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miércoles, 25 de diciembre de 2024

La herida eterna de las estatuas

 



La ciudad tiene que compartir su presente con los restos de su pasado y en cierto modo con el recuerdo de lo que hubo y desapareció. De lo que ya no existe queda constancia a través de la investigación de los historiadores, basada a su vez en documentos, planos y relatos de cronistas. De lo que vemos aún en monumentos, edificios civiles o religiosos, prácticamente todos ellos sufrientes de sucesivas transformaciones y/o privaciones, nos asombramos por su monumentalidad y relativo buen estado, pero con frecuencia olvidamos fijarnos en los detalles. Uno de estos detalles, nada escondido, por cierto, es el del deterioro de las estatuas que muestran hornacinas, tribunas o columnas.

A este deterioro me da por llamarlo herida eterna. Esculturas que nacieron completas, que fueron testigos pero a la vez reas del paso del tiempo, en su múltiple forma de clima, vandalismo o simple descuido, han llegado a nuestros días amputadas, descabezadas, reducidas, desgastadas. Santos o vírgenes de templos, representaciones alegóricas de la universidad, blasones de fachadas nobles, etc., participan del desinterés o la curiosidad de los viandantes. 

Al curioso le suele dar en pensar. Tal estatua ha sido pasto de las heladas y fríos de la ciudad. Tal otra enseña claramente la venganza de alguna soldadesca ajena. Aquella puede ser por la propia inconsistencia de la materia de que está labrada. Las otras por los excrementos ácidos de las aves. Pero ya digo, son imaginaciones. En algunos casos se sabrá cómo se produjo la pérdida o el daño. En otros, no, simplemente se culpará a la acción atmosférica, a los elementos naturales.




Recuerdo haber leído hace tiempo en el librito Arte deteriorado, del arquitecto barcelonés Francesc Cornadó: "Las obras de arte deteriorado acumulan, además, las señales que la experiencia histórica ha añadido sobre la obra original. Son grietas, son signos de barbarie, de imprudencia o huellas que la naturaleza inclemente ha dejado marcadas en la obra del ser humano. 

El paso de las estaciones, una tras otra, poco a poco ha ido señalando las horas del derribo físico. Lejos de toda consideración negativa entendemos las señales del tiempo como un valor estético añadido. Se trata de una carga comunicativa que enriquece la acción creativa inicial.

A nuestro conocimiento apriorístico, compatible con el juicio de la obra original, sumamos ahora experiencias propias, ajenas e históricas. El tiempo modifica los cuerpos y las mentes. Se alteran las superficies, el vicio y la virtud".

He ahí, pues, la cuestión actual. Vemos las obras deterioradas como parte de la herencia histórica. Nos parece que han estado así siempre, simplemente porque de siempre las hemos conocido en ese estado. Las aceptamos tales como se manifiestan: quebradas, mutiladas, acéfalas, deformes. Han sido alteradas paralelamente a la transformación de circunstancias y avatares de cada tiempo histórico por el que ha atravesado Valladolid. Siempre será mejor esto que tenemos y como lo tenemos que no lamentarnos por lo que que perdimos, que es mucho, solemos decirnos para consolarnos.




Y sin embargo, hay alteraciones por destrucción y cambios por cuidado y preservación. Las limpiezas de estatuas, fachadas o patios de monumentos, por ejemplo, tratan de sortear la incuria del tiempo que ha depositado su pátina.  Figuras o sillares de piedra ennegrecidos que al ser tratados recuperan si no el tono original, lo cual es imposible porque siempre hay pérdida en la superficie de la materia, al menos nos los acercan a una aproximación. He puesto aquí algunas fotografías de hace años donde se observa el tono de las capas adquiridas para que se compare con aquellas otras que han sido limpiadas.

 


He pasado por tres monumentos de Valladolid donde se puede advertir el arte exterior deteriorado. Este primer grupo corresponde a esculturas de la fachada del edificio histórico de la Universidad. Diversas figuras femeninas representando la Teología, la Ciencia Canónica, la Ciencia Legal, la Retórica, la Geometría y la Sabiduría. No en vano el lema de la Universidad es Sapientia Aedificavit Sibi Domum, es decir, La sabiduría edificó para sí esta casa. No he fotografiado otras esculturas situadas más altas, tales como la Astronomía, la Filosofía, la Medicina y la Historia, o las de varios reyes que auspiciaron la fundación o promoción de la universidad.









