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sábado, 15 de noviembre de 2025

La modernista Casa Luelmo en un día de otoño

 



He aquí un ejemplo de salvación. Teniendo en cuenta que tantos edificios representativos de otras épocas y estilos se han venido abajo, o aún están en camino de ello, la supervivencia de la conocida Casa Luelmo o Villa Paulita, a pesar de sus avatares es una afortunada excepción. El edificio pertenecía a la familia Luelmo, y fue levantado a instancias de Rufo Luelmo y su mujer Paulita, y encargada su construcción al arquitecto Antonio Ortiz de Urbina. No está clara la fecha de edificación, tal vez 1907 o algún año posterior, por falta de datos. Concebida como villa de recreo de esta familia de la burguesía vallisoletana de principios del siglo XX, parece tener elementos tanto eclécticos como modernistas en su disposición y decoración.

La finca de 49 hectáreas de la familia fue la que se conoció como Granja Minaya, una explotación avícola importante no solo en Valladolid sino en toda la región, que dio trabajo a más de un centenar de personas. En su tiempo era un lugar establecido a las afueras de Valladolid, entre la Cañada de Puente Duero y la Carretera de Rueda, tan lejos todos esos espacios de la prolongación del Paseo Zorrilla que conocemos ahora, paseo que terminaba en nuestra infancia en La Rubia. Hasta 1956 el edificio permaneció sin cambios hasta 1956 en que el hijo del primer propietario, José María Luelmo Soto, que compaginaba su cometidos empresariales con sus inclinaciones intelectuales y poéticas, decidió reformarla. Y en ella siguió habitando la familia hasta la muerte de su mujer en 1996. Cinco años antes había fallecido el empresario poeta.




¿Después? Después el abandono y su consiguiente y paulatino deterioro. Incluso fue okupada y en 1998 se declaró un incendio en las zonas altas del edificio. Pero Casa Luelmo no pereció. Una rigurosa rehabilitación basada en los proyectos originales de Ortiz de Urbina junto a una nueva titularidad pública -había sido comprada por el Ayuntamiento-  y un uso posterior que permanece lograron ponerla a salvo. Hoy es sede de la Fundación Santa María la Real, hija de aquel proyecto recuperador del Románico por parte de Peridis (José María Pérez González), sí, el de los dibujos humoristas críticos de El País que a su vez es arquitecto y gran conocedor del arte medieval. 

Por supuesto, el entorno de la Casa Luelmo ya no tiene nada que ver con el lugar idílico que concibió la familia en los orígenes. Aquellas fincas de los alrededores desparecieron en sus usos agrícolas y los terrenos convertidos en suelo urbano. Así que ahora se encuentra ubicada, sin haberse movido de sitio, en la zona llamada Parque Alameda, un núcleo poblacional nuevo que seguramente asustaría un poco a los propietarios primitivos, por temor a que el empaque del edifico mermara visualmente, pero que se suaviza a través de un limitado y relativamente frondoso parque, dignamente proyectado. 





Las informaciones sobre la historia y otros detalles del edificio pueden encontrarse fácilmente en internet, y no voy a insistir en ellas. Creo que la galería fotográfica es un aperitivo para quien quiera saber más, aunque ya contemplar el edificio y su entorno proporciona un goce. Pero sí traigo aquí un testimonio directo del profesor y escritor vallisoletano Pedro Ojeda Escudero en el libro La metáfora del mirlo, una especie de diario del confinamiento del covid, con recuerdos y vivencias, sí, pero con pensamientos, búsqueda de claves y reflexiones al vuelo sobre la existencia y el mundo que toca vivir. He aquí:

"Mi familia es de origen humilde. Mis padres no tuvieron casa en propiedad hasta que la empresa para la que trabajaba mi padre le cedió una como compensación del despido por el cierre de la misma. Una casa pequeña en la carretera de Rueda, un tercero sin ascensor, cuya tasación aceptaron sin cotejar. En ella vivieron el resto de sus vidas. La empresa era propiedad de un poeta, José María Luelmo y tenía su sede en una finca a las afueras de Valladolid. Luelmo procedía de la burguesía vallisoletana de la primera mitad del siglo XX y era un apreciable poeta, compañero de Francisco Pino en la aventura de fundar revistas de vanguardia. Cuando supo que yo estudiaba Filología española, quiso hablar conmigo y mantuvimos algunas conversaciones en su despacho de la casa central de la finca, un hermoso edificio de estilo modernista de principios del siglo XX, quizá el más hermoso de todos los que se levantaron en Valladolid en aquellos tiempos, con una torre esbelta y llamativa al que yo entraba por la puerta de servicio que daba a la cocina, bajando unas escaleras techadas por las ramas de una magnífica higuera".

Uno aprecia estos testimonios, porque aunque no pueda ver tal cual fue un tiempo pretérito, sirven para hacerse una idea del significado que un entorno, un tipo de vida, unas actividades y el comportamiento de las personas que han desaparecido dejan huella en nosotros.






miércoles, 13 de noviembre de 2024

Recreación de un jardín bucólico con cierto eco modernista en un portal

 




aquí mismito, 
escuché ayer cantar
las avecitas

Ante el hallazgo de hoy cabria traer este haiku de Yosa Buson, el gran pintor y poeta japonés del siglo XVIII. O bien este otro:

canta el ruiseñor: 
un poco hacia aquí, 
un poco hacia allí


El portal es sencillo. Si no fuera por la decoración del azulejado sería un zaguán anodino y sin mayor carácter. Pero alguien tuvo la fortuna de imaginar un tema ornamental en los azulejos de sus paredes que además de aportar estética transmite oxígeno mental. Está en el número 24 de la céntrica calle López Gómez, vía que padece un tránsito de vehículos notable y en la que a ciertas horas se acusa la contaminación. El forjado de la puerta ennoblece la entrada. Siendo un edificio de 1930, ahora rehabilitado, es de agradecer que en ese año perdurase un elemento decorativo con ecos modernistas. Y también que haya sobrevivido a la destrucción. 

Pero pocas palabras está pidiendo este entorno ajardinado al visitante ocasional. Esa floresta que se multiplica y se entrelaza, con ese toque art déco, a la que acuden las aves del cielo que en realidad son tan terrenales, solo pide contemplación y dejarse envolver. Tal vez ese vuelo de los pájaros nos invite simbólicamente a los humanos para que emprendamos vuelos que nos liberen de las particulares jaulas que nos hemos creado. Puede que entonces encontremos sentido a otro haiku del haijin Buson:

es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor












martes, 22 de octubre de 2024

La transparencia de una puerta y de lo que hay más allá de una puerta

 



Hay puertas de madera y puertas metálicas. Pueden tener su gracia decorativa muchas de las opacas. Pero pocas exhibir una transparencia como esta del edificio de la calle Miguel Íscar 15 donde la opacidad no existe. Una filigrana de rejería cargada de elementos vegetales simbólicos permite visualizar el zaguán. Inicialmente no tenía cristal, lo cual proyectaría de modo más abierto el acceso. Y he aquí que otra vez se nos manifiestan las hojas de acanto y sus flores, que abundan en tantas fachadas. En la parte superior la rosa exuberante. Los acantos después. Dentro de círculos el brote ondulante de los capullos. Y en la inferior, tras más acanto, el tema recurrente y eterno de la espiral que ya practicaran en sus adornos las civilizaciones clásicas. Para rematar, los festones de la parte más baja se exhiben en la mejor tradición romana, signo siempre de la celebración festiva. Vuelta, pues, a los símbolos, a los que tanto gusto habían cogido los arquitectos y diseñadores del modernismo.

Si me hubiera quedado en el exterior me habría perdido la otra mitad. El zaguán o entrada que conduce a las escaleras. La grata amabilidad de la conserje del edificio me permitió, además de mantener una charla informativa y llana, observar aquel conjunto. Zócalo elevado con mosaico vidriado de dibujo geométrico a lo largo de sus paredes, que se puede considerar como de neta inspiración catalana. Un friso corrido con motivo vegetal sobre todo él. Otra moldura corre por la parte superior generando un entrelazado exuberante de floresta. 





Y aún nuevas sorpresas. Una puerta, hoy haciendo de trampantojo, a cada lado de las paredes laterales cuya entidad decorativa puede advertirse en la imagen. Por último la lámpara art decó, que uno no hubiera imaginado encontrar sana y salva a estas alturas, junto a las puertas interiores que dan acceso a la escalera, donde figura en el vidrio las iniciales PM, de Pedro Mazariego, el promotor. En general tanto la puerta principal como el portal han sido en su momento rescatados del olvido y es un verdadero tesoro encontrar algo tan hermoso. Lástima que la caja de hierro del ascensor histórico esté desparecida. En fotografías antiguas puede contemplarse la suntuaria filigrana de la que se dotó.

Sobre el edificio nos cuenta en su libro de Monumentos Civiles de Valladolid el historiador del Arte Juan José Martín González: "Promovió su edificación don Pedro Mazariegos, según proyecto del arquitecto Antonio Ortiz de Urbina. Los planos están fechados el 4 de abril de 1913. En la memoria se habla de un estilo Renacimiento, y es modernista de la más pura esencia, pues se ha dado prevalencia al hierro". El paseante no pretendía dejarse absorber por todo el edificio en sí sino por el empaque de su puerta y vestíbulo, ante los que no podía permanecer insensible.














Fotografía de la rejería desaparecida de la caja del ascensor, tomada del libro Desarrollo urbanístico y arquitectónico de Valladolid (1851-1936), de María Antonia Virgili Blanquet. Valladolid, 1979.