"Soy el paseante. El paseante que se parece a las cuatro estaciones"
Vicente Huidobro, del poema Tout-à-coup.




martes, 7 de marzo de 2017

Entre la mano floreciente de la primavera y los pinceles exuberantes de Manolo Sierra




Eran días duros de invierno riguroso cuando Manolo Sierra, pintor y peculiar muralista, se lanzó a decorar la fachada de La flor de la canela, a solicitud del establecimiento para celebrar los 15 años que lleva abierto. Pero es que con Manolo Sierra no hay quien pueda ni en materia de frío ni en materia plástica de calle. La iniciativa privada de decorar con estética y alegría parte o proximidad de sus fachadas nos parece a algunos un logro y una línea a seguir. Los perfiles grises que ofrece en muchas calles la ciudad bien merecen ser alterados por coloridos y temáticas que expresen el corazón de la vida urbana. Ya se han visto últimamente puertas abatibles de garajes decoradas con calidad y técnica. Sirven para alegrar y desalojar con su mera presencia las tentaciones de fealdad y emborronamiento de grafiteros sin gusto, cuyo objetivo único parece ser competir a lo tonto entre sí. Por otro lado, pendiente está que se emprenda una acción plástica, también imaginativa y de buen lustre, sobre las numerosas medianeras que abundan en edificios de Valladolid. Ahí el Ayuntamiento debe dar pasos porque artistas dispuestos a la labor creo que los hay.

Justo mes y pico después de la realización del colorista y exuberante mural la avanzadilla de la primavera se anuncia con sus flores de almendro. Justo detrás del bar, en el paso de la Guardería, ahí junto al Arco de Ladrillo.




Pero La flor de la canela es más que un vals de Chabuca Granda. Viene de cierta expresión que ya Sebastián de Covarrubias, autor del extraordinario "Tesoro de la lengua castellana", había definido en 1611. "Para encarecer una cosa de excelente solemos dezir, q es la flor de la de canela". Y en otro lugar vuelve a matizar: "Flor de la canela, lo muy perfeto". Es curioso cómo en torno a esta expresión parecen coincidir la interpretación de Manolo Sierra y la agradable estancia del bar homónimo, a la que se suma una secuela  poética. Llega a mis manos el último libro de poemas de Javier Dámaso, titulado Viajero inmóvil, y en él encuentro este poema titulado precisamente, el autor sabrá por qué, "La flor de la canela":


"Y a aquella limeña
primorosa
que cruzó el mar
para buscarme,
¡cómo no desearla!

Mas resultaba evidente
que yo no le importaba.
Su voluntad categórica,
su enorme determinación
me convertía en glacial.

No era a mí
a quien amaba.
Ella sólo amaba una idea,
una única idea,
la particular imagen
que se hacía de mí".





Recientemente incorporada a la fachada esta talla en madera incisa del artífice José Arcadio Unibaso, Josito, que se incorpora a la seña de identidad del establecimiento.











2 comentarios:

  1. La primera vez que vislumbré fachadas coloridas fue en el Puerto de Nyhaven, Copenhaguen, posteriormente este concepto se debió extender por Europa hasta alcanzar el, a mi parecer ridículo, nivel de cierto pueblo azul pitufo en Andalucía, aunque hagan caja fácil.
    En cuanto al poema solo se me ocurre pensar que su autor debía conocer la nomenclatura del amor.

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    1. De todos modos pintar un trozo de lienzo de pared debe estar bien pensado. Tampoco se trata de convertir la ciudad en un álbum de cromos. Todo se debe a la mesura y al buen hacer del artista, obviamente. El poema y el poemario cayeron en mis manos hace poco. Habrá que creer en la sinceridad del autor o al menos en sus sentimientos.

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