No pasa desapercibido al paseante el estado de algunos escudos y leones de la ristra de columnas leonadas que adornan la fachada universitaria. Fueron rescatadas de su estado anterior pero el mal fundamental en algunass de ellas ya venía de lejos y se advierte ahora más.










Las siguientes estatuas se encuentran en hornacinas de la fachada de la iglesia de las Francesas, junto al claustro de la entrada anterior. El deterioro de ellas es considerable.










Y por último, San Pedro y San Pablo, en sus hornacinas de la fachada catedralicia, demediados en sus atributos simbólicos.









martes, 5 de noviembre de 2024

Pináculos cual vigías o testigos de otro tiempo

 



Para muchos serán solamente unas piedras decorativas. A fuerza de pasar delante de ellas son ignoradas. Pero si un día no estuvieran, y no se olvide que hace unos años la ocurrencia de un alcalde y su técnico iban camino de eliminar el atrio, ¿se las echaría en falta? Mira, abuelo, una piedra picuda, escuché no hace mucho a un niño, por supuesto observador. Para mi sorpresa más inteligente que su abuelo, que se limitó a decir sí y a tirar de la mano de la criatura. 

A veces el paseante tiene la sensación de que ciertos elementos ornametales adjuntos a un monumento son esculturas que se homenajean a sí mismas. Es el caso de estos pináculos que se alinean para delimitar al atrio de la catedral. Toda la baranda, formada por tales bloques tallados de piedra y del pretil de hierro que los une, coronan una atrio dispuesto para salvar la caída del terreno y dar una entrada solemne a la catedral. ¿Solo solemne? Uno no puede evitar imaginar ese espacio hace casi tres siglos pues el interior del atrio depara un banco corrido que sería frecuentado por las posaderas de filigreses y transeúntes. Hoy, erosionado y desgastado por la acción del clima y no sería de extrañar que por maltrato humano, mantiene su porte en diálogo sordo con un pavimento no menos molido. 

Este atrio de hacia 1750 fue obra de un arquitecto barroco, Alberto de Churriguera, que también actuó en parte de la fachada de la catedral. No hay que verlo solamente como antesala exterior del edificio sino que juega un papel de sujeción, como contrafuerte del templo que está levantado sobre una pendiente. Basta con recorrer su perímetro entre las calles Cos, Arribas y Portugalete para observar el equilibrio que busca nivelarse entre alturas diferentes.



El remate piramidal evoca una tradición simbólica, no solo cristiana pues se da en distintas culturas, y se traduce en la representación de la montaña. Y la montaña encarnada por la confluencia en un vértice -siempre la geometría- busca representar la totalidad, y las cuatro caras del volumen piramidal serían los ciclos anuales, las cuatro estaciones. En realidad es de suponer que esta figura a pie de calle quiera emular los pináculos que elevados en las partes altas de los edificios religiosos y muchos no religiosos, acaso sin mayores pretensiones de simbolismo y dispuestos por seguir alguna moda de ornamentación. En bastantes edificios con diferentes usos que hay en la ciudad se advierten remates en sus alturas con pináculos de diversas formas.

Estos pináculos son aquí un adorno estético que intenta resaltar la fachada y en consonancia con esta da más cuerpo al atrio. Esa pirámide con base cuadrangular forma triángulos equiláteros en sus caras. Desgraciadamente, como se puede observar casi todos están dañados. O bien desmochados, es decir, que han perdido su parte piramidal, o desconchados o desnivelados. El estado de las diferentes escalinatas no es mejor, pues los peldaños se encuentran partidos cuando no hundidos.

Ignorados por el abundante tránsito peatonal del entorno, los pináculos se mantienen como vigías de otras épocas fenecidas y si pudieran hablar relatarían tantas historias de un Valladolid secular y civil... Bien se merecen ser recreados y homenajeados a través de esta sesión fotográfica de detalle, ellos tan impasibles como maltratados. Todos querían salir en la foto.