viernes, 5 de marzo de 2021

Esas medianerías artísticas que alegran la ciudad

 



Tras un año aciago el paseante quiere parecerse de nuevo a las cuatro estaciones, como diría el poeta Vicente Huidobro. Hemos visto menos la luz, o por lo menos la hemos percibido de otra manera, y los colores de la ciudad probablemente no nos han parecido los mismos. Tampoco hemos podido palpar el bullicio de otros tiempos. Seguimos sin duda entre escepticismos e incertidumbres. Nos miramos los transeúntes con una mirada de paso más fugaz. En ocasiones, por mor de las circunstancias, ni nos reconocemos.

Quiere asomar la primavera y la ciudad llega a esa época del año en que las temperaturas oscilan considerablemente durante las horas del día. Las repercusiones de la pandemia se han cebado en vidas, también en cambios de consumo, consecuentemente golpea negocios tradicionales y expulsa del trabajo a un número considerable de personas. La primavera y luego el otoño y así las sucesivas estaciones seguirán mostrando su rostro natural, sabedoras de que lo han hecho siempre al margen de la existencia de los humanos. Tal vez es esta luz que quiere apresurarse en abandonar el invierno la que nos anima a seguir mirando la ciudad en nuestros paseos. Aunque no sepamos muy bien todavía si podremos reconciliarnos con los viejos usos del pasado.

He aquí algunos de los murales que embellecen las medianerías de edificios en nuestra ciudad. Nada que ver con los grafitis sin ton ni son, feos y ensuciadores. El arte de calidad puede dotar de alegría a muchas paredes a la intemperie y transmitirnos belleza y bienestar al contemplarlas. Es de esperar que no se abandone la idea. Los cinco modelos que aparecen en estas fotografías corresponden a los siguientes espacios. Uno en la calle Gabilondo esquina con Domingo Martínez, de Negro Maravilla. Dos en la zona de Arco de Ladrillo, uno de los cuales está en el edificio que da al solar de la vieja guardería (donde el bar La flor de la Canela) y el otro bajo la mole de cemento del paso elevado sobre el ferrocarril. De los autores Casassola y Chais Martin. Los otros se encuentran en el primer tramo de la calle Mantería empezando por la Plaza España, firmados por Gonzalo Borondo y Man-o-Matic20. Ah, y se ha colado entre todos ellos el mural exótico de Manuel Sierra, en Arco de Ladrillo. Otro día, más.














Enlaces varios:











lunes, 16 de julio de 2018

El río que nos trae. Homenaje mural al Pisuerga




“Su Majestad quiso ver lo que parecía más dificultoso, que era poder, un hombre, trabajar debajo del agua por espacio de tiempo. Así por Agosto del pasado de 1.602, fue con sus galeras, por el río de esta ciudad, al jardín de D. Antonio de Toledo, donde hubo mucha gente. Eché un hombre debajo del agua y al cabo de una hora le mandó salir Su Majestad, y, aunque respondió debajo del agua que no quería salir tan presto porque se hallaba bien, tornó su Majestad a mandarle que saliese. El cual dijo que podía estar debajo del agua todo el tiempo que pudiese sufrir y sustentar la frialdad de ella y el hambre”.

Esto cuenta Jerónimo Ayanz, ingeniero navarro al servicio del rey, y Su Majestad se trataba de Felipe III. La época, el período efímero en que Valladolid fue capital y corte de la monarquía, de 1601 a 1606. Así que aquí tenemos que el río Pisuerga no se limitó a pasar por Valladolid, sino que fue el medio donde en aquellos años se probaron, según parece, diversos ingenios náuticos. No es baladí, por lo tanto, que los dibujantes del mural que se halla junto a la base de la Pasarela del Museo de la Ciencia, eligiesen la figura del buzo para establecer un recordatorio de puentes y anécdotas que han vinculado al río con la ciudad.




Con el epígrafe El río que nos trae, los miembros de la Asociación Pincelart Olid hacen una síntesis del río y la ciudad. Mencionan los más históricos y representativos, el Puente Mayor (1080), Puente Colgante (1864), Puente del Cubo (1954), Puente del Poniente (1960), Puente de la Hispanidad (1999), Pasarela del Museo de la Ciencia (2004), si bien después aún ha llegado alguno más. Y junto a esta mención no podían faltar personajes representativos de la ciudad, las lavanderas de las aceñas junto al Puente Mayor, el Catarro, histórico salvador de vivos y de ahogados en el Pisuerga o los piragüistas.




