domingo, 21 de julio de 2024

Paseando con Robert Walser (por uno de los territorios del Campo Grande)

 



El escritor suizo de lengua alemana Robert Walser (1878-1956), con una prolífica y originalísima obra literaria, escribió El paseo, relato de 1917, donde las observaciones exteriores se funden con las reflexiones particulares y se deja llevar por la contemplación de la belleza que está in situ, esperándonos, pero que solo nuestra capacidad de percibirla y gozarla va a darle el peculiar sentido humano. Ante un recorrido parcial del Campo Grande, donde se ubican las imágenes que se acompañan, se me ocurrió reproducir algunos párrafos de sus sugerencias sobre la actiud del paseante ordinario.

"Pasear me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo vivo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más ni producir el más leve poema en verso o prosa. Sin pasear estaría muerto, y mi profesión, a la que amo apasionadamente, aniquilada. Sin pasear y recibir informes no podría tampoco rendir informe alguno ni redactar el más mínimo artículo, y no digamos toda una novela corta. Sin pasear no podría hacer observaciones ni estudios.  (...) En un bello y dilatado paseo se me ocurren mil ideas aprovechables y útiles. Encerrado en casa, me arruinaría y secaría miserablemente. Para mí pasear no es solo sano y bello, sino también conveniente y útil. Un paseo me estimula profesionalmente y a la vez me da gusto y alegría en el terreno personal; me recrea y consuela y alegra, es para mí un placer y al mismo tiempo tiene la cualidad de que me excita y acicatea a seguir creando, en tanto que me ofrece como material numerosos objetos pequeños y grandes que después, en casa, elaboro con celo y diligencia.




Un paseo está siempre lleno de importantes manifestaciones dignas de ver y de sentir. De imágenes y vivas poesías, de hechizos y bellezas naturales bullen a menudo los lindos paseos, por cortos que sean. Naturaleza y costumbres se abren atractivas y encantadoras a los sentidos y ojos del paseante atento, que desde luego tiene que pasear no con los ojos bajos, sino abiertos y despejados, si ha de brotar en él el hermoso sentido y el sereno y noble pensamiento del paseo. Piense cómo el poeta ha de empobrecerse y fracasar de forma lamentable si la hermosa Naturaleza maternal y paternal e infantil no le refesca una y otra vez con la fuente de lo bueno y de lo hermoso. Piense cómo para el poeta la instrucción y la sagrada y dorada enseñanza que obtiene ahí fuera, al juguetón aire libre, son una y otra vez de la mayor importancia.




Sin el paseo y sin la contemplación de la Naturaleza a él vinculada, sin esa indagación tan agradable como llena de advertencias, me siento como perdido y lo estoy de hecho. Con supremo cariño y atención ha de contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube, una montaña, una hoja o tan solo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras. Las cosas más elevadas y las más bajas, las más serias y las más graciosas, le son por igual queridas y valiosas. No puede llevar consigo ninguna clase de sensible amor propio y sensibilidad. 




Su cuidadosa mirada tiene que vagar y deslizarse por doquier, desinteresadamente y carente de egoísmo; tiene que ser siemopre capaz de disolverse en la observación y percepción de las cosas, y ha de postergarse, menospreciarse y olvidarse de sí mismo, sus quejas y necesidades, carencias, privaciones, como el bravo, servicial y dispuesto al sacrificio soldado en campaña. Tiene que ser capaz en todo momento de compasión, de identificación y de entusiasmo, y ojalá que lo sea. Tiene que alzarse a elevado arrebato y hundirse y saber descender a la más profunda y mínima cotianeidad, y probablemente sabe".

 
El libro de Walser es un pequeño tesoro. ¿Quién diría que algo tan aparentemente desenfadado y ligero, que también lo es, como el hecho de pasear podría servir para estimular nuestra imaginación e incluso promover creación? El paseo es lo opuesto a cualquier forma de pasividad, de dejadez, de indolencia o de entrega a una simple fórmula de consumo que hoy te venden y atropella a todo el mundo. Ámbitos de paseo no faltan. Desde el entorno de la ciudad, los parques o simplemente el recorrido observador del interior del caserío urbano se brinda al ciudadano, y más en una ciudad tan cómoda como Valladolid, el encanto y encantamiento del paseo.   
 









