domingo, 23 de agosto de 2026

La refinada composición clasicista del claustro de Juan de Ribero Rada, hoy llamado Patio Herreriano

 


En contra de lo que pueda parecer el Patio Herreriano también le resulta acogedor a este paseante. De acuerdo, no es un patio recoleto, tiene unas dimensiones considerables, el claustro interior desborda nuestros pasos, y es verano y con el calor los espacios amplios se agradecen,  pero ¿no es esa vaciedad  la que invita precisamente a ser ocupada? ¿No es el tránsito cómodo y relajado lo que apetece en el recorrido de esos pasillos claustrales? ¿No se siente uno compensado aquí por la huida, siquiera efímera, de la masificación que se encuentra en tantas partes? Solamente por pasear a través de la planta baja y la alta del claustro merece la pena la visita al Museo Patio Herreriano de Arte Contemporáneo Español. 

Y es que el patio o claustro y la iglesia de San Benito, ambos pertenecientes en otro tiempo a la orden benedictina, son los dos edificios fundamentales que afortunadamente han llegado a nuestros días, en medio de los avatares históricos y las decadencias, de aquel complejo y extenso monasterio que fue cabeza de otros muchos de la orden por España y Portugal. El patio está incorporado hoy como eje del museo y quién le iba a decir que las dependencias adjuntas, restauradas hace unos años con tal objetivo museístico, iban a albergar obras de arte moderno. Paradojas de la historia y, por supuesto y por lo tanto, de los hombres.




Pero el patio en sí mismo no es algo vacío. La propia arquitectura supone una ocupación formidable de finales del siglo XVI. Las crujías abovedadas del interior, las formidables pilastras de las esquinas, los arcos de medio punto que trazan ventanales, hoy acristalados, de una factura amplia y las columnas que decoran con su lenguaje de capiteles de dórico toscano y jónicos le otorgan toda una personalidad completa. La arquitectura, aparentemente uniforme e incluso sobria, es aquí a su vez ornamento. No hay filigranas como en otros estilos anteriores, ni se recarga de motivos múltiples. El claustro procesional, como se llamaba antes, es lo que se pretendió que fuera a partir de una época de cambio en los conceptos estilísticos. En estse sentido recurro una vez más a un texto del Catálogo de monumentos religiosos de Valladolid, de 1987, a cargo de Juan José Martín González: 

"En 1582 se emprende el vasto proyecto de modificar las instalaciones del convento en torno a los claustros. Se va a demoler el contenido de la iglesia y la capilla de los Condes de Fuensaldaña, surgiendo un nuevo conjunto monumental de claro signo clasicista. La piedra seguirá siendo el medio constructivo. Los planos se deben al arquitecto leonés Juan de Ribero Rada. Según la planta general de este arquitecto se trataba de una remodelación de todo el conjunto. Creaba un claustro procesional arrimado a la iglesia y otros cuatro claustros dentro del rectángulo y con crujías en forma de cruz griega. Es decir, sigue la típica distribución de los hospitales españoles. El claustro procesional es cuadrado, con siete arquerías por cada lado. Los pilares se decoran por dobles columnas, de cañón esbeltísimo, manierista. El cuerpo bajo es dórico, con entablamiento decorado con triglifos. El superior lleva capiteles jónicos y las columnas son más bajas. Es uno de los más logrados claustros españoles en el estilo clasicista, bajo la influencia de El Escorial".




Nada tuvo que ver Juan de Herrera en los planos y construcción de este claustro, como no fuera que otras obras suyas sirvieran de inspiración. "El claustro de San Benito el Real, en planta, tiene su punto de partida en el claustro procesional que Juan de Herrera trazó para la Catedral de Valladolid", escribe el profesor Agustín Bustamante García, en su artículo San Benito el Real de Valladolid, de fortaleza a convento, que aportara para el sexto centenario del monasterio, que se celebró en 1990. Y añade: "Al introducir dos columnas, el artífice crea una auténtica modalidad en España. Dicho claustro está abovedado en los dos pisos. El piso inferior, de orden dórico, hace arrancar sus columnas sobre pedestales, repitiéndose así la solución dada por Juan Bautista de Toledo en el Claustro de los Evangelistas del Monasterio de San Lorenzo el Real de El Escorial". Obviamente aquellos arquitectos artistas bebían de otros precedentes y trataban de poner su impronta en lo nuevo.





