sábado, 13 de septiembre de 2025

El elegante y acogedor patio del Palacio de Fabio Nelli, hoy Museo de Valladolid

 



Me gustan los impactos visuales no solo en el exterior de un edificio, su fachada, por ejemplo, sino cuando penetro a él y más si sé algo de la envergadura que ha tenido en el pasado. Traspasar un zaguán después de contemplar un frontispicio amparado por sendas torres y hallar un patio que se abre con sus arcadas y su piso superior suscita un entusiasmo contenido, y a veces desatado, en el visitante. Pero esto en Valladolid no es nuevo. Sobreviven todavía por azar de diferentes usos y amortiguadas decadencias algunas casas nobles, palacios o casonas, también conventos, que resguardan unos patios renacentistas que hablan por sí solos. Evidentemente se han perdido, por desinterés y derribo, muchos otros. En los siglos XVI y XVII abundó la pujanza económica y social de clases altas. Nobles, funcionarios de alto rango, comerciantes o banqueros, como es el caso de Fabio Nelli, tenían como signo de su buen vivir adquirir casas y fincas en la ciudad y contratar los mejores arquitectos y artistas del momento para edificar sus mansiones. Pero, a tenor del declive de tantos edificios importantes, se supone que los buenos tiempos no duran siempre.




Fabio Nelli de Espinosa fue un banquero vallisoletano del siglo XVI con orígenes italianos. Su ejercicio de prestamista en Sevilla le enriqueció. Fruto de la alta posición social conseguida y retornado a Valladolid decide construirse en 1576 un palacio. Contrató a un arquitecto de prestigio de entonces, Juan González de Lastra pero al morir este heredaron las obras otros dos importantes profesionales: Pedro de Mazuecos el Mozo y Francisco de la Maza, escultor. De estos es la obra del patio y de la escalera a la planta superior. Varios años después la fachada del palacio fue trazada por otro arquitecto en auge, Diego de Praves, del que hay en la ciudad más obras. Pero el banquero decidió no tener en cuenta sus ideas y entregó también a Pedro de Mazuecos la dirección de la fachada. 




Un patio, aunque está delimitado cuadrangularmente por paredes y galerías no es un espacio cerrado. Ya los romanos lo pusieron en práctica en sus casas, llamando atrium al espacio principal de la casa mientras el compluvium suponía la abertura en el techo por la que entraba luz, caía el agua y se expelían los humos. Y a imagen y semejanza del gran invento doméstico romano se ha ido reproduciendo la casa en siglos posteriores, con mayor o menor lujo. Para el profesor Javier Pérez Gil, de la Escuela de Arquitectura, en general los patios responderían a seis funciones. Proporcionar luz a dependencias interiores abiertas al patio. Vetilación y mantenimiento de la temperatura. Encauzamiento de la lluvia. Comunicación y articulación de recorridos para las dependencias del edificio. Ajustamiento de la acústica. E incluso generación de espacios de trabajo. Lo sintetizo de su artículo El patio de mi casa es particular, reproducido en el monográfico El patio. Lecciones sobre arquitectura palacial en Valladolid, de la revista Dossier Ciudades, que edita el Instituto Universitario de Urbanística de la UVA. 
 



Los patios de las casas nobles y palacios reproducen este esquema de funciones, más o menos alterado a criterio de sus dueños. El Palacio de Fabio Nelli pasó a lo largo de los siglos de ser la morada de una autoridad influyente en la ciudad a generar dentro de él diversas viviendas de gente modesta, padecer los avatares del deterioro y mala habitabilidad, a ser salvado para el uso, ya en fecha reciente, 1968, de museo arqueológico, lo cual llevó a una rehabilitación interior total. El patio mantiene una esbeltez armónica que invita a ser contemplado en planos difentes, para lo cual la escalera lleva a un piso superior donde el visitante puede imaginar tiempos pretéritos. Las columnas lisas, con sus capiteles corintios, amparando unos arcos de medio punto, proyectan la perspectiva en tres de sus cuatro lados, pues uno de ellos no dispone de corredores.

Tal vez haya pecado de reproducir un exceso de fotografías, pero no podía resistirme a tantos ángulos y planos que exhibe esta joya de finales del siglo XVI que se nos ha legado. 
















