Mostrando entradas con la etiqueta Emiliano Barral. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Emiliano Barral. Mostrar todas las entradas

sábado, 11 de febrero de 2017

El torso superviviente de Emiliano Barral



Si ya se ha hablado en este blog del monumento al poeta Núñez de Arce, labrado por Emiliano Barral, y ubicado en el Campo Grande, hoy hablemos de una huella. Un torso que, casi por casualidad, se encuentra a la abrigadora intemperie del Jardín del Museo de Escultura. Porque casualidad fue que el catedrático de Historia del Arte Juan José Martín González lo encontrara en los 80 del pasado siglo por el Carmen de Extramuros.

Este esbelto torso de matrona, en la mejor tradición grecolatina, formaba parte de un conjunto escultórico que iba a recordar al poeta Leopoldo Cano, muerto en 1934. El Ayuntamiento se lo adjudicó a Emiliano Barral, un escultor joven experimentado y con bastante talento que ya había realizado en la ciudad la otra obra citada, y en 1935 fue erigido en la Plaza de la Libertad, próxima a la casa natal del escritor. Avatares políticos de aquel bienio forzaron el desmantelamiento del conjunto y su relegación a otra zona de la ciudad. Solo a mediados de 1936 volvió a recuperarse un lugar digno, la Plaza de la Trinidad, aunque por poco tiempo, pues el golpe de Estado condujo a que los insurrectos, que no compartían precisamente ni la adscripción política del escultor, ni la alegoría del conjunto, decidieran su violenta demolición. De los restos nada se supo nunca más. Por ello no deja de ser un golpe de azar que fuera descubierto el torso de figura femenina hace pocas décadas y recuperado para su exhibición. Aunque, personalmente, pienso que no sería de extrañar que otras partes del conjunto derruido figuraran de adorno en alguna finca o predio. No pocos casos se han dado.




El monumento se inspiró en una poesía de Leopoldo Cano titulada 'Las fronteras'. El historiador y periodista Enrique Berzal lo ha descrito recientemente así: "Barral había interpretado la poesía de Leopoldo Cano como una oda a la fraternidad universal, por lo que optó por una composición alegórica harto singular: una gran figura femenina, hierática, mirando al frente, con la pierna derecha y el brazo derecho levantados, mientras sujetaba un manto que le caía al lado del cuerpo. Tres niños desnudos, situados a su izquierda, con los brazos levantados, le agarraban la ropa. La hojita de olivo que portaba en su mano era el símbolo de la paz". Con tal alegoría inequívoca, pletórica de una riqueza de símbolos que la hacían complementaria del poema 'Las fronteras', no es de extrañar que a los intolerantes de su tiempo les resultara insoportable. 




Los restos de esculturas amputadas tienen siempre un encanto que, por un lado nos hacen añorar la obra completa que no llegó hasta nosotros, pero por otra nos suma en los sueños y el interés por conocer la mentalidad de otros tiempos. Basta con ver numerosas obras de la Antigüedad clásica demediadas para admirar en apenas un trozo de piedra esculpida lo que tuvo que suponer su realización total. Y nos admiramos por lo que hemos heredado, y nos consolamos con esa parte de herencia. El torso de la matrona de Barral no es una mera copia griega o helenística, es también una afirmación del rigor de las formas en que se empeñó el escultor y una labor de talla exigente y moderna. 






La ubicación del torso bajo las arcadas de un antiguo patio nobiliario trasladado para su salvaguarda a este jardín puede parecer de una orfandad casi rayana en el olvido. ¿Cuántos de los visitantes del Museo de Escultura se detienen al final de la visita para contemplar e interesarse por la escultura y el lugar? Probablemente el jardín podría enriquecerse más con un incremento de labor de jardinería, no sé. Hay algo de soledad castellana en el jardín del que acaso podría sacarse mayor provecho.

Traigo un retazo del poema de Leopoldo Cano, 'Las fronteras', que me parece que debió ser ya sugerente en su tiempo.

"Yo mirando tristemente
 esta línea fronteriza
 que por tierra se desliza
 con aspecto de serpiente,
 y recordando los lazos
 que el hombre rompió iracundo,
 pensé: 'El amor creó al mundo
 y el odio lo hizo pedazos".

¿Sería una premonición de Leopoldo Cano sobre los tiempos funestos que iban a llegar al país y que él no conocería?

Para hacernos una idea, adjunto una fotografía, aparecida en su día en El Norte de Castilla, con Barral en primer plano, del grupo escultórico a Leopoldo Cano.





jueves, 6 de octubre de 2016

La lira de Núñez de Arce tallada por Emiliano Barral




No sé si he visto de niño caer el agua por los canalillos que representan las cuerdas de la lira o son imaginaciones mías. Pero hoy qué ausente está el agua en el monumento fuente. Y qué orfandad supone privar a la piedra del desgaste natural del agua. El monumento al poeta Gaspar Núñez de Arce está ubicado en uno de los espacios más bonitos y sugestivos del Campo Grande, próximo a la Fuente de la Fama y junto a una rosaleda que en este otoño cálido se resiste aún a dejar de alegrarnos la vista. El autor del monumento, el escultor Emiliano Barral, natural de Sepúlveda, lo realizó en 1932. No es una obra historicista y convencional como otros monumentos a prohombres que habían cundido hasta entonces por la ciudad. Este tiene un toque estético y formal diferente. Como lo debió tener otro conjunto de la misma mano dedicado al escritor Leopoldo Cano, también aquí en Valladolid, pero el revanchismo de la barbarie desatada en 1936 lo destruyó. Como acabó con la vida del escultor, caído en noviembre del mismo año defendiendo Madrid y la legalidad constitucional.




La materia donde Barral talló la lira es granito rojo de Ávila. Para entonces el escultor, que procedía de familia de canteros pero que había tomado su propia senda, viajando a París,a Italia, a varias ciudades españolas o trabajando en Madrid, ya tenía suficientes tablas y había realizado un considerable número de trabajos. Es rompedor respecto a un concepto más tradicional de la estatuaria y aunque trabaja el busto también se empeña en grandes volúmenes. Emiliano Barral concibió la lira evocadora de Núñez de Arce no tanto como el elemento excusa que representara el oficio del vate  -cuya testa remata con considerable desproporción el volumen fundamental del monumento-  sino como un espacio en cierto modo arquitectónico donde el agua que brotara de la cima tenía que deslizarse por las estrías, transmitiendo una idea calma. En palabras del escultor: "He querido buscar de esta manera la emoción de la sensibilidad y de la belleza. Que todo el que llegue hasta el lugar se sienta impresionado por este brotar y resbalar del agua, en que simbolizo la inspiración".

El monumento está flanqueado por dos bancos de piedra, verdaderos paralelepípedos racionalistas, más propios de las vanguardias rusas o centroeuropeas del primer tercio del siglo XX que de nuestros lares. De esta manera se refuerza el sentido de que el monumento no es solamente la pieza central que deja claro esa dedicatoria Valladolid a su poeta sino todo un espacio que se amplía y se delimita a su vez. Más allá, la floresta del Campo Grande establece un vínculo natural con la piedra tornando más evocador ese territorio. Y una vez más: lástima que no cumpla su cometido el agua para que el sentido esencial que Emiliano Barral intentó dar a la escultura se cumpliera plenamente.