sábado, 20 de mayo de 2017

Ese toque modernista en pleno centro tradicional




En Valladolid no abundan los edificios de estilo modernista. Pero más de uno hay, como éste en la calle Cánovas del Castillo, próximo a Fuente Dorada. El juego de miradores con ventanal ojival, combinados con algunas figuras representativas como los atlantes, los dragones alados y ese remate acastillado, sugieren un cierto homenaje al simbolismo del Medievo. Leo por ahí que el maestro de obras fue un tal Modesto Coloma, y su realización tuvo lugar en 1916.

Por otro lado, es inevitable recordar la influencia de aquella arquitectura original, discutible si se quiere, pero presta a diseñar e imaginar como pocas, que tanto cundió en las ciudades catalanas a principios del siglo XX y que tuvo una expansión más menguada por otras zonas de España. El paseante siempre hace un alto en la acera de enfrente para recrearse en una de esas excepciones vallisoletanas que tanto alegran a la vista y que invitan a reflexionar sobre el misterio de las opciones y los caprichos que algunos arquitectos, y los propietarios que encargaran el inmueble, tuvieron la ocurrencia de arriesgar hace más de cien años. 








jueves, 18 de mayo de 2017

Uno de esos rincones al aire libre acogedores




Me agradan los rincones apacibles y discretos de la ciudad. Un rincón puede ser pequeño y, sin embargo, hospitalario. Que es tanto como decir recuperador. Principalmente con el buen tiempo. Puede consistir en cuatro bancos ubicados en un trozo de plazoleta pública o en una terraza agradable apartada del bullicio. Esto último sucede en la esquina de la calle Simón Aranda con José María Lacort, en el tramo más cercano a Mantería. Allí, los bajos que conservan un murete, pilastras y la correspondiente verja accesible de la edificación de otra época  -cuánto se echa en falta en Valladolid aquella especie de atrio ajardinado que tenían muchos edificios antiguamente- cumple la función de terraza a la solana y al sombreado por mor del Bar Galván. Debido a que tanto el tramo de Simón Aranda como Mantería son peatonales y Lacort suele llevar un tráfico más reducido el espacio resulta acogedor para leer la prensa o un libro mientras tomas un verdejo y unas aceitunas que Antonio, amablemente, te va a colocar sobre la mesa. Añadamos que el mismo edificio mantiene la tipología más o menos original, anterior a la barbarie inmobiliaria, y con ese aspecto de caserón adquiere una personalidad visualmente grata. Se nos traslada una sensación de estar a gusto, ilusoria fantasía de retroceder en el tiempo, a la sombra del reducido pero eficaz arbolado, y a eso le llamo calidad de vida. Un alto en el camino en cualquiera de los recorridos céntricos que adquieren un valor superior, sin dejar de ser un ejercicio sencillo que sabe a gloria. Sensaciones y sentimientos del paseante. Qué se le va a hacer si uno es ansí.



martes, 16 de mayo de 2017

La cargada espalda del poeta




¿Se nota mucho la ancha y cargada espalda del poeta de la ciudad por excelencia? Demasiados espacios urbanos con su nombre lo abruman. Una plaza céntrica y axial, una escultura auspiciada por la musa, una larga y fecunda avenida que se llama paseo porque también lo es, un estadio de fútbol, un instituto de enseñanza histórico, un teatro tradicional en la misma Plaza Mayor de la urbe, un museo de su casa natal recuperada...Seguramente me deje algún lugar o centro más, y no cito las iniciativas privadas que también llevan su nombre y apellido. 

Doscientos años de su nacimiento que las instituciones locales deciden celebrar a lo largo del año. ¿Qué sabe el vallisoletano medio de la obra del autor cuyo nombre se invoca por diversos ámbitos ciudadanos, más allá de su Tenorio? ¿Qué sabemos de la vida y andanzas de un personaje que hemos encumbrado? Tal vez entre tanta actividad para conmemorar su cumpleaños podamos encontrar algunas respuestas.

La escultura de José Zorrilla y Moral, aunque parece que declamara al cielo, ofrece esa perspectiva cuando se llega hasta ella procedente del Paseo Central del Campo Grande. El paseante la vio así al acercarse.



viernes, 12 de mayo de 2017

La India en Valladolid




Al fondo, tras la celosía de forja, apacible y concentrado en su escritura, el escritor indio Rabindranath Tagore nos recibe y nos ignora. Es el atrio de la Casa de la India, ubicada en la calle Puente Colgante. El viejo chalé de principios del siglo XX, que había permanecido durante décadas abandonado y a punto de ruina, fue recuperado a partir de 2003, por un acuerdo firmado entre la Embajada de la República de India, el Ayuntamiento de la ciudad y la Universidad de Valladolid con el objetivo de fomentar una obra cultural que vinculase al país asiático con la cultura occidental. 

La casa había pertenecido desde 1915 a una familia vallisoletana, apellidada Aragón, en una zona que en aquel tiempo estaba muy a extrarradio de la ciudad. Huertas y jardines no le faltarían pues a poca imaginación que echemos aquel paraje tenía que ser una gloria durante décadas, aunque permaneciera próximo el ferrocarril, el Arco de Ladrillo y la Fábrica de Harinas La Rosa, que aún se encuentra enfrente y que esperemos que cuando deje de cumplir su función siga ahí como una huella de historia y arqueología industrial, seña de identidad de una actividad harinera por excelencia que jugó en el pasado nuestra ciudad.

El proyecto de recuperación del edificio corrió a cargo de los arquitectos  Eduardo Carazo Lefort, Paloma Gil Giménez,  Julio Grijalba Bengoetxea,  Alberto Grijalba Bengoetxea y Victor J. Ruiz Méndez. Como el jardín interior está con obras, no me he inmiscuido ni he osado entrar a ver el resto. Tiempo y oportunidad habrá para que pueda mostrarlo desde este mismo blog.



















La postura del Tagore estatua que nos encontramos en el zaguán exterior de la casa me hace recordar un cuento suyo,  El oficio de autor. Lo transcribo.


"Me dices que papá escribe muchos libros, pero no entiendo nada de lo que escribe.

Se pasó toda la noche leyendo para ti, ¿pero has podido descubrir realmente el significado de todo aquello? ¡Tú sí, madre; tú sí que sabes contar bonitas historias! No entiendo por qué papá no puede escribir cuentos como los tuyos.

¿Es que su madre nunca le contó historias de gigantes, hadas y princesas? ¿O tal vez las ha olvidado?

A menudo se retrasa para ir a su baño, y tienes que llamarlo cien veces.

Tú lo esperas, le conservas los platos calientes, pero él sigue escribiendo y lo olvida todo.

Papá sólo sabe jugar a escribir libros.

Si alguna vez me voy a jugar en el cuarto de papá, vienes en seguida a buscarme y dices que soy malo.

Si hago un poco de ruido, me riñes: ‘¿No ves que papá está trabajando?’ ¿Por qué le gustará tanto escribir, escribir siempre?

Cuando cojo la pluma o el lápiz de papá y escribo en su cuaderno a b c d e f g h i... exactamente como él, ¿por qué te enfadas conmigo, madre? Pero nunca protestas cuando es papá quien escribe.

Ni te importa que papá malgaste tanto papel. 

Pero si yo cojo una sola hoja para hacerme un barco, me gritas en seguida: ‘¡Hijo mío, qué pesado eres!’ ¿Por qué no riñes a papá, que estropea hojas y más hojas, llenándolas de letras negras por los dos lados? "

(Tomado de Ciudad Seva, página de Luis López Nieves)







domingo, 7 de mayo de 2017

La ruinosa belleza



Imagino que los que lean el título de la entrada y vean luego las fotos exclamarán: pero qué dice este loco. O bien: ¿acaso una casa destartalada y ruinosa puede ser bella? El más intolerante opinará: no sé qué piensan las autoridades que no han tirado el edificio. Pues miren por dónde uno cree que sí hay ahí belleza o, como dirían los castellanos antiguos, galanura. Y más si la hemos conocido habitada y ensoñamos conque algún día, antes de que se arruine del todo, ofrezca una renovada visión de fachada. Y todo el edificio se recupere y vuelva a lucir.

La casa número 9 de la calle de la Estación lleva años desalojada y cerrada a cal y canto -o a paneles por cada balcón-  y sus problemas habrá para que permanezca a la espera de mejores tiempos. Cuando paso por delante no dejo de pensar en qué aspecto podría ofrecer si se reconstruyera por dentro y se recuperase la fachada. El elemento metálico de los balcones y de esos miradores que forman la esquina en semicírculo, huérfanos de un acristalamiento que también podría reponerse, y las formas esbeltas que ofrecen las balconadas definen a un edificio cuya altura es hoy la adecuada para una calle que no ha sido maltratada más que parcialmente por edificios de altura superior. 

Ya digo que está en la calle de la Estación, esquina a la de  García Valladolid. Sí, justo enfrente de un emblemático caserón que acoge un bar centenario, La Ferroviaria. Por cierto, pienso fotografiar otros edificios que fueron enseñas arquitectónicas y traerlos al blog. La ruinosa belleza se lo merece.










sábado, 6 de mayo de 2017

¿Viento o gamberrismo?




Apostaría que algún machito o una tribu de vándalos al completo causó la desgracia del árbol. No me pega que el viento, que no ha sido intenso los dos últimos días, lo arrancara por esa parte del tronco. Pero tampoco soy un entendido. No son árboles antiguos los de la acera de la calle Recondo junto al aparcamiento de la Estación. Si algún frustrado quiso poner a prueba su capacidad muscular debería pensar que en este caso su aptitud mental es inversamente proporcional a la ejercitada con las manos. Y de contenido cívico, además, cero. Al paseante le producen asco estas situaciones. Ojalá me haya equivocado, y haya sido el viento. 




jueves, 27 de abril de 2017

La niña y el arbolado frondoso de la Plaza de San Juan




Desde un ángulo del interior de la Plaza de San Juan la niña María Pía, en su perenne y relajada pose en bronce, parece observar el acontecer de los días ¿eternamente infantiles? El nombre pertenece a la sobrina de la autora de la escultura, María García Cavero, realizada en 1998. Pero en realidad nos parece una alegoría sencilla de la chica o el chico cotidianos que corretean por el lugar.

La plaza, remodelada hace algunos años, y que algunos todavía hemos conocido con otra fisionomía de pequeños talleres artesanales y locales bodegueros, es un derroche de arbolado cuya sombra es agradecida en verano por los transeúntes. Se trata de una plaza tradicional, céntrica, próxima a la Plaza de Santa Cruz, lograda en materia de solaz y reposo del vecindario. Una plaza con una tipología de edificios absolutamente renovada en las últimas décadas, principalmente en altura acaso excesiva, aunque ahora hay edificios más recientes que la han rebajado. De los cuatro lados del rectángulo que forma sólo se salva uno peatonal. El resto se somete a la tiranía del tráfico abundante que llega desde Huelgas para seguir con su riada de vehículos por Don Sancho. Conecta barrios saturados y sin embargo el interior de la plaza transmite una sensación acogedora de apartamiento que sorprende, sobre todo con el buen tiempo. Es por ello por lo que este tipo de vegetación de considerable empaque proporciona un rescate en materia de oxigenación que no tiene precio. 




El arbolado de la Plaza de San Juan está tomado en consideración y protegido por el Plan General de Ordenación Urbana. Se impone el castaño de indias, plátanos y destaca alguna palmera. En el Catálogo de árboles y arboledas incorporado al Plan General de Ordenación Urbana de Valladolid se dice:

"El municipio de Valladolid presenta las duras condiciones climáticas propias del interior peninsular ibérico., que se extreman en el centro de la meseta norte donde se localiza. La crudeza de los inviernos y el intenso calor estival, junto con unas condiciones generales secas y de precipitaciones irregulares e inciertas, son factores que no favorecen el desarrollo de un arbolado de cualidades notorias en cuanto a tamaño y exuberancia, que sí aparecen en otras regiones de clima más benigno.

No obstante, Valladolid cuenta con un patrimonio de árboles y arboledas singulares de cierta importancia, algunos de los cuales han sido estudiados, incluso catalogados, que demandan actuaciones de protección y conservación tanto de los propios árboles singulares como de su entorno inmediato".




La belleza de este pasaje arbolado que constituye el corazón de la Plaza de San Juan compensa con creces la suerte de los edificios que la rodean y la red viaria que la roza incesantemente. No en vano en el Plan General de Ordenación Urbana se reivindican los árboles y arboledas singulares como "auténticos monumentos vivientes, receptores de los acontecimientos, cultura y actividad de una larga trayectoria temporal, lo que, unido a su valor natural intrínseco, los convierte en elementos patrimoniales, que deben ser conservados de forma activa".

Por supuesto que la ciudadanía y, en concreto, el vecindario de una zona como la que se comenta deben sentirse responsables directos y vigilantes. Pero en mano de las autoridades se halla el prevenir y controlar el estado general de los árboles. "La conservación activa del arbolado singular implica tanto su protección estricta y la defensa del suelo y el entorno en el que crecen como la adopción de medidas de conservación necesarias (y que incluyen tratamientos sobre el suelo, culturales, sanitarios, de mejora del entorno, perceptuales, etc.) para garantizar su viabilidad y el mantenimiento de los valores que los hacen acreedores de esta singularidad". Esperemos que estas indicaciones y sugerencias recogidas en el Plan General sean asumidas y observadas con rigor y constancia por las autoridades municipales.

Mientras, disfrutemos de estos ámbitos vegetales donde se impone la parada y el relax frente al ritmo vertiginoso de nuestros quehaceres cotidianos. 











viernes, 21 de abril de 2017

La Llave que abría paladares




Que el anagrama del escudo formara con las dos iniciales de nombre y apellido del fabricante una llave tenía su ingenio. ¿Qué sería antes? ¿El anagrama o el nombre de llave? Seguramente el chocolate. Fuera lo que fuera el diseño estilizado era un gancho que permaneció en la retentiva de los vallisoletanos durante décadas. Una identidad corporativa que se metía por los ojos. El edificio de viviendas remodelado en 1951, y que conocimos como fábrica en su día, permanece ahí, justo en la confluencia de la calle Recondo con el Paseo del Arco de Ladrillo. 




En el blog de Domus Pucelae leo:

"La historia de tan popular marca de chocolate en el ámbito vallisoletano comenzó cuando Pedro López llegó a Valladolid en 1821, donde su espíritu emprendedor le movió a abrir un almacén de vinos y ultramarinos en los soportales de Cebadería. Treinta años después este negocio fue heredado por su sobrino Eudosio López Civera, al que incorporó la fábrica de chocolates La Llave. El establecimiento tuvo tanto éxito que se quedó pequeño, de modo que en 1883 fue abierto un nuevo despacho en la calle del Val y en 1890 otro en la calle de Santiago, donde, junto a los productos de ultramarinos y el chocolate fabricado allí mismo con cacao traído de Sudamérica, se continuaron vendiendo vinos españoles y otros importados, especialmente champán y vinos de Borgoña y de Burdeos.

El negocio del chocolate conoció un auge mayor a partir de 1891, trasladándose la fábrica desde el centro hasta el Paseo del Arco de Ladrillo, consiguiendo, como representante de Valladolid, dos medallas de plata en la Exposición Universal de París de 1900, un año después de la erección de la famosa Torre Eiffel.

La producción de chocolate continuó con Eudosio López Doncel, que entre 1936 y 1939 sufrió las consecuencias de la Guerra Civil y los años de escasez y racionamiento que la siguieron. Fue entonces cuando se comercializó el llamado chocolate Familiar nº 5, que por la escasez en la llegada de azúcar incorporaba mayor cantidad de harina, dando lugar a un inconfundible chocolate a la taza que conocieron varias generaciones. En los años del desarrollo aparecerían modalidades de mayor calidad, como el chocolate con leche y con avellanas, dedicándose, entre 1954 y 1992, prácticamente a la exclusiva producción de este popular producto". 








Todavía existe el chocolate de hacer, ¡y de comer a mordisco!, como me dijeron en el comercio de Severo Fraile cuando me di el gustazo de comprar una tableta el otro día. Uno ha echado en falta los cromos sobre Historia, animales o monumentos que coleccionamos cuando éramos niños. Y mira que he mirado entre el envoltorio.



viernes, 14 de abril de 2017

El imaginero de manos del escultor Jesús Trapote




Hay algo del genial Rodin, ¿o bastante?, en este trabajo en bronce del escultor vallisoletano Jesús Trapote que homenajea al imaginero de los tiempos barrocos. Por supuesto, no pienso en un Rodin angustiado, retorcido, ahíto de escorzos violentos, que expresa la crisis del individuo de todos los tiempos. Tal vez sea la monumentalidad y ese cuerpo poderoso que tiene más de materia pura que de perfección anatómica lo que me recuerda en esta obra a algunas del escultor francés. Pero no se me haga mucho caso, mis asociaciones de ideas son siempre subjetivas y distan mucho de pontificar sobre similitudes y aptitudes de los creadores artísticos.

A diferencia de las obras cargadas de pathos dramático que de la mano de los Juan de Juni, Gregorio Fernández, Francisco Rincón, Alonso de Rozas, Díaz de Tudanca y otros han llenado las iglesias de la Contrarreforma desde mediados del siglo XVI hasta casi nuestros días, la representación del artista de toda aquella imaginería que esta semana se exhibe ampliamente en las calles vallisoletanas tiene otro carácter. Trapote ha sabido impregnar al demiurgo artesano de tallas y pasos de los atributos de un verdadero Creador.

Hay mucho en el porte de esta escultura de un dios jupiterino, si bien habitante del olimpo del Arte, que en lugar de rayos para fulminar a los dioses de la competencia enarbola el mazo y el cincel con el que genera expresión en las imágenes que se suponen deben ser imperecederas. El imaginero de Jesús Trapote tiene una mirada interior reflexiva, una actitud de calmosa parada, como si estuviera meditando sobre el paso siguiente que va a avanzar para la obra que se trae entre manos. En este sentido evoca el esfuerzo tanto de diseño como de técnica que un artista de la madera debía precisar en su mente antes de afinar con la gubia, el formón o la azuela. Una alegoría, en fin, profunda y alejada de la parafernalia con que se han representado otras estatuas dedicadas de nuestra ciudad, que consagra, a mi modo de ver, a Trapote como un verdadero hacedor de nuestros días.




Obra del año 2003, la escultura del imaginero está ubicada al comienzo de la calle de las Angustias, esquina con González Echegaray y la Bajada de la Libertad. Mejor referencia: frente al Teatro Calderón, aunque el imaginero mire en dirección centro. Me parece adecuado que esté prácticamente a pie de calle, integrada en la marcha ordinaria de los viandantes. No me parece tan idóneo que la cantidad de mobiliario urbano que hay en torno a ella la haga perder cierta perspectiva, aunque tal vez el tránsito peatonal la haga más familiar. Soy partidario de esta concepción próxima de los monumentos escultóricos, tan alejados de aquellos de otros tiempos que si no estaban sobre altos pedestales parecía que el personaje no hubiera existido.