martes, 24 de febrero de 2026

Correos: un edificio que perdió su personalidad originaria pero que quiere mantener el tipo

 



No sé de dónde procedió la idea, luego costumbre, de colocar unos mascarones de leones en las oficinas tradicionales de España. Pero cuando paso por delante del edificio histórico de Correos de Valladolid, también llamado en su día Palacio de Comunicaciones, no puedo por menos que hacer un ejercicio de salutación y recuerdo. Era hábito que cuando mi padre me  traía a depositar una carta uno de sus días de asueto, aunque también había muchos buzones repartidos por las calles de la ciudad, me hiciera ponerme de puntillas y el chico, con dificultad y sin lograr ver nunca lo que había tras las fauces de las fieras, echaba la misiva. Puede que alguna vez me cogiera en brazos para realizar la operación, pero dónde iban a parar las cartas fue siempre un misterio para la criatura. Por cierto, aquí entre los leones que indicaban dónde introducir el correo nacional o el internacional hay otra efigie -¿un lince? ¿un gato montés?- para el correo dirigido a la misma ciudad. 




Aunque hoy en día existen varias oficinas de Correos por la urbe, el edificio principal, el histórico, sigue en pie. Levantado en 1922, sobre un  proyecto que venía de 1913, ocupa toda una manzana en la parte trasera del Ayuntamiento, formando un triángulo cuyos lados se reparten entre la Plaza de la Rinconada, la calle Correos y la calle Molinos. Sus arquitectos fueron Jerónimo Arroyo y Luis Ferrero. Es uno de esos edificios que denominan elécticos, hijos de una determinada época en que se pretendía erigir edificios de servicios donde se acumulaban estilos que se pretendían copias renacentistas o platerescas o herrerianas, como si se añorase el pasado que no vuelve, y cargado por lo tanto de connotaciones regionalistas o nacionalistas.





El edificio podría seguir siendo hoy día más soberbio y elegante si nos hubiese llegado como se construyó originariamente. Al final del artículo incluyo una fotografía histórica que da idea de lo que fue. Pero desmontada la torreta de la fachada principal, desmochadas las cresterías que corrían por sus lados y erigido encima un piso superior anodino, movido por alguna necesidad práctica de tiempos más modernos, pero con nulo sentido arquitectónico, lo que vemos hoy día es un volumen abigarrado, salvado principalmente por ventanales de gran tamaño y mejor factura, por cierta azulejería entre ventanas de uno de los pisos superiores y por un trabajo de forja y rejería con una personalidad que quiere conectar con los aires modernistas de aquellos tiempos lejanos. Por supuesto, la piedra de la parte inferior, el ladrillo y los arcos de medio punto son valores intrínsecos que rescatan el conjunto. Ah, y se agradece contemplar las fieras de los buzones tan lustrosas y bruñidas. 

Un edificio que perdió su belleza y personalidad primitivos pero que quiere seguir manteniendo el tipo.















Fotografía de la primera época del edificio de Correos en la Plaza de la Rinconada. Compárese con el actual, aunque de nada servirá lamentarse. Avatares de la historia urbana.



martes, 17 de febrero de 2026

Peces voladores o acuáticos, un canto a la libertad natural de las especies de nuestros ríos

 



Aunque todos somos muy dados a buscar una explicación de las imágenes que vemos creo que no sería necesario siempre. Las imágenes visuales suelen hablar por sí solas. Ciertamente que luego cada cual puede ver en ellas lo que les plazca. El espectador proyecta de sí mismo en ellas y viceversa. Naturalmente cualquier imagen esconde -o dice a las claras- un mensaje, una idea, o un cúmulo de pensamientos. Es bueno, pues que haya diálogo entre nuestra mente y lo que percibimos, sobre todo si es novedoso.

