Ya en el Diccionario de Autoridades, de 1729, el primer diccionario de la Real Academia de la Lengua, figuraba esta definición: 'CALLEJA. s. f. dim. de Calle. La calle angosta y pequeña'. Y así conocimos muchos a una calle estrecha (tal la denomina ahora la RAE) que comunicaba la Plaza de la Universidad con la calle Duque de Lerma. Otro nombre por el que se la conocía era por la taberna que había en ella, a la que todo el mundo llamaba el Caracristo.
Nadie sabíamos entonces el por qué de esta acepción, más bien mote, pero José Miguel Ortega Bariego en su deleitoso libro Historia de 100 tabernas vallisoletanas aporta un dato: "El primero de los tres dueños de esta taberna, el 'Cara Cristo' original, fue Ezequiel Garrido, que en 1933 llegó de Cabezón de Pisuerga para establecerse en la capital. Ezequiel tenía una barba larga y poblada que le daba un aire apostólico, deífico, que no pasó desapercibido a quienes le encontraron un cierto parecido con las imágenes de Cristo crucificado que había en las iglesias. Aquello se extendió entre la clientela y Ezequiel y su negocio se quedaron con el apodo para siempre, incluso cuando ya lo había traspasado"
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Y angosta y corta, la calleja iba pegada a un edificio que daba solamente a la plaza, donde se encontraba otro bar icónico, el Montesol, donde habremos tomado vinos, puesto discos en la gramola y citados con gente un día sí y otro también. La calleja, estrecha pero abigarrada por la taberna, que reunía a obreros y sobre todo a los estudiantes de la Universidad. El Caracristo recibía una clientela dispuesta a devorar los bocadillos jugosos de anchoas o de tortilla, pasando las migas con vino los más avezados o con porrones de vino y gaseosa.
Dicen que La calleja se había llamado anteriormente calle de Quevedo, en recuerdo de la estancia en nuestra ciudad de Francisco de Quevedo y Villegas durante los años efímeros que Valladolid fue Corte de la monarquía española, luego capital del Estado. Unos años en que el Duque de Lerma hizo su agosto inmobiliario como es sabido.
El mural se encuentra en la puerta del garaje de un edificio moderno sito en la calle Duque de Lerma, y tiene la bondad de evocar aquella calle tan angosta que en esta representación plástica se la dota de una perspectiva más amplia con el fondo de la catedral. Es obra del muralista Javier Román, realizado en 2023. Aproximadamente la calle -Quevedo, Calleja o del Caracristo- estuvo en ese punto. Curiosamente, en el ilustrativo e imprescindible Plano de Ventura Seco de 1738 figura La calleja, no dice su nombre, pero sí la que ahora lleva el rótulo del Duque, que Seco la registra como Calle de la Parra. Al final se adjunta el plano de la zona.
Con el recuerdo de aquella callejuela antigua y desaparecida podrían evocarse unos versos de las Alabanzas irónicas a Valladolid, mudándose la Corte a ella, que escribiera el gran Quevedo:
"(...)
No quiero alabar tus calles,
pues son, hablando de veras,
unas tuertas y otras bizcas,
y todas de lodo ciegas.
A fuerza de pasadizos,
pareces sarta de muelas,
y que cojas son tus casas,
y sus puntales muletas".
Etcétera. A los paisanos que lean esta entrada les sugiero se acerquen al romance satírico que escribió Quevedo sobre la ciudad que él conoció ampliamente durante sus cuatro o cinco años de estancia. El ingenio sarcástico y punzante del escritor no tiene parangón. Merece la pena ser leído con detenimiento porque la sonrisa, si no la carcajada, está garantizada. Y si la descripción es mordaz en modo alguno nubla lo que fuera Valladolid en 1606.