Tal vez por aquellos parecidos de este claustro con otras obras de Juan de Herrera (la catedral vallisoletana, sin ir más lejos) cundió hace unas décadas el vicio de denominarlo Patio Herreriano. Este paseante aún recuerda que por los años 60 del siglo pasado se celebraban ahí algunas actividades de orden cultural y musical, y tal vez bajo aquella promoción se divulgara el falso nombre. Tras la recuperación de las últimas décadas de esta parte del antiguo monasterio, incluidos los restos ruinosos de la Capilla de los Fuensaldaña, y una zona antigua de dependencias, ha sido el Museo de Arte Contemporáneo lo que da sentido y vincula de alguna manera los tiempos históricos. El autor del proceso de rehabilitación y realización del nuevo museo, Juan Carlos Arnuncio, describía así esta idea:

"La intervención busca cierta idea de neutralidad: la de considerar que el objeto protagonista de la intervención deben de ser las obras de arte a exponer en el edificio. Pero no pueden renunciar a poner en valor cuanto de calidad permanece en en edificio histórico (...) La intervención asume su necesidad de responder con arquitectura lo que no son sino problemas de arquitectura y hacer de la nueva configuración un todo, asumiendo, como en tantos ejemplos de nuestro patrimonio histórico, empezando por la propia historia del monasterio, que los edificios pueden sufrir metamorfosis y que, a veces en ese nuevo estado ofrecen una nueva dimensión en su conocmiento, No se trata de hacer una nueva arquitectura 'a juego con la antigua', sino de asumirla como una nueva arquitectura en la que conviven pasado y presente".

Y pienso que lo lograron.





















jueves, 13 de agosto de 2026

Unas esculturas naturales y encantadas en el Campo Grande: el aladierno

 



No es el bosque encantado pero por qué no podría serlo. Y es que no tiene pérdida el parque, lo mires por donde lo mires y pises por donde pises. El paseante se queda absorto, cuando no perplejo, ante la espectacular altura de muchos árboles, por ejemplo. O a causa de los ramajes cuya frondosidad permite una sombra protectora extensa y una configuración estética que invita a no apartar la mirada. O por la clase de hojas o frutos que dan muchas especies, de singular belleza todas ellas. Hay tantas razones por las que recorrer las sendas del Campo Grande y detenerse ante la composición variada y rica de la floresta. Árboles espectaculares u originales como el pinsapo, el cedro, el ginkgo, el catalpa, el álamo negro, el castaño de Indias, la sequoya, el aligustre, el tilo y un montón de variedades más de las 62 especies arbóreas existentes se codean con arbustos y plantas de diverso tamaño y condición, sorteando y dando vida a las cuatro estaciones del año. Aunque no mencionemos ahora a la fauna, no olvidemos que acaba de dar sentido a la vegetación y convive con ella.

Hay una zona junto al lago, en el camino de la cascada y frente a ella, que reúne a un tipo de árbol que visualmente nos sorprende por sus peculiares formas. Es el terreno de los aladiernos. Poco podemos aportar quienes no sabemos nada de lo arbóreo o de botánica, y en este sentido viene bien el cartel que informa al borde de la vereda. Pero sí podemos admirar. Y nos deleitamos entonces con las extrañas y agrupadas formas de una especie que crece en una geometría retorcida y única. Cuyos troncos parecen venir ya diseñados desde el interior de la tierra, como emergiendo caóticos pero con una personalidad que se va definiendo. Como si se confundieran raíces y troncos y su primer aprendizaje fuera proyectarse en una expansión desordenada, dibujando en cada tronco un trazo diferente donde la línea recta no existe. Cada ejemplar, ¿es un solo árbol o varios? ¿Se buscan entre sí o tienden a independizarse? ¿Se aparean o se rechazan? Caligrafía de curvas, ensortijados ondulamientos, desordenadas sinuosidades, despliegue en abanico buscando el cielo y la tierra, trenzados de dura madera que se doblan sobre sí mismos. Generando un paisaje que se aísla del resto del panorama plural del parque. Simulando un pequeño bosque embrujado.

Es una mínima parte del Campo Grande, un espacio que estos días se ve ampliamente visitado, y que, como escriben Mª Teresa López y Raúl Domingo en su cuidado y pedagógico libro Campo Grande. Jardín histórico de Valladolid, editado hace ya treinta y cinco años, "sus atractivos caminos invitan a pasear, a respirar aire puro y a interesarse por la diferente vegetación que los bordea. Nuestros sentidos se abren: con la vista a esos bellos contrastes de colores, de árboles, adornos, animales y flores: con el oído percibimos modulaciones de cantos de aves; con el olfato nos llenamos de aroma y frescor de su atmósfera. También la piel abre sus poros para impregnarse de la fragancia especial que circula por el parque".

