sábado, 13 de junio de 2026

El esbelto patio del Colegio de San Gregorio: poder religioso y poder de Estado. Y una Controversia en su haber

 


Me gusta hacer el recorrido bajo las arcadas del patio del Colegio de San Gregorio, sede hoy día del Museo de Escultura. La acanaladura en espiral de sus columnas proyectan una altura elegante. Subo al piso superior a través de una escalera almohadillada donde campea por doquier la flor de lis. No es aquí el escudo de la monarquía francesa. Es el emblema adoptado por el obispo dominico Fray Alonso de Burgos, mecenas y fundador del Colegio de San Gregorio. 

También se exhibe desde los ángulos superiores del patio el escudo de la monarquía del nuevo Estado que emergía en las postrimerías del siglo XV, con el reinado de los Reyes Católicos. Ese mismo escudo que invade y ocupa el centro de la fachada exterior del edificio. También esa recurrencia y alternancia al yugo y las flechas que representaban igualmente a Isabel y Fernando y que, como dice Diana Olivares, de la Complutense, "su elección se habría visto condicionada por el juego cortesano de escoger como emblema un objeto cuyo nombre comenzara por la misma letra inicial que el nombre del esposo. Así, el rey habría elegido un yugo, con la ‘y’ de Ysabel, y la reina, las flechas, con la ‘f’ de Fernando".

 



Recurro ahora a una voz informada y reflexiva, también jugosa, la de José Jiménez Lozano, que, en su ya legendaria Guía espiritual de Castilla, con hermosas fotografías de Miguel Martín, que editó la desaparecida y meritoria editorial Ámbito, se dice:

"San Gregorio fue fundado como colegio o estudio teológico por don Álvaro de Burgos, obispo de Palencia, un judeo-converso, sobrino del obispo don Pablo de Santa María, arzobispo de Burgos, que había sido rabino de la ciudad con el nombre de Salomón Haleví. Era de una poderosa familia judía de la tribu de Leví, y fue un hombre poderoso después de su conversión, que llegó a controlar las diócesis castellanas. Conservó su orgullo hebraico y, en la familia, se rezaba el Avemaría diciendo: Santa María, Madre Dios y pariente nuestra; pero como teólogo cristiano, se mostró, además, confiado en la dialéctica para llegar a la fe. Y de este talante también era el fundador de San Gregorio. Hizo esculpir en cada muro la flor de lis como símbolo sin duda de su nuevo linaje espiritual arraigado en el antiguo linaje hebraico y, en las arcadas del hermosísimo patio que posee el edificio, transpuso en filigrana de piedra los arabescos y geometrías de las yeserías del mudéjar sinagogal".




Y es que este patio principal es el eje vertebrador donde parece polarizarse la institución que acogió el Colegio. Todo el edificio es sin duda el marco idóneo para el museo actual, pues dota de un continente hermoso, donde arquitectura y decoración labrada se unen al contenido rico de escultura policromada que hay dentro de él. "La evidente diferencia entre ambos cuerpos del patio, no solo en lo que respecta en sus dimensiones sino también en su tratamiento decorativo, revela una lúcida distribución de los espacios perfectamente diseñados para la finalidad que habría de cumplir", escribe José Ignacio Hernández Redondo en su documentado libro El Colegio de San Gregorio

Yo recomiendo al visitante que no se limite a entregarse directamente o en exclusividad a las obras del museo. Que no pase de largo, que considere y dedique tiempo a pasear y detenerse ante la obra de piedra que, bien en fachadas de dependencias interiores o en esa escalera señorial o en este claustro abigarrado y cargado de significados y símbolos históricos, luce y sugiere a quien no solo mire con ojos de viajero accidental o de búsqueda artística sino también de reflexión sobre el pasado histórico. Que perciba e imagine el eco de un ámbito donde el poder religioso y el poder del estado confluían y se deje de alguna manera embargar por él.




Se ha hablado una y mil veces sobre la célebre discusión denominada La controversia de Valladolid, una verdadera batalla dialéctica que tuvo lugar entre los muros de este Colegio en 1550/1551, y que enfrentó dos conceptos o modos de entender la llamada Conquista de América. Su personificación tuvo lugar entre el dominico Fray Bartolomé de las Casas y el sacerdote Juan Ginés de Sepúlveda, erigiéndose el primero en defensor de los derechos de los indios nativos y defendiendo el segundo el derecho del nuevo Estado a hacer valer su dominio al otro lado del océano, partiendo de la idea que tenían muchos de que los indios no seguían la ley considerada natural por los cristianos y por lo tanto no eran susceptibles de ser respetados como estos. Mejor dejemos hablar a Jiménez Lozano de nuevo:

"En la portada del Colegio vemos a un lado y otro figuras humanas revestidas de escamas: son los americanos, como decía D'Ors. Esto es, los pobladores de las Indias tal y como ya advertimos que los aristotélicos se los imaginaban, porque el Estagirita había dado precisamente estas señales por las que conocer a los bárbaros que debían ser siervos por naturaleza: que esta 'les dio cuerpos robustos y gruesos y feos, y los miembros desproporcionados para los trabajos', escribe el propio Las Casas, cediendo a Aristóteles, pero negando, sin embargo, que esa sea la figura de los indios y, afirmando que, en cualquier caso, incluso en el de estos bárbaros descritos por el griego, 'todas las naciones del mundo son hombres' y que los hombres 'todos tienen entendimiento y voluntad, todos tienen cinco sentidos exteriores y sus cuatro interiores, y se mueven por los objetos dellos; todos se huelgan en el bien y sienten placer con lo sabroso y alegre, todos desechan y aborrecen el mal, y se alteran con lo desabrido y que les hace daño'".




"En estas palabras y en aquellas figuras con escamas está en realidad el trasfondo de la polémica, que se centró en 'si es lícito a su Magestad hacer fuerza a aquellos indios, antes que se les predique la fe, para sujetarlos a su imperio, y que, después de sujetados, puedan más fácil y cómodamente ser enseñados y alumbrados, por la doctrina evangélica, del conocimiento de sus errores y de la verdad cristiana'. 'El doctor Sepúlveda -nos dice Fray Domingo de Soto- sustenta la parte afirmativa, afirmando que tal guerra no solamente es lícita mas expediente. El señor obispo (Las Casas) defiende la negativa, diciendo: que no solamente no es expediente, mas no es lícita, sino inicua y contraria a nuestra cristiana religión'. Sepúlveda, apoyado por Aristóteles, insistió en que los indios eran bárbaros y gente grosera; Las Casas negó el derecho de atacar a los bárbaros que no atacan, y mostró su temor a que, si se les hacía la guerra, por miedo 'reciban la fe'. Sepúlveda invocaba la violencia del Viejo Testamento; Las Casas acudía a la dulzura evangélica y, dudando con harta razón de la demasiado simple hermenéutica bíblica de Sepúlveda, replicaba que 'en lo que se refiere a los castigos de que nos habla la ley vieja, admirémoslos como secretos divinos, pero no los imitemos'".




El fallecido filósofo y sociólogo Francisco Fernández Buey, que dio clase en la Universidad de Valladolid antes de trasladarse a Barcelona, en su libro La barbarie, de ellos y de los nuestros, estudió con mayor contundencia de especialista aquella controversia. Recoge una expresión pasional de Bartolomé de las Casas para interpretarla:

"Mandemos a paseo en esto a Aristóteles -dijo Las Casas-, pues de Cristo, que es verdad eterna, tenemos el siguiente mandato: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo,22). El exabrupto es seguramente reflejo de la pasión moral del cristiano consecuente que sabe que está combatiendo una doble batalla; contra el aristotelismo y contra una parte de los suyos. Una doble batalla que lleva a Las Casas a poner el dedo en la verdadera llaga en esta discusión: el uso ideológico, históricamente determinado de la filosofía aristotélica, y en particular de la concepción esclavista de Aristóteles, para justificar un nuevo tipo de servidumbre en circunstancias completamente insólitas para todo aristotelismo. Una interesante muestra de esta pasión moral la encontramos en el paso que sigue (en la Apología que escribió para la controversia de Valladolid) ese drástico mandar a paseo a Aristóteles en nombre de la doctrina de Cristo y de Pablo.

Las Casas: Quien desea tener muchos súbditos para (siguiendo la dotrina de Aristóteles) -comportarse con ellos como cruel carnicero, y oprimirlos con esclavitud y así enriquecerse, es un tirano, no un cristiano; un hijo de Satanás, no un hijo de Dios; un bandolero, no un pastor; está inspirado por el espíritu diabólico, no por el espíritu celestial".

Un tema interesante y apasionante el de la Controversia de Valladolid que si aludo aquí es por su vinculación al Colegio de San Gregorio y a la importancia que tuvo este en en el espacio de poder e influencia de su época. Como remate vuelvo a traer un comentario de Jiménez Lozano en el libro mencionado antes: "Todavía cuatrocientos años después de aquella memorable batalla dialéctica, la pobre humanidad está muy lejos aún de mostrarse tan racional y humana como quería Las Casas, y los asertos de este no son aún evidencia en todas partes y mucho menos lo son en la praxis diaria de los gobiernos y entre los pueblos. De manera que aquella voz todavía debe ser escuchada en esta cassa, a la vez que nos dejamos seducir por el encanto de estas piedras y de lo que guardan".

