jueves, 13 de agosto de 2026

Unas esculturas naturales y encantadas en el Campo Grande: el aladierno

 



No es el bosque encantado pero por qué no podría serlo. Y es que no tiene pérdida el parque, lo mires por donde lo mires y pises por donde pises. El paseante se queda absorto, cuando no perplejo, ante la espectacular altura de muchos árboles, por ejemplo. O a causa de los ramajes cuya frondosidad permite una sombra protectora extensa y una configuración estética que invita a no apartar la mirada. O por la clase de hojas o frutos que dan muchas especies, de singular belleza todas ellas. Hay tantas razones por las que recorrer las sendas del Campo Grande y detenerse ante la composición variada y rica de la floresta. Árboles espectaculares u originales como el pinsapo, el cedro, el ginkgo, el catalpa, el álamo negro, el castaño de Indias, la sequoya, el aligustre, el tilo y un montón de variedades más de las 62 especies arbóreas existentes se codean con arbustos y plantas de diverso tamaño y condición, sorteando y dando vida a las cuatro estaciones del año. Aunque no mencionemos ahora a la fauna, no olvidemos que acaba de dar sentido a la vegetación y convive con ella.

Hay una zona junto al lago, en el camino de la cascada y frente a ella, que reúne a un tipo de árbol que visualmente nos sorprende por sus peculiares formas. Es el terreno de los aladiernos. Poco podemos aportar quienes no sabemos nada de lo arbóreo o de botánica, y en este sentido viene bien el cartel que informa al borde de la vereda. Pero sí podemos admirar. Y nos deleitamos entonces con las extrañas y agrupadas formas de una especie que crece en una geometría retorcida y única. Cuyos troncos parecen venir ya diseñados desde el interior de la tierra, como emergiendo caóticos pero con una personalidad que se va definiendo. Como si se confundieran raíces y troncos y su primer aprendizaje fuera proyectarse en una expansión desordenada, dibujando en cada tronco un trazo diferente donde la línea recta no existe. Cada ejemplar, ¿es un solo árbol o varios? ¿Se buscan entre sí o tienden a independizarse? ¿Se aparean o se rechazan? Caligrafía de curvas, ensortijados ondulamientos, desordenadas sinuosidades, despliegue en abanico buscando el cielo y la tierra, trenzados de dura madera que se doblan sobre sí mismos. Generando un paisaje que se aísla del resto del panorama plural del parque. Simulando un pequeño bosque embrujado.

Es una mínima parte del Campo Grande, un espacio que estos días se ve ampliamente visitado, y que, como escriben Mª Teresa López y Raúl Domingo en su cuidado y pedagógico libro Campo Grande. Jardín histórico de Valladolid, editado hace ya treinta y cinco años, "sus atractivos caminos invitan a pasear, a respirar aire puro y a interesarse por la diferente vegetación que los bordea. Nuestros sentidos se abren: con la vista a esos bellos contrastes de colores, de árboles, adornos, animales y flores: con el oído percibimos modulaciones de cantos de aves; con el olfato nos llenamos de aroma y frescor de su atmósfera. También la piel abre sus poros para impregnarse de la fragancia especial que circula por el parque".

Siempre me parecieron todos los árboles verdaderas esculturas. Cualquier árbol. Unos más figurativos y casi naturalistas. Otros más abstractos o expresionistas. Tal vez el aladierno, díscolo e imprevisible, imite a este último imaginario estilo. Para el paseante atento no puede pasar desapercibido. 

















sábado, 8 de agosto de 2026

El solitario soportal testigo de la Plaza de Santa Ana

 



No, no es ningún pegote como les parecerá a algunos. No es sobrante, ni desacierto. No es mera vetustez, sino sabiduría. Porque los soportales fueron un diseño inteligente, sabio y eficaz que si ya se habían dado en algunos casos en época medieval solo fue la urbanística renacentista avanzada la que los impulsó. Y en Valladolid en concreto a partir del nuevo planeamiento urbano del centro exigido tras el devastador incendio de 1561.  

