificios que fueron enseñas arquitectónicas y traerlos al blog. La ruinosa belleza se lo merece.










domingo, 2 de octubre de 2016

La soledad de la guardería fantasma



¿Alguien sabe algo de la antigua guardería? Cuándo se levantó, cómo funcionó, qué uso llegó a tener, cómo y por qué fue su declive...En fin, cuándo degeneró en erial. Permanece el arco de metal sobre dos columnas, como testimonio fantasmagórico. En la primavera empieza a tomar el aspecto de un jardín salvaje, las amapolas y las plantas silvestres ocupan el suelo y varios árboles frutales enseñan sus dones por pocos días. Es un lugar de paso muy frecuentado que hace de atajo entre la gente que va o viene desde las Estaciones y el Centro por el Arco de Ladrillo hacia la Avenida de Irún y Gabilondo. Como enseñas arbóreas de más entidad permanece un pino y un cedro de considerables dimensiones. Este último tocado del ala, como se puede observar por su inclinación. En las estaciones frías se afirma mucho más el aspecto yermo. Una parte de los terrenos de esa antigua guardería fueron urbanizados como aparcamiento de vehículos y lo que le da cierta solera de otra época son las galerías descubiertas que aún permanecen en el edificio largo que ocupa la esquina de Arco Ladrillo con Puente Colgante que, si no es centenario, poco le puede quedar.

Por más que he consultado varios libros sobre urbanismo editados por el Ayuntamiento no he encontrado aún una información precisa sobre la guardería que debió existir. Sigo prospectando. 











jueves, 25 de agosto de 2016

Miradas sobre un jardín cerrado




Me he dado el capricho de colorear la imagen al uso de una postal antigua. Que conste que hace unas décadas, la primera vez que fotografié el lugar con mi Werlisa no había cipreses, ni se veían las bases de las pilastras y todo era un gran talud de escombros. Hoy, las ruinas de la antigua colegiata de Santa María la Mayor quieren ser una especie de jardín toscano donde los cipreses simulan las columnas del templo inexistente. El espacio está vedado al paseante, que se tiene que conformar con observar desde fuera, preguntándose, más si es de otra ciudad, para qué sirve un jardín al que no se puede acceder.