sábado, 25 de abril de 2026

Lo que queda del Palacio de la Ribera de Felipe III cuando estuvo la Corte en Valladolid, en la Huerta del Rey

 



"Aquí, decía yo, aquí floreció en otro tiempo una opulenta ciudad: este fue el solar de un pujante imperio. Sí, estos lugares tan yermos ahora, un tiempo vivificaba su recinto una activa muchedumbre, y circulaba un numeroso gentío por estos hoy tan solitarios caminos. En estas paredes donde reina un mustio silencio, sin cesar resonaban el estrépito de las músicas y las voces de fiesta y alegría; formaban altivos palacios estos hacinados mármoles; ornaban la majesta de los templos estas derribadas columnas y estas caídas galerías".

Aunque estas meditaciones nos fueran trasladadas por Volney impregnadas de romanticismo en su obra joya Las ruinas de Palmira, bien podrían aplicarse a cada resto que uno se encuentra por ahí y que hemos heredado en estado de desolación. Y mira que hay unas cuantas. Es el caso de estas piedras que se ven aquí, que se dejan mirar con vergüenza y a tenor de las pintadas salvajes con desprecio, y que no pasan de ser piedras testigo. La humilde y escasa huella que queda de lo que a principios del siglo XVI fue un palacio, unos jardines, un terreno hortícola y agrícola también, erigido todo ello para solaz, reposo y diversión del monarca Felipe III. Y de los invitados, que no serían pocos. Los terrenos fueron adquiridos en origen por el Duque de Lerma, valido de Felipe III, que se los vendió al monarca cuando tuvo lugar aquel traslado efímero de la Corte de España a Valladolid, y que duró un lustro, entre 1601 y 1606. Como escribió con ironía el portugués Tomé Pinheiro da Veiga: "Esta huerta la vendió el  duque al rey por 70.000 cruzados, mas Su Majestad le dio la administración de ella con 3.000 ducados de salario, de modo que es suya, como antes, y le da producto".  

El paseante puede acceder desde el puente del Poniente, en dirección al Puente Mayor, bordeando los edificios modernos que dan prácticamente a la orilla del río Pisuerga. Pronto encontrará una senda de tierra y se topará con el muro de piedra, no muy largo, los vanos de una puerta y unos ventanales también de piedra, y lo que debió ser la fachada de entrada a una capilla, con su arco de medio punto, a la que se le habrá arrebatado en algún momento el revestimiento y nos muestra ahora sus tripas de ladrillo mal que bien conservado a duras penas.




Los reyes  y demás cortesanos que disfrutaran del Palacio de la Ribera probablemente contemplasen una imagen del río semejante a esta. Por una parte disponían del Palacio Real en lo que es la Plaza de San Pablo -que, por cierto, la propiedad de las casas donde se erigió este palacio principal también era del Duque de Lerma- pero el segundo palacio, el del otro lado del río sería un espacio complementario, de recreo. Javier Pérez Gil en su documentado estudio El Palacio de la Ribera. Recreo y boato en el Valladolid cortesano, nos dice que "funcionó como un espacio de retiro campestre, complementando la actividad cortesana y urbana con unas funciones enfocadas hacia el descanso y entretenimiento (...) Su existencia ha de analizarse como un fenómeno más del complejo entramado del Valladolid cortesano y, más allá, como un índice válido para estudiar la influencia de la ciudad en el sistema de Reales Sitios, así como la evolución urbanística de la misma. Desgraciadamente, su completa desparición impide tener una aproximación más o menos precisa a su arquitectura, urbanismo y jardinería".





Con tan pocos mimbres poco cesto se puede hacer. Es decir que la desaparición total de los espacios generados en lo que se puede llamar Palacio de la Ribera obliga, como dice el citado investigador a "interpretar sombras que a veces se confunden en la penumbra de la Historia". Tarea para los historiadores. Los que somos legos y queremos imaginar, cuando no fantasear, cómo pudo ser aquel Palacio de la Ribera tenemos que recurrir al portugués Da Veiga, que vio aquella vida en directo y participó de los actos pomposos y ceremoniosos que eran propios de aquella Corte Real. En su obra Fastiginia. Vida cotidiana en la Corte de Valladolid, Tomé Pinheiro da Veiga narra cosas como estas:

"De la otra parte de la ciudad, poco más abajo del puente, hizo el duque una huerta o jardín, a la cual de una parte queda sirviendo de límite el río y de la otra parte una pared que le va formando un cuarto de legua por el río abajo, quedando de la parte del puente el convento y campo de la Victoria, y de la otra el convento y prado de San Jerónimo, con una doble calle de álamos a uno y otro lado del muro, que creciendo, será el más precioso paseo de Valladolid y de España.

