domingo, 1 de noviembre de 2026

El esbelto y moderno reloj de sol de la Rondilla

 



En tiempos de vértigo por las horas, rendidos y sometidos como estamos al reloj de muñeca o sobre todo del móvil, no es frecuente encontrar un reloj de sol por la ciudad. Y menos moderno. Y sin embargo los hay. Será cosa de salir al encuentro de ellos. De momento me topo con el que será seguramente el más gigante: 17 por 7 metros. Está ubicado en la confluencia entre la calle Rondilla de Santa Teresa y Cardenal Torquemada, ocupando una medianera del primer edificio de viviendas de esta última vía.  Data de septiembre de 2023, realizado dentro del certamen Ephemera Phestival. La obra pictórica correponde al muralista de Elche J. Demsky, en colaboración con un experto en relojes de sol, el físico vallisoletano Luis Vadillo, que además pertenece a la Asociación de Amigos de los Relojes de Sol.

Que esté tan abierto y a la vista de todos, gracias a esa confluencia entre calles amplias, le dota de una peculiar esbeltez. Es el edificio, no es el reloj, diría quien desee hacer de abogado del diablo. Son ambos. La altura y la distancia con otros edificios, junto con la amplia superficie de la medianería, garantizan la receptividad de los rayos solares. La orientación, idónea. Los colores verde, azul y rojo hacen un matrimonio armónico con el blanco. Las líneas establecen una geometría cómplice con las ventanas. J. Demsky filosofa sobre su obra, que denomina Tiempo elástico en una entrevista lejana en el periódico El Norte de Castilla: "Siempre intento hablar en mi obra del espacio-tiempo. Es una lucha interna para entender o asimilar algo que probablemente ni exista (...) Vivimos en un momento donde todo avanza disparado, donde cada vez es más difícil parar, mirar alrededor, estar presente". ¿Sería en ese sentido un desafío para el artista concebir junto a Luis Vadillo este reloj vertical tan puntual en su hora solar?

Me viene al paso un poema del mexicano Gabriel Zaid de su obra Reloj de sol:

Hora extraña. 
No es
el fin del mundo
sino el atardecer. 

La realidad, 
torre de Pisa, 
da la hora 
a punto de caer.




Para quien dese una información técnica más precisa recojo en la web de la Asociación de Amigos de los Relojes de Sol (AARS) lo siguiente sobre este de la Rondilla:

"Descripción: Reloj de sol vertical declinante 17º a poniente. El dial mide aprox. 7 m x 7 m pintado con pintura acrílica en el muro. Su gnomon es de tipo polar, realizado con una varilla con un apoyo adicional, de acero inoxidable, con una sección de 42 mm y una longitud de 174,65 cm. Marca la hora solar (en azul) de 7 de la mañana a 6 de la tarde con numeración arábiga. Adicionalmente, la punta del gnomon señala el solsticio de invierno (en rojo), los equinoccios (en verde) y el solsticio de verano (en azul celeste)".
 









lunes, 26 de octubre de 2026

Érase una vez un comisario de abastos llamado Miguel de Cervantes afincado temporalmente en Valladolid

 


Hagamos la ficción. Preguntémonos. ¿Escribiría sobre una mesa parecida a esta el hombre que había tenido una vida intensa? Este hombre ya había vivido de niño en Valladolid, pero los avatares le llevaron por Italia, luego se entregó a la vida militar, fue preso y pasó por un cautiverio en Argel, retornando a Madrid, habitando en Esquivias, luego en Sevilla, recorriendo Andalucía como comisario de abastos y viéndose involucrado en multitud de problemas generados en su oficio. 

Este hombre llamado Miguel de Cervantes, que seguramente paliaba su vida azarosa con la escritura de novelas, acabó parando en Valladolid con su familia durante un tiempo, cuando la Corte de la monarquía se instaló durante seis años -1601 a 1606- en nuestra ciudad. Eligió en alquiler una de las casas que quedaban a las afueras de lo que entonces era la ciudad. Salvándose de la incuria del tiempo, gracias a la actuación del vallisoletano Marqués de le Vega-Inclán a principios del siglo XX, ha llegado a nuestros días el edificio a través de una reconstrucción aproximada que la convierte en un museo acogedor. Fuera más o menos cómoda la estancia de Cervantes en esta casa y por lo general en valladolid -no hay que olvidar que tuvo problemas con la justicia porque en la proximidad de su casa fue asesinado un caballero navarro llamado Gaspar de Ezpeleta y en principio el juez involucró a Cervantes y su familia, sin  que estos tuvieran nada que ver con el crimen- lo cierto es que se da como hecho que Cervantes escribió aquí algunas de sus breves novelas ejemplares, tales como El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros y El casamiento engañoso.  Y que finalizó alguna de las presentaciones de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. 



Con ser una reproducción bastante conseguida respecto a lo que pudo ser el hábitat donde vivió con familia propia y compartió con otras, me parece un logro importante este enfoque etnográfico. Las imágenes hablan por sí mismas. La colocación de los objetos, los muebles, los suelos, los ventanales, los utensilios de cocina o de hilar, los cuadros, los útiles de escritura, etcétera son un acierto y, sean reproducciones más recientes o piezas verdaderamente históricas, dan una idea de lo que pudo ser. Aunque soy un tanto escéptico, no creo que el interior estuviera condicionado fundamentalmente por el escritor, pues la familia tenía también sus ocupaciones. Pero eso es lo de menos. Al visitante le gusta realizar un viaje, más o menos fidedigno, al pasado y se presta incluso a elevar el ámbito en función de la personalidad de aquel por quien se recuerda el edificio. Por mi parte la ubicación de las fotografías no siguen ningún orden expositivo sino caprichoso. En este sentido lo mejor es visitar la Casa o, en su defecto, acceder a la espléndida web que figura al final de esta crónica.

El jardín anterior a la casa es un invento, digamos, moderno, donde se ubica adherida a una medianera de un edificio de época más reciente un buen trozo de la fachada del Hospital de la Resurrección, que se hallaba en los terrenos de lo que ocupa hoy la Casa Mantilla, en la esquina con Acera de Recoletos. Pero este jardín es como un pequeño pulmón, tanto por el arbolado y el resto de vegetación que parece apartar la casa y el jardín del tráfago urbano que trae la moderna calle de Miguel Íscar. En tiempos de Cervantes solo tenía el río Esgueva enfrente y un desnivel de terreno, que hoy se mantiene. Es un espacio peculiar, recoleto y hermoso, con acceso cómodo bajando desde Miguel Íscar o desde la calle Rastro.





Javier Blasco, catedrático de la Universidad de Valladolid, en su libro "Cervantes. Un hombre que escribe" relata esta estancia cervantina:

"Motivos varios pudieron reclamar la presencia de Miguel de Cervantes en Valladolid, ayudándole a tomar la decisión de dejar Esquivias: hay que recordar cómo los procesos, que venían a poner en entredicho su gestión  como comisario y su honestidad con los dineros públicos, seguían todavía abiertos y habían de sustanciarse en Valladolid. En esta ciudad estaban instaladas desde hacía varios meses sus hermanas, su sobrina y su hija, y posiblemente su impresor. Todo ello influyó, sin duda, para animarlo a abandonar Esquivias, trayendo consigo, ahora sí, a su mujer Catalina. Esto se producía, según la información que poseemos, a finales de la primavera o principios del verano de 1604. No sabemos si con el matrimonio Cervantes hicieron también el viaje Juana Gaitán y su segundo esposo, Diego de Hondaro, así como Luisa de Montoya (viuda del cronista Luis de Garibay) y sus tres hijos, pero en el verano de 1604 se encontraban todos ellos, como residentes, en la casa que los Cervantes habían alquilado a las afueras de Valladolid. 

Era una casa de dos pisos que Juan de Navas, su propietario, alquiló por cuartos. Estaba situada en el Rastro de los Carneros, junto al matadero y el Hospital de la Resurrección. El río Esgueva pasaba por delante de la puerta de la casa, donde se ubicaba una taberna frecuentada por los trabajaodres del matadero. El primer piso, encima de la taberna, lo compartían los Cervantes (Miguel, Catalina, Andrea, Magdalena, Constanza e Isabel) y la familia de Luisa Montoya; en el segundo piso se alojaba la familia de Mariana Rodríguez y la de Juana Gaitán (compuesta por su marido, su hermana  y una sobrina) La buhardilla la habitaba Isabel de Ayala, una comadre chismosa cuyas habladurías causarán no pocos problemas a los Cervantes. Un total de unas veinte personas se repartían pues, el espacio que ofrecían trece cuartos, en una casa de alquiler todavía razonable, si tenemos en cuenta la demanda de vivienda que había provocado la ubicación de la Corte en la ciudad del Pisuerga".  



























DORA GARCÍA
COLOQUIO DE PERROS

EXPOSICIÓN


La Casa Museo de Cervantes tiene exposiciones y actividades varias durante todo el año. En la visita que realicé me encuentro con una exposición de Dora García. En ella, como se indica en un prospecto realizado por el museo a tal efecto la artista Dora García "toma como punto de partida la novela ejemplar de Cervantes El coloquio de los perros y trae a la vida un encuentro poliédrico en el que once personajes -los perros Cipión y Berganza, los escritores Joyce, Kafka, Mayakovski, Piglia y Mallarmé, los psicoanalistas Freud y Lacan y los músicos Gal Costa y David Bowie- dialogan sobre transformación y resurrección". 
















Dos bustos, uno en el jardín exterior y otro en un patio interior. El de la izquierda representa a Benigno de la Vega-Inclán y Flaquer, verdadero recuperador de la casa habitada por Cervantes, y es obra de Mariano Benlliure. El de la derecha, bajo la portada del monasterio en ruinas de la Armedilla, representa a Archer M. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, promotor de la conservación del edificio. El busto fue realizado por su esposa Anne Hyatt, que compartía análogo sentimiento hispanista.  

Enlace de la Casa Museo de Cervantes en Valladolid, sumamente interesante:

https://www.cultura.gob.es/museocasacervantes/museo.html