lunes, 12 de octubre de 2026

Las tentaciones surrealistas de Jan Brueghel de Velours, en el Museo Nacional de Escultura

 



¿Quién dijo que los paseos por el interior de un museo no eran paseos saludables y relajantes? ¿O más universales y entretenidos que los habituales por el caserío urbano que nos conocemos sobradamente? En los paseos de museo no solo se advierten lugares sino épocas del pasado que no podríamos conocer de otra forma y además porque no hay de momento máquina de túnel del tiempo. Si el otro día me dejé abducir por Demócrito y Heráclito no fue menos mi sorpresa ante un cuadro próximo que me produce una enajenación deleitosa. Se trata de una obra flamenca de uno de los Brueghel, esa familia que pintó o grabó con tanto entusiasmo como detalle no solo aspectos de la vida cotidiana de los habitantes de su país sino recreaciones más fantasiosas e imaginarias. Jan Brueghel de Velours es, pues, el autor de un cuadro magnífico titulado Las tentaciones de san Antonio, basado en el tema de un personaje cristiano nacido a mediados del siglo III en territorio egipcio bajo dominación del Imperio romano, y que, por las razones que fueran, dicen que se hastió del mundo y se retiró al desierto inaugurando así la vida eremítica que fuera posteriormente tan seguida por otros. 




El relato sobre Antonio continua y se desarrolla en su retiro del mundo, donde es acechado por sus propios miedos, angustias, privaciones y las propias recreaciones de resistencia, aunque todo ese mundo interior haya sido dibujado con las acechanzas y tentaciones del demonio, a tenor de la tradición religiosa de aquel tiempo. Y es precisamente esa situación la que el pintor Jan Brueghel plasma en este cuadro de extraordinaria complejidad, una verdadera narración para los creyentes del pasado y, a la vez, una exposición formal rompedora. Porque pintar a humanos, de carne y hueso, puede tener sus dificultades pero más o menos existen unos cánones fácilmente reconocibles. Pero ¿cómo representar demonios, pecados, tentaciones múltiples a las que Antonio tenía que hacer frente?

Una aportación valiosa del historiador del Arte vallisoletano Enrique Valdivieso, desaparecido trágicamente en 2025:

"Encontramos en primer lugar la descripción de un numeroso tropel de animales diabólicos que le rodea para azuzarle, morderle, clavarle sus cuernos, arrancarle la piel con sus garras y golpearle con estacas, tal y como señala la vida del santo. Este se encuentra entregado a sus lecturas y meditaciones, bajo una tosca cabaña de madera, y se ve envuelto por numerosos monstruos malignos en los que se advierten las más horrendas simbiosis de animales mamíferos, aves, reptiles, peces, en actitudes amenazantes o emitiendo todo tipo de horrísonos gritos y aullidos. Todos estos maléficos seres satánicos son símbolos de los pecados capitales y, por lo tanto, personifican la pereeza, la gula, la ira, la soberbia, la avaricia, la envidia y,sobre todo, la lujuria. Igualmente son estos repunantes seres endemoniados símbolos de los males que el santo curaba, principalmente la peste y la sífilis. Al tiempo que las acechanzas de los engendros infernales, se representa también en la escena el momento en que san Antonio sufre tentaciones carnales personificadas en un séquito de seres infernales disfrazados de mujeres".




¿Cómo no iba a aparecer en un tema de estas características la mujer prácticamente identificada con el diablo? Cuando uno observa la narración fantasiosa pero contundente de este magnífico cuadro no puede por menos que hacerse preguntas. ¿Son las imaginarias fuerzas llamadas demoníacas las que pueblan el universo de los individuos atormentados, sobre todo de los adscritos a una religión obsesionada con el pecado individual? ¿Son los melancólicos los que se obligan a recrear personajes fantásticos, a veces meramente sombras, donde refugiarse y consolarse de sus debilidades psíquicas? ¿Por qué los humanos han necesitado representaciones antropomórficas o monstruosas que solo existen en la negrura de las mentes torturadas y devoradas por los miedos?

En el artículo de María Bolaños titulado La melancolía  en el escenario cristiano, que se encuentra en el catálogo de aquella soberbia exposición Tiempos de melancolía, de 2015 se lee:

"Cuando el arte quiso representar ese terrible azote de los conventos que era la acedía tomó como modelo la figura de san Antonio, fundador de la nachoresis a fines del siglo III. En la hora en que reina la canícula, le asalta el taedium vitae: el diablo del mediodía le insufla un asco por las cosas divinas, un desapego de la fe, el sinsentido de su sacrificio. El eremita emprende entonces en su mente un exilio dentro de su exilio, un evagatio mentis, un vagabundeo mental, una carrera de fantasía en fantasía. El lienzo de Brueghel de Valours, hijo de Pieter Brueghel el Viejo, inspirado en Schongauer y en un grabado de su padre, Orgullo, de 1556, describe una de esas terribles ensoñaciones en que monstruos infernales, repelentes seres híbridos o bellezas seductoras impiden al anacoreta concentrarse en su lectura. La obra fue adquirida en Flandes para la primera cárcel o galera de mujeres construida en España, en Valladolid, promovida en 1604 por la madre Magdalena de San Jerónimo, persuadida de que 'gran parte del daño y estrago que hay en las costumbres en estos Reinos de España nace de la libertad, disolución y rotura de mujeres".




Pero tema y relato aparte lo que más llama la atención en el cuadro es cómo se representan esos personajes, verdaderamente de cuento, que son los que tientan al santo. ¿No nos recuerdan al gran Jheronimus Bosch, El Bosco, de El Jardín de las delicias que, por cierto, también pintó un cuadro sobre las tentaciones de San Antonio? ¿No nos reenvían a obras de Goya o de los surrealistas del siglo XX que creían estar descubriendo el surrealismo? La mejor manera de apreciar cada detalle es acercarse al museo y detenerse ante la obra.

Para mayor información técnica adjunto enlace del Museo de Escultura: