miércoles, 24 de junio de 2026

Postales de estío. Neptuno en su río del Campo Grande durante la canícula

 



Hoy traigo esta colección de postales del frescor como contrapartida de los días extremos de canícula que padecemos. ¿Hay acaso mejor manera de paliar, siquiera pasajeramente, el calor tórrido que refugiarse en el Campo Grande y detenerse en cualquiera de sus espacios de sombra? No son solo los espacios umbríos que los altos árboles proporcionan, sino la propia belleza de su envergadura. La variada y exuberante vegetación, las formas múltiples que adquiere esta y las amplias tonalidades de verde oxigenan y refrescan nuestra mente, y no solo el resto del cuerpo. Por supuesto, no hago de menos a otros parques y espacios de verdor que alivian al ciudadano en barrios o plazas, pero el Campo Grande, tan bien situado y tan frondoso es un lujo al alcance de quien transite por la proximidad. 

Muchos son los ámbitos que nos proporciona el parque fastuoso que nos ha acogido desde la infancia. Muchos los rostros que muestra a lo largo de las cuatro estaciones. Ninguno desmerece, porque la naturaleza brinda la oportunidad de ser observada y disfrutada en cualquiera de sus estados. Pero ciertamente, es la necesidad humana la que nos inclina con un afán egoísta y lógico, a apreciar la manifestación del estío en el Campo Grande. Mucha es la capacidad de respiración que nos proporciona, como una sana isla entre las viales de tráfico del entorno. Si a todo ello se le suma los cantos de las aves, los graznidos de los pavos reales, el deambular cada vez más aproximativo de las ánades, el Campo Grande resulta un espacio terapéutico decisivo.  




Si hoy me detengo, una vez más, en ese territorio del río que bordea la isla de Neptuno es porque apacigua contemplar su curso manso y el conseguido efecto de una vegetación ribereña múltiple, fecunda, que llena al paseante de asombro. Hablamos de sauces, arces, aligustres, álamos, tejos, cedros, castaños, bambúes, espinos de fuego, palmitos...Y aunque este paseante no es capaz de distinguir gran parte de ellos tengo constancia que unos u otros adornan y dan vida al recorrido del río. No es Neptuno el verdadero protagonista de este territorio del parque que era nombrado en mi infancia como los Países Bajos, aunque no creo que esa expresión tuviera que ver con la nación. Es el riachuelo prácticamente recóndito y callado, que no sabes si va o viene, el elemento que define este área del parque.

El río cursa a través de una especie de pasadizo donde se derraman troncos de árboles y ramaje variado, imponiendo su dominio de verdor copioso y grato a la vista. Nadie imaginaría que no es un río natural, aunque natural sea el agua y la vegetación. Qué poéticamente lo expresan Teresa López y Raúl Domingo en su libro Campo Grande. Jardín histórico de Valladolid, apareccido hace treinta cinco años: "Otro protagonista del parque soy yo: el río. Salgo de las aguas serenas del estanque, recorro un camino y me pierdo de forma subterránea y escondida". Un hermoso libro que habla del Campo Grande desde la perspectiva de los paseos que pueden y deben darse a través suyo.




Neptuno es la única estatua que ha sobrevivido del conjunto que hubo en otro tiempo en el Campo Grande. Junto con un Mercurio y una Venus o representación de la Abundancia, situadas sobre sendas fuentes, adornaba un paseo. Mercurio y Venus desaparecieron y a Neptuno, rescatado de la orfandad y del olvido, la colocaron en la isleta actual. En el libro El Campo Grande,un espacio para todos, Jesús Urrea comenta: "Ha sido esta última la única estatua que ha sobrevivido a tantos cambios como se han producido en los jardines del Campo. De tamaño natural, mutilada y medio olvidada entre la vegetación de la isleta sobre el riachuelo en que se encuentra, sin valorarse el interés que tiene esta obra escultórica del siglo XVII, seguramente procedente de algún sitio real y regalo de Isabel II a la ciudad, merecería una mayor consideración municipal". No obstante, este paseante discrepa de esta última opinión. El espacio donde se encuentra Neptuno es idóneo y concede al curso del arroyo un toque especial, casi misterioso. ¿Iba a estar mejor en un museo? Aunque ciertamente no es un lugar excesivamente frecuentado, si bien está próximo a la zona de juego de los niños, y probablemente pase desapercibida.  

Les dejo con el disfrute visual de una fronda única. Como contribución a la fuga posible de esta canícula abrasadora que ha traído el verano.  
 















sábado, 13 de junio de 2026

El esbelto patio del Colegio de San Gregorio: poder religioso y poder de Estado. Y una Controversia en su haber

 


Me gusta hacer el recorrido bajo las arcadas del patio del Colegio de San Gregorio, sede hoy día del Museo de Escultura. La acanaladura en espiral de sus columnas proyectan una altura elegante. Subo al piso superior a través de una escalera almohadillada donde campea por doquier la flor de lis. No es aquí el escudo de la monarquía francesa. Es el emblema adoptado por el obispo dominico Fray Alonso de Burgos, mecenas y fundador del Colegio de San Gregorio. 

También se exhibe desde los ángulos superiores del patio el escudo de la monarquía del nuevo Estado que emergía en las postrimerías del siglo XV, con el reinado de los Reyes Católicos. Ese mismo escudo que invade y ocupa el centro de la fachada exterior del edificio. También esa recurrencia y alternancia al yugo y las flechas que representaban igualmente a Isabel y Fernando y que, como dice Diana Olivares, de la Complutense, "su elección se habría visto condicionada por el juego cortesano de escoger como emblema un objeto cuyo nombre comenzara por la misma letra inicial que el nombre del esposo. Así, el rey habría elegido un yugo, con la ‘y’ de Ysabel, y la reina, las flechas, con la ‘f’ de Fernando".

 



Recurro ahora a una voz informada y reflexiva, también jugosa, la de José Jiménez Lozano, que, en su ya legendaria Guía espiritual de Castilla, con hermosas fotografías de Miguel Martín, que editó la desaparecida y meritoria editorial Ámbito, se dice:

"San Gregorio fue fundado como colegio o estudio teológico por don Álvaro de Burgos, obispo de Palencia, un judeo-converso, sobrino del obispo don Pablo de Santa María, arzobispo de Burgos, que había sido rabino de la ciudad con el nombre de Salomón Haleví. Era de una poderosa familia judía de la tribu de Leví, y fue un hombre poderoso después de su conversión, que llegó a controlar las diócesis castellanas. Conservó su orgullo hebraico y, en la familia, se rezaba el Avemaría diciendo: Santa María, Madre Dios y pariente nuestra; pero como teólogo cristiano, se mostró, además, confiado en la dialéctica para llegar a la fe. Y de este talante también era el fundador de San Gregorio. Hizo esculpir en cada muro la flor de lis como símbolo sin duda de su nuevo linaje espiritual arraigado en el antiguo linaje hebraico y, en las arcadas del hermosísimo patio que posee el edificio, transpuso en filigrana de piedra los arabescos y geometrías de las yeserías del mudéjar sinagogal".




Y es que este patio principal es el eje vertebrador donde parece polarizarse la institución que acogió el Colegio. Todo el edificio es sin duda el marco idóneo para el museo actual, pues dota de un continente hermoso, donde arquitectura y decoración labrada se unen al contenido rico de escultura policromada que hay dentro de él. "La evidente diferencia entre ambos cuerpos del patio, no solo en lo que respecta en sus dimensiones sino también en su tratamiento decorativo, revela una lúcida distribución de los espacios perfectamente diseñados para la finalidad que habría de cumplir", escribe José Ignacio Hernández Redondo en su documentado libro El Colegio de San Gregorio

Yo recomiendo al visitante que no se limite a entregarse directamente o en exclusividad a las obras del museo. Que no pase de largo, que considere y dedique tiempo a pasear y detenerse ante la obra de piedra que, bien en fachadas de dependencias interiores o en esa escalera señorial o en este claustro abigarrado y cargado de significados y símbolos históricos, luce y sugiere a quien no solo mire con ojos de viajero accidental o de búsqueda artística sino también de reflexión sobre el pasado histórico. Que perciba e imagine el eco de un ámbito donde el poder religioso y el poder del estado confluían y se deje de alguna manera embargar por él.




Se ha hablado una y mil veces sobre la célebre discusión denominada La controversia de Valladolid, una verdadera batalla dialéctica que tuvo lugar entre los muros de este Colegio en 1550/1551, y que enfrentó dos conceptos o modos de entender la llamada Conquista de América. Su personificación tuvo lugar entre el dominico Fray Bartolomé de las Casas y el sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda, erigiéndose el primero en defensor de los derechos de los indios nativos y defendiendo el segundo el derecho del nuevo Estado a hacer valer su dominio al otro lado del océano, partiendo de la idea que tenían muchos de que los indios no seguían la ley considerada natural por los cristianos y por lo tanto no eran susceptibles de ser respetados como estos. Mejor dejemos hablar a Jiménez Lozano de nuevo:

"En la portada del Colegio vemos a un lado y otro figuras humanas revestidas de escamas: son los americanos, como decía D'Ors. Esto es, los pobladores de las Indias tal y como ya advertimos que los aristotélicos se los imaginaban, porque el Estagirita había dado precisamente estas señales por las que conocer a los bárbaros que debían ser siervos por naturaleza: que esta 'les dio cuerpos robustos y gruesos y feos, y los miembros desproporcionados para los trabajos', escribe el propio Las Casas, cediendo a Aristóteles, pero negando, sin embargo, que esa sea la figura de los indios y, afirmando que, en cualquier caso, incluso en el de estos bárbaros descritos por el griego, 'todas las naciones del mundo son hombres' y que los hombres 'todos tienen entendimiento y voluntad, todos tienen cinco sentidos exteriores y sus cuatro interiores, y se mueven por los objetos dellos; todos se huelgan en el bien y sienten placer con lo sabroso y alegre, todos desechan y aborrecen el mal, y se alteran con lo desabrido y que les hace daño'".




"En estas palabras y en aquellas figuras con escamas está en realidad el trasfondo de la polémica, que se centró en 'si es lícito a su Magestad hacer fuerza a aquellos indios, antes que se les predique la fe, para sujetarlos a su imperio, y que, después de sujetados, puedan más fácil y cómodamente ser enseñados y alumbrados, por la doctrina evangélica, del conocimiento de sus errores y de la verdad cristiana'. 'El doctor Sepúlveda -nos dice Fray Domingo de Soto- sustenta la parte afirmativa, afirmando que tal guerra no solamente es lícita mas expediente. El señor obispo (Las Casas) defiende la negativa, diciendo: que no solamente no es expediente, mas no es lícita, sino inicua y contraria a nuestra cristiana religión'. Sepúlveda, apoyado por Aristóteles, insistió en que los indios eran bárbaros y gente grosera; Las Casas negó el derecho de atacar a los bárbaros que no atacan, y mostró su temor a que, si se les hacía la guerra, por miedo 'reciban la fe'. Sepúlveda invocaba la violencia del Viejo Testamento; Las Casas acudía a la dulzura evangélica y, dudando con harta razón de la demasiado simple hermenéutica bíblica de Sepúlveda, replicaba que 'en lo que se refiere a los castigos de que nos habla la ley vieja, admirémoslos como secretos divinos, pero no los imitemos'".




El fallecido filósofo y sociólogo Francisco Fernández Buey, que dio clase en la Universidad de Valladolid antes de trasladarse a Barcelona, en su libro La barbarie, de ellos y de los nuestros, estudió con mayor contundencia de especialista aquella controversia. Recoge una expresión pasional de Bartolomé de las Casas para interpretarla:

"Mandemos a paseo en esto a Aristóteles -dijo Las Casas-, pues de Cristo, que es verdad eterna, tenemos el siguiente mandato: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo,22). El exabrupto es seguramente reflejo de la pasión moral del cristiano consecuente que sabe que está combatiendo una doble batalla; contra el aristotelismo y contra una parte de los suyos. Una doble batalla que lleva a Las Casas a poner el dedo en la verdadera llaga en esta discusión: el uso ideológico, históricamente determinado de la filosofía aristotélica, y en particular de la concepción esclavista de Aristóteles, para justificar un nuevo tipo de servidumbre en circunstancias completamente insólitas para todo aristotelismo. Una interesante muestra de esta pasión moral la encontramos en el paso que sigue (en la Apología que escribió para la controversia de Valladolid) ese drástico mandar a paseo a Aristóteles en nombre de la doctrina de Cristo y de Pablo.

Las Casas: Quien desea tener muchos súbditos para (siguiendo la dotrina de Aristóteles) -comportarse con ellos como cruel carnicero, y oprimirlos con esclavitud y así enriquecerse, es un tirano, no un cristiano; un hijo de Satanás, no un hijo de Dios; un bandolero, no un pastor; está inspirado por el espíritu diabólico, no por el espíritu celestial".

Un tema interesante y apasionante el de la Controversia de Valladolid que si aludo aquí es por su vinculación al Colegio de San Gregorio y a la importancia que tuvo este en en el espacio de poder e influencia de su época. Como remate vuelvo a traer un comentario de Jiménez Lozano en el libro mencionado antes: "Todavía cuatrocientos años después de aquella memorable batalla dialéctica, la pobre humanidad está muy lejos aún de mostrarse tan racional y humana como quería Las Casas, y los asertos de este no son aún evidencia en todas partes y mucho menos lo son en la praxis diaria de los gobiernos y entre los pueblos. De manera que aquella voz todavía debe ser escuchada en esta cassa, a la vez que nos dejamos seducir por el encanto de estas piedras y de lo que guardan".

Disfrútese de la galería de imágenes del paseante, que tiempo y ocasión habrá más adelante para retornar a un espacio tan emblemático como este de nuestra ciudad.