domingo, 19 de abril de 2026

La forma dormida del ajedrez en el Rincón Rojo del Museo Nacional de Escultura

 



A veces una pequeña exposición expresa más de lo que nos pensamos. Basta con tener una idea clara de lo que se pretende exponer, que se consigan piezas representativas y que se sepa llevarlas con claridad al espectador que va a visitar la muestra. Esto parece conseguido respecto a la exposición Formas dormidas. Sobre abstracción, ajedrez y escultura, situada hasta el 21 de junio en el denominado Rincón Rojo del Museo Nacional de Escultura.




Que empiece la muestra Formas dormidas precisamente en la sala de Gregorio Fernández del Museo de Escultura no es mera casualidad, aunque a su lado se ubique el rincón de la exposición. Porque en esta sala se encuentra permanentemente la escultura que Fernández hizo de Santa Teresa. Y precisamente esta mujer que existió hace más de cuatro siglos, y de la cual no sé qué fue más, si fundadora, mística o literata, y naturalmente siempre mujer, o bien aleaba todo ello en pos de su empeño, había hecho una referencia al juego del ajedrez en una de sus obras, Camino de perfección, escrito dirigido a sus seguidoras conventuales. Escribió:

"De la diferencia que ha de haber en la perfección de la vida de los contemplativos a los que se contentan con oración mental, y cómo es posible algunas veces subir Dios un alma distraída a perfecta contemplación y la causa de ello.

1. Y no os parezca mucho todo esto, que voy entablando el juego, como dicen. Pedísteisme os dijese el principio de oración; yo, hijas, aunque no me llevó Dios por este principio, porque aún no le debo tener de estas virtudes, no sé otro. Pues creed que quien no sabe concertar las piezas en el juego de ajedrez, que sabrá mal jugar, y si no sabe dar jaque, no sabrá dar mate. Así me habéis de reprender porque hablo en cosa de juego, no le habiendo en esta casa ni habiéndole de haber. Aquí veréis la madre que os dio Dios, que hasta esta vanidad sabía; mas dicen que es lícito algunas veces. Y cuán lícito será para nosotras esta manera de jugar, y cuán presto, si mucho lo usamos, daremos mate a este Rey divino, que no se nos podrá ir de las manos ni querrá. 

2. La dama es la que más guerra le puede hacer en este juego, y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad. (...)"

Lo curioso de este texto literario bordado, donde sin duda pesa tanto el afán de escritora de Teresa de Cepeda que no puede evitar establecer una jugosa e inteligente metáfora para una de las propuestas de perfección que preconiza, es que parece ser que posteriormente ella misma se la autocensuró. Se sospecha que la Inquisición no veía con buenos ojos el juego de procedencia pagana y la autora decidió eliminar el ejemplo ilustrativo posteriormente. 





Aunque el ajedrez o una de sus variantes primitivas ya se conocía en Persia y Asia Central fue la conquista islámica del Imperio sasánida la que expandió el juego. Como no fuera bien visto por la interpretación doctrinaria y además la cultura islámica no admitiera las representaciones naturalistas en las artes el recurso fue adaptar las piezas, los trebejos, a formas abstractas y esquemáticas que permitieran la subsistencia del juego en medio de los rigores teológicos. 

La exposición Formas dormidas trata precisamente de establecer un puente entre esa concepción abstracta de los primeros tiempos del ajedrez bajo dominio musulmán y las creaciones modernas de los artistas del siglo XX, las vanguardias, los expresionistas, los abstractos. En el bien documentado catálogo de la exposición, su autor Humberto Blanco ya nos avisa que "pese al milenio que los distancia, los anónimos artesanos del siglo VIII y los vanguardistas del siglo XX se halla indisolublemente unidos por un vínculo estético dominado por la abstracción. Para los primeros, sintetizar nuevas figuras que poblasen el tablero se convirtió en una necesidad que garantizaba la pervivencia del ajedrez en un contexto doctrinal hostil; para los segundos lo abstracto suponía la conquista de un territorio que permitía la liberación de las formas en una época de profunda incertidumbre".






En la muestra podemos ver diferentes tipos de trebejos, algunos en cristal de roca, de época medieval. También la arqueta de marfiles de San Felices, del siglo XI, que lleva encima tres piezas de ajedrez. Igualmente hay un espléndido tablero de cuero mudéjar de dos caras, en una para ajedrez y en otra para backgammon. Y de ahí se salta la exposición a algunos motivos modernos relacionados con el juego. Le fou, un alfil original sobredimensionado de Man Ray; varias fotografías con diversos elementos ajedrecísticos surrealistas. Pero también un cuadro de Millares y un juego de ajedrez de Néstor Basterretxea.





La exposición sabe a poco, pero es suficiente para pensar en el valor y la trascendencia que el juego de ajedrez ha tenido para la humanidad. Uno recuerda una magistral novela de Stefan Zweig, titulada Novela de ajedrez, donde el narrador protagonista se pregunta acerca de este juego:

"¿No es por azar un vínculo único entre todos los pares de contrarios; antiquísimo y sin embargo siempre nuevo, mecánico en su disposición y sin embargo eficaz tan solo por obra de la fantasía; limitado a un espacio rígidamente geométrico y a un tiempo ilimitado en sus combinaciones, en perpetuo desarrollo y sin embargo estéril: un pensamiento que no lleva a nada, una matemática que nada calcula, un arte sin obras, una arquitectura sin substancia, y aun así más manifiestamente perenne en su esencia y existencia que todos los libros y obras de arte, el único juego que pertenece a todos los pueblos y todas las épocas y del que nadie sabe qué dios lo legó a la tierra para matar el hastío, aguzar los sentidos y estimular el espíritu?"


























jueves, 16 de abril de 2026

No es un palacio pero es una reliquia en el barrio tradicional de San Andrés

 



No es palacio ni iglesia ni centro comercial y no se lo nombra como monumento. Ignoro si estaba catalogado para preservar, imagino que sí. Acostumbrado a verlo, como otros cuantos que aún  quedan de finales del siglo XIX o principios del XX, al paseante no le pasa desapercibido. Tampoco es ya vivienda. Se encuentra desalojado desde hace mucho tiempo, aunque debió haber okupas e indigentes. La buena noticia, y por eso he ido a verlo de nuevo, es que recientemente apareció en la prensa que los propietarios piensan solicitar nuevamente la licencia para edificar once viviendas. 

Teniendo en cuenta que dos edificios también de época secular que se hallaban contiguos a este fueron derribados salvajemente, y ahí quedan lo solares y supongo que los litigios pendientes, que este del número 41 de la calle Labradores, esquina con Niña Guapa, salve sus fachadas sería un triunfo. Y aún en estas calles próximas -Niña Guapa, Asunción, San Luis- permanecen algunas reliquias más. Aunque he consultado la página de Idealista no aparece la fecha de construcción de este inmueble, pero sí el de uno que hay al lado, donde figura ser del año 1885. El arquitecto del edificio habría sido el vallisoletano Modesto Coloma (1840-1925), del cual hay unos cuantos edificios representativos en nuestra ciudad. 




En el barrio de San Andrés hubo un tipo de construcción en el último tercio del siglo XIX vinculado al desarrollo del ferrocarril. En efecto, los Talleres Generales y la Estación del Norte están muy próximos. Las viviendas levantadas a partir de entonces, con análoga tipología, vendrían a cubrir las necesidades de vivienda de los trabajadores del ferrocarril. Fachadas donde dominaba el ladrillo, a veces sin mayor decoración, aunque hay que considerar al ladrillo tan noble como cualquier otro material. Algunos edificios ya incorporaban elementos decorativos, bien a través de cornisas u orlas de balcones, rejerías de balconadas, o ventanales de mayor empaque a la calle, como es el caso de este edificio. 

Ya digo, no son edificios señoriales en el concepto que tenemos de aquellos otros del casco viejo que fueron habitados por gentes de poder e influencia. Mas para el paseante son humildemente señoriales en otro concepto. El de dar alojamiento a los obreros y a los menestrales, así como a los tenderos que abrían sus modestos establecimientos de ultramarinos, lecherías, tahonas, carnicerías, alpargatas o carros de transporte. Pocas casas hay aún como esta donde se advierte en su parte posterior las galerías que inundaban de luz y calor natural una parte de las viviendas. ¿Mantendrá este sistema de galerías, si bien arregladas, el nuevo proyecto del edificio recuperado?  El mismo portalón que da a un patio -el patio y el pozo eras imprescindibles en aquellas casas- es un elemento que debería seguir constando como dato arqueológico de época industrial moderna.


