En esta huerta hay campo para todo género de caza, y frente al palacio viejo unas casas, galería y jardín y las calles con celosías de madera pintada sobre el río. (...) Está el jardín repartido en cuatro cuadros, con cuatro fuentes de invenciones, y en el medio una de alabastro que al duque mandó el duque de Florencia, que tiene las figuras de Caín y Abel, cosa tan perfecta que, como si fuera de Mirón o Policleto, la hallo digna de mandarse de Italia a España.

Está el jardín acompañado de casas, galerías, barandas, que vienen al río de un lado y de otro, con lo que queda más hermoso y apacible; tiene casas de pajarillos con árboles en que crían, y otras curiosidades. Las casas, así las altas como las bajas, están todas llenas de las más hermosas pinturas que hay en España, y muchas de ellas originales de Urbino, Miguel Angel, Ticiano, Leonardo, Mantegna y otros más modernos".




Cuando se leen este tipo de descripciones testimoniales o las conclusiones de los investigadores uno tiene una extraña sensación. Cuesta creer que existiera tanto y haya llegado tan poco, al menos en el tema del Palacio de la Ribera. Cuatro siglos largos después de tomarse aquellos terrenos aparentemente idílicos, al menos para los elegidos, y erigirse aquel palacio, y aplicarse aquel sistema de extracción de agua del Pisuerga para regadío de las fincas y los jardines, el conocido como ingenio Zubiaurre, ¿queda solo un muro, que la insolencia de quienes desprecian el bien común actual maltrata pintarrajeándolo? Claro que acaso mayor maltrato haya sido la desaparición de las edificaciones por hacer la vista gorda, y en cuya pérdida funesta acaso no solo haya habido en el pasado desinterés o irresponsabilidad de autoridades o saqueo de emprendedores desaprensivos, sino también dejadez y falta de interés del pueblo llano.



Enlace de interés:



















domingo, 19 de abril de 2026

La forma dormida del ajedrez en el Rincón Rojo del Museo Nacional de Escultura

 



A veces una pequeña exposición expresa más de lo que nos pensamos. Basta con tener una idea clara de lo que se pretende exponer, que se consigan piezas representativas y que se sepa llevarlas con claridad al espectador que va a visitar la muestra. Esto parece conseguido respecto a la exposición Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura, situada hasta el 21 de junio en el denominado Rincón Rojo del Museo Nacional de Escultura.




Que empiece la muestra Formas dormidas precisamente en la sala de Gregorio Fernández del Museo de Escultura no es mera casualidad, aunque a su lado se ubique el rincón de la exposición. Porque en esta sala se encuentra permanentemente la escultura que Fernández hizo de Santa Teresa. Y precisamente esta mujer que existió hace más de cuatro siglos, y de la cual no sé qué fue más, si fundadora, mística o literata, y naturalmente siempre mujer, o bien aleaba todo ello en pos de su empeño, había hecho una referencia al juego del ajedrez en una de sus obras, Camino de perfección, escrito dirigido a sus seguidoras conventuales. Escribió:

"De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta contemplación y la causa de ello.

1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes, no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá. 

2. La dama es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. (...)"

Lo curioso de este texto literario bordado, donde sin duda pesa tanto el afán de escritora de Teresa de Cepeda que no puede evitar establecer una jugosa e inteligente metáfora para una de las propuestas de perfección que preconiza, es que parece ser que posteriormente ella misma se la autocensuró. Se sospecha que la Inquisición no veía con buenos ojos el juego de procedencia pagana y la autora decidió eliminar el ejemplo ilustrativo posteriormente. 





Aunque el ajedrez o una de sus variantes primitivas ya se conocía en Persia y Asia Central fue la conquista islámica del Imperio sasánida la que expandió el juego. Como no fuera bien visto por la interpretación doctrinaria y además la cultura islámica no admitiera las representaciones naturalistas en las artes el recurso fue adaptar las piezas, los trebejos, a formas abstractas y esquemáticas que permitieran la subsistencia del juego en medio de los rigores teológicos. 