Este soportal es simplemente, o nada más y nada menos, un testigo en esa ubicación. Probablemente ya estaba ahí ese trozo de soportal antes de que se levantaran otros edificios de la Plaza de Santa Ana. Incluso que sea anterior al neocláisco monasterio adjunto, pero no a otro convento, el de la Trinidad, que dio nombre a la plaza si bien desapareció a raíz de la Desamortización de 1836-1837. El edificio, reconstruido hace más de treinta años, lo ha respetado. Una seña de identidad del pasado. O, mejor dicho, de la arquitectura y el urbanismo pretéritos. Se suma al amplio recorrido de soportales del entorno de la Plaza Mayor, aunque quede algo descolgado. Los que dan vitalidad y carácter a la Fuente Dorada, Cebadería, Especería, Vicente Moliner, Ferrari y Plaza Mayor, e incluso unos nuevos de la Pasión, y que siguieron transmitiendo unas de las soluciones más eficientes del urbanismo que se impuso en el siglo XVI. Hubo otros edificios que antaño tuvieron porches y que los perdieron. Y me viene a la mente uno que llegué a conocer en la calle Angustias, junto a los juzgados, del que se han mantenido las columnas pero adosadas a la anodina fachada actual, pues el soportal no se respetó al edificar lo nuevo, y cuya pérdida es una de esas abundantes desdichas con que nos maltrató la fiebre inmobiliaria sobre el casco antiguo. 




En 1967 se publicó un librito muy interesante cuyo autor fue el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González, titulado "Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesta en valor". Es sabido el interés y preocupación de Martín González por denunciar e intentar salvar con su catálogo de obras en peligro, que eran abundantes, el patrimonio vallisoletano. Respecto a la plaza que nos concierne se decía en el catálogo:

"Santa Ana (plaza) Requiere esta plaza una traza que regularice las nuevas construcciones.

Casa número 16. Soportales del siglos XVI. Al hacerse nueva construcción, los soportales deben incorporarse, remetiéndolos si fuera preciso".

Respecto a lo primero hay que decir que durante estos últimos años se ha adecuado en parte la plaza a la tipología más o menos semejante a la de los edificios existentes desde el siglo XIX. Con una excepción. Que entre las calles Zúñiga y María de Molina se levantó un edificio de superior altura al resto del entorno y que causa un efecto más abrupto. Y en lo tocante a los consejos del profesor sobre la casa esquina con San Lorenzo al menos el soportal se salvó al reconstruirse el edificio hace una treintena de años. Así que disfrutemos de esta variante de soportal que, si bien descolgado de los soportales próximos, da testimonio de aquella ciudad que renació tras el incendio de 1561, en medio de una plaza trapezoidal que, salvo el monasterio de Santa Ana, erigió nuevas edificaciones.

He incorporado una fotografía del estado del soportal en la década de los 60 del siglo XX, extraída del libro citado.





Me ha venido a la mente, y lo he buscado de nuevo, un texto del escritor cubano Alejo Carpentier sobre la fecundidad de las columnas y soportales en La Habana. Circunstancia que se produce en otros países americanos, herencia del paso de los españoles por aquellas tierras:

"Así, en muchos viejos palacios habaneros, en algunas ricas mansiones que aún han conservado su traza original, la columna es elemento de decoración interior, lujo y adorno, antes de los días del siglo XIX, en que la columna se arrojará a la calle y creará –aun en días de decadencia arquitectónica evidente- una de las más singulares constantes del estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades".

¿No podría aplicarse esta reflexión tan hermosa de Carpentier a Valladolid?












domingo, 2 de agosto de 2026

Activando los sentimientos para conjurar la enfermedad: exposición en el Museo de la Universidad de Valladolid

 



La historia del Arte está repleta de obras de pintura, escultura o música que han expresado los sentimientos humanos. Sentimientos que han desplegado emociones y que los artistas nos han legado con el lenguaje y estilo que cada tiempo histórico les ha permitido concebir. La exposición que hay estos días en la Sala Martín González del Museo de la Universidad es una muestra más de la manifestación de los sentimientos. Pero muy especial, porque las obras expuestas pretenden hacerse eco de diversas dolencias y patologías desde el punto de vista del propio paciente. Y a la vez con esa intención conjurar y en la medida de lo posible paliar el carácter agresivo que cualquier mal ya trae por sí mismo. 




Las obras que uno se encuentra aquí tienen un plus: transmitirnos en primera persona cómo percibe el sufriente la experiencia de su propio padecimiento. Lo dicen los organizadores de la muestra: "En este tercer acto combinamos la vivencia subjetiva de la enfermedad a través de la iniciativa 'Metáforas del Paciente', con elementos del Museo Anatómico que ilustran el acompañamiento de la medicina: un elemento para entender la enfermedad, para tratarla, para conocer su historia. Por eso este acto es un + a la vivencia: la medicina acompaña y también lo hacen las personas conocidas, como la familia o los amigos, y otras anónimas, de la mano de grupos, asociaciones o fundaciones...que arropan al enfermo e intentan ayudar. 'Sentimientos +' nos acerca a mundos interiores, nos recuerda que no estamos solos y que el conocimiento es el camino hacia la esperanza". 




Pero la exposición no va solamente de creaciones personales sino de establecer una especie de diálogo con procedimientos médicos que tratan las enfermedades, a través de exponer una serie de ejemplares antiguos del fondo del Museo Anatómico. En fases anteriores de la exposición Cabeza: Sentidos y sentimientos ya se había expuesto diversa instrumentación y material pedagógico y ahora esto pasa un poco a segundo plano dando más visualidad a lo que han generado los pacientes. Ciertamente hay muestras anatómicas significativas. Un modelo anatómico de mama y otro de útero. Otro modelo del oído interno. Otro de disección craneal. El cráneo de Beauchère. Y algunas máquinas obsoletas pero significativas como un electroencefalógrafo, un sacarímetro o una máquina de electroshock. Pero el protagonismo, a mi modo de ver, se lo llevan las interpretaciones subjetivas que rezuman expresividad.



   
Cada obra plástica tiene una explicación colateral que se me antoja de lo más literario. Por ejemplo, una escultura femenina mutilada pero con expresión de desgarro es titulada como El grito. Y representa el trastorno mixto ansioso-depresivo. Y además va acompañada de una leyenda: "Desamparo, una voz ahogada, angustia contenida, un nudo invisible que aprieta el alma, opresión en el pecho, explosión de ideas inconexas". ¿Cuántas obras son acompañadas de un relato metafórico explícito? Otro ejemplo. Una obra titulada El mundo en fuga, para representar el vértigo posicional paroxístico benigno. Dice su literatura adjunta: "El suelo se rinde y el cielo me atrapa, el equilibrio se quiebra en espirales de ruido, convirtiendo el espacio en un baile caótico donde el cuerpo busca, sin éxito, un norte que ya no existe". Al añadir este texto a la obra ¿no está conjurando doblemente su autora el mal? Cito otra creación. La nombrada como Rostro de la ausencia, nada menos que una interpretación del Alzheimer. "Llaves que ya no abren nada y fotos de extraños. Mi memoria es un mar que se lo lleva todo, dejándome solo una mirada hundida en lo más profundo". Sin comentarios. Un caso más, aunque me pase de citar. Un montaje de suero con contenido de quimioterapia es titulado La voz del todavía. Es la voz de los pacientes oncológicos, que podría sonar así: "Un goteo de luz sostiene la vida; cada gota escribe 'todavía' sobre el desgaste, convirtiendo el dolor en trazo y la espera en resistencia. Aquí existir es crear, y crear es seguir luchando. La vida, aun frágil, no cede". Más claro, agua.





Y de este tono van todas las obras de los autores, que firman como María Soledad Álvarez Yepes, Milagros Sánchez Requena, Emilio Manuel Torrecilla, Virginia Álvarez Yepes, Eva Bernabé Morales, Laura Muelas Ortega, Marcos Rosón Tabares, Dolores Conesa Paredes, Gabriela Mejías Giménez, y disculpas si omito algún nombre. Ni que decir tiene que las obras son un derroche no solo imaginativo sino de expresividad de los propios sentimientos que perciben los pacientes. A su vez quien contempla las obras se dice a sí mismo: ¿cómo representaría yo un problema oncológico o una diabetes o una fibromalgia o problemas del lenguaje? Cada individuo tiene su propio abanico de visiones que le pueden permitir echar un pulso con sus propias patologías. Expresar la mirada interior y materializarla, como se hace en esta exposición tan cargada de metáforas, tiene que tener efectos beningos indudablemente. No sé si el arte -la expresión de sentimientos y emociones además de una mirada al mundo- curará pero seguro que al menos hace más llevadero el sino doliente que toque a cada cual.

La exposición tiene lugar entre las dos alas que quedan del patio que perteneció a la llamada Casa de las Conchas o de las Veneras, siglo XV, y hoy integrado en el Edificio Doctor Tejerina, en la Plaza de Santa Cruz. Permanecerá hasta finales de septiembre. No se la pierdan.