jueves, 5 de febrero de 2026

La Suite Dánae de Carlos León en el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo

 





Ante los días grises y lluviosos que estamos teniendo los cuadros de la exposición de Carlos León son un destello polícromo que se agradece. Aquí el color es la forma. A mí se me antoja que incluso una caligrafía. Contemplar esta obra es un ejercicio de abandono de esquemas y de ideas preconcebidas. En esta sala donde las pinturas de gran tamaño de Carlos León hablan sin ideario fijo o al menos particular el visitante tiene que limitarse a dejarse influir sensorialmente. Allá cada cual si quiere transformar los colores intensos en ramilletes o campiñas de flores o en pictogramas o en minerales o en vegetación sacudida por los vientos o en llamaradas que se esparcen ante la naturaleza que son nuestros ojos. 

Y sin embargo el autor ha decidido que esta colección ejecute un mito clásico, el de Dánae, y otorga a la muestra el título de Suite Dánae. La desgraciada Dánae de aquella historia fue privada de libertad por su padre, el rey de Argos llamado Acrisio, porque un oráculo había predicho a este que si su hija tenía un hijo acabaría matándolo a él. Esa figura patriarcal y omnipotente creyó desafiar al destino encerrando a su propia hija para que no se relacionara con varón alguno. Pero hubo quien se encaprichó con Dánae, nada menos que Zeus, el dios de dioses. Y para lograr llegar hasta ella y fecundarla se convirtió en lluvia de oro que se filtró hasta sus estancias y como efecto de ello nacería más tarde Perseo. Y es que como siempre se dijo, el oro abre todas las puertas, así que el símbolo mítico de la conversión de Zeus tiene su miga. Y continuó la historia, trocada en dramática. 

Uno se imagina la belleza exultante de Dánae, por lo que la capacidad de atraer estaba servida. Se imagina la bestial y egoísta medida del padre encerrándola de por vida. Se imagina el ansia del todopoderoso dios sintiéndose llamado y al que no se le puede poner nada por delante. Su ingeniosa transformación en polvo de oro. Y cómo, a pesar de lo que Acrisio hubiera intentado evitar nació Perseo, cuyo lloriqueo infantil alertó al tirano, como consecuencia de lo cual encerró a Perseo y a su madre en un cofre y lo arrojó al mar para procurar la desaparición de ambos personajes de su sangre. Ay, pero de nuevo Zeus, no sé si aún enamorado o simplemente bondadoso, hizo porque el cofre saliera a flote y fuera recogido por pescadores de una isla. Después, ya se sabe, Perseo creció, fue formado y su vida se convirtió en un afán de aventuras valerosas y enrevesadas hasta que al final se cumplió la sentencia del oráculo respecto a su abuelo. Ahí lo dejo y animo a indagar en los libros de mitología griega porque son relatos imperecederos que parecen haber llegado hasta nuestros días. ¿O son relatos que se siguen reproduciendo en la vida y comportamiento de los mortales actuales?





Tal vez Carlos León lo vea de ese modo. ¿Es esta dispersión fecundadora de Zeus la que traduce en su obra pictórica Carlos León? ¿O también el avatar oscuro de la pretendida ejecución de un tirano con sus íntimos? ¿O acaso el rescate último donde tanto el mito como el pintor ven, si no un simple atisbo de esperanza, al menos la capacidad de superación ante las adversidades donde la más certera divinidad subyace en la bondad de un individuo? Y de ahí quiero ver en esta dispersión de coloridos, algunos contrastados e incluso mezclándose, que parecen expulsarse hacia el espectador mientras siguen buscando su espacio interior en el cuadro. Porque los colores están ahí, mezclándose, revoloteando, alternándose en multitud de pinceladas que nos deslumbran y nos alegran. 