Creo que el Pisuerga estará agradecido por este homenaje. Hay que recordar que no siempre fue el río propiamente dicho de Valladolid. Que la ciudad, en sus orígenes y fundación por el Conde Ansúrez y durante varios siglos, estaba algo alejada del río, este quedaba extramuros. El río o los ríos de Valladolid eran las Esguevas, esos dos ramales que la atravesaban, uno por el medio, otro más tangencialmente, y del cual se servían los vallisoletanos de la Edad Media. Solo tras la desaparición del amurallamiento y con el crecimiento de la ciudad el Pisuerga empezó a tomar carta de naturaleza como río de cierta envergadura de Valladolid. Así que no es de extrañar que en literaturas y crónicas del pasado ya aparezca con todo su vigor y representación esa corriente que va de Norte a Sur y que acompaña al crecimiento urbano de las últimas décadas.

Un río este nuestro, el Pisuerga, que nos lleva a vecinos de unos barrios a otros, y nos sitúa en todas las direcciones, que está integrado plenamente en la ciudad, que alegra y suaviza con sus riberas frondosas las moles del caserío e invita a través de los senderos de sus orillas a un recorrido que nos aparte del mundanal ruido. ¿Se imagina alguien a estas alturas a Valladolid sin el Pisuerga?











domingo, 1 de julio de 2018

Galería de los oficios en Cadenas de San Gregorio





Nos hemos acostumbrado a ver esculturas pero difícilmente imaginamos a los escultores. Viejas técnicas y nuevas tecnologías coinciden armoniosamente en nuestra época. No es ya aquella pléyade de talleres artesanos, de escultores e imagineros que daban vida a los oficios y a las ciudades en siglos pasados. Pero al menos queda la satisfacción de saber que sobrevive el conocimiento de las técnicas, que se mantiene el aprendizaje y que cohabitan con los desbastados y los vaciados nuevas máquinas de 3D programadas para reproducir innumerables figuras del mercado de consumo de nuestros días. 

La calle Cadenas de San Gregorio de Valladolid ha sido este último sábado de junio una muestra del buen y manual hacer, y nunca mejor dicho, impulsada por CEARCAL (Centro Regional de Artesanía de Castilla y León) La fachada del Museo Nacional de Escultura ha sido testigo del evento. Quien haya pasado por allí y observado el trabajo de alumnos e iniciados tendrá una nueva mirada para la obra escultórica en general, y de las tallas de madera y vaciados de barro en particular.





















domingo, 10 de septiembre de 2017

Aquel virrey del Perú (además de obispo)




Una vez me contaron que bate el récord de ser el escudo más grande de España.  Ante su contemplación siempre me he preguntado: Esto ¿se trata de Arquitectura o de Escultura? ¿Es arquitectura religiosa o arquitectura civil? ¿Va dirigido al culto al Dios cristiano o revela una ostentosa expresión de culto a la personalidad? ¿Catequesis o poder vanidoso? Preside toda la fachada de la iglesia de la Magdalena, desplazando la advocación y reduciendo a la titular, María Magdalena, a una pequeña imagen representativa en su hornacina.

Son las armas nobles de don Pedro de Lagasca (1493-1567), obispo de Palencia y de Sigüenza, pero también hábil dignatario que contaba con una amplia intervención política a lo largo de su vida, tal como era corriente entre eclesiásticos de influencia y alto nivel en aquellos tiempos. Fue nombrado Virrey por Carlos V para procurar la pacificación del Perú debido a los enfrentamientos entre diversos conquistadores -los Pizarro, Almagro, Luque, Hernando-  que perseguían también sus propios negocios, algunos de los cuales se resistían a aceptar las Leyes Nuevas de la monarquía hispana. 

