¿Cuánto ha llovido desde entonces? Las ruinas de Santa María la Mayor que ya llevaban siglos en estado de incuria y de olvido fueron objeto de la mirada juvenil a través de la Werlisa. Una cámara elemental. Un regalo paterno. Y cero conocimientos de fotografía. Para usarla tampoco se necesitaban demasiados, pues sus prestaciones eran limitadas y de ella solo se esperaba la foto familiar o de amigos, de cercanía y a ser posible con buena luz. ¿Por qué elegí unas ruinas para estrenar la cámara? No sabría decirlo con exactitud. Supongo que por sentimentalismo. Por rareza. Por sentir el abandono y la pérdida de un legado histórico que en plena Plaza de la Universidad se exponía al tránsito y al deterioro sin fin.
En la década de los 60 del pasado siglo muchos monumentos de la ciudad se encontraban en mal estado y en riesgo de desaparición. De hecho fue una década, y la siguiente también, bastante desfavorable para un urbanismo racional. Principalmente para el casco histórico más vetusto. Las casas nobles y posadas que quedaban, harto envejecidas si no ruinosas, padecieron la tiranía de la piqueta. Las leyes urbanísticas no estaban a la altura de la protección monumental necesaria y la fiebre inmobiliaria no se anduvo con contemplaciones. Edificios que podrían haberse salvado desaparecieron. Puede que aún tenga fotografías de algunos de ellos por alguna parte.
Aquella situación penosa nos sensibilizó a algunos. Tal vez por ese motivo yo eligiera unas ruinas extraordinarias como estas de lo que había sido la Colegiata de Santa María la Mayor en su fundación del siglo XI. Primeramente románica y en siglos posteriores fueron añadidos elementos del gótico, de cuyo estilo permanecen algunas salas. El futuro de tal iglesia fue sentenciado con el avance de la construcción de la catedral comenzada en el siglo XVI, que habría exigido el derribo de ese templo adjunto. Paradojas. La catedral se quedó a medio construir y la colegiata prácticamente desapareció. Como dicen por aquí: ni comes las berzas ni las dejas comer.
No se busque en estas fotografías ni calidad ni belleza deslumbrante. Búsquese solamente testimonio y prueba de un ejemplo del pasado. Las huellas de las características de unos estilos artísticos y de una mentalidad religiosa adaptable a nuevas formas. Basta observar en las fotografías el arranque de la torre románica o la forma de las ventanas abocinadas o alcanzar con la mirada los capiteles con motivos vegetales o seguir la verticalidad de un ventanal ojival con su pequeño rosetón para imaginar lo que tuvo que ser. Pero no es mi objetivo hablar de aquel templo que hoy ha trocado los antiguos pilares por altos e inhiestos cipreses, sino exhibir las imágenes, poco consistentes e imprecisas dentro del blanco y negro al uso, captadas por un primerizo joven con su flamante Werlisa. Considérese, pues, un homenaje personal a una cámara que incentivó en mí la mirada al entorno.

(Fotografía reciente del espacio que ocupó la colegiata desaparecida, ver enlace anterior)














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