No puede uno por menos que recordar las opiniones un tanto místicas de Kandinsy en su texto teórico De lo espiritual en el arte: "...El rojo cálido y claro (rojo saturno) tiene un cierto parecido con el amarillo medio (en efecto, contiene como pigmento bastante amarillo) y da la sensación de fuerza, energía, impulso, decisión, alegría, triunfo, etc. (...) El negro suena interiormente como la nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza (...) Exteriormente es el color más insonoro, sobre el que cualquier color, incluso el de resonancia más débil, suena con fuerza y precisión. (...) Al mezclar los colores observamos su tendencia a perder el equilibrio. Da la impresión de un equilibrista que continuamente debe tener cuidado y balancearse hacia los dos lados. ¿Dónde comienza el naranja y dónde terminan el amarillo y el rojo? ¿Dónde está el límite del violeta, que le separa exactamente del rojo o del azul?".

La selección de fotografías que incorporo pretenden animar a la visita a esta impactante Suite Dánae. Os aseguro que la impresión que causan estos cuadros de gran tamaño en directo anima a remontar estos días de invierno sombrío y borroscoso. Porque en ellos hay una dimensión y un significado capaces de sobreponer incluso a las almas más abatidas. La luz habita en todos los colores de esta Dánae plástica.























martes, 27 de enero de 2026

Fuente Dorada: la fuente de los gremios de oficios en el corazón comercial de otros tiempos y de ahora

 




Es un bonito y tierno detalle el del niño sacándonos la lengua. Al imaginativo escultor Fernando González Poncio, a quien aún recuerdo entrañablemente como compañero de mis tiempos escolares, también le saldría el infante que todos llevamos siempre dentro aunque peinemos canas. Esta criatura sentada a los pies de su madre, la aguadora, rompe el presencialismo más severo de las otras estatuas. Obras estas, no obstante, que adquieren una ligereza más cercana al espectador que las de los prohombres que hay en otras plazas.

Y es que Poncio intentó sortear la rigidez que siempre presentó la escultura historiográfica tradicional. En parte le ayudó que el tema fuera relatar y hacer alegoría de los oficios del pasado, homenajeando así a los gremios que los componían, que fueron innumerables, con esta síntesis de cuatro modelos escogidos. En cierto modo huye del hieratismo e incluso altanería que estatuas del pasado que se sortean por la ciudad -el conde fundador, el celebérrimo escritor de paso, el monarca nacido en la ciudad, el navegante que dio con otro continente, los reyes fundamentales a los que se concede la unidad política de los reinos de la nación- nos transmiten. Pero que son expresiones también de los criterios estéticos de otra época. 

Estas figuras representan no solo a los oficios sino a los que desempeñaron los trabajos. Al visitante de fuera o al peatón cotidiano cada estatua le lleva a dedicar un punto, siquiera breve, de pensamiento sobre la actividad que ejercía. ¿Cómo no imaginar el trasiego de la aguadora tomando en un cántaro el agua del río o de las fuentes y vendiéndola por doquier? ¿Cómo no sentir los golpes sobre el yunque del hombre que practicó uno de los oficios más duros del mundo? ¿Cómo no percibir al musculoso botero cargando sobre sus hombros el pesado odre de vino cigaleño? ¿O cómo no sospechar de las heridas ocultas de un hombre de armas que precisamente recurriría a uno de los talleres de la calle del gremio de espaderos que, mira por dónde, quedaba justo enfrente de donde se ubica esta representación?





Obviamente hubo tal infinidad de oficios en siglos pasados que para establecer una alegoría de todos y representarlos con estatuas no habría espacio suficiente. Supongo que el criterio para elegir el autor del conjunto estos personajes es porque serían de lo más conocido y habitual. Y que se prestan a ser representados con sus atributos y reconocidos fácilmente por el común de la ciudadanía. No obstante tras cada uno  de los personajes de la fuente hay una placa donde se cita un número determinado de oficios, mayormente desaparecidos. Y que evocan a su vez zonas y calles de la proximidad o del centro histórico tradicional.

González Poncio no fue solamente el escultor. Diseñó este y otros espacios del entorno para recuperar la memoria de las antiguas ubicaciones de los menestrales y gentes de oficios. Su profesión era la de arquitecto, pero tocó más palillos, ya lo dice en el libro Escultura pública en la ciudad de Valladolid José Luis Cano de Gardoqui García: "El interés de Poncio por la concepción de proyectos globales, totales, al modo de los maestros renacentistas, donde la libertad del artista se despliega y asume todo tipo de presupuestos y realizaciones -arquitectónicas, escultóricas, ingenieriles, etc.- ha quedado bien demostrado en sus intervenciones urbanísticas en las plazas de la Rinconada, Martí y Monsó, de España y de la Fuente Dorada".



 
El oficio de aguadora nos hace pensar en que se trataba de algo sencillo. Que no había transformación de por medio como en otros oficios. Que su labor consistía en tomar agua del río o de manantiales y distribuirla por la ciudad, pues hasta fechas relativamente recientes no hubo conducción de agua que llegara a cada domicilio o a los talleres o tahonas que precisasen el agua para sus elaboraciones. La aparente tarea simple conllevaba la fortaleza de la persona que la transportase. Uno supone cuando ve y admira la variedad y tamaño de cántaros que acarrearlos cargados a tope sobre la cabeza o adaptándolos a un costado no tenía que ser baladí. Aunque también se utilizaran asnos con alforjas para llevar las vasijas. Parece ser que la estatua de la aguadora está orientada simbólicamente hacia el monasterio de San Benito, meta del llamado Viaje de aguas de Argales, una obra hidráulica importante del siglo XVI que fue generando algunas fuentes por la ciudad.






El herrero constituía uno de los oficios más considerados. Generar útiles y herramientas de hierro para todo tipo de trabajos relacionados con otros oficios, durante tantos siglos antes de que llegara la producción industrial, tuvo que ser muy apreciado. No en balde el yunque y el fuego de la forja se convirtieron en el símbolo y la denominación visual por excelencia del oficio. Y por supuesto, el músculo y el temple de acero del herrero no va a la zaga. Las películas suelen reflejar muy bien al fornido hacedor de útiles con hierro y fuego. ¿En qué dirección mira desde su constante golpear el hierro este transformador de una materia de materias? Tal vez hacia ninguna parte y hacia todas, pues fraguas habría unas cuantas en distintos barrios.









Importantes fueron siempre los trabajos relacionados con el tratamiento de las pieles y su transformación en distintos artículos. El oficio de botero sirvió para crear odres, botas o pellejos donde guardar no solo vino sino también vinagre y aceite en cantidades menores. Así que fue siempre muy valorado, pero algo parecido ocurría con oficios afines como zapateros, guarnicioneros, coleteros, etc., todos partiendo de la materia prima piel y destinados a diferentes usos. Parece ser que el escultor colocó la figura representativa del botero mirando en dirección a la actual calle de Ferrari, donde se encontraba el corral de boteros, que era el espacio donde se concentraban los del oficio. Hoy existe el callejón todavía pero con una puerta que clausura su entrada, y eso que es de suponer que siga siendo un espacio público. 





Incorporar por parte del escultor Poncio un militar del siglo XVII al conjunto puede interpretarse a dos bandas. Por una parte, que el llamado oficio de armas había sido siempre un ejercicio profesional al servicio de poderes privados o públicos, en este caso sin duda que al servicio de la Corona. Por otro lado, refiriéndose a los oficios relacionados con la armería en general, es decir los arcabuceros, los armeros, los fabricantes de pólvora y cohetería, y, cómo no, los espaderos. Acaso el soldado que sujeta las bridas del caballo con una mano y asienta la otra en una empuñadura, dirige su vista en dirección a donde se encontraba precisamente la calle de Espaderos, hacia la actual Cánovas del Castillo. 





