Aunque todos somos muy dados a buscar una explicación de las imágenes que vemos creo que no sería necesario siempre. Las imágenes visuales suelen hablar por sí solas. Ciertamente que luego cada cual puede ver en ellas lo que les plazca. El espectador proyecta de sí mismo en ellas y viceversa. Naturalmente cualquier imagen esconde -o dice a las claras- un mensaje, una idea, o un cúmulo de pensamientos. Es bueno, pues que haya diálogo entre nuestra mente y lo que percibimos, sobre todo si es novedoso.
Me he plantado delante de estos murales tan trabajados como bonitos, haciendo caso omiso de la lluvia tenaz. Me he dejado llevar por esa jaula, por esos globos, por esos peces, enajenado por sus formas perfectas y sus colores medidos. De entrada, embellecer y desviar la atención sobre unas puertas de almacén, como es el caso, ya es un logro. Más si se encuentra toda la obra en la proximidad de la confluencia de los ríos ciudadanos, los que comentaba en la entrada anterior, al borde del Esgueva y a unos metros del Pisuerga. Tal vez la inspiración de los artistas -Carlos Adeva y los alumnos del Centro Regional de Artesanía- cuando realizaron el trabajo en 2019 fuera precisamente el rumor de las corrientes fluviales y reconocer a los seres que las habitan. Terrenos del Paseo Ribera de Castilla, entre la Rondilla y Barrio España. Nadie advertiría a primera vista que el edificio se trata de un espacio de servicio de limpieza del Ayuntamiento, según leo por ahí.
La imaginación de un mural permite sacar a los peces de su medio habitual y hacerlos volar. Proyectar las aletas que posibilitan su natación y convertirlas en alas y alerones de aves fantásticas. Ignorar jaulas vacías que la naturaleza nunca creó o emular a los aerostáticos que divierten la contemplación del paisaje a los aburridos humanos. Uno piensa en el hábitat de los peces, próximo a este mural, y recuerda las leyendas chinas sobre las carpas que trasladaban en su vientre cartas de los enamorados arriba y abajo del curso del río Amarillo. Tal vez estos seres acuáticos de la pintura quieran emular los recorridos de las leyendas orientales, y los autores hayan concebido algunas de las especies como el pez-dragón de la mitología china. Por cierto, en el Museo Oriental de Valladolid, Paseo de los Filipinos, hay una espléndida obra de la dinastía Ming que representa a una carpa salvando una cascada.
Obras de arte pictóricas e imaginativas como esta, que bien se la merecen tanto los vecinos de la zona como los que pasean por el entorno, darían la campanada total si abundaran más en espacios de mayor tránsito donde fuesen contempladas y disfrutadas por más gente. Algunas medianerías aisladas y muros desolados ya se han aprovechado. Que no se abandone la idea. Que sea una constante en la acción municipal de lo que se suele llamar el ornato de la ciudad. Esta obra de los peces está bien donde está, engarza con los alrededores, alegra la vista de los paseantes que, por esta zona, sobre todo cuando hace bueno, la frecuentan. Basta recordar que aquí confluye también una senda larga de la ribera del Pisuerga con un paseo urbanizado a la orilla del Esgueva que viene desde la Pilarica. Caminos de recorrido apacible y rebajados del tráfago urbano.
No sé por qué, contemplando los peces y la oda a su libertad que describe este mural, me viene a la mente el poema sencillo pero expresivo de una joven autora tunecina, Kaouther Douzi, que leí hace poco.
"UN PEZ RECIÉN SALIDO DEL AGUA
Mi espíritu
es un pez
recién salido del agua.
Viscoso
siempre se me adelanta
en hablar con la gente
y se escapa de mis manos cada vez que intento
agarrarlo.
Confundida
digo cosas
con voz angustiada
y sonrío para ocultar
sus respiraciones entrecortadas,
intento controlarlo
con todo mi peso corporal
fijarlo con mis pies
en vano.
Gira en torno a sí mismo un momento
y se resbala de mis manos
intentando
salvarse".
Tal vez si la poeta Douzi viera este mural comprendería mejor que nadie el evanescente mundo ideal que hay en él.


























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