domingo, 21 de julio de 2024
Paseando con Robert Walser (por uno de los territorios del Campo Grande)
jueves, 18 de julio de 2024
Las fachadas cromáticas de la calle Asunción
No sé de quién sería la ocurrencia, pero considero un acierto la policromía de un tramo de acera de la calle Asunción. Esta calle, desde que inauguraron el túnel de las Delicias en el año 1952, no tuvo salida para vehículos en uno de sus extremos, el de calle Labradores. Siendo una calle céntrica y parte de lo que fue el barrio de trabajadores ferroviarios desde el siglo XIX ha quedado un tanto traspuesta. No es un lugar de paso más para los que viven en ella o van a sus recados. Encontrarse de pronto con la alegría de los colores es un hallazgo divertido y estimulante. El color es una manera de compensar fachadas anodinas y realzar que en cada edificio puede latir siempre una armonía y una originalidad, por muy austeros y rectilíneos que hayan sido de principio.
Estos edificios tan cromáticos tienen una antigüedad alta. El que comparte dos coloridos es de 1940. Pero el azul, por ejemplo, es de 1914 y el amarillo de 1883 nada menos. Esta calle y otras paralelas a ella es de las que conservan más edificio añosos, pero muchos de ellos se han rehabilitado o bien remozado de alguna manera.
Los colores son un elemento cultural que ha variado a través de los siglos y de las sociedades y que hoy mismo no se ven con el mismo significado en Occidente y en Oriente, por poner dos focos de trayectoria histórica tan diferente. Desconozco por qué y cómo se decicieron los propietarios de estos edificios por los colores que exhiben. Ni si hubo consenso o fue imposición. Para gustos los colores, dice un dicho al uso. Por supuesto, y también los sabores, las palabras, las ideas. Pero si los colores definen tanto las tendencias de personas y colectividades la elección de los de estas casas de Asunción me intriga. Si alguna vez me entero lo contaré.
lunes, 15 de julio de 2024
La Rosa, la última harinera de la ciudad
Hay muchos vallisoletanos que pasan con frecuencia por delante de este edificio, en la calle Puente Colgante, sin tener idea -y acaso sin preguntárselo- de lo que fue hasta no hace muchos años. Se trata de una fábrica de harinas denominada La Rosa, de principios del siglo XX. Uno todavía ha visto cargar sacos de harina en una especie de muelle que daba a la vía. Pues bien, probablemente la cercanía del ferrocarril, la Estación del Norte y la Estación de Ariza, y en una zona que en aquel tiempo no había prácticamente viviendas propiciara su instalación en ese punto. Ahora puede chocarnos que una fábrica de harinas haya estado en núcleo habitado, pero es que el conglomerado de edificaciones llegó después.
Muy próximo a la Estación de Autobuses y a RENFE el edificio mantiene un empaque severo y a la vez señorial, y desde la acera de enfrente pueden verse algunos conductos y chimeneas sin desmontar. Parece ser que aunque el edificio fuera original de 1906 se amplió en 1924 y posteriormente se erigió un cuerpo superior.
"Esta fábrica de harinas, sistema austro-húngaro, es propiedad de los señores Lomas Hermanos, y una de las más acreditadas de Valladolid.
Fue montada el año 1907 por la Casa de los señores Daverio Henrici y compañía de Zurich, con todos los aparatos más perfeccionados, constituyendo, por lo tanto, una moderna fábrica modelo. Su edificio fue construido ad hoc, de nueva planta, estando movida su máquina por energía eléctrica.
Su capacidad de molturación es de 20.000 kilogramos diarios de trigo".
No dejen de detenerse cuando pasen ante la que fue la última harinera en vigor de la ciudad. La factura de ladrillo de esta larga fachada, muy homogénea toda ella, habla mucho tanto a favor de la nobleza del material empleado como del uso y función que le daban los arquitectos de aquel tiempo. Es de esperar que si bien obsoleta no deje de ser una presencia íntegra como un bien monumental de carácter industrial.
Algunos todavía hemos conocido dos fábricas de harinas más en la ciudad, con arquitecturas soberbias. Una muy cercana a esta, la de La Magdalena, junto al Arco de Ladrillo en la carretera de Madrid, que ardió misteriosamente en 1976. Y la del Palero, que también ardió en 1975 y de ella al menos sobreviven unos muros integrados en la nueva arquitectura del Museo de la Ciencia. También nos acordamos de La Perla, junto al Puente Mayor, devenida en hotel los últimos años y ahora cerrado. Un edificio exteriormente bonito que ya traerá por este blog el paseante.
jueves, 11 de julio de 2024
Los restos de la Casa de la Aguada desde la que se captaba el agua del Pisuerga para llevarla al ferrocarril
Aguada.
