sábado, 3 de octubre de 2026

Sonrisas y lágrimas contenidas en el diálogo imposible entre Heráclito y Demócrito según Rubens

 



Esta pintura siempre me fascinó. No sé si es la actitud de dos personajes en coloquio. O el reflejo tan bien compuesto de la personalidad de ambos. O el simbolismo que delimita tajantemente las ideas que cada cual mantenía. Incluso posiblemente sea ese primer plano directo en que ambos filósofos, aun conversando entre sí, en realidad lo hacen cara al espectador que está a este lado del cuadro. Los conversadores son nada menos que Demócrito de Abdera y Heráclito de Ëfeso. Nunca tuvo lugar debate alguno entre ambos porque ni sus tiempos ni sus espacios coincidieron. Pero la humanidad ha hecho de ellos una representación -cuántas representaciones fantaseadas no han generado los humanos- buscando un simbolismo de caracterizaciones y maneras de ser. Es Pedro Pablo Rubens quien los ha visto de este modo y por si fuera poco, los sitúa en torno a un globo terráqueo (en la fotografía apenas se percibe) lo cual da una proyección imaginaria superior a aquello que ambos personajes estuvieran debatiendo, no entre lo divino y lo humano, sino entre perspectivas materiales y humanas netamente posicionadas e incluso encontradas. Sonrisas y lágrimas, podríamos decir metafóricamente.

Ignoraba que Rubens hubiera estado en Valladolid. Ni que hubiera venido con una misión desde Italia a la corte de Felipe III, que estuvo ubicada unos pocos años en nuestra ciudad por la mano sagaz y oportunista del Duque de Lerma. Rubens, enviado por el duque de Mantua, trajo una serie de pinturas renacentistas de regalo. Leo en una reseña que hace María Ángeles Polo Herrador en el Catálogo de la colección del museo:

"...El artista debió emprender un penoso viaje de veintiún días desde Alicante bajo incesantes lluvias que acaban dañando su preciosa carga. Ya en Valladolid y ante la ausencia del monarca, aborda en solitario la restauración de las obras y decide acometer la realización de una pintura propia para sustituir dos totalmente arruinadas. El tema elegido por el artista, deseoso de demostrar su erudición ante la corte española, es la representación de los filósofos griegos Demócrito y Heráclito, considerados ya en la Antigüedad clásica modelo de los temperamentos humanos y puestos en valor nuevamente por literatos y pintores renacentistas italianos". 




Lo curioso de este cuadro es que nos transmite una verosimilitud que no se dio. Si ambos filósofos nunca pudieron mantener debate alguno qué y por qué se nos quiere transmitir en esta escena desde que Rubens lo pintara en 1604. Por un lado el pintor recoge un tópico que procede de la Antigüedad, el de dos puntos de vista sobre  la vida encarnados por estos presocráticos. Demócrito, el alegre y positivo, que diríamos hoy, ante las adversidades. Heráclito, el melancólico y preocupado por los probemas y dificultades. Dos temperamentos que no siempre se dan claramente definidos porque ¿quién de nosotros no ha alternado o combina ambos elementos, con altibajos y predisposición temporal por uno u otro, a lo largo de la existencia? Y así Rubens recoge al que por una parte ríe moderadamente, muestra unas facciones distendidas, proyecta con las manos su discurso optimista. Y a su vez el otro exhibe un rostro severo y angustiado, sus manos se aprietan una contra otra en un ademán de resistencia afligida. Dos caracterizaciones opuestas que fueron explotadas a tope por pintores, escritores o filósofos a lo largo de siglos. Séneca, Erasmo, Burton, Montaigne, Rabelais, Fenelon, Diderot, por ejemplo, habrían tomado partido y disertado sobre esas caracterizaciones que tanto juego han dado en la historia de la literatura y de las artes.




Pero Rubens ¿cómo lo ve, cómo concibe a estos hombres? No solo los interpreta con las poses en que los retrata sino con los colores que utiliza. Por una parte, un rojo carmesí intenso en la túnica recargada de pliegues para un apasionado y vehemente Demócrito que esboza sonrisa, muestra unas facciones más vitalistas y ostenta una piel más fina y delicada y, por lo tanto, más despreocupado y estoico ante los rigores mundanos. Por otro lado, una vestimenta negra que se extravía en su negrura, valga la redundancia, para un apesadumbrado y exigente Heráclito cuyo rostro se encoge, más ajado, su mirada es desconfiada, su pose reservada,  y esas manos que, contrayendo los músculos de sus brazos, parecen estar reprimiendo una ira henchida de inquietud a causa de las adversidades que sufren los humanos. Pedro Pablo Rubens sigue con sus pinceles al pie de la letra la tradición tópica sobre estos personajes que ha llegado a ser a veces incluso caricaturesca y relativa, en las variadas representaciones que se han hecho de ellos. Pero que ha funcionado .




No quiero terminar la entrada sin una aportación magistral de María Bolaños, ex directora del Museo de Escultura, en el catálogo sobre la exposición La invención del cuerpo, que tuvo lugar en 2018 en el Palacio Villena, del Museo Nacional de Escultura:

"Aunque el propio Rubens manifestó que 'la forma viril constituye la verdadera perfección de la figura humana', siempre ha sido considerado un pintor 'femenino'. Pero en esta representación de Heráclito y Demócrito, los dos vigorosos filósofos, encarnación de las 'disforias' renacentistas, demuestra que la carne es también un atributo del cuerpo masculino. Hay aquí toda una exhibición de su capacidad para pintar la interpenetración entre piel y carne, entre interior y exterior. El color no recubre la epidermis, porque la piel no es un límite externo, un mero 'guante'. Es un color 'hipoerfísico', fibrilar, que asoma desde dentro. Basta observar el pecho y el cuello de Heráclito para encontrar un 'mapa carnal' hecho de humores negruzcos, exudaciones violetas, arterias granates, venas azulencas y matices amarillos, rosas y verdosos de la piel".

Tras esta interpretación de María Bolaños, ¿puede quedarle a uno dudas sobre la maestría y significación del cuadro de Rubens que nos honra con su presencia en el museo?





3 comentarios:

  1. No hay nada mas complejo que pintar unas manos.
    También ignoraba que Rubens hubiera estado en Valladolid.
    Un cuadro magnífico, desde luego.

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  2. Ha sido un bonito descubrimiento para mí, y además con una bonita descripción por tu parte. Gracias, Paseante, y que pases un buen fin de semana.

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  3. Un Rubens es un valor añadido. Creo recordar este cuadro pero ahora lo revisito de tu iniciativa.

    Saludo. María Antonia

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