sábado, 23 de mayo de 2026

La casa de un capitán de los ejércitos de Carlos V

 



Para el paseante habitual, y no digo para el visitante que llega de fuera, pasan desapercibidas numerosas fachadas o restos de ellas adaptadas a otros edificios. Algunas fachadas -simples puertas o arcos o escudos- no mantienen nada más detrás, otras han sido trasladadas porque el edificio se derribó hace tiempo. Quedan aquellas que aún se conservan sobre el edificio tradicional, más o menos alterado, si bien con contenidos muy diferentes a sus orígenes o al transcurso de los siglos. Es el caso de uno caserón existente en la calle Simón Aranda que, siendo propiedad hoy de la orden religiosa de las Celadoras de Jesús, tuvo sus orígenes en 1534 cuando el capitán segoviano Andrés de Herrera, combatiente en los ejércitos de Carlos V y partícipe en el episodio del saco de Roma, adquirió varias casas para edificar su palacio.





En los libros se la cita como Casa de los Formento o del Capitán Herrera. De sus raíces el edificio conserva una fachada modificada y un patio con columnas, en la mejor tradición de las casas nobles de aquel tiempo. La puerta adintelada de hoy da pistas, al mantener dovelas, de que tendría un arco de medio punto. Sobre ella un balcón que remata en una decoración plateresca, con un medallón que muestra un retrato de hombre al que acompaña decoración vegetal con unos niños o ángeles. Curiosamente sobre la testa se erige un frutero con tres granadas. La granada es un símbolo de prosperidad y de fecundidad en el mundo clásico. Pero también de unión bajo el poder político. ¿Sería además a este último al que el relieve evocaba? Juan Eduardo Cirlot, a quien uno tiene que recurrir tantas veces para obtener información sobre simbolismos, dice de la granada algo más esotérico. "El significado prevaleciente de la granada, debido a su forma y estructura interna, dominando sobre la impresión del color, es el del adecuado ajuste de lo múltiple y diverso en el seno de la unidad aparente. Por eso ya en la Biblia aparece como símbolo de la unidad del universo".





El patio, jalonado de esbeltas columnas, también expone algunos medallones entre los arcos de sus galerías. Los capiteles muestran ornamentación vegetal y hojas de acanto. Hoy el patio luce en enfoscado, aunque hace tiempo se exhibía el ladrillo que, no por ello, a mi modo de ver, resultaba más desfavorecido. Pero prefiero copiar y pegar lo que dice Daniel Villalobos en la Guía de Arquitectura de Valladolid:

"En este edificio se identifican y definen claramente los tres elementos constitutivos de la arquitectura doméstica nobiliaria del Renacimiento: zaguán, patio porticado y escalera. El zaguán está precedido por la portada, cuyo trabajo plateresco en piedra es la muestra  y el símbolo de la riqueza y el poder de su propietario. El patio, de traza cuadrada, es de dos pisos, con tres galerías, faltando la del lado norte como es habitual. La forma y situación del zaguán están dispuestas para que desde él se aprecie la magnificencia de su interior. También desde el zaguán se accede a las bodegas situadas en el semisótano, para facilitar su iluminación y ventilación. En la galería sur del patio está la escalera de dos tramos  compensada (tres peldaños en el descansillo), que comienza y desembarca en el centro de dos vanos contiguos del patio"

Es de agradecer la pervivencia del edificio y su mantenimiento por parte de las propietarias actuales. En el entorno del mismo, tanto en la misma calle Alonso Pesquera y en la de Santuario existieron varias casas nobles. Por citar nombres, la de un tal señor Juan de la Cuadra, las de la familia Alcaraz, la del Marqués de Aguilafuente, etc., todas ellas desaparecidas, algunas en la década de los 60 del siglo XX, y en algunos casos apenas se han rescatado restos de fachadas que se han adosado luego a edificios más modernos. 













jueves, 14 de mayo de 2026

El escultor Salzillo se pasea por el Palacio de Villena

 



Reconozco que no sé casi nada de la vida y obra de Francisco Salzillo, salvo la limitada mención en los manuales estudiantiles de Historia del Arte de mi juventud. Este escultor murciano realizó a lo largo del siglo XVIII una obra en madera policromada de imaginería católica que podríamos ver como continuidad de la que realizaran los maestros castellanos en el siglo XVII, pero que no lo es probablemente del todo, salvo en su temática, en el tratamiento análogo del mundo de las emociones populares y en la narración acorde con la doctrina al uso. Pero incluso el aspecto de las emociones es tratado de forma menos dramática que los Juan de Juní o Gregorio Fernández, por ejemplo. Son algunas conclusiones que saco, seguramente escasamente acertadas o deficientes, tras ver una muestra de la obra de Salzillo, gracias a la exposición que nos ha traído el Museo Nacional de Escultura y que con el título de Salzillo.El instante detenido se halla ubicada en el Palacio se Villena hasta el 23 de agosto. 




Y siendo como es la primera vez que me encuentro ante una variada representación de Salzillo me recreo a mi modo, decidiendo subjetivamente sobre la marcha lo que me afecta más pero a su vez tratando de entender el sentido de cada obra, aunque participe menos de otras. Sin duda que el Barroco castellano, del cual tenemos en Valladolid tanta abundacia exuberante en iglesias y en el Museo, nos tiene acostumbrados a unas formas y un trabajo bastante más incisivo y dramático, a mi modo de ver, que las imágenes del escultor murciano. Así que de Salzillo vemos aquí vírgenes idealizadas, extraordinariamente hermosas. Me quedo fascinado por el medallón enn relieve de la Virgen de la leche, o por el busto de una Dolorosa cubierta por una túnica, que conviene recorrer su entorno para percibir la naturalidad contenida de todos sus perfiles. O la proporcionada talla y la dulzura del rostro de una Inmaculada que, no obstante el revoloteo a sus pies de tanto angelote, adquiere una majestuosidad admirable con el vuelo de su túnica que el escultor labró con una complacencia extraordinaria.




Hay también en la exposición santos rigurosos. Quien combatiendo al demonio. Quien invocando y predicando cual fundadores de órdenes mendicantes, esos Santo Domingo y San Francisco de Asís que tenemos en nuestro museo habitualmente. Y no podía faltar la santa correspondiente en pleno arrebato místico. Destaca un San José con el Niño que para mí hace parangón con la Inmaculada citada antes, y que es un canto a la ternura masculina, esa característica tan ausente muchas veces pero tan necesaria en la vida cotidiana. Algunos Niños Jesús destacan también por su delicada elaboración.

No podía faltar en esta muestra de Salzillo un paso de Semana Santa con personajes un tanto grotescos, aunque lo grotesco y exagerado también se da en los pasos vallisoletanos y en eso la diferencia de intención no es mucha. Este paso de Salzillo se basa en el episodio del Prendimiento y, si bien hay un beso de Judas cuyo personaje es pelirrojo -una característica que se le adjudica a Judas en muchos cuadros por aquel tópico maledicente de que lo pelirrojo es color infernal y encarna la maldad-, lo que más llama la atención es una escena violenta en que el defensor Pedro trata de acuchillar a uno de los que van a prender a Cristo. 





Algunas de las obras de Salzillo no eran tallas completas de madera sino más bien estructuras huecas, esqueletos, salvo una pequeña parte labrada visible. Y así se ven unas figuras de un Nazareno o una Dolorosa que solo tienen tallado el rostro o las manos. También aparece en la muestra una obra de la colección permanente del Museo que siempre me ha parecido interesante, la representación de un San Felix de Valois que sujeta unos grilletes porque se había dedicado a la redención de cautivos. Se trata de uno de esos armazones vestideros donde el escultor trabajaba tan solo la cara y las manos y el resto iba cubierto de vestidos o traje, según fueran sanas o santos, confeccionados aparte con la calidad de otro tipo de artistas. No faltan en la exposición algunos bocetos en barro de sus obras, destacando especialmente una cabeza de San Antón, que me han parecido sumamente interesantes y mucho más expresivas que la obra final.  






Además de obras propias de Salzillo hay una que me parece de lo más bello, no solo por su trabajada talla sino por la actitud, por la historia doméstica que está  narrando. Y la tenemos permanentemente en el Museo. Se trata de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen niña, que durante mucho tiempo se pensó que era obra de Salzillo pero ahora se le adjudica a otro artista murciano, Juan Porcel. Un dúo entrañable y dulce que a uno le hace recordar que, al menos en otros tiempos, la enseñanza más elemental, la de leer y escribir, empezaba por la propia familia.

El visitante de una exposición siempre se ve sacudido por una receptividad diferente. Por un lado tendemos a ser subjetivos, entrando en ese juego personal de esto me gusta más y esto menos. Por otro estamos sujetos a percibir lo nuevo con una distancia que vamos acortando a medida que tratamos de entender los significados de la obra, de un autor, de unos destinatarios, de un sistema de ideas y de un tiempo pretérito al que hay que viajar imaginativamente para valorarlo de modo objetivo. La exposición de obra de Francisco Salzillo merece la pena, como todas las exposiciones temporales que el Museo de Escultura nos ha deparado en función de una temática o autor elegido. No volveremos a ver con frecuencia obra del imaginero murciano por estos pagos y hay que aprovechar lo que nos ha llegado.