La exposición Formas dormidas trata precisamente de establecer un puente entre esa concepción abstracta de los primeros tiempos del ajedrez bajo dominio musulmán y las creaciones modernas de los artistas del siglo XX, las vanguardias, los expresionistas, los abstractos. En el bien documentado catálogo de la exposición, su autor Humberto Blanco ya nos avisa que "pese al milenio que los distancia, los anónimos artesanos del siglo VIII y los vanguardistas del siglo XX se halla indisolublemente unidos por un vínculo estético dominado por la abstracción. Para los primeros, sintetizar nuevas figuras que poblasen el tablero se convirtió en una necesidad que garantizaba la pervivencia del ajedrez en un contexto doctrinal hostil; para los segundos lo abstracto suponía la conquista de un territorio que permitía la liberación de las formas en una época de profunda incertidumbre".






En la muestra podemos ver diferentes tipos de trebejos, algunos en cristal de roca, de época medieval. También la arqueta de marfiles de San Felices, del siglo XI, que lleva encima tres piezas de ajedrez. Igualmente hay un espléndido tablero de cuero mudéjar de dos caras, en una para ajedrez y en otra para backgammon. Y de ahí se salta la exposición a algunos motivos modernos relacionados con el juego. Le fou, un alfil original sobredimensionado de Man Ray; varias fotografías con diversos elementos ajedrecísticos surrealistas. Pero también un cuadro de Millares y un juego de ajedrez de Néstor Basterretxea.





La exposición sabe a poco, pero es suficiente para pensar en el valor y la trascendencia que el juego de ajedrez ha tenido para la humanidad. Uno recuerda una magistral novela de Stefan Zweig, titulada Novela de ajedrez, donde el narrador protagonista se pregunta acerca de este juego:

"¿No es por azar un vínculo único entre todos los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo, mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan solo por obra de la fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones, en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin substancia, y aun así más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu?"

























jueves, 16 de abril de 2026

No es un palacio pero es una reliquia en el barrio tradicional de San Andrés

 



No es palacio ni iglesia ni centro comercial y no se lo nombra como monumento. Ignoro si estaba catalogado para preservar, imagino que sí. Acostumbrado a verlo, como otros cuantos que aún  quedan de finales del siglo XIX o principios del XX, al paseante no le pasa desapercibido. Tampoco es ya vivienda. Se encuentra desalojado desde hace mucho tiempo, aunque debió haber okupas e indigentes. La buena noticia, y por eso he ido a verlo de nuevo, es que recientemente apareció en la prensa que los propietarios piensan solicitar nuevamente la licencia para edificar once viviendas. 

Teniendo en cuenta que dos edificios también de época secular que se hallaban contiguos a este fueron derribados salvajemente, y ahí quedan lo solares y supongo que los litigios pendientes, que este del número 41 de la calle Labradores, esquina con Niña Guapa, salve sus fachadas sería un triunfo. Y aún en estas calles próximas -Niña Guapa, Asunción, San Luis- permanecen algunas reliquias más. Aunque he consultado la página de Idealista no aparece la fecha de construcción de este inmueble, pero sí el de uno que hay al lado, donde figura ser del año 1885. El arquitecto del edificio habría sido el vallisoletano Modesto Coloma (1840-1925), del cual hay unos cuantos edificios representativos en nuestra ciudad. 




En el barrio de San Andrés hubo un tipo de construcción en el último tercio del siglo XIX vinculado al desarrollo del ferrocarril. En efecto, los Talleres Generales y la Estación del Norte están muy próximos. Las viviendas levantadas a partir de entonces, con análoga tipología, vendrían a cubrir las necesidades de vivienda de los trabajadores del ferrocarril. Fachadas donde dominaba el ladrillo, a veces sin mayor decoración, aunque hay que considerar al ladrillo tan noble como cualquier otro material. Algunos edificios ya incorporaban elementos decorativos, bien a través de cornisas u orlas de balcones, rejerías de balconadas, o ventanales de mayor empaque a la calle, como es el caso de este edificio. 

Ya digo, no son edificios señoriales en el concepto que tenemos de aquellos otros del casco viejo que fueron habitados por gentes de poder e influencia. Mas para el paseante son humildemente señoriales en otro concepto. El de dar alojamiento a los obreros y a los menestrales, así como a los tenderos que abrían sus modestos establecimientos de ultramarinos, lecherías, tahonas, carnicerías, alpargatas o carros de transporte. Pocas casas hay aún como esta donde se advierte en su parte posterior las galerías que inundaban de luz y calor natural una parte de las viviendas. ¿Mantendrá este sistema de galerías, si bien arregladas, el nuevo proyecto del edificio recuperado?  El mismo portalón que da a un patio -el patio y el pozo eras imprescindibles en aquellas casas- es un elemento que debería seguir constando como dato arqueológico de época industrial moderna.