Para postre un poema de Jorge Luis Borges titulado Un patio, aparecido en su libro Fervor de Buenos Aires. Lo descubro a través del artículo del profesor Pérez Gil.


Un patio

Con la tarde
se cansaron los dos o tres colores del patio. 
Esta noche, la luna, el claro círculo,
no domina su espacio. 
Patio, cielo encauzado. 
El patio es el declive 
por el cual se derrama el cielo en la casa. 
Serena, 
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas. 
Grato es vivir en la amistad oscura 
de un zaguán, de una parra y de un aljibe. 






miércoles, 10 de septiembre de 2025

Aquel entrañable fotógrafo minutero del Campo Grande

 



Tal vez la escultura reproduce los pasos de una danza y a un bailarín que la ejecuta. Aquella parafernalia de preparar a los sujetos que deseaban la foto, de ocultarse bajo una lona, de ordenar atención a punto de darle al obturador o de manipular con las manos en la oscuridad de una caja el relevado, está magistralmente recogida por Eduardo Cuadrado, el autor de otras obras que pululan por la ciudad (Delibes, El comediante, etc.) Aunque la obra instalada en 1994 como homenaje al fotógrafo del Campo Grande se suele asociar al último de los fotógrafos minuteros, Vicente Muñoz, que muchos hemos conocido, en realidad es reconocimiento a cuantos minuteros se instalaron en distintos tiempos y lugares del parque. 

Ciertamente esta figura parece un híbrido, un personaje fantástico, transformado, como los que los antiguos mitos recrearan. Pegasos, centauros, harpías, esfinges, etc. se quedan atrás ante esta representación donde el hombre desaparece engullido por la cámara, donde no hay magia sino técnica modesta y precisa, y sobre todo buen hacer y hábil experiencia. Parte máquina, parte hombre, parte la captura de un instante.




Si era técnica y no magia ni milagro, ¿de qué se trataba aquella caja sujeta por un trípode? Lo explica sucintamente José Delfín Val en Tres rostros para una máquina, artículo incluido en el libro El Campio Grande. Un espacio para todos:

"Antiguamente se usaban para la fotografía rápida placas ferrotípicas que quedaron desfasadas por los adelantos técnicos habidos en el siglo XX. Ya en la primera década se utilizaban emulsiones de gelatinobromuro de plata que resolvía los problemas de sensibilidad y obtención de copias rápidas. Los minuteros llevaban en el interior de su cámara el material sensible, generalmente de tamaño postal, tratado al gelatinobromuro. La misma cámara era portadora de dos recipientes para el revelado y fijado de la fotografía. El artista tomaba la foto original sobre una de estas postales (el negativo) que se reproduciría en otra postal y en la misma cámara, obteniéndose así el positivo. Este positivo podría reproducirse cuantas veces se quisiera. El fotógrafo entregaba la foto todavía húmeda, tierna, por lo que se aconsejaba al cliente que la llevara cogida por un extremos hasta que se secara antes de guardarla en la cartera. Muchas de esas fotografías se han pasado la media vida de una persona metidas en una cartera". 




La obra de Cuadrado fue, como otras, realizada en fibra de vidrio para posteriormente ser vaciada en bronce, según nos cuenta Cano de Gardoqui en su útil guía de escultura pública en nuestra ciudad. Que esté situada en el punto en que Vicente Muñoz trabajaba no deja de ser un detalle de gratitud póstumo de la ciudadanía con el profesional. Ante este fotógrafo y otros pasaron infinidad de personas de toda condición, pero sin duda que los clientes favoritos eran los soldados que hacían la mili (el servicio militar) en Valladolid durante sus salidas de paseo, las familias en un día festivo, las parejas de novios más o menos formales de aquel tiempo ya lejano, o simplemente unos niños. No en balde los mismos minuteros colgaban de su cámaras una especie de muestrario con fotos de reclamo para los viandantes. ¿Por qué el fotógrafo Muñoz elegiría este punto del parque donde el fondo de imagen era la frondosidad y no un monumento? Tal vez detectó que el arbolado, la floresta en general, es siempre un fondo natural mejor acogido. O que acaso los efectos contrastados de luces y sombras beneficiaban más al resultado de su trabajo.

