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miércoles, 9 de abril de 2025

El atrio de San Felipe Neri. Un trozo de patio visibilizado a pie de calle

 



Hasta hace pocos años cualquier paseante ignoraba lo que se ocultaba en una calle tan céntrica de la ciudad como es la calle Regalado. Pero hoy se puede apreciar allí una huella rediviva del pasado. A simple vista puede parecer un ejemplo de reconstrucción o restauración, que lo es. Pero también remite a la destrucción sufrida por la ciudad en la época moderna. 

Y es que este trozo de antiguo atrio de iglesia es el resultado de la partición sufrida cuando en el avanzado siglo XIX se inició un trazado vial nuevo que, arremetiendo bruscamente sobre el caserío, pretendía conectar la Catedral con la calle de Santiago. Resultado: una nueva calle que lleva actualmente el nombre de Regalado. Ese trazado irrumpió abruptamente en la finca hospitalaria vinculada a la iglesia oratorio de San Felipe Neri, por lo que quedó destruída una parte y se ocultó la que no se había derribado. Esta se recuperó a raíz del Plan del Casco Histórico de 1992 pero no fue hasta hace menos de una década cuando la reconstrucción tuvo al menos el acierto de convertir un espacio tradicionalmente interior en una apertura del pasado a la calle.

El atrio, menos lujoso ornamentalmente que otros patios de palacios y casas nobles, tiene al menos el mérito de transmitirnos todavía aquella tradición de arcadas y columnas de tiempos pretéritos. Y de paso convertir sus capiteles en un homenaje a lo toscano.




En el muro lateral, como una aportación de nuestros días, figura un mural cerámico cuyos autores son Los Bravú. Ellos son Dea Gómez y Diego Omil, y lleva el título de Cruzando las aguas revueltas. Leo en su web acerca del mural de la calle Regalado: "Azulejado en cerámica producido en los talleres del centro cerámico de Talavera de la Reina, según la tradición artesanal de esta ciudad. La imagen está inspirada en Cristóbal, patrón de los viajeros, a los que ayudaba a cruzar un peligroso rio de una orilla a otra. Ephemera Phestival III tomó las calles de la ciudad con una selección de proyectos efímeros site-specific, novedosas intervenciones murales y proyectos efímeros sobre mobiliario urbano. Ephemera Phestival es un proyecto organizado por CreArt y FMC, bajo la dirección artística de Cless".














viernes, 2 de agosto de 2024

La cara oculta de los viejos edificios

 


Todos los edificios tienen su cara oculta. Curiosamente ese rostro imperceptible solo se hace ver cuando mueren. Cuando llegan las máquinas del derribo y revelan sus intimidades. Son las fachadas protegidas las que, al no quedar derruidas, dejan ver por algún tiempo, en lo que dure el alzado del nuevo edificio, las interioridades. Los locales o las viviendas que hubo en cada piso hablan del tipo de casero o de inquilino que los habitó.  

No busque ustedes arte significativo en las imágenes de lo que fue este edificio de la calle Mantería -aunque las fotografías están tomadas desde la calle paralela, José María Lacort- con 114 años de existencia. Sorpréndanse solo por el aspecto que ofrecen. Observen. Y reflexionen, aunque no tengan mayor conocimiento de causa. El vaciado de todo el interior, desprovisto este de armazón, alturas, vigas, pilares y demás elementos sostenedores de madera, que configuraron durante largos años el hábitat de varios vecinos, invita a un juego de resucitar comercio y vecindario. ¿Hablan la pintura o la decoración de las habitaciones al descubierto de los vecinos que las habitaron? ¿Cuántos comercios se habrán superpuesto unos a otros a lo largo de más de un siglo? Allí un bar, al lado una zapatería, puede que a continuación algún establecimiento de géneros de punto, que se decía antes, el zapatero remendón en el zaguán de un portal, acaso un relojero...El tejado desaparecido, ¿cuántas goteras conocería? Los balcones exteriores, ¿de qué paso de transeúntes serían testigos? ¿De viandantes a la actividad laboral, de mujeres a la compra, de procesiones religiosas, de manifestaciones de protesta, del tráfico de los vehículos?

Probablemente no queden ya inquilinos de otro tiempo, pero si alguno de ellos viera esa parte de atrás, ¿sería presa de recuerdos y de perplejidad? ¿O simplemente pasaría de largo ante lo que consideraría ruina?  El paseante no pasa de largo ante una contrafachada que es un testigo que tornará a la ocultación. Una mirada de excepción a lo residual.






viernes, 12 de mayo de 2017

La India en Valladolid




Al fondo, tras la celosía de forja, apacible y concentrado en su escritura, el escritor indio Rabindranath Tagore nos recibe y nos ignora. Es el atrio de la Casa de la India, ubicada en la calle Puente Colgante. El viejo chalé de principios del siglo XX, que había permanecido durante décadas abandonado y a punto de ruina, fue recuperado a partir de 2003, por un acuerdo firmado entre la Embajada de la República de India, el Ayuntamiento de la ciudad y la Universidad de Valladolid con el objetivo de fomentar una obra cultural que vinculase al país asiático con la cultura occidental. 

La casa había pertenecido desde 1915 a una familia vallisoletana, apellidada Aragón, en una zona que en aquel tiempo estaba muy a extrarradio de la ciudad. Huertas y jardines no le faltarían pues a poca imaginación que echemos aquel paraje tenía que ser una gloria durante décadas, aunque permaneciera próximo el ferrocarril, el Arco de Ladrillo y la Fábrica de Harinas La Rosa, que aún se encuentra enfrente y que esperemos que cuando deje de cumplir su función siga ahí como una huella de historia y arqueología industrial, seña de identidad de una actividad harinera por excelencia que jugó en el pasado nuestra ciudad.

El proyecto de recuperación del edificio corrió a cargo de los arquitectos  Eduardo Carazo Lefort, Paloma Gil Giménez,  Julio Grijalba Bengoetxea,  Alberto Grijalba Bengoetxea y Victor J. Ruiz Méndez. Como el jardín interior está con obras, no me he inmiscuido ni he osado entrar a ver el resto. Tiempo y oportunidad habrá para que pueda mostrarlo desde este mismo blog.



















La postura del Tagore estatua que nos encontramos en el zaguán exterior de la casa me hace recordar un cuento suyo,  El oficio de autor. Lo transcribo.


"Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe.

Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú sí, madre; tú sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo por qué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.

¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?

A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarlo cien veces.

Tú lo esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.

Papá sólo sabe jugar a escribir libros.

Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo.

Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?

Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i... exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.

Ni te importa que papá malgaste tanto papel. 

Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados? "

(Tomado de Ciudad Seva, página de Luis López Nieves)