Los textos están tomados de la edición que Siruela hizo de El paseo, de Robert Walser, en 1996, en su colección Libros del tiempo.




jueves, 18 de julio de 2024

Las fachadas cromáticas de la calle Asunción

 


No sé de quién sería la ocurrencia, pero considero un acierto la policromía de un tramo de acera de la calle Asunción. Esta calle, desde que inauguraron el túnel de las Delicias en el año 1952, no tuvo salida para vehículos en uno de sus extremos, el de calle Labradores. Siendo una calle céntrica y parte de lo que fue el barrio de trabajadores ferroviarios desde el siglo XIX ha quedado un tanto traspuesta. No es un lugar de paso más para los que viven en ella o van a sus recados. Encontrarse de pronto con la alegría de los colores es un hallazgo divertido y estimulante. El color es una manera de compensar fachadas anodinas y realzar que en cada edificio puede latir siempre una armonía y una originalidad, por muy austeros y rectilíneos que hayan sido de principio.

Estos edificios tan cromáticos tienen una antigüedad alta. El que comparte dos coloridos es de 1940. Pero el azul, por ejemplo, es de 1914 y el amarillo de 1883 nada menos. Esta calle y otras paralelas a ella es de las que conservan más edificio añosos, pero muchos de ellos se han rehabilitado o bien remozado de alguna manera. 

Los colores son un elemento cultural que ha variado a través de los siglos y de las sociedades y que hoy mismo no se ven con el mismo significado en Occidente y en Oriente, por poner dos focos de trayectoria histórica tan diferente. Desconozco por qué y cómo se decicieron los propietarios de estos edificios por los colores que exhiben. Ni si hubo consenso o fue imposición. Para gustos los colores, dice un dicho al uso. Por supuesto, y también los sabores, las palabras, las ideas. Pero si los colores definen tanto las tendencias de personas y colectividades la elección de los de estas casas de Asunción me intriga. Si alguna vez me entero lo contaré.   




El historiador francés Michel Pastoureau, en su sorprendente libro Diccionario de los colores habla de cómo en la historia de la humanidad se han producido mutaciones importantes y decisivas en el gusto y uso de los colores. "...Los colores de la actualidad no pueden entenderse si no es a la luz de los colores del pasado, con los cuales existe generalmente una continuidad y más raras veces una ruptura. Hablar de las prácticas y significados del color en el mundo actual implica necesariamente volver atrás, unas veces al siglo XVIII y al XIX y otras a épocas anteriores (...) Estas diferentes fases, estas diferentes transformaciones, estos diferentes sistemas han dejado numerosas y muy profundas huellas en nuestros conceptos y nuestras definiciones del color, en nuestros usos actuales, en nuestros códigos y nuestros rituales, en nuestro vocabulario, nuestra imaginación y nuestra sensibilidad". 

Tal vez lo que vivimos en nuestro tiempo sea una superabundancia no solo de tonos de colores -la gama de ellos es casi infinita- sino de significados en base a ellos, aplicados a las innumerables actividades humanas, a la multiplicidad de objetos, a la reinvención de paisajes urbanos. Y en ese sentido Michel Pastoureau es firme: "Soy de los que creen que el color es un fenómeno cultural, estrictamente cultural, que se vive y se define de manera distinta según las épocas, las sociedades y las civilizaciones. No tiene nada de universal, ni en su naturaleza ni en su percepción. Por eso mismo no creo en la posibilidad de un discurso científico unívoco sobre el color, basado únicamente en las leyes de la física, de la química, de las matemáticas y de la neurobiología. Para mí, un color si no hay alguien que lo mira no existe (en este sentido, le doy la razón a Goethe contra Newton) El único discurso posible sobre el color es ante todo de naturaleza social y antropológica".