Por supuesto que hubo en el pasado otras figuras representativas del Campo Grande, los guardas y jardineros, el barquero (que por cierto, al menos tiene una placa en el borde rocoso del lago), el barquillero. ¿Quién se acuerda del barquillero? A este paseante no le pusieron nunca ante un minutero del parque, pero en mi magín habita la imagen vívida del barquillero, porque de niño cuando me decían que iban a llevarme al Campo Grande tenía dos ideas fijas: montar en la barca y que me comprasen barquillos, cuyo sabor y textura se instalan para toda la vida en la mente. Y ahí está la caprichosa memoria para rememorar épocas ya evanescentes y homenajear de paso a los viejos oficios.   










domingo, 7 de septiembre de 2025

Un cuchillo tardorromano como pieza del mes en el Museo de Valladolid (Fabio Nelli)




No por ser menos frecuentado el Museo de Valladolid, ubicado en lo que fue el Palacio de Fabio Nelli, que el Nacional de Escultura es menos interesante y fecundo. Seguramente no es menos importante para el conocimiento amplio de la ciudad y provincia. Pues su contenido no está limitado a un tipo concreto de obras de arte, sino que se recogen en él tanto realizaciones artísticas como herramientas, útiles, cerámicas o mobiliario de diversos tiempos y de diferentes culturas que se asentaron en la ciudad o en la provincia, ya que en él está depositado cuanto se extrae de las excavaciones arqueológicas.  Es un museo Arqueológico y de Bellas Artes que sorprende, sobre todo al vallisoletano que tenga interés en descubrir el pasado de su urbe. Porque incluso una parte del mismo recoge piezas vinculadas específicamente a la historia de la ciudad. Pero no es la intención del paseante entrar ahora en el detalle del mismo. Lo que recabó mi atención hace unos días es que cada mes la dirección técnica del museo elige una pieza para destacarla de la exposición permanente y convoca a quien desee informarse a asistir a una cita informativa, que se anuncia previamente en su facebook.




En esta ocasión han elegido un cuchillo de época tardía de la dominación romana, siglo IV en concreto, aparecido en la necrópolis de San Miguel del Arroyo en la década de los años 50 del pasado siglo. Ana, arqueóloga del museo, nos explicó ampliamente las características y uso de la herramienta. El modelo de cuchillo es de los llamados tipo Simancas, porque en excavaciones de hace un siglo en un cementerio tardorromano de Simancas aparecieron con unas características diferenciadas respecto a otros. De tal modo que se pensó al principio que se trataba de un puñal con fines de lucha, pero posteriormente se llegó a la conclusión de que estos puñales tipo Simancas eran en realidad cuchillos de caza, como uso auxiliar que acompañaría en la actividad cinegética. 





En el panel colocado junto a la vitrina del cuchillo se puede leer:

"El encabado puede ser muy variado. En los ejemplares más sencillos es del tipo que en la jerga cuchillera se denomina 'espiga llena', esto es, formado por una espiga o extremo aplanado, y provisto de varios remaches para ajustar dos cachas de madera o hueso.

(...) Lo verdaderamente característico de estos cuchillos es el armazón metálico que reforzaba la vaina de madera. Está formada a partir de una tira de bronce doblada en U que contornea y subraya el perfil del cuchillo, rematando en su parte inferior en un disco o esfera. En la parte superior otra placa de bronce, remachada a los dos extremos del refuerzo del contorno, cierra la vaina y rodea y abraza la embocadura por donde se introduce y sale el cuchillo de hierro".




Es sorprendente cómo la observación de los objetos en un ajuar funerario pueden describir tanto sobre el uso y costumbres como los objetos en sí mismos. Cuando el catedrático de Arqueología Pedro de Palol estudió hace años este cuchillo y todo el ajuar de la necrópolis de San Miguel del Arroyo escribió:

"Es muy interesante -en relación a la forma de uso del cuchillo que estudiamos- la disposición de este ajuar en el enterramiento. Debió ser enterrado con el cinturón puesto, con su hebilla y el botón, sosteniendo el puñal, que debió deslizarse hasta junto a la cabeza, a la izquierda de la misma, y con el mango hacia abajo y el filo al exterior, quedando el broche del cinturón y el botón encima del pecho. Esto significa que el cuchillo estaba colocado a la izquierda del cuerpo con el filo hacia delante. En esta posición queda al exterior, vista, la cara ornamentada de la vaina. Así el cuehillo estaba en condiciones de cogerse fácilmente con la mano derecha quedando el filo cortante hacia abajo, en disposición inmediata de uso". 

Charla bien informada, precisa y clara por parte de la técnica del museo, y a la espera de que seleccionen para el próximo mes otra pieza significativa. Porque pienso que en un museo cuanto se recoge tiene su sentido y su significación y explica sobre los modos de vida del pasado, sean estos de actividad laboral, de hábitat o de costumbres y rituales. Por otra parte toda iniciativa cara a la ciudadanía, bien con estas presentaciones o a través de exposiciones temporales, pretende divulgar y acercar al vallisoletano y al visitante foráneo esos trozos parciales de la historia que son los objetos acumulados en el museo y que ya hablan por sí mismos. Es el ciudadano quien tiene que responder con su interés a la visita más o menos recurrente a este espacio de cultura.





jueves, 4 de septiembre de 2025

¿Caída al pozo o ascensión a la superficie? La mirada desde el chozo de Amaya Bombín

 



En la imaginación que nos estimula el arte los opuestos se manifiestan. No sabes si se aproximan o se repelen. Si caen o suben. Si buscan las tinieblas o anhelan la luz. Si protegen o causan desamparo. Si hacen soñar o hunden en los abismos de la realidad. Pienso en ello mientras contemplo un techo dejándome llevar por sugerencias y sensaciones particulares sin caer en la cuenta de que, por otra parte, puede haber una explicación más sencilla. Pero el arte ¿está para simplificar o para revelar la dimensión de lo complejo que nutre el mundo y la actividad de los humanos? Una idea sacada de su contexto y trasladada como imagen a otra parte puede interpretarse a capricho del observador. Ve en la imagen lo que quieras ver, te dice algo dentro de ti. Luego, tras haber degustado esa oquedad virtual que se eleva sobre el empedramiento quieres saber más y prospectas en informaciones. 




Me parece fascinante esta alegoría de techo que hay en el soportal a la entrada del Teatro Zorrilla. Su autora Amaya Bombín es una entusiasta de los chozos de pastores que cunden por Castilla y León. Diríase de ellos que constituyen no solo un espacio de cobijo sino un pequeño santuario con su apilamiento de piedras en forma cónica, generando una bóveda perfecta que para sí quisieran algunas culturas antiguas. Construcciones circulares pequeñas, en mampostería hecha con piedra que se conseguiría en el entorno, con apenas la apertura de una puerta, donde se refugiaban los pastores, y siempre situadas fuera de terreno de labor. Los chozos, como los palomares, son esas reliquias de un pasado ganadero y pastoril que hunde sus raíces en vacceos, vetones o arévacos, aquellos pueblos que hace siglos poblaron la región actual. 

La trashumancia por las Cañadas Reales tenían su propia normativa. En el libro editado en 1828 titulado Vida Pastoril de Manuel del Río, vecino de Carrascosa, Soria, que era ganadero trashumante y hermano del Honrado Consejo de la Mesta ya se dice: "Para que los pastores puedan ponerse por las noches a cubierto del mal temporal, se construirán un chozo grande, donde puedan reunirse todos para cenar, quedando después para el rabadán y zagal; además un chozuelo en cada uno de los rediles en que se divida el rebaño". 

Muchos de estos chozos se han venido abajo, otros están demediados, algunos conservan gran parte de su estructura. Amaya Bombín no solo se ha inspirado en ellos sino que ha desarrollado sus ideas in situ dentro de un proyecto denominado Raíces. Que aquella inspiración llegara al techo del soportal de la Plaza Mayor, sea mirada de chozo que ella ve o de pozo que yo imagino no podría titularla de otro modo sino como Aire.




Esta obra se realizó al amparo de la Ephemera Festival 2021, y como dicen en la web de CreArt es "una nueva propuesta de CreArt para dar a conocer las últimas tendencias de Arte Urbano en la ciudad a través de una selección de proyectos efímeros site-specific, intervenciones murales y sobre mobiliario urbano, que toma el relevo de la iniciativa desarrollada en el post-confinamiento en 2020 #ArtistasCreArtenlaCalle. Ephemera Phestival apuesta por el arte urbano más allá de la estética amable y colorista, con proyectos reivindicativos, conceptuales o irónicos que buscan la mirada inquieta y crítica del espectador".

Creo que iniciativas como las propuestas por CreArt están contribuyendo a dar vida y belleza a espacios anodinos u ocultos de nuestras edificaciones y calles. Ahora bien, el que quiera mirar, que mire.







domingo, 31 de agosto de 2025

La discreta presencia del Corral de Ricote. Y la compañía de un mural de Cuco bajo el soportal

 



Es uno de esos residuos del pasado que la ciudadanía común ignora o se desinteresa. Cierto que no es requerida la atención del que solo desea mirar escaparates o entrar en bares. A otros nos conmueve, simplemente porque nos habla del pasado con su voz silenciosa. Con su discreta presencia. Aunque el rótulo dice calle no lo es. En todo caso es un callejón. No lleva sino a trasera de otras viviendas o comercios. No hay salida y el acceso solo suele ser utilizado por quien se dirige a viviendas o a otras dependencias particulares. Pero el espacio es público. Su nombre viene de antiguo: Corral de Ricote. Donde nace la calle Pasión.

Nada nos aclara aquel relator de calles que fue, entre otros ejercicios, Juan Agapito y Revilla: "Se la conocía por corral de Ricote y en 1863 se la denominó calle. Se ignora lo de Ricote, que sería apellido de alguna persona que allí habitara algún tiempo, pues no creo pudiera tener relación con la población de Murcia, así denominada". Lo cuenta tan sucintamente en su obra Las calles de Valladolid.




Una placa en el suelo matiza más. Entrada al corral de Ricote y portales de coleteros, dice. Corral, portales, coleteros...Un vocabulario perdido o ya ignoto. Un corral puede hacer referencia en este caso a las casas de vecindad que hubiera ahí en otro tiempo, formando un cuadrilátero o patio. Como portal seguramente se defina al soportal, esa zona cubierta que recorre toda la plaza Mayor y otros espacios próximos con sus columnas de soporte de los edificios. Y coletero...ay, me pilla de nuevas. 

Pero indagando indagando uno se entera de que hace referencia al coleto, una prenda que antiguamente, es decir ya allá por el siglo XVI, se colocaban los hombres encima del jubón, que era una prenda más íntima. El coleto no tenía cuello ni mangas y podía caer más abajo de la cintura. El Diccionario de la RAE precisa: Vestidura hecha de piel, por lo común de ante, con mangas o sin ellas, que cubría el cuerpo, ciñéndolo hasta la cintura. No sé si el coletero era solo el que hacía el coleto o el que lo vendía, o si ambas funciones se concentraban en un mismo artesano-comerciante. Puede que hubiera de todo, en función del desarrollo del mercado.




Para los que nos gusta disfrutar la ciudad no solo en su presente sino imaginándola a través de diferentes testigos y huellas del pasado, un corral como el de Ricote nos parece de una dignidad meritoria. Cómo es posible que un espacio tan estructurado pueda hacernos sentir que nos trasladamos a otras épocas con su geometría ajustada, sus vigas de madera, la largura y la estrechez combinadas. Se dirá que no hay arte importante, habrá quien encuentre el espacio descuidado, o quien sospeche que una especie de pasadizo como este no puede aportar seguridad. Supongo que estas objecciones son propias de los tiempos modernos en los que tanta gente no aprecia sino lo que es ostentoso, aunque también se enstusiasma con lo banal, que por otra parte probablemente tampoco lo entienda. El corral es, como los soportales, una invención urbanística y arquitectónica que cumplió y cumple su función y no debe ser menospreciado.

Y mira por dónde hasta en el Quijote sale el término coleto. En una aventura de Don Quijote en Sierra Morena (capítulo XXIII), del personaje que recaba la atención del caballero andante y su socio se dice:

"El cual quedó admirado de lo que al cabrero había oído, y quedó con más deseo de saber quién era el desdichado loco, y propuso en sí lo mesmo que ya tenía pensado: de buscalle por toda la montaña, sin dejar rincón ni cueva en ella que no mirase, hasta hallarle. Pero hízolo mejor la suerte de lo que él pensaba ni esperaba, porque en aquel mesmo instante pareció por entre una quebrada de una sierra, que salía donde ellos estaban, el mancebo que buscaba, el cual venía hablando entre sí cosas que no podían ser entendidas de cerca, cuanto más de lejos. Su traje era cual se ha pintado, sólo que, llegando cerca, vio don Quijote que un coleto hecho pedazos que sobre sí traía era de ámbar; por donde acabó de entender que persona que tales hábitos traía no debía de ser de ínfima calidad".