Pedro de Lagasca, con los reconocimientos y las prebendas recibidas, que debieron ser cuantiosas, sufragó la construcción de la iglesia y el mismo túmulo en el que está enterrado en el interior de la misma. En mi modesta opinión, con tamaña escenificación en la portada de la iglesia de su propio blasón, lo que hizo aquel hombre fue resaltar más todo su papel político y mundano que el clerical y evangélico. Vanidad de vanidades, todo vanidad, que decía el Eclesiastés. Pero con la piedra labrada lo dejó todo claro para la posteridad. Si bien, pasados cuatrocientos cincuenta años, ¿quién se acuerda de él? ¿Quién considera la grandeza que pretende representar la gigantesca insignia?





martes, 22 de agosto de 2017

Plaza del Viejo Coso: pasaje, jardín y corrala



El Viejo Coso es uno de esos lugares inapelables para un alto del paseante. Resume varias características y usos. Viviendas de un vecindario recoleto y tranquilo. Arbolado de varias especies. Pasaje entre dos calles, San Quirce y San Ignacio, gracias a sus dos portalones. Y una herencia histórica. Se trata de un antiguo coso taurino, una plaza octogonal reconvertida en pisos, tras el tránsito de cuarenta años como dependencias de la Guardia Civil.



En realidad la plaza parece más antigua de lo que es. Pero sólo data de 1833 (total, ¿qué son cerca de doscientos años en una ciudad tan secular como la nuestra?) Erigida sobre las fincas de un antiguo conde, no sé si reinando ya Isabel II o a punto de hacerlo, si bien en el frontispicio aparece un escudo muy significado de aquella peculiar monarca. El destino y uso de la edificación va implícito en el nombre: coso. Las plazas de toros de entonces, y en otras ciudades españolas eran análogas, de forma eran octogonal, y ésta poseía dos pisos de gradas bajo una crujía cubierta, que aún permanece en su forma exterior.




Las entradas y salidas de la plaza tienen lugar desde dos calles y consisten en un portalón largo en cada caso, lo cual permite ser utilizado el espacio como lugar de tránsito para el viandante que desea ir desde la zona de San Quirce hasta Fabio Nelli, sin necesidad de dar la vuelta por la Plaza de las Brígidas. Un doble pasaje sui generis, pasadizo-plaza interior descubierta-pasadizo, que siempre impresiona al paseante. ¿Por qué? Es como trasladarse al pasado, no tanto para imaginar la fiesta de toros como para cualquier tipo de sensaciones cuyo mérito es la piedra, el ladrillo, la estructura misma del ámbito y una tranquilidad interior que proporciona ese a modo de patio-jardín.




No dudo nunca, cuando me aproximo a esta parte de la ciudad, en desviarme levemente y demorarme a propósito en el Viejo Coso. Me sucede como con el Pasaje Gutiérrez. Por una parte, el goce de esos espacios recoletos y a la vez sublimes. Por otra, un reconocimiento a las huellas de la arquitectura civil vallisoletana sobre las que tan escasamente nos habían hablado en el pasado. Y que, por lo tanto, nadie nos enseñaba a apreciar. El Viejo Coso dejó de cumplir su función a finales del siglo XIX, al levantarse la nueva Plaza de Toros  -nueva  entonces, pero hoy con casi ciento treinta años a cuestas, un monumento por sí misma al ladrillo-  y pasar a nuevo uso como casa cuartel de la Guardia Civil. Aún recuerdo en mis años jóvenes haber visitado el cuartelillo por alguna razón, con cierta timidez como era de lógica en aquella época, y es que la Benemérita siempre imponía. Acaso gracias a aquel destino el conjunto arquitectónico se salvó de la barbarie urbanística y el siguiente salto de uso fue estrictamente de habitabilidad. Se transformó en viviendas, manteniendo ese aspecto de corrala, aunque ya los tiempos no reproducían las pautas y costumbres, a más del griterío, de las corralas madrileñas. En los bajos se han habilitado oficinas varias, tipo academia de idiomas, escuela de preescolar, una radio FM, centro de creatividad para niños u otro de enseñanza de lengua para extranjeros.




¿Sería lo mismo el interior de la plaza sin el conjunto verde que adorna y oxigena a la vez? Ahora mismo no la imagino ya pelada, puro empedrado o cemento, y como creo que los monumentos van siempre reproduciendo monumentos de forma concéntrica, aquí el valor interior reside en ese arbolado variopinto y generoso. Aunque hay un tejo de tamaño considerable, cuya forma cónica es toda una vestimenta verde que cae majestuosamente hasta el suelo, cohabita con otras especies, tal como puede advertirse en las fotografías. Cierto que el tejo, especie de la que no hay excesivas muestras en la ciudad, tiene once metros de altura, es tupido, ha cumplido unos cincuenta añitos y, como cualquier madurito que se precie, exhibe una prestancia que no sólo es ficticia, sino real, pues los técnicos dicen que, hasta la fecha, goza de buena salud.