3.f. Acción y efecto de aprovisionarse de agua un buque, una tropa, una caravana, etc.
(Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua)
La historia de Valladolid es antigua. Es la historia de muchas construcciones, pero también de muchas destrucciones. Posesión y pérdida son dos constantes que se han ido alternando a lo largo del tiempo. Lo que ha llegado hasta nuestros días aun siendo bastante es residual, con su importancia y calidad indudables, pero también permite intuir lo que se ha perdido. En materia de estructuras urbanas, de edificios de distintas épocas, de ingenios técnicos y fabriles que quedaron obsoletos y llegaron a su desaparición.
Uno de esos espacios que pocos conocen lo que fue, aunque es lugar de tránsito, pues está al borde del llamado Puente Colgante, que de colgante no tiene nada, es lo que se conocía como Casa de la Aguada. El edificio que hoy se ve remozado, y adulterado, pues está al servicio de un uso hostelero, fue un edificio vinculado al ferrocarril cuya misión era la de bombear agua del río Pisuerga, que está a sus pies, y llevarla hasta la Estación del Norte, que no se encuentra precisamente a un paso. Se trataba de suministrar agua para las locomotoras de vapor, tarea que tuvo lugar entre 1860 y 1944. Para ello se construyó una arqueta de captación, un pozo y un sistema de bombeo que permitían conducir el agua del río a través de una tubería larga y de buen diámetro hasta la estación.
La incuria -un término harto asociado al acontecer de la ciudad- apenas ha dejado en pie el edificio principal, hoy notablemente alterado por mor del negocio citado, unos muros de piedra, prácticamente soterrados, la arqueta, el pozo y una rueda de noria. Pero hay que echar mucha imaginación para comprender tanto la realización del ingenio como la relación entre este espacio de captación de agua del río y el ferrocarril.
Como dato más lamentable parece ser que este espacio no estuvo catalogado por los planes de urbanismo ni reconocido como valor cultural e histórico. Y que piezas de la maquinaria que contenía fueron vendidas como chatarra. Al menos el paseante rinde homenaje al entorno y trata de imaginarlo en la perspectiva de un largo siglo y medio anterior.
viernes, 5 de julio de 2024
El cedro majestuoso y recoleto del colegio García Quintana
domingo, 30 de junio de 2024
Aquellos lujosos quioscos orientales...de prensa, tebeos y chucherías, como este del Caño Argales
Afortunadamente restaurado no hace mucho, aquel quiosco de infancia queda al menos como testigo de un pasado no tan lejano. Si mudo o no depende de si alguna entidad -es propiedad municipal y asociaciones hay muchas que podrían proponer un destino para él- acierta a dotarlo de un uso. Ya se sabe que un espacio que no presta un servicio o proporciona una utilidad del tipo que fuere puede quedar condenado otra vez a un deterioro irreperable. Cierto que no es fácil saber en qué puede emplearse el viejo pero remozado quiosco del Caño Argales, con un perímetro tan acotado como el que ofrece. Cierto también que no le favorece, e incluso le amenaza, la compañía decrépita del edificio donde se asentó la antigua tienda de ultramarinos La Casa del bacalao, de los Heras, cuya fachada está sujeta por la ortopedia de rigor. Pero sería una lástima que permaneciera a la intemperie como una especie de mera estatua expuesta a los elementos.
Para algunas personas, cada vez menos, este quiosco es una fuente de recuerdos. Yo mismo me detenía todos los días delante de sus poligonales escaparates al volver de la escuela. Repasando las portadas colgadas de TBO, El capitán Trueno, Jaimito, El jabato, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...etcétera. Había infinidad de publicaciones infantiles, a todas ellas las llamábamos tebeos. ¿Y cómo olvidarse uno de los sobres sorpresa que apenas deparaban un globo nada sorprendente? ¿Cómo olvidar las entrañables y didácticas -todas lo eran- colecciones de cromos de Los diez mandamientos o de aviones o de naturaleza, por ejemplo? ¿O los consabidos chicles Talgo o Bazoka, que casi no te cabían en la boca? Acordarme de ellos ahora mismo y venirme un gustillo frutal a las papilas es todo uno.
Adjuntar un mini parque infantil con zona ajardinada proporciona a la plaza cierto ambientillo, aunque ha empequeñecido el espacio tradicional. Y los bancos siempre tienen la acogida de la gente de edad o los viandantes que hacen un alto en el camino. La plaza es un punto de tránsito de vehículos intenso, pero a la vez pretende ser un oasis pequeño. En ese marco el quiosco, que es una joya tanto conmemorativa como estética, se siente menos solo. Vecinos de la zona piensan que sigue un tanto huérfano. Propuestas ha debido haber. Acertadas o factibles es otra cosa.
En estos tiempos en que los quioscos de venta de prensa van desapareciendo a velocidad vertiginosa por toda la ciudad uno quisiera que este testigo tuviera un carácter menos escultórico y más viviente. Si no puede ser para una función como antes para otra que sea reconocida en el vecindario. A la espera estamos.
jueves, 27 de junio de 2024
Patas arriba en el Hospital Río Hortega
Desde el primer día que vi esta sillería gigante me pareció algo divertido. El objeto representado es de lo más común. Podría tratarse del homenaje a la silla, pero esa instalación aparentemente desordenada, colosal y caótica, es lo que la convierte en algo humano y sin duda ayuda a desdramatizar el marco donde se halla instalada.
Se encuentra en el exterior del macro hospital Pío del Río Hortega, paralelamente a los aparcamientos y al mismo hospital. Sillas con respaldo o sin respaldo, amontonadas y transmitiendo una sensación de movilidad y uso familiar, forman una larga fila juguetona. A veces me he puesto por capricho a contarlas, pero pronto me he perdido, en parte porque cuando se llega hasta ese escenario no es precisamente para una visita turística, por ejemplo.
He leído por alguna parte que el conjunto se compone de unas 70 sillas gigantes, obra del diseñador y polifacético creativo Javier Mariscal. ¿Se acuerdan de la mascota Cobi de los Juegos Olímpicos de Brelona del 92? Habrá quien considere este conjunto como una muestra de chatarrería o una gamberrada del artista o simplemente quien perciba desasosiego, y no obstante no existe nada de eso. Porque ¿hay algo más cercano, qué digo, más íntimo para nosotros que una silla?
La silla es un paradigma de nuestros ámbitos domésticos, laborales o públicos. Sillas de cocina, sillas de comedor, sillas de salón de actos, sillas de consultas, sillas a la puerta de casa...Sillas de enea o de madera, sillas de plástico o de forjado, de cuero o de piel...¿Hay alguien que no haya puesto no solo una sino un montón de sillas en su vida? Solo recordar cómo de niños teníamos que coger aquellas sillas de tijera y colocarlas en el modesto cine de colegio para ver la película y luego volverlas a apilar al final de la sesión es para tener un sentimiento reconocido hacia un objeto tan agradecido.
https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/23/castillayleon/1206271746.html
martes, 25 de junio de 2024
Los que aman al río Pisuerga
Paradojas ciudadanas. Mientras unos llenan de desperdicios y porquería los márgenes del río, otros se esmeran por recoger la basura, desbrozar y desmalezar las sendas. ¿Lo hacen por amor al Pisuerga? ¿Por un sentido de la colaboración ciudadana que procura por mantener el tesoro ambiental de las riberas de un río tan vital para Valladolid? Ellos se hacen llamar como asociación A.M.A. El Pisuerga (Asociación Medioambiental El Pisuerga), si bien el juego de palabras hace más entrañable convertir las siglas en un tiempo verbal dotado de sentimiento. Un imperativo que es un ruego, una propuesta, una necesidad.
Y, por cierto, el logotipo simpático es un trabajo del artista Manolo Sierra que, como tantas veces sabe dar en el clavo con las causas cívicas que se lo merecen.
Allí estuvo esta brigadilla voluntaria el sábado 22, en el entorno del Puente Colgante, margen izquierda del Pisuerga, con sus herramientas y su esfuerzo y dedicación personal. Es una tarea que realizan todos los sábados en diferentes tramos ribereños. Mujeres, hombres, jóvenes, jubilados, el tejido social que silenciosa y constantemente hace algo práctico mientras otros solo saben largar por la boca en el bar. Pero ojo, no se queden con la imagen de unos meros limpiadores de las orillas del Pisuerga, pues sus criterios y motivaciones son amplias.





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