Siempre me parecieron todos los árboles verdaderas esculturas. Cualquier árbol. Unos más figurativos y casi naturalistas. Otros más abstractos o expresionistas. Tal vez el aladierno, díscolo e imprevisible, imite a este último imaginario estilo. Para el paseante atento no puede pasar desapercibido. 

















sábado, 8 de agosto de 2026

El solitario soportal testigo de la Plaza de Santa Ana

 



No, no es ningún pegote como les parecerá a algunos. No es sobrante, ni desacierto. No es mera vetustez, sino sabiduría. Porque los soportales fueron un diseño inteligente, sabio y eficaz que si ya se habían dado en algunos casos en época medieval solo fue la urbanística renacentista avanzada la que los impulsó. Y en Valladolid en concreto a partir del nuevo planeamiento urbano del centro exigido tras el devastador incendio de 1561.  

Este soportal es simplemente, o nada más y nada menos, un testigo en esa ubicación. Probablemente ya estaba ahí ese trozo de soportal antes de que se levantaran otros edificios de la Plaza de Santa Ana. Incluso que sea anterior al neocláisco monasterio adjunto, pero no a otro convento, el de la Trinidad, que dio nombre a la plaza si bien desapareció a raíz de la Desamortización de 1836-1837. El edificio, reconstruido hace más de treinta años, lo ha respetado. Una seña de identidad del pasado. O, mejor dicho, de la arquitectura y el urbanismo pretéritos. Se suma al amplio recorrido de soportales del entorno de la Plaza Mayor, aunque quede algo descolgado. Los que dan vitalidad y carácter a la Fuente Dorada, Cebadería, Especería, Vicente Moliner, Ferrari y Plaza Mayor, e incluso unos nuevos de la Pasión, y que siguieron transmitiendo unas de las soluciones más eficientes del urbanismo que se impuso en el siglo XVI. Hubo otros edificios que antaño tuvieron porches y que los perdieron. Y me viene a la mente uno que llegué a conocer en la calle Angustias, junto a los juzgados, del que se han mantenido las columnas pero adosadas a la anodina fachada actual, pues el soportal no se respetó al edificar lo nuevo, y cuya pérdida es una de esas abundantes desdichas con que nos maltrató la fiebre inmobiliaria sobre el casco antiguo. 




En 1967 se publicó un librito muy interesante cuyo autor fue el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González, titulado "Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesta en valor". Es sabido el interés y preocupación de Martín González por denunciar e intentar salvar con su catálogo de obras en peligro, que eran abundantes, el patrimonio vallisoletano. Respecto a la plaza que nos concierne se decía en el catálogo:

"Santa Ana (plaza) Requiere esta plaza una traza que regularice las nuevas construcciones.

Casa número 16. Soportales del siglos XVI. Al hacerse nueva construcción, los soportales deben incorporarse, remetiéndolos si fuera preciso".

Respecto a lo primero hay que decir que durante estos últimos años se ha adecuado en parte la plaza a la tipología más o menos semejante a la de los edificios existentes desde el siglo XIX. Con una excepción. Que entre las calles Zúñiga y María de Molina se levantó un edificio de superior altura al resto del entorno y que causa un efecto más abrupto. Y en lo tocante a los consejos del profesor sobre la casa esquina con San Lorenzo al menos el soportal se salvó al reconstruirse el edificio hace una treintena de años. Así que disfrutemos de esta variante de soportal que, si bien descolgado de los soportales próximos, da testimonio de aquella ciudad que renació tras el incendio de 1561, en medio de una plaza trapezoidal que, salvo el monasterio de Santa Ana, erigió nuevas edificaciones.

He incorporado una fotografía del estado del soportal en la década de los 60 del siglo XX, extraída del libro citado.





Me ha venido a la mente, y lo he buscado de nuevo, un texto del escritor cubano Alejo Carpentier sobre la fecundidad de las columnas y soportales en La Habana. Circunstancia que se produce en otros países americanos, herencia del paso de los españoles por aquellas tierras:

"Así, en muchos viejos palacios habaneros, en algunas ricas mansiones que aún han conservado su traza original, la columna es elemento de decoración interior, lujo y adorno, antes de los días del siglo XIX, en que la columna se arrojará a la calle y creará –aun en días de decadencia arquitectónica evidente- una de las más singulares constantes del estilo habanero: la increíble profusión de columnas, en una ciudad que es emporio de columnas, selva de columnas, columnata infinita, última urbe en tener columnas en tal demasía; columnas que, por lo demás, al haber salido de los patios originales, han ido trazando una historia de la decadencia de la columna a través de las edades".

¿No podría aplicarse esta reflexión tan hermosa de Carpentier a Valladolid?