Me he plantado delante de estos murales tan trabajados como bonitos, haciendo caso omiso de la lluvia tenaz. Me he dejado llevar por esa jaula, por esos globos, por esos peces, enajenado por sus formas perfectas y sus colores medidos. De entrada, embellecer y desviar la atención sobre unas puertas de almacén, como es el caso,  ya es un logro. Más si se encuentra toda la obra en la proximidad de la confluencia de los ríos ciudadanos, los que comentaba en la entrada anterior, al borde del Esgueva y a unos metros del Pisuerga. Tal vez la inspiración de los artistas -Carlos Adeva y los alumnos del Centro Regional de Artesanía- cuando realizaron el trabajo en 2019 fuera precisamente el rumor de las corrientes fluviales y reconocer a los seres que las habitan. Terrenos del Paseo Ribera de Castilla, entre la Rondilla y Barrio España. Nadie advertiría a primera vista que el edificio se trata de un espacio de servicio de limpieza del Ayuntamiento, según leo por ahí. 
 



La imaginación de un mural permite sacar a los peces de su medio habitual y hacerlos volar. Proyectar las aletas que posibilitan su natación y convertirlas en alas y alerones de aves fantásticas. Ignorar jaulas vacías que la naturaleza nunca creó o emular a los aerostáticos que divierten la contemplación del paisaje a los aburridos humanos. Uno piensa en el hábitat de los peces, próximo a este mural, y recuerda las leyendas chinas sobre las carpas que trasladaban en su vientre cartas de los enamorados arriba y abajo del curso del río Amarillo. Tal vez estos seres acuáticos de la pintura quieran emular los recorridos de las leyendas orientales, y los autores hayan concebido algunas de las especies como el pez-dragón de la mitología china. Por cierto, en el Museo Oriental de Valladolid, Paseo de los Filipinos, hay una espléndida obra de la dinastía Ming que representa a una carpa salvando una cascada.




Obras de arte pictóricas e imaginativas como esta, que bien se la merecen tanto los vecinos de la zona como los que pasean por el entorno, darían la campanada total si abundaran más en espacios de mayor tránsito donde fuesen contempladas y disfrutadas por más gente. Algunas medianerías aisladas y muros desolados ya se han aprovechado. Que no se abandone la idea. Que sea una constante en la acción municipal de lo que se suele llamar el ornato de la ciudad. Esta obra de los peces está bien donde está, engarza con los alrededores, alegra la vista de los paseantes que, por esta zona, sobre todo cuando hace bueno, la frecuentan. Basta recordar que aquí confluye también una senda larga de la ribera del Pisuerga con un paseo urbanizado a la orilla del Esgueva que viene desde la Pilarica. Caminos de recorrido apacible y rebajados del tráfago urbano.



No sé por qué, contemplando los peces y la oda a su libertad que describe este mural, me viene a la mente el poema sencillo pero expresivo de una joven autora tunecina, Kaouther Douzi, que leí hace poco.


"UN PEZ RECIÉN SALIDO DEL AGUA 

Mi espíritu
es un pez
recién salido del agua.
Viscoso 
siempre se me adelanta
en hablar con la gente
y se escapa de mis manos cada vez que intento 
agarrarlo. 
Confundida 
digo cosas 
con voz angustiada 
y sonrío para ocultar 
sus respiraciones entrecortadas, 
intento controlarlo
con todo mi peso corporal
fijarlo con mis pies 
en vano. 
Gira en torno a sí mismo un momento 
y se resbala de mis manos
intentando 
salvarse".

Tal vez si la poeta Douzi viera este mural comprendería mejor que nadie el evanescente mundo ideal que hay en él.





viernes, 13 de febrero de 2026

Agua y más agua en la desembocadura: la Esgueva crecida buscando desesperadamente al Pisuerga

 



Días de lluvia y ríos crecidos. El paseante, desafiando una jornada en extremo pluviosa, se ha acercado por capricho a unaa desembocadura que siempre le ha parecido espectacular. En épocas del año con escasas lluvias el Esgueva viene con una corriente menor y, no obstante, presenciar su final, en forma de catarata escalonada hacia el Pisuerga, resulta digno de ser contemplado. En las épocas más secas uno se permite descender al borde del Pisuerga, disfrutar de cierto ecosistema, y admirar cómo el río grande acepta las aguas del pequeño y las incorpora a su curso casi inadvertidamente. 