Entre tantas imágenes de los representantes de oficios he ido incrustando otras de varios mascarones por donde expulsa el agua la fuente. Una alegoría añadida de las cuatro estaciones. Las esculturas están talladas en granito abulense. Y no es pura invención la forma ochavada de la fuente. Comenta Cano de Gardoqui en el libro citado anteriormente: "Poncio ha retomado la forma ochavada del pilón de la fuente de 1876; ello con el añadido de cierto carácter simbólico relativo a la proximidad de la Plaza del Ochavo o a la forma ochavada de la moneda de uso corriente en el siglo XVI. Lo mismo puede decirse de la ubicación de la fuente actual, más o menos similar a la del siglo XVII". Fuentes citadas que desaparecieron hasta que esta obra de 1998 recuperó el verdadero sentido y nombre de la concurrida plaza.


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sábado, 24 de enero de 2026

Cuando aparecen huellas de un Valladolid del pasado

 




"¡Oh ruinas! Yo tornaré a escuchar vuestras lecciones; tornaré a la paz de vuestras soledades: y allí, lejos de la dolorosa escena, de las pasiones, amaré a los hombres, recordándolos; meditaré en lo que puede hacer su felicidad, y cifraré la mía en la idea de haber acelerado la época de la dicha de los humanos". 

Volney, Las ruinas de Palmira.

Tal vez sean excesivas las palabras del Conde de Volney para estas modestas ruinas aparecidas recientemente en el subsuelo de la ciudad. Pero, ¿por qué no aplicárselas? Lo que hubiera ahí debajo, ¿no fue obra de humanos de otro tiempo, con sus creencias y sus ideas, con sus sentimientos y sus pasiones, con sus artes y sus medios técnicos? Ruinas que han permanecido secretas, desplazadas, ignoradas, como si los materiales de construcción, la mano de obra y el saber de los arquitectos no hubieran tenido valor y mérito. Simplemente porque los avatares de la evolución histórica decidió una vez condenarlas al olvido.

Se percata este paseante de unos ventanucos a nivel de suelo en la céntrica calle. Podrían parecer unos barrotes forzados para propiciar una fuga. Pero las ruinas no pueden escapar de su destino del pasado. Y sin querer, cuando nadie se acordaba de ellas o, mejor dicho de lo que en ese terreno hubo, el vaciamiento del interior de un edificio de hace 125 años las expone al aire libre. Alguno dirá ¿y cuál es la belleza de estas ruinas? Pues acaso la belleza reside en la sorpresa de que aún en Valladolid, que tanto ha edificado sobre sí misma durante siglos, aparezcan restos de algún tipo de edificación antigua. Mayormente de conventos e iglesias, que abundaban. También de palacios o casas nobles, no menos abundantes. Y en muchas ocasiones los puentes soterrados de las Esguevas. 

Según los técnicos estas piedras pertenecen a un convento del siglo XVI llamado del Corpus Christi, nada extraño en una zona que estaba en las afueras de la urbe histórica, y que acogía varias propiedades más de órdenes católicas. Se hallan en un solar comprendido entre la Acera de Recoletos y la calle Gamazo, adquirido no hace mucho por el propietario del adjunto Hotel Colón Plaza con objeto de ampliar el hotel. Piénsese que tanto la Acera de Recoletos, como Gamazo o Muro son calles abiertas a finales del siglo XIX, constituyendo un nuevo barrio acomodado y dispuesto de vías de circulación modernas. Y próximo a las instalaciones del ferrocarril, verdadero dinamizador de la ciudad en el siglo XIX, y sobre todo a su espléndido edificio de la estación.








Vista desde calle Gamazo                                                            Vista desde Acera de Recoletos




En estas reproducciones del Plano de Valladolid de Ventura Seco, de 1738, se pueden observar los conventos de instituciones religiosas que cundían por la zona que en la actualidad va de la Plaza de Zorrilla hacia Colón y Paseo de Filipinos, con el triángulo de descampado de lo que sería con el tiempo el Campo Grande.



