A veces una pequeña exposición expresa más de lo que nos pensamos. Basta con tener una idea clara de lo que se pretende exponer, que se consigan piezas representativas y que se sepa llevarlas con claridad al espectador que va a visitar la muestra. Esto parece conseguido respecto a la exposición Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura, situada hasta el 21 de junio en el denominado Rincón Rojo del Museo Nacional de Escultura.
Que empiece la muestra Formas dormidas precisamente en la sala de Gregorio Fernández del Museo de Escultura no es mera casualidad, aunque a su lado se ubique el rincón de la exposición. Porque en esta sala se encuentra permanentemente la escultura que Fernández hizo de Santa Teresa. Y precisamente esta mujer que existió hace más de cuatro siglos, y de la cual no sé qué fue más, si fundadora, mística o literata, y naturalmente siempre mujer, o bien aleaba todo ello en pos de su empeño, había hecho una referencia al juego del ajedrez en una de sus obras, Camino de perfección, escrito dirigido a sus seguidoras conventuales. Escribió:
"De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta contemplación y la causa de ello.
1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes, no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá.
2. La dama es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. (...)"
Lo curioso de este texto literario bordado, donde sin duda pesa tanto el afán de escritora de Teresa de Cepeda que no puede evitar establecer una jugosa e inteligente metáfora para una de las propuestas de perfección que preconiza, es que parece ser que posteriormente ella misma se la autocensuró. Se sospecha que la Inquisición no veía con buenos ojos el juego de procedencia pagana y la autora decidió eliminar el ejemplo ilustrativo posteriormente.
Aunque el ajedrez o una de sus variantes primitivas ya se conocía en Persia y Asia Central fue la conquista islámica del Imperio sasánida la que expandió el juego. Como no fuera bien visto por la interpretación doctrinaria y además la cultura islámica no admitiera las representaciones naturalistas en las artes el recurso fue adaptar las piezas, los trebejos, a formas abstractas y esquemáticas que permitieran la subsistencia del juego en medio de los rigores teológicos.
La exposición Formas dormidas trata precisamente de establecer un puente entre esa concepción abstracta de los primeros tiempos del ajedrez bajo dominio musulmán y las creaciones modernas de los artistas del siglo XX, las vanguardias, los expresionistas, los abstractos. En el bien documentado catálogo de la exposición, su autor Humberto Blanco ya nos avisa que "pese al milenio que los distancia, los anónimos artesanos del siglo VIII y los vanguardistas del siglo XX se halla indisolublemente unidos por un vínculo estético dominado por la abstracción. Para los primeros, sintetizar nuevas figuras que poblasen el tablero se convirtió en una necesidad que garantizaba la pervivencia del ajedrez en un contexto doctrinal hostil; para los segundos lo abstracto suponía la conquista de un territorio que permitía la liberación de las formas en una época de profunda incertidumbre".
En la muestra podemos ver diferentes tipos de trebejos, algunos en cristal de roca, de época medieval. También la arqueta de marfiles de San Felices, del siglo XI, que lleva encima tres piezas de ajedrez. Igualmente hay un espléndido tablero de cuero mudéjar de dos caras, en una para ajedrez y en otra para backgammon. Y de ahí se salta la exposición a algunos motivos modernos relacionados con el juego. Le fou, un alfil original sobredimensionado de Man Ray; varias fotografías con diversos elementos ajedrecísticos surrealistas. Pero también un cuadro de Millares y un juego de ajedrez de Néstor Basterretxea.

La exposición sabe a poco, pero es suficiente para pensar en el valor y la trascendencia que el juego de ajedrez ha tenido para la humanidad. Uno recuerda una magistral novela de Stefan Zweig, titulada Novela de ajedrez, donde el narrador protagonista se pregunta acerca de este juego:
"¿No es por azar un vínculo único entre todos los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo, mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan solo por obra de la fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones, en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin substancia, y aun así más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu?"





