Hoy no era seguro bajar, las orillas estaban anegadas, y tampoco se trataba de arriesgarse. Así que mejor hacer las fotografías desde la pasarela existente sobre lo que fueron las compuertas, donde permanecen los engranajes que hacían accionarlas, y hoy meros testigos de arqueología de servicios. Subiendo o no a la parte superior se puede admirar la llegada impetuosa de la corriente que, tras haber atravesado todo el valle Esgueva, cae aquí rendida pero atronante. El viento sacudía hombres y frondas, y las aguas no eran ajenas tampoco al ímpetu eólico. 




Recordarlo para quien lo ignore no viene mal. Si nuestra ciudad dispone de capas freáticas abundantes, también tiene a su favor nada menos que tres ríos. El Esgueva, que con sus dos ramales recorría la ciudad por el norte y por el sur durante siglos de historia. Fue el río de la ciudad antigua por excelencia. Hasta que en el siglo XIX y XX se cubrieron y desviaron estos dos cursos, y se canalizó la llegada de un único curso  por el entonces extrarradio. Hoy hay que ir hasta el barrio España para contemplar el último tramo del río y la desembocadura en el Pisuerga. 

El Pisuerga, a medida que la ciudad fue creciendo y expandiéndose, se convirtió en el río de denominación más reconocida y principal. Recuérdese aquello de "Aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid..." que se suele utilizar de una manera enigmática y sin que nadie que lo dice sepa qué quiere decir y por qué lo dice. Ironías del lenguaje.  

Y por último, aunque ya tangencial y en un extremo del término municipal, está el Duero, el gran río que empieza a serlo al asumir las aguas del Pisuerga, pero que justo roza el barrio de Puente Duero, ya a considerable distancia del centro de la ciudad. 




Contemplar hoy esta desembocadura impetuosa motivada por el caudal de las aguas le hace pensar a uno en lo que tuvieron que ser las riadas que Valladolid sufrió a lo largo de su historia y que están documentadas. Riadas de dos cursos del Esgueva que dañaba diferentes barrios de la urbe. En el siguiente relato, referente a una gran inundación que afectó tanto al desbordamiento del Pisuerga como de las Esguevas, el vallisoletano Ventura Pérez consignó en su Diario de Valladolid:

"Año de 1739, día 5 de Diciembre, creció el río hasta cubrir las aceñas; y a las nueve de la noche crecieron las esguevas tanto que corrió más de media vara en alto por la calle de Esgueva hasta la plazuela Vieja; y el día 6 del dicho bajó el río por la mañana hasta verse las aceñas más de tres cuartas; estuvieron en ese estado el río y la esgueva todo el día, y ya sobre tarde creció el río tanto y tanta cantidad de agua fue la que vino, que subió por cima de la barandilla del puente y se inundó toda la  ciudad de agua por la esgueva. Estuvo creciendo hasta la una de la noche, que en toda la noche durmió la gente, y andaban con linternas hasta ver donde llegaba el agua...". El relato sigue abundando en datos de calles y plazas afectadas, prácticamente lo que hoy consideramos la parte más céntrica e histórica. Un ejemplo de los varios que hubo de inundaciones y crecidas. 






















jueves, 5 de febrero de 2026

La Suite Dánae de Carlos León en el Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo

 





Ante los días grises y lluviosos que estamos teniendo los cuadros de la exposición de Carlos León son un destello polícromo que se agradece. Aquí el color es la forma. A mí se me antoja que incluso una caligrafía. Contemplar esta obra es un ejercicio de abandono de esquemas y de ideas preconcebidas. En esta sala donde las pinturas de gran tamaño de Carlos León hablan sin ideario fijo o al menos particular el visitante tiene que limitarse a dejarse influir sensorialmente. Allá cada cual si quiere transformar los colores intensos en ramilletes o campiñas de flores o en pictogramas o en minerales o en vegetación sacudida por los vientos o en llamaradas que se esparcen ante la naturaleza que son nuestros ojos. 