Disfrútese de la galería de imágenes del paseante, que tiempo y ocasión habrá más adelante para retornar a un espacio tan emblemático como este de nuestra ciudad.
































martes, 2 de junio de 2026

La primavera madura del jardín de los nenúfares del Colegio de Santa Cruz

 





No es la primera vez que traigo al blog el jardín de Santa Cruz. En otra ocasión lo hice en invierno. Nada que ver con la exuberancia que muestra estos días. Se trata de un jardín recóndito y a la vez abierto. Escasa por no decir nulamente frecuentado, aunque hay una vista limitada desde la calle Cardenal Mendoza. La primavera ya avanzada, y a tenor del clima actual podría decirse que veraniega, ha proporcionado un florecimiento del arbolado y de las plantas sumamente fecundo y luminoso. El jardín comunica el edificio renacentista del Colegio de Santa Cruz con lo que fue Hospedería de antiguos colegiales y después Colegio Mayor universitario.

El conjunto de árboles congrega ciprés, olmo, plátano, cedro. Está catalogado como arboleda singular en el Catálogo de árboles y arboledas de la Revisión del Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid. El estanque con nenúfares y peces realza este pequeño parque y fija la atención del visitante. No es frecuente encontrar nenúfares por estos pagos. El trazado rectangular del jardín se orienta en las direcciones de ambos edificios. Por el ala que da a la calle se extiende una magnífica zona umbrosa con bancos al final de la cual hay un busto de Claudio Moyano, que fue diputado en el Congreso a mediados del siglo XIX y pasó a la Historia como autor de una Ley de Instrucción Pública, la denominada Ley Moyano. También fue alcalde Valladolid por un período corto y tiene una calle con su nombre en pleno centro urbano.

Hay otro lateral, con menor densidad de arbolado donde figura la trasplantada fachada barroca del Colegio de San Ambrosio, una institución jesuítica cuyo edificio, que pasó por diferentes usos y avatares, desapareció. Una fachada tardía, pues se terminó en su emplazamiento original a finales del siglo XVIII, y recuerda mucho a la fachada del Monasterio del Prado, hoy consejería de Educación y Cultura, frente al Puente Colgante. En este espacio al menos sobrevive desde 1940 y da realce al jardín. Por cierto, la adaptación a jardín debe provenir de tiempos muy modernos. Hay fotos antiguas en que los edificios del Colegio de Santa Cruz y de la Hospedería estaban separados y el lugar era accesible como espacio público. Y en el plano de Bentura Seco de 1738 ni siquiera parece haber rastro de huerta. 




Bienvenidos sean todos los jardines. Los de calles y plazas, accesibles para el vecindario. Los pertenecientes a entidades públicas o privadas. Los transitados con frecuencia y los menos utilizados en la parada del deambular cotidiano. Los que tienen un empaque soberbio y bien trazado y aquellos otros más humildes que pugnan por mantener un arbolado o una floresta no menos necesarios. Los que imponen una armonía más próxima a la naturaleza entre los edificios y los asfaltados. El antropólogo Santiago Beruete nos dice algo sobre los jardines a través de su libro Jardinosofía. Una historia filosófica de los jardines

"¿Por qué los seres humanos han sentido a lo largo de la historia la necesidad de construir jardines? Hay muchas posibles repuestas a esta pregunta, pero la más sencilla es que creamos jardines porque nos proporcionan bienestar. El hecho de que los seres humanos se empeñen en convertir un trozo de tierra en un edén evidencia su necesidad de paz, serenidad y equilibrio, sometidos como están a la permanente contradicción entre su destino mortal y su vocación de permanencia, entre su deseo de orden y su temor al caos, entre el poder de su razón y el desorden de sus instintos. Ese es su propósito, su razón de ser: aunar arte y naturaleza creando belleza, lo cual es promesa de felicidad. Del mismo modo que la eudaimonía (bienestar) era, para Aristóteles, los estoicos y otras escuelas filosóficas, indisociable de la práctica de la areté (virtud), el ejercicio de la jardinería requiere paciencia, perseverancia, humildad, esperanza y un amplio repertorio de virtudes específicas. Un jardín exige constancia por más que esté siempre cambiando".




























(Zona del Colegio de Santa Cruz en el Plano de Bentura Seco, 1738)