¿Complejo o sencillo? Lo que sorprende y agrada al paseante al encontrar estos edificios de colores en la calle Asunción, por lo que tiene de rupturista y rescatador del abandono o lo insustancial, ¿sería compartido emocionalmente por oros viandantes? ¿Pensarán lo mismo quienes habiten estas viviendas o sentirán rechazo por los colores? Siempre podrán decir a sus amigos: vivo en tal calle, la casa amarilla o la azul.    










lunes, 15 de julio de 2024

La Rosa, la última harinera de la ciudad


Hay muchos vallisoletanos que pasan con frecuencia por delante de este edificio, en la calle Puente Colgante, sin tener idea -y acaso sin preguntárselo- de lo que fue hasta no hace muchos años. Se trata de una fábrica de harinas denominada La Rosa, de principios del siglo XX. Uno todavía ha visto cargar sacos de harina en una especie de muelle que daba a la vía. Pues bien, probablemente la cercanía del ferrocarril, la Estación del Norte y la Estación de Ariza, y en una zona que en aquel tiempo no había prácticamente viviendas propiciara su instalación en ese punto. Ahora puede chocarnos que una fábrica de harinas haya estado en núcleo habitado, pero es que el conglomerado de edificaciones llegó después.

Muy próximo a la Estación de Autobuses y a RENFE el edificio mantiene un empaque severo y a la vez señorial, y desde la acera de enfrente pueden verse algunos conductos y chimeneas sin desmontar. Parece ser que aunque el edificio fuera original de 1906 se amplió en 1924 y posteriormente se erigió un cuerpo superior. 

 


En la revista El Financiero Hispano-Americano, que se subtitulaba como Revista Económica, Industrial y Mercantil, Doctrinal y Práctica (esto de doctrinal y práctica me intriga) de julio de 1911, dedicado a Valladolid, hay una pequeña reseña sobre la fábrica:

"Esta fábrica de harinas, sistema austro-húngaro, es propiedad de los señores Lomas Hermanos, y una de las más acreditadas de Valladolid.

Fue montada el año 1907 por la Casa de los señores Daverio Henrici y compañía de Zurich, con todos los aparatos más perfeccionados, constituyendo, por lo tanto, una moderna fábrica modelo. Su edificio fue construido ad hoc, de nueva planta, estando movida su máquina por energía eléctrica.

Su capacidad de molturación es de 20.000 kilogramos diarios de trigo".




No dejen de detenerse cuando pasen ante la que fue la última harinera en vigor de la ciudad. La factura de ladrillo de esta larga fachada, muy homogénea toda ella, habla mucho tanto a favor de la nobleza del material empleado como del uso y función que le daban los arquitectos de aquel tiempo. Es de esperar que si bien obsoleta no deje de ser una presencia íntegra como un bien monumental de carácter industrial. 

Algunos todavía hemos conocido dos fábricas de harinas más en la ciudad, con arquitecturas soberbias. Una muy cercana a esta, la de La Magdalena, junto al Arco de Ladrillo en la carretera de Madrid, que ardió misteriosamente en 1976. Y la del Palero, que también ardió en 1975 y de ella al menos sobreviven unos muros integrados en la nueva arquitectura del Museo de la Ciencia. También nos acordamos de La Perla, junto al Puente Mayor, devenida en hotel los últimos años y ahora cerrado. Un edificio exteriormente bonito que ya traerá por este blog el paseante.




jueves, 11 de julio de 2024

Los restos de la Casa de la Aguada desde la que se captaba el agua del Pisuerga para llevarla al ferrocarril

 


Aguada.

3.f. Acción y efecto de aprovisionarse de agua un buque, una tropa, una caravana, etc.

(Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua)


La historia de Valladolid es antigua. Es la historia de muchas construcciones, pero también de muchas destrucciones. Posesión y pérdida son dos constantes que se han ido alternando a lo largo del tiempo. Lo que ha llegado hasta nuestros días aun siendo bastante es residual, con su importancia y calidad indudables, pero también permite intuir lo que se ha perdido. En materia de estructuras urbanas, de edificios de distintas épocas, de ingenios técnicos y fabriles que quedaron obsoletos y llegaron a su desaparición.

Uno de esos espacios que pocos conocen lo que fue, aunque es lugar de tránsito, pues está al borde del llamado Puente Colgante, que de colgante no tiene nada, es lo que se conocía como Casa de la Aguada. El edificio que hoy se ve remozado, y adulterado, pues está al servicio de un uso hostelero, fue un edificio vinculado al ferrocarril cuya misión era la de bombear agua del río Pisuerga, que está a sus pies, y llevarla hasta la Estación del Norte, que no se encuentra precisamente a un paso. Se trataba de suministrar agua para las locomotoras de vapor, tarea que tuvo lugar entre 1860 y 1944. Para ello se construyó una arqueta de captación, un pozo y un sistema de bombeo que permitían conducir el agua del río a través de una tubería larga y de buen diámetro hasta la estación.

La incuria -un término harto asociado al acontecer de la ciudad- apenas ha dejado en pie el edificio principal, hoy notablemente alterado por mor del negocio citado, unos muros de piedra, prácticamente soterrados, la arqueta, el pozo y una rueda de noria. Pero hay que echar mucha imaginación para comprender tanto la realización del ingenio como la relación entre este espacio de captación de agua del río y el ferrocarril. 

Como dato más lamentable parece ser que este espacio no estuvo catalogado por los planes de urbanismo ni reconocido como valor cultural e histórico. Y que piezas de la maquinaria que contenía fueron vendidas como chatarra. Al menos el paseante rinde homenaje al entorno y trata de imaginarlo en la perspectiva de un largo siglo y medio anterior.
















viernes, 5 de julio de 2024

El cedro majestuoso y recoleto del colegio García Quintana

 



Un árbol es siempre un monumento. Un edificio, una escultura, una obra plástica, un hombre incluso. Pero sin mano humana. La mano humana ha podido hacer de intermediaria. Trasladar desde otra región geográfica, repoblar, plantar, poner semillas aquí o allá. La otra mano se denomina clima. Fertilidad. Aire. Lluvia. La naturaleza por sí misma. Un árbol es, pues y sobre todo, vida.

Esa sensación monumental embriaga al paseante ante un árbol majestuoso o sencillo, o en medio de una arboleda. La arboleda es una de las referencias de la infancia de muchos vallisoletanos. Pero hay, o mejor dicho, hubo, otro elemento. Antes, cuando las casas molineras eran la tipología urbana por excelencia en los barrios obreros, céntricos unos o periféricos otros, da igual, existían patios en la mayoría de los cuales había un pozo. Y a mayores en muchos de ellos se erguía una acacia, por ejemplo.

Así que uno tiene una atracción reverencial no solo por lo que va encontrando por plazas o calles, sino en espacios recoletos, como este del patio del Colegio Público García Quintana, en la Plaza España. Cuando una especie de la envergadura de un cedro la encuentras en un espacio interior te da la impresión de que está cautiva. Pero ¿cabe pensar que un árbol tan esplendoroso pueda ser sometido a cautividad? Este puede verse al pasar por la puerta lateral del colegio por la calle Teresa Gil o bien desde una ventana que hay subiendo al primer piso de la Biblioteca Martín Abril, en la calle López Gómez. De cualquier modo es un árbol afortunado. Acompañado como está gran parte del año por los chavales en el recreo.


domingo, 30 de junio de 2024

Aquellos lujosos quioscos orientales...de prensa, tebeos y chucherías, como este del Caño Argales

 



Afortunadamente restaurado no hace mucho, aquel quiosco de infancia queda al menos como testigo de un pasado no tan lejano. Si mudo o no depende de si alguna entidad -es propiedad municipal y asociaciones hay muchas que podrían proponer un destino para él- acierta a dotarlo de un uso. Ya se sabe que un espacio que no presta un servicio o proporciona una utilidad del tipo que fuere puede quedar condenado otra vez a un deterioro irreperable. Cierto que no es fácil saber en qué puede emplearse el viejo pero remozado quiosco del Caño Argales, con un perímetro tan acotado como el que ofrece. Cierto también que no le favorece, e incluso le amenaza, la compañía decrépita del edificio donde se asentó la antigua tienda de ultramarinos La Casa del bacalao, de los Heras, cuya fachada está sujeta por la ortopedia de rigor. Pero sería una lástima que permaneciera a la intemperie como una especie de mera estatua expuesta a los elementos.




Para algunas personas, cada vez menos, este quiosco es una fuente de recuerdos. Yo mismo me detenía todos los días delante de sus poligonales escaparates al volver de la escuela. Repasando las portadas colgadas de TBO, El capitán Trueno, Jaimito, El jabato, Pulgarcito, El guerrero del antifaz, Hazañas bélicas...etcétera. Había infinidad de publicaciones infantiles, a todas ellas las llamábamos tebeos. ¿Y cómo olvidarse uno de los sobres sorpresa que apenas deparaban un globo nada sorprendente? ¿Cómo olvidar las entrañables y didácticas -todas lo eran- colecciones de cromos de Los diez mandamientos o de aviones o de naturaleza, por ejemplo?  ¿O los consabidos chicles Talgo o Bazoka, que casi no te cabían en la boca? Acordarme de ellos ahora mismo y venirme un gustillo frutal a las papilas es todo uno.



Adjuntar un mini parque infantil con zona ajardinada proporciona a la plaza cierto ambientillo, aunque ha empequeñecido el espacio tradicional. Y los bancos siempre tienen la acogida de la gente de edad o los viandantes que hacen un alto en el camino. La plaza es un punto de tránsito de vehículos intenso, pero a la vez pretende ser un oasis pequeño. En ese marco el quiosco, que es una joya tanto conmemorativa como estética, se siente menos solo. Vecinos de la zona piensan que sigue un tanto huérfano. Propuestas ha debido haber. Acertadas o factibles es otra cosa. 



En estos tiempos en que los quioscos de venta de prensa van desapareciendo a velocidad vertiginosa por toda la ciudad uno quisiera que este testigo tuviera un carácter menos escultórico y más viviente. Si no puede ser para una función como antes para otra que sea reconocida en el vecindario. A la espera estamos.




Para quien no haya conocido en activo este tipo de quiosco adjunto una fotografía antigua de Valladolid en la que un quiosco análogo aparece en plena Plaza Mayor. Probablemente sea el mismo que hay ahora en Caño Argales, donde en los años 50, 60 y acaso parte de los 70 del siglo pasado hubo uno de semejante estética.




jueves, 27 de junio de 2024

Patas arriba en el Hospital Río Hortega

 


Desde el primer día que vi esta sillería gigante me pareció algo divertido. El objeto representado es de lo más común. Podría tratarse del homenaje a la silla, pero esa instalación aparentemente desordenada, colosal y caótica, es lo que la convierte en algo humano y sin duda ayuda a desdramatizar el marco donde se halla instalada. 

Se encuentra en el exterior del macro hospital Pío del Río Hortega, paralelamente a los aparcamientos y al mismo hospital. Sillas con respaldo o sin respaldo, amontonadas y transmitiendo una sensación de movilidad y uso familiar, forman una larga fila juguetona. A veces me he puesto por capricho a contarlas, pero pronto me he perdido, en parte porque cuando se llega hasta ese escenario no es precisamente para una visita turística, por ejemplo.

He leído por alguna parte que el conjunto se compone de unas 70 sillas gigantes, obra del diseñador y polifacético creativo Javier Mariscal. ¿Se acuerdan de la mascota Cobi de los Juegos Olímpicos de Brelona del 92? Habrá quien considere este conjunto como una muestra de chatarrería o una gamberrada del artista o simplemente quien perciba desasosiego, y no obstante no existe nada de eso. Porque ¿hay algo más cercano, qué digo, más íntimo para nosotros que una silla? 

La silla es un paradigma de nuestros ámbitos domésticos, laborales o públicos. Sillas de cocina, sillas de comedor, sillas de salón de actos, sillas de consultas, sillas a la puerta de casa...Sillas de enea o de madera, sillas de plástico o de forjado, de cuero o de piel...¿Hay alguien que no haya puesto no solo una sino un montón de sillas en su vida? Solo recordar cómo de niños teníamos que coger aquellas sillas de tijera y colocarlas en el modesto cine de colegio para ver la película y luego volverlas a apilar al final de la sesión es para tener un sentimiento reconocido hacia un objeto tan agradecido. 






https://www.elnortedecastilla.es/valladolid/significan-sillas-gigantes-20200206193757-nt.html?ref=https%3A%2F%2Fwww.elnortedecastilla.es%2Fvalladolid%2Fsignifican-sillas-gigantes-20200206193757-nt.html


https://www.elmundo.es/elmundo/2008/03/23/castillayleon/1206271746.html

martes, 25 de junio de 2024

Los que aman al río Pisuerga

 


Paradojas ciudadanas. Mientras unos llenan de desperdicios y porquería los márgenes del río, otros se esmeran por recoger la basura, desbrozar y desmalezar las sendas. ¿Lo hacen por amor al Pisuerga? ¿Por un sentido de la colaboración ciudadana que procura por mantener el tesoro ambiental de las riberas de un río tan vital para Valladolid? Ellos se hacen llamar como asociación A.M.A. El Pisuerga (Asociación Medioambiental El Pisuerga), si bien el juego de palabras hace más entrañable convertir las siglas en un tiempo verbal dotado de sentimiento. Un imperativo que es un ruego, una propuesta, una necesidad.  

Y, por cierto, el logotipo simpático es un trabajo del artista Manolo Sierra que, como tantas veces sabe dar en el clavo con las causas cívicas que se lo merecen.



Allí estuvo esta brigadilla voluntaria el sábado 22, en el entorno del Puente Colgante, margen izquierda del Pisuerga, con sus herramientas y su esfuerzo y dedicación personal. Es una tarea que realizan todos los sábados en diferentes tramos ribereños. Mujeres, hombres, jóvenes, jubilados, el tejido social que silenciosa y constantemente hace algo práctico mientras otros solo saben largar por la boca en el bar. Pero ojo, no se queden con la imagen de unos meros limpiadores de las orillas del Pisuerga, pues sus criterios y motivaciones son amplias. 

Aunque se puede, y se debe, ir a su página web para saber más de la actividad de esta asociación no me resisto a poner aquí el decálogo largo de sus intenciones:

Conservación, restauración y regeneración vegetal autóctona de ribera. 
Retirada de residuos del rio y riberas. 
Apertura de sendas. 
Construcción y talleres de cajas nido y hoteles para insectos polinizadores. 
Control de algunas especies invasoras (ej.: Ailantos) 
Retirada de troncos de la pesquera y pantalán del museo de la ciencia. 
Charlas medioambientales y patrimoniales. 
Acuerdo de actividades concretas para grupos (colegios, universidades, jubilados..etc) 
Denuncia de vertidos ilegales. 
Elaboración de propuestas medioambientales. 
Control de calidad del agua 
Participación en la creación de programas deportivos a lo largo de la ribera. 
Acciones que promuevan la igualdad e integración social de varios colectivos, como son las mujeres, los niños y personas en exclusión social.






Alfonso Calabia de Diego, en un espléndido libro titulado El Pisuerga. Encuentros y desencuentros del río y su ciudad, donde repasa la trayectoria y relación del río con Valladolid, comenta:

"La manifestación más evidente del divorcio entre Pisuerga y Valladolid se encuentra en la propia fisionomía del río: este conserva casi intacta la típica vegetación de ribera, sus aguas no reflejan los edificios más nobles de la ciudad. No es el Pisuerga en Valladolid como el Sena en París, el Moldava en Praga, el Tíber en Roma o el Gualdalquivir en Sevilla: solo es un río que empieza a buscar su sitio en una geografía urbana de la que ya, indefectiblemente, forma parte".

Y es que hasta la segunda mitad avanzada del siglo XX el Pisuerga no ha sido el río de interior de la ciudad. Quedaba fuera. Había que ir a él, no se encontraba el vallisoletano con el río directamente. Sólo el desarrollo inmobiliario de las últimas décadas, el crecimiento de la ciudad por el Oeste, con el nacimiento de barrios más o menos populosos como Huerta del Rey, la Victoria o Arturo Eyries, han llegado a integrarlo. Pero yo creo que precisamente el gran triunfo del Pisuerga es que debido a su trayectoria histórica las riberas del río se preservan y el Pisuerga mismo no ha sido avasallado por el hormigón. Los ríos de las ciudades que menciona Calabia son ríos, digamos, más domesticados. Pero menos primigenios.

Debemos sentirnos orgullosos de que el Pisuerga sea lo que es y que se merezca a gente que como AMA el Pisuerga se esfuerza en tenerle cariño práctico. Recomiendo, a quien no lo haya hecho aún, el recorrido del barco Leyenda del Pisuerga. Verá otro Valladolid desde el nivel de las aguas. La mirada del ámbito natural.












https://amaelpisuerga.es/