jueves, 10 de octubre de 2024

Qué me dices. Entrevistas de José Miguel Ullán en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 



La Fundación Segundo y Santiago Montes pasa la siguiente información:

Viernes 11 de octubre de 2024 Ocho de la tarde 
Presentación de Qué me dices 
Entrevistas de José Miguel Ullán

Con su editor, Manuel Ferro y Angélica Tanarro 


"Estamos ante un libro póstumo de José-Miguel Ullán, un maestro en el arte de hacer entrevistas como ya no se volverán a hacer en prensa, radio o televisión. Manuel Ferro, el gran amigo y albacea de Ullán, encontró todo este material entre la ingente cantidad de papeles que el poeta y periodista guardaba en la sede de la editorial Ave del Paraíso, que ambos dirigían. «A su muerte quedaron muchos proyectos de posibles ediciones, guardados en carpetas, y estas, a su vez, en cajas de cartón amontonadas sin ningún orden, esperando un momento para ser revisadas», señala Ferro. Una de esas carpetas llevaba un título estampado en la cubierta: Entrevistas. Pero dentro no había más que una lista con algunos nombres. Así que, un buen día, Manuel Ferro empezó a reunir todas las entrevistas publicadas por Ullán y conservadas en soporte papel, transcribiendo también las realizadas en otros soportes (casetes, cintas de radio, programas de televisión en DVD…)" 

Eloísa Otero. Tam-Tam Press. 03-09-2024 

"José-Miguel Ullán fue una de las personalidades más importantes de este país durante el último medio siglo pasado. Uno de los grandes poetas, no menor artista plástico, ensayista, crítico de arte y de literatura, articulista y genial entrevistador. (…) 

Estas entrevistas no solo son extraordinarias por las personalidades a las que se las hace, sino por el conocimiento profundo que el entrevistador tiene de estos personajes de la alta cultura y de la cultura popular. Él fue quien les dio categoría y quien los impulsó en el prestigio cultural que no tenían y a partir de entonces estuvieron sin discusión. Por eso al lado de Roland Barthes está Rocío Jurado; o al lado de Borges está María Jiménez; o al lado de Cortázar El Fary. Pero además de estos pasan por estas páginas repletas de saber, humor ironía y gran escritura narrativa escritores y artistas como Ben Jelloun, Chillida, Durás, Juan Goytisolo, Antonio López, Octavio Paz (otro de sus grandes amigos y maestros, con quien colaboró en la revista Vuelta), Sarduy, Sempere, Tápies, Umbral, Valente o María Zambrano, a cuya obra ayudó de manera decisiva para que fuera publicada, conocida y reconocida en nuestro país. (…)" 

lunes, 7 de octubre de 2024

La cerámica Silió, un homenaje a sí misma y al barrio que creció en su entorno

 


No todo va a ser ruina arqueológica. Si hace un tiempo traje aquí el deterioro de los edificios de la antigua Azurarera Santa Victoria, en el Parque Las Norias, hoy tengo que celebrar la recuperación, ya hace unos años, de la más que centenaria cerámica Silió, en el Barrio de San Juan o el Barrio de Los Vadillos, según se mire. El crecimiento de la ciudad por asentamiento de nuevos barrios obreros y la fiebre inmobiliaria consiguiente pudo haber destruído este edificio, pero por diversas circunstancias ha sobrevivido. Que se haya adaptado para usos varios, entre los cuales no falta un supermercado, ha sido garantía de supervivencia. Por otra parte ha permitido convertir en plaza todo el entorno, y así se la conoce como Plaza de la Danza.

Y detrás, como aval de larga vida y de una estética milenaria, el ladrillo. Ese material tan noble como de sobresaliente creación humana es el protagonista total del formidable edificio inaugurado en 1908 como S.A. La Cerámica, sobre proyecto de Luis Silió y Modesto Coloma. Ya anteriormente Eloy Silió, empresario de origen cántabro, había tenido una tejería, por lo que eran gente que conocían el oficio. Soplaban tiempos de cierta bonanza industrial y esta fábrica de gres se erigió sobre unos terrenos que aún no estaban urbanizados, próximos al río Esgueva. En sus alrededores se fue configurando posteriormente el Barrio de los Vadillos y ampliado San Juan.