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domingo, 18 de enero de 2026

El pasado habita en Cabezón de Pisuerga. Pedagógica exposición arqueológica del Museo de Valladolid





Valladolid no acaba en su propio término territorial sino que se prolonga, tanto en intercambio comercial y personal como emocionalmente, a través de otros municipios del alfoz. Cabezón de Pisuerga es uno de ellos. Como Simancas, Arroyo, Zaratán, Laguna...Quien se extrañe aún del término alfoz puede recurrir al Diccionario etimológico de la lengua castellana, de Joan Corominas, donde este le dirá que procede de la voz árabe háuz, algo así como distrito o comarca, aunque en tiempos modernos estos otros términos se hayan ajustado y precisado mucho más a realidades de población contemporáneas. En fin, que lo común es considerar como alfoz a las poblaciones de cercanía donde llega la influencia socio-económica de la capital y se genera a la vez un vínculo inverso.

Cabezón, para un vallisoletano, está ahí, desde siempre, a tiro de piedra, es una proximidad histórica. El término Cabezón vendría de cabezo, cerro. No en vano a su lado se encuentra el cerro hoy llamado de Altamira. Un lugar ya habitado en tiempos primitivos, como también Valladolid, cuando ni uno ni otro de estos territorios poblados tenían los nombres que luego fueron adjudicados. Si en nuestra ciudad hubo un poblamiento en la Edad del Hierro, el ubicado en el Soto de Medinilla, en uno de los meandros del Pisuerga, también existieron otros de la Edad del Bronce y del Hierro en Cabezón, conocidos por los arqueólogos como Santa Cruz y El Bosque-Las Arenas. Pero además hubo ocupaciones posteriores ya con el Imperio Romano en los primeros siglos d.c. 

Y es precisamente sobre todo esto que cito aquí de pasada, sobre lo que trata una exposición recoleta pero muy bien planteada que se encuentra en el Museo de Valladolid (Palacio de Fabio Nelli), bajo el título Donde el pasado habita. Arqueología de Cabezón de Pisuerga. Utensilios de trabajo, de uso doméstico, armas o decoración se exponen en vitrinas profusamente acompañados por paneles explicativos. En estos toda una reconstrucción de las formas de vida y de rituales, de poblados y  viviendas, de las tareas o los ocios de aquellos vecinos de varios cientos de siglos antes de nuestra era y de siglos posteriores. Al fin y al cabo vieja y sabia Historia de Cabezón de Pisuerga.




















Como joya espectacular, que no se libró de su deterioro, destaca el mosaico de la villa romana de Santa Cruz, llamado Mosaico de los guerreros Glauco y Diomedes, un episodio sobre un lance de honor. Los arqueólogos Arturo Balado Pachón y Ana Martínez García, en el artículo aparecido en el IX Curso de Conocer Valladolid, en el año 2015, indicaban que aquel mosaico  "...cubría un triclinium porticado que miraba al Pisuerga. Se trata de un mosaico rectangular con numerosos restos de basas de columnas que configurarían una galería porticada sobre el río de unos 35 m de longitud. 

El mosaico ocuparía la parte central de esta galería, y el emblema (de 3,74 x 2,15 m) nos presenta a cuatro figuras masculinas agrupadas dos a dos en sendas escenas. En realidad lo que nos está contando es un pasaje de la Ilíada en dos escenas diferentes y representa la lucha entre Glauco y Diomedes, por un lado, y a continuación a los combatientes estrechando sus manos e intercambiando sus armas, al finalizar. 

Además presenta inscripciones en latín y griego (Ilíada, canto VI, 119-236) que aclaran el sentido de las dos escenas. La griega representa un verso final de la Ilíada que es común a varios de los combates que nos narra este antiguo poema. Pero la latina nos aclara de qué combate se trata, ya que se puede leer TYD..., que sin duda hace referencia a TIDEO rey de Etolia, padre de Diomedes. 

No parece que haya duda en la funcionalidad de la galería porticada sobre el río, dominando el paisaje. La lucha entre Glauco y Diomedes fue siempre valorada en la Antigüedad como el más cabal modelo de hospitalidad y esta sala sería pues un ejemplo de triclinium donde se ofrece la hospitalidad de dueño de la villa, frente a un paisaje de su fundus (Regueras, 2013: 83). Desde luego llama la atención, pero no es novedoso, ya que son muchos los ejemplos, la continuidad por el gusto hacia los autores clásicos en fechas tan tardías del imperio, incluso con inscripciones en griego, lo que demuestra el refinamiento cultural de las élites que construían estos palacios rurales".






También sobre él escribió el arqueólogo José María Blázquez en un artículo sobre mosaicos romanos de tema homérico:  

"En el pavimento de Cabezón del Pisuerga se encuentran cuatro personajes emparejados dos a dos; los situados en la parte izquierda son guerreros en actitud de luchar, como se deduce de los escudos, que chocan y de las lanzas, que se cruzan. Los guerreros cubren sus cabezas con un casco helenístico de visera angular con cimera. Las otras dos figuras están muy mutiladas, en su parte superior. La cuarta también se encuentra muy deteriorada en la zona media e inferior. Ambas visten traje romano. En la parte alta se lee una inscripción en griego. Se representa en esta composición un tema de la Ilíada. La terminación de la Inscripción en griego se lee en los cantos 6.120; 20.159 y 23.814, en los que se describen la lucha entre Glauco y Diomedes, Eneas y Aquiles, Ayax y Diomedes, respectivamente. La inscripción latina, muy mal conservada, podría aludir a Diomedes, tal como se refiere en los versos 6.119-236 de la Ilíada, donde se afirma que después del combate con Glauco, ambos combatientes se dieron la mano y se intercambiaron las armas".  






Más allá de estas épocas tan pretéritas se expone una pequeña muestra de objetos y esculturas relacionados con el monasterio cisterciense (siglo XIII) de Santa María de Palazuelos, en el término de Cabezón. Tras un largo tiempo de abandono y desapariciones parciales hace unos años se realizó la tarea de rehabilitar lo que permanecía en pie, principalmente la iglesia y algunas capillas adjuntas. El arte cisterciense tiene en Valladolid una notable representación: Santa María de Valbuena, La Santa Espina, Retuerta, Matallana y Palazuelos configuran un quinteto importante, con una conservación muy desigual, alguno de ellos en la ruina total. Sobre Palazuelos adjunto enlaces. 











Y por último el llamado Tesoro del Pago del Doctor, "un rico conjunto de joyas y monedas, evidencia de la inestabilidad política acontecida en el siglo XIX", indica el propio museo. Extraigo del facebook del mismo museo esta información:

"Encontrado en 1963 en el 'Pago del Doctor', en una cantera situada ahora dentro de los límites de la actual base militar "El Empecinado" en Cabezón de Pisuerga apareció este tesoro formado por monedas de oro y joyería de oro y plata dentro de una vasija que fue referida como 'ánfora' y que, desgraciadamente, no se ha conservado. Aunque tradicionalmente se ha querido atribuir al momento de la batalla de Cabezón (12 de junio de 1808) y que la ocultación se debe datar a partir de 1795 (fecha de la moneda más moderna), lo cierto es que hay joyas posteriores a esa fecha y que las marcas de algunas de alhajas que lo integran pudieran llevar su datación hasta el segundo cuarto del siglo XIX".

Por supuesto que esta exposición, que permanecerá hasta el 31 de mayo, debería ser de obligada visita para los vecinos de Cabezón de Pisuerga, pero por otro lado también de interés para los vallisoletanos de la capital, pues ambas poblaciones han compartido en el pasado las mismas culturas y características de vida y relaciones. La exposición está comisariada por la arqueóloga Consuelo Escribano Velasco.