lunes, 26 de octubre de 2026

Érase una vez un comisario de abastos llamado Miguel de Cervantes afincado temporalmente en Valladolid

 


Hagamos la ficción. Preguntémonos. ¿Escribiría sobre una mesa parecida a esta el hombre que había tenido una vida intensa? Este hombre ya había vivido de niño en Valladolid, pero los avatares le llevaron por Italia, luego se entregó a la vida militar, fue preso y pasó por un cautiverio en Argel, retornando a Madrid, habitando en Esquivias, luego en Sevilla, recorriendo Andalucía como comisario de abastos y viéndose involucrado en multitud de problemas generados en su oficio. 

Este hombre llamado Miguel de Cervantes, que seguramente paliaba su vida azarosa con la escritura de novelas, acabó parando en Valladolid con su familia durante un tiempo, cuando la Corte de la monarquía se instaló durante seis años -1601 a 1606- en nuestra ciudad. Eligió en alquiler una de las casas que quedaban a las afueras de lo que entonces era la ciudad. Salvándose de la incuria del tiempo, gracias a la actuación del vallisoletano Marqués de le Vega-Inclán a principios del siglo XX, ha llegado a nuestros días el edificio a través de una reconstrucción aproximada que la convierte en un museo acogedor. Fuera más o menos cómoda la estancia de Cervantes en esta casa y por lo general en valladolid -no hay que olvidar que tuvo problemas con la justicia porque en la proximidad de su casa fue asesinado un caballero navarro llamado Gaspar de Ezpeleta y en principio el juez involucró a Cervantes y su familia, sin  que estos tuvieran nada que ver con el crimen- lo cierto es que se da como hecho que Cervantes escribió aquí algunas de sus breves novelas ejemplares, tales como El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros y El casamiento engañoso.  Y que finalizó alguna de las presentaciones de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. 



Con ser una reproducción bastante conseguida respecto a lo que pudo ser el hábitat donde vivió con familia propia y compartió con otras, me parece un logro importante este enfoque etnográfico. Las imágenes hablan por sí mismas. La colocación de los objetos, los muebles, los suelos, los ventanales, los utensilios de cocina o de hilar, los cuadros, los útiles de escritura, etcétera son un acierto y, sean reproducciones más recientes o piezas verdaderamente históricas, dan una idea de lo que pudo ser. Aunque soy un tanto escéptico, no creo que el interior estuviera condicionado fundamentalmente por el escritor, pues la familia tenía también sus ocupaciones. Pero eso es lo de menos. Al visitante le gusta realizar un viaje, más o menos fidedigno, al pasado y se presta incluso a elevar el ámbito en función de la personalidad de aquel por quien se recuerda el edificio. Por mi parte la ubicación de las fotografías no siguen ningún orden expositivo sino caprichoso. En este sentido lo mejor es visitar la Casa o, en su defecto, acceder a la espléndida web que figura al final de esta crónica.

El jardín anterior a la casa es un invento, digamos, moderno, donde se ubica adherida a una medianera de un edificio de época más reciente un buen trozo de la fachada del Hospital de la Resurrección, que se hallaba en los terrenos de lo que ocupa hoy la Casa Mantilla, en la esquina con Acera de Recoletos. Pero este jardín es como un pequeño pulmón, tanto por el arbolado y el resto de vegetación que parece apartar la casa y el jardín del tráfago urbano que trae la moderna calle de Miguel Íscar. En tiempos de Cervantes solo tenía el río Esgueva enfrente y un desnivel de terreno, que hoy se mantiene. Es un espacio peculiar, recoleto y hermoso, con acceso cómodo bajando desde Miguel Íscar o desde la calle Rastro.





Javier Blasco, catedrático de la Universidad de Valladolid, en su libro "Cervantes. Un hombre que escribe" relata esta estancia cervantina:

"Motivos varios pudieron reclamar la presencia de Miguel de Cervantes en Valladolid, ayudándole a tomar la decisión de dejar Esquivias: hay que recordar cómo los procesos, que venían a poner en entredicho su gestión  como comisario y su honestidad con los dineros públicos, seguían todavía abiertos y habían de sustanciarse en Valladolid. En esta ciudad estaban instaladas desde hacía varios meses sus hermanas, su sobrina y su hija, y posiblemente su impresor. Todo ello influyó, sin duda, para animarlo a abandonar Esquivias, trayendo consigo, ahora sí, a su mujer Catalina. Esto se producía, según la información que poseemos, a finales de la primavera o principios del verano de 1604. No sabemos si con el matrimonio Cervantes hicieron también el viaje Juana Gaitán y su segundo esposo, Diego de Hondaro, así como Luisa de Montoya (viuda del cronista Luis de Garibay) y sus tres hijos, pero en el verano de 1604 se encontraban todos ellos, como residentes, en la casa que los Cervantes habían alquilado a las afueras de Valladolid. 

Era una casa de dos pisos que Juan de Navas, su propietario, alquiló por cuartos. Estaba situada en el Rastro de los Carneros, junto al matadero y el Hospital de la Resurrección. El río Esgueva pasaba por delante de la puerta de la casa, donde se ubicaba una taberna frecuentada por los trabajaodres del matadero. El primer piso, encima de la taberna, lo compartían los Cervantes (Miguel, Catalina, Andrea, Magdalena, Constanza e Isabel) y la familia de Luisa Montoya; en el segundo piso se alojaba la familia de Mariana Rodríguez y la de Juana Gaitán (compuesta por su marido, su hermana  y una sobrina) La buhardilla la habitaba Isabel de Ayala, una comadre chismosa cuyas habladurías causarán no pocos problemas a los Cervantes. Un total de unas veinte personas se repartían pues, el espacio que ofrecían trece cuartos, en una casa de alquiler todavía razonable, si tenemos en cuenta la demanda de vivienda que había provocado la ubicación de la Corte en la ciudad del Pisuerga".  


























DORA GARCÍA
COLOQUIO DE PERROS

EXPOSICIÓN


La Casa Museo de Cervantes tiene exposiciones y actividades varias durante todo el año. En la visita que realicé me encuentro con una exposición de Dora García. En ella, como se indica en un prospecto realizado por el museo a tal efecto la artista Dora García "toma como punto de partida la novela ejemplar de Cervantes El coloquio de los perros y trae a la vida un encuentro poliédrico en el que once personajes -los perros Cipión y Berganza, los escritores Joyce, Kafka, Mayakovski, Piglia y Mallarmé, los psicoanalistas Freud y Lacan y los músicos Gal Costa y David Bowie- dialogan sobre transformación y resurrección". 
















Dos bustos, uno en el jardín exterior y otro en un patio interior. El de la izquierda representa a Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, verdadero recuperador de la casa habitada por Cervantes, y es obra de Mariano Benlliure. El de la derecha, bajo la portada del monasterio en ruinas de la Armedilla, representa a Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, promotor de la conservación del edificio. El busto fue realizado por su esposa Anne Hyatt, que compartía análogo sentimiento hispanista.  

Enlace de la Casa Museo de Cervantes en Valladolid, sumamente interesante:

https://www.cultura.gob.es/museocasacervantes/museo.html





jueves, 22 de octubre de 2026

Cuaderno Abierto. Exposición de bocetos de Manuel Sierra en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 



Remitido por la Fundación Segundo y Santiago Montes:

"Además de inaugurar la exposición se presentará el libro "CUADERNO ABIERTO. Bocetos de Manuel Sierra para Muraves", que contiene los dibujos de la exposición. El horario de dicha exposición será de 19: 00 a 21:00 los viernes, y de 12:00 a 14:00 los sábados y domingos, y estará abierta desde el sábado 24 de octubre hasta el 8 de noviembre. 




MURAVES es una iniciativa de la Asociación Medioambiental Oropéndola concebida para plasmar en las calles de Nava del Rey (Valladolid) aquellas especies ornitológicas en riesgo de desaparición o desplazadas de su hábitat local. Esta crisis eco sistémica es el resultado de la alarmante sequía del río Trabancos, el cambio climático y el olvido de nuestro entorno, a lo que se suman las prácticas de la agricultura intensiva y la pérdida de la arquitectura tradicional donde suelen anidar estas aves. El proyecto se materializa en las paredes de la localidad a través de 22 aves representadas en 12 pinturas murales, todas ellas obra del pintor Manuel Sierra (Villablino, León, 1951), quien ha interpretado con su estilo inconfundible la problemática medioambiental de la zona. 





La exposición Cuaderno abierto complementa este recorrido urbano muralístico a la vez que permite adentrarnos en el diario personal del artista —el arjé del proceso creador— para descubrir la cara oculta de una disciplina que se caracteriza, paradójicamente, por su naturaleza pública y compartida, tanto en el «durante» (el acto de pintar en la calle junto a los vecinos) como en el «después» (cuando la obra se entrega a la comunidad). Somos testigos, pues, del soliloquio previo a la creación. Después vendrán los colores pero la pared manda, así como el clima y los estados de ánimo. Y la obra, como la vida misma, mutará de principio a fin. En definitiva, estos apuntes desnudos, en los que el color no es más que una palabra, logos, confirman cómo la interpretación de la naturaleza y la posterior catarsis inician su camino en soledad y con trazo fino".







lunes, 12 de octubre de 2026

Las tentaciones surrealistas de Jan Brueghel de Velours, en el Museo Nacional de Escultura

 



¿Quién dijo que los paseos por el interior de un museo no eran paseos saludables y relajantes? ¿O más universales y entretenidos que los habituales por el caserío urbano que nos conocemos sobradamente? En los paseos de museo no solo se advierten lugares sino épocas del pasado que no podríamos conocer de otra forma y además porque no hay de momento máquina de túnel del tiempo. Si el otro día me dejé abducir por Demócrito y Heráclito no fue menos mi sorpresa ante un cuadro próximo que me produce una enajenación deleitosa. Se trata de una obra flamenca de uno de los Brueghel, esa familia que pintó o grabó con tanto entusiasmo como detalle no solo aspectos de la vida cotidiana de los habitantes de su país sino recreaciones más fantasiosas e imaginarias. Jan Brueghel de Velours es, pues, el autor de un cuadro magnífico titulado Las tentaciones de san Antonio, basado en el tema de un personaje cristiano nacido a mediados del siglo III en territorio egipcio bajo dominación del Imperio romano, y que, por las razones que fueran, dicen que se hastió del mundo y se retiró al desierto inaugurando así la vida eremítica que fuera posteriormente tan seguida por otros. 




El relato sobre Antonio continua y se desarrolla en su retiro del mundo, donde es acechado por sus propios miedos, angustias, privaciones y las propias recreaciones de resistencia, aunque todo ese mundo interior haya sido dibujado con las acechanzas y tentaciones del demonio, a tenor de la tradición religiosa de aquel tiempo. Y es precisamente esa situación la que el pintor Jan Brueghel plasma en este cuadro de extraordinaria complejidad, una verdadera narración para los creyentes del pasado y, a la vez, una exposición formal rompedora. Porque pintar a humanos, de carne y hueso, puede tener sus dificultades pero más o menos existen unos cánones fácilmente reconocibles. Pero ¿cómo representar demonios, pecados, tentaciones múltiples a las que Antonio tenía que hacer frente?

Una aportación valiosa del historiador del Arte vallisoletano Enrique Valdivieso, desaparecido trágicamente en 2025:

"Encontramos en primer lugar la descripción de un numeroso tropel de animales diabólicos que le rodea para azuzarle, morderle, clavarle sus cuernos, arrancarle la piel con sus garras y golpearle con estacas, tal y como señala la vida del santo. Este se encuentra entregado a sus lecturas y meditaciones, bajo una tosca cabaña de madera, y se ve envuelto por numerosos monstruos malignos en los que se advierten las más horrendas simbiosis de animales mamíferos, aves, reptiles, peces, en actitudes amenazantes o emitiendo todo tipo de horrísonos gritos y aullidos. Todos estos maléficos seres satánicos son símbolos de los pecados capitales y, por lo tanto, personifican la pereeza, la gula, la ira, la soberbia, la avaricia, la envidia y,sobre todo, la lujuria. Igualmente son estos repunantes seres endemoniados símbolos de los males que el santo curaba, principalmente la peste y la sífilis. Al tiempo que las acechanzas de los engendros infernales, se representa también en la escena el momento en que san Antonio sufre tentaciones carnales personificadas en un séquito de seres infernales disfrazados de mujeres".




¿Cómo no iba a aparecer en un tema de estas características la mujer prácticamente identificada con el diablo? Cuando uno observa la narración fantasiosa pero contundente de este magnífico cuadro no puede por menos que hacerse preguntas. ¿Son las imaginarias fuerzas llamadas demoníacas las que pueblan el universo de los individuos atormentados, sobre todo de los adscritos a una religión obsesionada con el pecado individual? ¿Son los melancólicos los que se obligan a recrear personajes fantásticos, a veces meramente sombras, donde refugiarse y consolarse de sus debilidades psíquicas? ¿Por qué los humanos han necesitado representaciones antropomórficas o monstruosas que solo existen en la negrura de las mentes torturadas y devoradas por los miedos?

En el artículo de María Bolaños titulado La melancolía  en el escenario cristiano, que se encuentra en el catálogo de aquella soberbia exposición Tiempos de melancolía, de 2015 se lee:

"Cuando el arte quiso representar ese terrible azote de los conventos que era la acedía tomó como modelo la figura de san Antonio, fundador de la nachoresis a fines del siglo III. En la hora en que reina la canícula, le asalta el taedium vitae: el diablo del mediodía le insufla un asco por las cosas divinas, un desapego de la fe, el sinsentido de su sacrificio. El eremita emprende entonces en su mente un exilio dentro de su exilio, un evagatio mentis, un vagabundeo mental, una carrera de fantasía en fantasía. El lienzo de Brueghel de Valours, hijo de Pieter Brueghel el Viejo, inspirado en Schongauer y en un grabado de su padre, Orgullo, de 1556, describe una de esas terribles ensoñaciones en que monstruos infernales, repelentes seres híbridos o bellezas seductoras impiden al anacoreta concentrarse en su lectura. La obra fue adquirida en Flandes para la primera cárcel o galera de mujeres construida en España, en Valladolid, promovida en 1604 por la madre Magdalena de San Jerónimo, persuadida de que 'gran parte del daño y estrago que hay en las costumbres en estos Reinos de España nace de la libertad, disolución y rotura de mujeres".




Pero tema y relato aparte lo que más llama la atención en el cuadro es cómo se representan esos personajes, verdaderamente de cuento, que son los que tientan al santo. ¿No nos recuerdan al gran Jheronimus Bosch, El Bosco, de El Jardín de las delicias que, por cierto, también pintó un cuadro sobre las tentaciones de San Antonio? ¿No nos reenvían a obras de Goya o de los surrealistas del siglo XX que creían estar descubriendo el surrealismo? La mejor manera de apreciar cada detalle es acercarse al museo y detenerse ante la obra.

Para mayor información técnica adjunto enlace del Museo de Escultura: