domingo, 5 de abril de 2026

Los misteriosos e insólitos mundos de Moisès Villèlia en el Museo Patio Herreriano

 



Nunca es tarde para descubrir los mundos que nos trae con sus exposiciones el Museo Patio Herreriano. En una de mis visitas encuentro una muestra de la obra de Moisès Villèlia (Barcelona, 1928-1994) que titulan La promesa de Villèlia. No es una obra al uso ni acaso dispuesta de buenas a primeras para ser captada por la mirada del espectador acostumbrado a estilos más tradicionales. Uno se pregunta entonces si nuestra mente está preparada para interpretar un estilo rompedor o sencillamente para dejarse impactar por él. Y es que recorrer los trabajos de Villèlia conlleva enfrentarse con una manera de concebir y hacer una obra que difiere de lo habitual. Una obra a la que no se la pueden aplicar taxativamente términos ordinarios -naturalismo, idealismo, abstracción, figurativo, realista, etc.- pero que obliga a nuestra mente, que es tanto como decir a nuestro conocimiento, a acercarse y buscarle el sentido. O a abandonarnos aleatoria y sensitivamente a lo que no se nos antoje descifrar. Y entonces uno se pregunta: ¿dependerá más su significado de nuestro mundo de los sueños que de la realidad? ¿O acaso también de una realidad que no acabamos de descubrir si no se nos ofrece nítida y transparente, es decir, superficial? 




Ni soy entendido ni lo pretendo. Cuando visito un museo o una exposición llego para disfrutar, eso ante todo. Y luego para aprender -y aprehender- algo que anteriormente no sabía o no había percibido. Percibir por los sentidos es parte del saber, no se olvide. Y así de entrada me encuentro con un mundo de formas alejado de cualquier otra manera de construcción y de otras geometrías o representaciones que han moldeado nuestra visión artística. A su vez, los materiales de las obras de Villèlia distan de las piedras o maderas o hierros o incluso plásticos sobre los que la escultura ha venido desarrollándose desde tiempos primigenios. Hago el esfuerzo, y no me cuesta, de ir a otros mundos, los de la naturaleza exterior, por ejemplo, o a los de la naturaleza íntima humana, las capacidades oníricas e imaginativas de la mente. Y así me dejo tocar por estas obras objeto que pueden no entenderse de buenas a primeras -estamos tan condicionados por visiones antiguas que asentaron sus reales en la cultura- pero que nos atraen. Y esta atracción, si se da, como es en mi caso, nos atrapa.

Entiendo que no es fácil para un espectador aproximarse a Villèlia si nos dejamos condicionar por lo que hemos entendido siempre como arte, por las técnicas tradicionales, por los materiales que siempre habíamos visto, por los diseños canónicos tan sublimados pero a veces tan discutibles. A gran parte de la gente le pasa parecido ante la obra abstracta de la pintura o de la escultura donde no ve más que volúmenes y formas inaprensibles. ¿Acaso la obra de Villèlia no tiene mucho de abstracción? Puede ser, pero también es otra cosa diferente, por las sugerencias que despliegan sus obras al estar trabajadas, realizadas, con materiales como las cañas de bambú, los alambres, las maderas diversas, las cuerdas, las telas metálicas...





Recojo esta texto del prospecto que el museo ha editado para la exposición:

"Villèlia perseveró en el uso de materiales 'no acreditados'. A la minuciosa talla de diferentes maderas, como cerezos, nogales, caobas o melis, seguirán los tallos de cebolla y las fibras de chumbera, y empiezan a abrise también camino las cañas de arundo, con las que se afianzará el lenguaje que le hizo tan célebre, no sin antes haber trabajado también la materia industrial, como el alambre de acero. No es fácil asociar los materiales a una cronología concreta; sí conviene situarlo, en líneas generales, en el ámbito del concentrado tratamiento de la madera, a la que aplica leves y precisas zonas de color y que ensambla por medio de hilos o cuerdas. Encontró su mayor fortuna en la relación entre la línea y el espacio, que llevó a un singular refinamiento, y en los saltos de escala mostró una destreza encomiable".

Volveré a dar una vuelta por ese mundo de Villèlia. A medida que elaboro esta entrada me doy cuenta de que me quedan muchas preguntas que hacer a la obra que se me ofrece.




















Enlaces de interés y para interesados: 


jueves, 2 de abril de 2026

De grotescos sayones, durmientes soldados y sufrientes víctimas de los pasos barrocos de Semana Santa

 



Aprovechando que la tradición cristiana de estas fechas saca a las calles de Valladolid los pasos, esas escenas representando la llamada Pasión de Jesucristo, que proceden del siglo XVII y XVIII mayormente, me ha apetecido fotografiar algunas esculturas de los malos que además son feos que aparecen en estos pasos. Por supuesto, en los pasos también se muestra la víctima u otros personajes solidarios con esta, en las antípodas de la caracterización de aquellos, incluso mostrando la supuesta belleza de la agonía. Y es que para mayor patetismo de las representaciones barrocas, que pretendían ilustrar doctrinalmente a la población, los imagineros locales -los Juan de Juni, Gregorio Fernández, Francisco de Rincón, Andrés Solanes, Pedro de Ávila, Alonso de Rozas, y tantos otros- convirtieron a los personajes de las obras en caracterizaciones acordes con el rol que tenían adjudicado según la versión de los Evangelios. Los creyentes ya se encargaron a través de los siglos de remarcar la maldad de los ejecutores así como sublimar la bondad del reo crucificado. 

Esta selección de fotografías es eso, una selección parcial, a voleo, donde incluyo además alguna foto de hace tiempo y de varios pasos, unos fotografiados en el Museo de Escultura y otros en San Andrés. Sé que me dejo muchos otros personajes por el camino y que son también fantásticos, a fuer de proyectar sus rasgos grotescos y exagerados para transmitir la maldad y el odio. Pero basta el ejemplo de unas cuantas figuras para que observemos algunos detalles. Todas visten acorde a las modas y usos del siglo en que los escultores las realizaron, añadiendo probablemente detalles que les hicieran imaginar tiempos bíblicos. Contrastan los rostros de los verdugos -sayones es el término que se les ha adjudicado siempre- con los de los personajes sufrientes -Cristo, María, Juan, María Magdalena, etc.- o incluso con la nobleza de un Cirineo o el buen ladrón. No me cabe duda que los modelos utilizados por los escultores serían sobre personajes del entorno. Sus facciones y contexturas corporales no son de otro mundo, y la representación de la edad de los mismos no estaría nada alejada de la gente de la vecindad.

Los pasos eran, y probablemente aún lo son para muchos, relato. La narración de la Pasión. En los siglos del Barroco español eran el relato visual único junto a lo expuesto en los altares de las iglesias. Es decir, soporte doctrinal para una sociedad que imagino mayormente analfabeta y, por lo tanto, con acceso vedado a la lectura de libros.

Naturalmente las imágenes intentaban llegar al mundo emocional y pasional del individuo, y sin duda lo conseguían, de ahí que en su contemplación cada cual leyera las secuencias del relato y se sintiera afectado por los episodios que se van narrando en cada paso. No me alargo más. Dejo constancia de las imágenes para ser contempladas, porque en su caricaturización y extravagancia todo es fieramente humano, que diría el poeta.





























sábado, 28 de marzo de 2026

El patio del siglo XVI de la casa de los Galdo en el barrio histórico de San Martín

 




Admito que me siento atraído especialmente por los patios de las antiguas casa nobles o de los palacios que han sobrevivido a la incuria del tiempo. Siendo como son imponentes algunos patios monumentales de nuestra ciudad  -San Gregorio, Santa Cruz, Palacio Real, Las Francesas, Fabio Nelli, Santa Isabel, etc.- no pierden interés otros patios que, no conservando tanta ornamentación como los citados, al menos mantienen estructura y elementos antiguos, más o menos recuperados, pero que transmiten o dan idea de lo que pudo ser la habitabilidad y la calidad estética de los mismos en siglos pasados. 

En la Casa de los Galdo, situada en la calle Prado, lateral de la iglesia de San Martín en el barrio del mismo nombre, la fachada austera apenas da idea, no obstante su portada con arco de medio punto, su alfiz y sus escudos nobiliarios, de lo que viene detrás y dentro. Un amplio zaguán y el elemento visual y práctico más interesante, un patio de columnas con capiteles toscanos, zapatas de madera y amable floresta que escala por algunas columnas. Un rescate de luz y una presencia del pasado que, no obstante haber tenido una recuperación en gran parte integral, será de agradecer por los vecinos o por cuantos accedan al interior del edificio. Algo de un Valladolid del siglo XVI permanece ahí. El licenciado Francisco Fresno de Galdo se sentiría feliz de saber que no ha desaparecido la huella de la casa que ordenara levantar en su día.





El catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González escribió en 1967 un librito jugoso, una relación de edificios de Valladolid que peligraban en aquel tiempo. Se titulaba Valladolid en sus monumentos. Un programa para su defensa y puesto en valor. Un título que ya dejaba muy clara la intención al editar este catálogo. Avisar sobre el estado de tantos edificios históricos y su riesgo de desaparición. Sobre el edificio que traigo aquí puntualizaba lo siguiente:
 
"Casa de los Galdo, número 7 de la calle Prado. Casa en mal estado, de necesaria conservación. Portada con arco de medio punto y escudos. Patio con columnas y maderamientos mudéjares".

La cuestión es que en el libro se citaba una lista considerable de casas, palacios u ottros restos del pasado que debían protegerse bajo riesgo de perderse para siempre. Adjuntando numerosas fotografías del estado en que se hallaban. Algunos se salvaron, parcialmente la mayoría de ellos, otros no. La Casa de los Galdo al menos no fue privada de ciertos elementos que han formado parte del reconstruido edificio. 




Cuando se aprobó el Plan General de urbanismo de 1984 la casa de los Galdo exhibía un cartel de Ruinas. Hay una versión técnica que dice que el propietario de entonces fue dejando que crecieran los desperfectos, los riesgos de desprendimientos y demás con vistas a una demolición total que le permitiera una construcción de nueva planta. "Parece evidente que la intención del propietario era conseguir la declaración de ruina del edificio, hacerlo desaparecer y en el solar resultante levantar algo parecido a lo que hoy se puede 'disfrutar' en el nº 9 de la calle Prado", escribe Armando Aréizaga Esteban, arquitecto restaurador de la casa, en Trazas de la Arquitectura Palaciega en el Valladolid de la Corte.

Afortunadamente no hubo desaparición total, pero sí una intervención a partir de 1986 donde se alzaría un nuevo edificio de viviendas manteniendo características análogas al anterior edificio, y armónicas con el entorno. Edificio que, por otra parte, también había pasado por diferentes modificaciones desde que Francisco Fresno de Galdo construyera el original. Al fin y al cabo habían transcurrido varios siglos, con diferentes propietarios y vecinos que alterarían muchas distribuciones interiores respecto a lo primitivo.




Como al paseante no le resulta suficiente ver, admirar y tomar nota de lo que produce satisfacción visual sobre lo que, aunque tarde y deficientemente, ha llegado del Valladolid antiguo a nuestros días, he indagado en la ficha que Daniel Villalobos fija en la Guía de Arquitectura de Valladolid. Un libro hoy agotado -debería reeditarse y aumentar su contenido- donde leo sobre la casa de los Galdo:

"La disposición del zaguán, con su portada en uno de los extremos de la fachada, permite orientar de manera oblicua la visión hacia el patio interior, porticada en sus cuatro lados, pero ocultando la escalera claustral colocada en el lado del zaguán. Esta percepción sesgada del espacio interior se realiza gracias a la relación desenfilada de las puertas de paso del zaguán que dirige la visión del patio en la dirección de su diagonal. La ordenación quebrada del zaguán (con las puertas desenfiladas) proviene de la tradición hispano-musulmana que, en su empleo originario, permitía ocultar el interior; en este período la ordenación se mantiene invirtiendo su uso: en vez de ocultar facilita la visión del interior en una dirección que crea una perspectiva compleja".

Si alguna vez pasan por esta calle que conserva la alineación antigua pasen al zaguán de la casa y asómense desde la puerta de cristal -no se olvide que es una finca de viviendas- a contemplar el patio. 

Y por si no lo saben en el barrio de San Martín estuvo instalada la primera aljama, la comunidad musulmana, en los siglos XII y XIII. Posteriormente, en el XIV, por imperativos de la autoridad cristiana, pasaron a poblar un nuevo barrio que entonces quedaba fuera del núcleo principal de la ciudad y que hoy es pleno centro (calles Claudio Moyano, Alcalleres, Santa María, Montero Calvo, etc.) Anécdota para memoria de una ciudad vieja.

 











Fotografías antiguas de la Casa de los Galdo que incorporó Juan José Martín González a sus estudios sobre el Patrimonio vallisoletano.