domingo, 5 de abril de 2026

Los misteriosos e insólitos mundos de Moisès Villèlia en el Museo Patio Herreriano

 



Nunca es tarde para descubrir los mundos que nos trae con sus exposiciones el Museo Patio Herreriano. En una de mis visitas encuentro una muestra de la obra de Moisès Villèlia (Barcelona, 1928-1994) que titulan La promesa de Villèlia. No es una obra al uso ni acaso dispuesta de buenas a primeras para ser captada por la mirada del espectador acostumbrado a estilos más tradicionales. Uno se pregunta entonces si nuestra mente está preparada para interpretar un estilo rompedor o sencillamente para dejarse impactar por él. Y es que recorrer los trabajos de Villèlia conlleva enfrentarse con una manera de concebir y hacer una obra que difiere de lo habitual. Una obra a la que no se la pueden aplicar taxativamente términos ordinarios -naturalismo, idealismo, abstracción, figurativo, realista, etc.- pero que obliga a nuestra mente, que es tanto como decir a nuestro conocimiento, a acercarse y buscarle el sentido. O a abandonarnos aleatoria y sensitivamente a lo que no se nos antoje descifrar. Y entonces uno se pregunta: ¿dependerá más su significado de nuestro mundo de los sueños que de la realidad? ¿O acaso también de una realidad que no acabamos de descubrir si no se nos ofrece nítida y transparente, es decir, superficial? 




Ni soy entendido ni lo pretendo. Cuando visito un museo o una exposición llego para disfrutar, eso ante todo. Y luego para aprender -y aprehender- algo que anteriormente no sabía o no había percibido. Percibir por los sentidos es parte del saber, no se olvide. Y así de entrada me encuentro con un mundo de formas alejado de cualquier otra manera de construcción y de otras geometrías o representaciones que han moldeado nuestra visión artística. A su vez, los materiales de las obras de Villèlia distan de las piedras o maderas o hierros o incluso plásticos sobre los que la escultura ha venido desarrollándose desde tiempos primigenios. Hago el esfuerzo, y no me cuesta, de ir a otros mundos, los de la naturaleza exterior, por ejemplo, o a los de la naturaleza íntima humana, las capacidades oníricas e imaginativas de la mente. Y así me dejo tocar por estas obras objeto que pueden no entenderse de buenas a primeras -estamos tan condicionados por visiones antiguas que asentaron sus reales en la cultura- pero que nos atraen. Y esta atracción, si se da, como es en mi caso, nos atrapa.

Entiendo que no es fácil para un espectador aproximarse a Villèlia si nos dejamos condicionar por lo que hemos entendido siempre como arte, por las técnicas tradicionales, por los materiales que siempre habíamos visto, por los diseños canónicos tan sublimados pero a veces tan discutibles. A gran parte de la gente le pasa parecido ante la obra abstracta de la pintura o de la escultura donde no ve más que volúmenes y formas inaprensibles. ¿Acaso la obra de Villèlia no tiene mucho de abstracción? Puede ser, pero también es otra cosa diferente, por las sugerencias que despliegan sus obras al estar trabajadas, realizadas, con materiales como las cañas de bambú, los alambres, las maderas diversas, las cuerdas, las telas metálicas...





Recojo esta texto del prospecto que el museo ha editado para la exposición:

"Villèlia perseveró en el uso de materiales 'no acreditados'. A la minuciosa talla de diferentes maderas, como cerezos, nogales, caobas o melis, seguirán los tallos de cebolla y las fibras de chumbera, y empiezan a abrise también camino las cañas de arundo, con las que se afianzará el lenguaje que le hizo tan célebre, no sin antes haber trabajado también la materia industrial, como el alambre de acero. No es fácil asociar los materiales a una cronología concreta; sí conviene situarlo, en líneas generales, en el ámbito del concentrado tratamiento de la madera, a la que aplica leves y precisas zonas de color y que ensambla por medio de hilos o cuerdas. Encontró su mayor fortuna en la relación entre la línea y el espacio, que llevó a un singular refinamiento, y en los saltos de escala mostró una destreza encomiable".

Volveré a dar una vuelta por ese mundo de Villèlia. A medida que elaboro esta entrada me doy cuenta de que me quedan muchas preguntas que hacer a la obra que se me ofrece.




















Enlaces de interés y para interesados: