Hagamos la ficción. Preguntémonos. ¿Escribiría sobre una mesa parecida a esta el hombre que había tenido una vida intensa? Este hombre ya había vivido de niño en Valladolid, pero los avatares le llevaron por Italia, luego se entregó a la vida militar, fue preso y pasó por un cautiverio en Argel, retornando a Madrid, habitando en Esquivias, luego en Sevilla, recorriendo Andalucía como comisario de abastos y viéndose involucrado en multitud de problemas generados en su oficio.
Este hombre llamado Miguel de Cervantes, que seguramente paliaba su vida azarosa con la escritura de novelas, acabó parando en Valladolid con su familia durante un tiempo, cuando la Corte de la monarquía se instaló durante seis años -1601 a 1606- en nuestra ciudad. Eligió en alquiler una de las casas que quedaban a las afueras de lo que entonces era la ciudad. Salvándose de la incuria del tiempo, gracias a la actuación del vallisoletano Marqués de le Vega-Inclán a principios del siglo XX, ha llegado a nuestros días el edificio a través de una reconstrucción aproximada que la convierte en un museo acogedor. Fuera más o menos cómoda la estancia de Cervantes en esta casa y por lo general en valladolid -no hay que olvidar que tuvo problemas con la justicia porque en la proximidad de su casa fue asesinado un caballero navarro llamado Gaspar de Ezpeleta y en principio el juez involucró a Cervantes y su familia, sin que estos tuvieran nada que ver con el crimen- lo cierto es que se da como hecho que Cervantes escribió aquí algunas de sus breves novelas ejemplares, tales como El licenciado Vidriera, El coloquio de los perros y El casamiento engañoso. Y que finalizó alguna de las presentaciones de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha.
Con ser una reproducción bastante conseguida respecto a lo que pudo ser el hábitat donde vivió con familia propia y compartió con otras, me parece un logro importante este enfoque etnográfico. Las imágenes hablan por sí mismas. La colocación de los objetos, los muebles, los suelos, los ventanales, los utensilios de cocina o de hilar, los cuadros, los útiles de escritura, etcétera son un acierto y, sean reproducciones más recientes o piezas verdaderamente históricas, dan una idea de lo que pudo ser. Aunque soy un tanto escéptico, no creo que el interior estuviera condicionado fundamentalmente por el escritor, pues la familia tenía también sus ocupaciones. Pero eso es lo de menos. Al visitante le gusta realizar un viaje, más o menos fidedigno, al pasado y se presta incluso a elevar el ámbito en función de la personalidad de aquel por quien se recuerda el edificio. Por mi parte la ubicación de las fotografías no siguen ningún orden expositivo sino caprichoso. En este sentido lo mejor es visitar la Casa o, en su defecto, acceder a la espléndida web que figura al final de esta crónica.
El jardín anterior a la casa es un invento, digamos, moderno, donde se ubica adherida a una medianera de un edificio de época más reciente un buen trozo de la fachada del Hospital de la Resurrección, que se hallaba en los terrenos de lo que ocupa hoy la Casa Mantilla, en la esquina con Acera de Recoletos. Pero este jardín es como un pequeño pulmón, tanto por el arbolado y el resto de vegetación que parece apartar la casa y el jardín del tráfago urbano que trae la moderna calle de Miguel Íscar. En tiempos de Cervantes solo tenía el río Esgueva enfrente y un desnivel de terreno, que hoy se mantiene. Es un espacio peculiar, recoleto y hermoso, con acceso cómodo bajando desde Miguel Íscar o desde la calle Rastro.









