Con ladrillo caravista se disponen las fachadas y los laterales, dotados de grandes ventanales, manteniéndose a un lado exenta la monumental chimenea, que es una obra tan representativa de una época como esbelta. Tanto en la fachada que da a la calle Silió como en la que da a la Plaza de la Danza el edificio se remata a través de frontones de considerables dimensiones que van descendiendo de forma escalonada. Estética esta que parece haber sido copiada de edificios del norte de Europa e incluso coincidente con otros de estilo modernista. Las amplia plaza es un espacio peatonalizado, adaptada para uso y solaz de los vecinos, con juegos o máquinas de ejercicios corporales. En una parte de ella se ubica un centro de salud.

No lejos de la vieja cerámica permanece como un resto solitario y ahogada por edificaciones modernas la chimenea de ladrillo de la antigua fábrica de cervezas La Cruz Blanca. Pero la dejo para otro día si encuentro una perspectiva que merezca la pena ser fotografiada.




Por cierto, en julio de 1911 la publicación El Financiero Hispano-Americano editó un número extraordinario sobre Valladolid en el que incluía reseña de una página de La Cerámica. En el artículo recogía un extracto de la memoria de esa Sociedad donde expresamente se decía:

"El capital de esta Sociedad anónima es de pesetas 750.000, y el último dividendo repartido ha sido de 25 pesetas, equivalente al 5 por 100.

La Cerámica es una excelente explotación industrial de su género, significa ya de presente una acertada colocación de capital con rendimiento muy remunerador, y está llamada a serlo más aún, con el perfeccionamiento progresivo natural en el desarrollo de su amplio mercado."

Aquella Memoria, que firmaba el vicepresidente de la Sociedad, también diputado a Cortes, César Silió y el secretario del Consejo Eloy Silió, ya daba buena cuenta del estado pujante de una empresa que atravesó en activo gran parte del siglo XX. Y es que lo relacionado con la construcción siempre fue negocio.









viernes, 4 de octubre de 2024

La chica que lee: un remanso de paz entre tanta batalla


 

Lo primero que piensa el paseante: he aquí una reencarnación de Buda en chica y lectora. ¿Quién dice que la contemplación no es posible con un libro? ¿Puede la meditación que se precie ejercitarse sin una concentración textual que la complemente? En la posición de la joven no hay un acto pasivo sino bien activo que genera imaginación y reflexión. Y la chica de la escultura lo sabe. Principalmente por mor de su creadora, la escultora vallisoletana Belén González Díaz, a la que hace años solicitó el Ayuntamiento una obra suya, y la artista se inspiró en su hija. Fue inaugurada en 2002. 

Gusta encontrar una obra así en el plano de suelo, sin peana, y con un tamaño considerable, casi tres metros de altura y 1.400 kilos de peso. Y en medio de la plaza porticada del Barrio de las Batallas que se edificó en los años 60 del siglo pasado. Plaza de las Batallas. En su entorno calles con nombres de hazañas guerreras: Navas de Tolosa, Numancia, Sagunto, Lepanto, Pavía, Covadonga, Trafalgar, Clavijo, San Quintín, Castillejos, Guadalete...¿Nos queda alguna calle contienda que enumerar? Al paseante le recuerdan los nombres que memorizábamos de niños siguiendo aquellos criterios superficiales que apenas hablaban de historia y sí de épicas, muchas de ellas mal interpretadas cuando no irreales.



La obra impone por su volumen pero atrae. El viandante, de paso o de parada en el jardín, la siente familiar. Está al alcance de juego de niños o de codeo de adultos. La temática es de paz. Leer. Ese ejercicio sano y reconciliador con la naturaleza humana, la alternativa a la crispación y a la violencia, no menos naturales pero destructivas. Se refuerza por el gesto, la postura, la actitud, la acción calma de leer un libro, que es una historia, que es un vuelo, que es una proyección personal. O mil. 