Y sin embargo el autor ha decidido que esta colección ejecute un mito clásico, el de Dánae, y otorga a la muestra el título de Suite Dánae. La desgraciada Dánae de aquella historia fue privada de libertad por su padre, el rey de Argos llamado Acrisio, porque un oráculo había predicho a este que si su hija tenía un hijo acabaría matándolo a él. Esa figura patriarcal y omnipotente creyó desafiar al destino encerrando a su propia hija para que no se relacionara con varón alguno. Pero hubo quien se encaprichó con Dánae, nada menos que Zeus, el dios de dioses. Y para lograr llegar hasta ella y fecundarla se convirtió en lluvia de oro que se filtró hasta sus estancias y como efecto de ello nacería más tarde Perseo. Y es que como siempre se dijo, el oro abre todas las puertas, así que el símbolo mítico de la conversión de Zeus tiene su miga. Y continuó la historia, trocada en dramática. 

Uno se imagina la belleza exultante de Dánae, por lo que la capacidad de atraer estaba servida. Se imagina la bestial y egoísta medida del padre encerrándola de por vida. Se imagina el ansia del todopoderoso dios sintiéndose llamado y al que no se le puede poner nada por delante. Su ingeniosa transformación en polvo de oro. Y cómo, a pesar de lo que Acrisio hubiera intentado evitar nació Perseo, cuyo lloriqueo infantil alertó al tirano, como consecuencia de lo cual encerró a Perseo y a su madre en un cofre y lo arrojó al mar para procurar la desaparición de ambos personajes de su sangre. Ay, pero de nuevo Zeus, no sé si aún enamorado o simplemente bondadoso, hizo porque el cofre saliera a flote y fuera recogido por pescadores de una isla. Después, ya se sabe, Perseo creció, fue formado y su vida se convirtió en un afán de aventuras valerosas y enrevesadas hasta que al final se cumplió la sentencia del oráculo respecto a su abuelo. Ahí lo dejo y animo a indagar en los libros de mitología griega porque son relatos imperecederos que parecen haber llegado hasta nuestros días. ¿O son relatos que se siguen reproduciendo en la vida y comportamiento de los mortales actuales?





Tal vez Carlos León lo vea de ese modo. ¿Es esta dispersión fecundadora de Zeus la que traduce en su obra pictórica Carlos León? ¿O también el avatar oscuro de la pretendida ejecución de un tirano con sus íntimos? ¿O acaso el rescate último donde tanto el mito como el pintor ven, si no un simple atisbo de esperanza, al menos la capacidad de superación ante las adversidades donde la más certera divinidad subyace en la bondad de un individuo? Y de ahí quiero ver en esta dispersión de coloridos, algunos contrastados e incluso mezclándose, que parecen expulsarse hacia el espectador mientras siguen buscando su espacio interior en el cuadro. Porque los colores están ahí, mezclándose, revoloteando, alternándose en multitud de pinceladas que nos deslumbran y nos alegran. 

No puede uno por menos que recordar las opiniones un tanto místicas de Kandinsy en su texto teórico De lo espiritual en el arte: "...El rojo cálido y claro (rojo saturno) tiene un cierto parecido con el amarillo medio (en efecto, contiene como pigmento bastante amarillo) y da la sensación de fuerza, energía, impulso, decisión, alegría, triunfo, etc. (...) El negro suena interiormente como la nada sin posibilidades, como la nada muerta después de apagarse el sol, como un silencio eterno sin futuro y sin esperanza (...) Exteriormente es el color más insonoro, sobre el que cualquier color, incluso el de resonancia más débil, suena con fuerza y precisión. (...) Al mezclar los colores observamos su tendencia a perder el equilibrio. Da la impresión de un equilibrista que continuamente debe tener cuidado y balancearse hacia los dos lados. ¿Dónde comienza el naranja y dónde terminan el amarillo y el rojo? ¿Dónde está el límite del violeta, que le separa exactamente del rojo o del azul?".

La selección de fotografías que incorporo pretenden animar a la visita a esta impactante Suite Dánae. Os aseguro que la impresión que causan estos cuadros de gran tamaño en directo anima a remontar estos días de invierno sombrío y borroscoso. Porque en ellos hay una dimensión y un significado capaces de sobreponer incluso a las almas más abatidas. La luz habita en todos los colores de esta Dánae plástica.