De hecho en el libro está grabado un texto. Una historia oriental. Una recreación que huele a viejas historias mesopotámicas. Sara de Ur es el libro que lee la chica por la complicidad amistosa de Belén González con el escritor José Jiménez Lozano. Y en esa doble página hay un trozo del cuento. Pero podría ser otro libro, otra aventura, otro viaje en el tiempo, otro acercamiento a añejas creencias. 





"Sara era, como las otras muchachas de Ur, una de esas doncellas educadas en la luz que cuelga de la lámpara de noche: una muchachita muy delgada y de ojos muy grandes. Y, cuando volvía de cuidar sus cabras o dejaba la labor de bordado con sus esclavillas, siempre se ponía su vestido color índigo con la cenefa roja y su collar de cuentas de cristal para mirar a la calle por la celosía. Pero cuando ya cumplió catorce años fue a la tienda de Teraj a comprarse un tocado: una ancha cinta de oro afestonado para el pelo, unos zarcillos de cornalina y una pulsera de oro y lapislázuli. Y, al final, pidió también un  idolillo.

- Qus sus ojos sean como mariposas - dijo.

Y Teraj comenzó a mostrarla toda clase de ídolos, y ya iba a escoger uno de ellos con los ojos de conchas rojas y rayadas de negro, cuando Abram entró en la tienda y la miró. Y, entonces, fueron los ojos de Abram los que le parecieron mariposas y misteriosos como los de los cabritillos".

Este es el texto que aparece en el libro de bronce, tomado del relato de José Jiménez Lozano titulado Sara de Ur.

















martes, 1 de octubre de 2024

Esas hojas de acanto vecinas de parque y de fachadas

 


Son vecinas de dos reinos, aunque provengan del mismo. Una de la naturaleza física y viva en forma de jardín. Está en el Campo Grande. Otra convertida en ornamento de fachada arquitectónica. Mora en la Acera de Recoletos, bien en la Casa Mantilla o en la Casa del Príncipe, dos edificios de gran empaque tanto constructivo como decorativo. Prácticamente se miran. Se diría que ambas, la vegetal y la ornamental, conversan y cuchillean amablemente por su proximidad.

Si el acanto fue primero una ninfa a la que transformó Apolo en planta es cosa del mito. Uno ni entra ni sale en las correrías que se traían dioses y mortales según la mitología griega. Si el mito se trasladó luego a capiteles de la arquitectura del mundo clásico, por ejemplo en el orden corintio, ya es una conversión al simbolismo. Los estudiosos del simbolismo Jean Chevalier y Alain Gheerbrant dicen a propósito: "La hoja de acanto orna los capiteles corintios, los carros funerarios, la vestimenta de los grandes hombres, porque los arquitectos, los difuntos, los héroes han triunfado sobre las dificultades de su labor". Es decir, que la hoja de acanto contendría, debido a sus pinchos, el significado de dificultad  que es superada y se exhibe como un triunfo en las artes decorativas. La hoja de acanto se ha multiplicado por doquier en cualquier época y estilo constructivo, y ante los ojos se nos brinda esta propuesta: es la contemplación de la obra bien hecha, parece decírsenos.

Las que aquí advertimos, en esas fachadas de edificios burgueses de finales del siglo XIX y principios del XX, ora más ampulosas ora más estilizadas, parecen exaltar y cerrar para la mirada del paseante el esfuerzo de unos arquitectos que ejecutaron su obra bien con un criterio historicista de resabio francés (la Casa Mantilla) o bien influídos por un modernismo que algunos críticos tacharon de inseguro (la Casa del Príncipe)

Aunque algunos no lo crean unas y otras hojas de acanto, las vegetales y las ornamentales, se celebran mutuamente.

















Y en esta última fotografía vemos el acanto sobre uno de los ventanales de la fachada del Ayuntamiento.


Presentación del libro Vaivén, de Luis Marigómez, en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 



La Fundación Segundo y Santiago Montes me pasa la siguiente información.

Viernes 4 de octubre de 2024 
Presentación de Vaivén 
Con su autor, Luis Marigómez, estará Gustavo Martín Garzo 


 A lo largo de los más de cuarenta años en que se ha ido gestando la obra escrita de Luis Marigómez, hay distintas maneras que se han entrelazado, sin que ninguna de ellas fuera dominante. Además de poesía y novela, el relato corto, con sus limitaciones de espacio y sus oportunidades formales ha sido quizá el terreno en el que ha manejado una mayor variedad de recursos. 

Vaivén abarca tres apartados distintos, con piezas separadas por muchos años en su composición. Los cuentos de Baches, expresionistas, punzantes, llenos de rabia, a menudo con un humor áspero, hablan de personajes extremos en situaciones límite. Señorita es una novella en cinco capítulos, cada uno con una voz distinta. Aquí prima el melodrama. El autor entendió sus partes durante un tiempo como boleros. Vaguada entra en un terreno nuevo, relacionado con lo autobiográfico y con unos modos más abiertos, en los que la tensión dramática se mitiga, aparecen otros intereses, y surge una serenidad que acoge los distintos aconteceres que salen al paso a lo largo de una vida. 

El conjunto abre un abanico de sucesos singulares, dentro de su normalidad, con dolores y ansias reales o imaginarios, en circunstancias muy diversas, con seres siempre dispuestos a enfrentarse a los desafíos que les amenazan o les tienta.






jueves, 26 de septiembre de 2024

La centenaria biblioteca popular del Campo Grande, solitaria y en el olvido

 

Cerrada a cal y canto, con aires de mansión chinesca, el viejo quiosco que fue biblioteca hace muchas décadas en el Campo Grande lleva camino de emular a Matusalén. Ha pasado más de un siglo desde que se erigió en un pequeño espacio conformado como plaza recoleta, a espaldas del magistral monumento al poeta Núñez de Arce. Que el pequeño edificio -porque edificio es al fin y al cabo, no obstante las medidas de sus proporciones- subsista y se sobreponga a las inclemencias climáticas y al vandalismo ya es un mérito.

El paseante tiende, no sin cierta frustración, a un reconocimiento hacia este tipo de bibliotecas menudas que cumplieron un papel alfabetizador y divulgador en tiempos en que el libro no estaba al alcance de todos. Leo por ahí la anécdota de que este quiosco erigido por iniciativa del alcalde Federico Santander en 1922 tardó unas semanas más en abrirse al público porque en principio quedó desierto el concurso para la plaza de quien se encargara de mantener la biblioteca, ya que ninguno de quienes se presentaron a ella reunía las mínimas condiciones de cultura para hacerse cargo. Hubo quien no conocía siquiera quiénes habían sido los poetas celebrados de Valladolid o aquel otro que pensaba que el fundador de la ciudad, el conde Ansúrez, había sido un poeta. Ignoro si son habladurías o fue tal cual.



De este pequeño quiosco permanece con cierto deterioro un recubrimiento de azulejos, y en el zócalo de su parte baja se conservan una serie de efigies, presidida por la de Miguel de Cervantes, que o bien pueden identificarse con otros escritores o bien con personajes de obras literarias, y así me apetece ver en ellos a Quevedo, a un Moratín, a un Tenorio, a una gitanilla e incluso a uno de los canes del Coloquio de los perros cervantino. Pero probablemente sean imaginaciones mías. Si alguien puede dar pistas sobre la identidad de los personajes perpetuados en azulejo se lo agradeceré.

En el espacio desocupado delante de este pequeño edificio hubo en tiempos unos bancos con azulejos y una fuente acorde, pero desaparecieron no se sabe cuándo. Como se extinguió lentamente la costumbre de acudir los lectores a solazarse en verano con los libros en el parque. Hoy día es una lástima que este quiosco amable y bonito carezca de uso. Y ya se sabe, por otros bienes que ha tenido la ciudad, que el abandono es la puerta al deterioro.