Máximo García Fernández en su documentado libro Los viejos oficios vallisoletanos escribe:

"Otra de las dedicaciones preferenciales de estos artesanos fue la confección de prendas resistentes de cuero, para resguardo corporal o destinadas a la protección del resto de los ropajes, de los que se servían muchos jornaleros agrícolas, oficiales del hierro, zapateros y otros artesanos y gente común; cuando no, se adornaban ricamente y constituían indumentarias cortesanas. Los Coleteros se dedicaban a dichos menesteres.

Este gremio menor se dedicada a hacer y/o vender coletos: vestiduras hechas en ante y piel de alta calidad, especie de casacas o jubones, con o sin mangas, ajustadas, que servían para cubrir el cuerpo ciñéndolo hasta la cintura.

La asignación diaria de los tres maestros coleteros existentes en el Valladolid de mediados del setecientos alcanzó los cinco reales de vellón. El conjunto de estos artesanos prácticamente formaba una única familia: Bernardo y Julián Pérez eran sus dos miembros más destacados, acaparando la producción.

Los portales de Coleteros eran los soportales que iban de la calle Santiago a la Pasión, en la Plaza Mayor, por ubicarse allí los menestrales dedicados a confeccionar y vender los coletos y jubones, generalmente hechos de ante, ceñidos y terminados en unas faldillas hasta la cintura. En su derredor estaba el callejón del Calceto".






Al quedarme con lo de coleteros me he ido a consultar las Ordenanzas de Valladolid de 1549  -Ordenanzas con que se gobierna la República de Valladolid, se titulan oficialmente-  que son una joya de buen control de la autoridad, de protección de lo público, de precisión de normas y leyes, con el objeto de hacer que las actividades fabriles, artesanas, comerciales, de limpieza e higiene o de habitabilidad, que se desarrollaban en la ciudad, fueran de lo más respetadas posible.

Encuentro la Ordenanza L, dedicada a los jubeteros y roperos, y aunque no se cita a los coleteros, me hace pensar que también se les aplicaría a estos. O acaso el término ya estaba en desuso. Uno de sus capítulos indica: "...Otro sí ordenamos é mandamos, que ningun Ropero, Sastre, ni Calcetero, ni Jubetero, que hiciere cosa de nuevo para vender, eche en ella ninguna guarnición de  seda vieja sino nueva, cortada para ello de la pieza, porque en esto suele haber muy grandes engaños y fraudes, so pena de perdidas las ropas, ó jubones, ó calzas que de otra manera tuviere guarnecidas, y seiscientos maravedís por cada vez que se le halláre, todo reparrtido en la manera susodicha. E so la misma pena mandamos, que en todas las ropas, é otras cosas que vendieren hechas de nuevo, tengan un escritillo cosido en ellas de la suerte del paño que fueren, porque nadie pueda ser engañado, como de cada dia acaece vender á los que no lo conocen una cosa por otra".

¿No es preciosa y precisa la descripción de la Ordenanza cincuenta? Ese tengan un escritillo cosido en ellas de la suerte del paño que fueren me parece de una escrupulosidad de control que resta modernidad a las etiquetas de hoy día en las ropas. Se incluyera a los coleteros o no en esta Ordenanza el rigor de la redacción resultaba temeroso. Aunque las trampas seguirían haciéndose, como sabemos que se hacen en nuestros días. Por cierto, las citadas Ordenanzas estuvieron en vigor desde 1549 hasta 1818.








Pero el Corral de Ricote, tan olvidado y fiel viviente del pasado, tiene su compañía moderna. Un Horizonte de sucesos parece vislumbrarse en el techo del soportal, sobre la entrada al estanco. Y es que Horizonte de sucesos llama a su obra el artista gráfico, especializado en muralismo, Javier Carrera (Cuco) ¿Cómo interpretar lo que al primer vistazo el paseante hubiera creído que se trataba de un zodíaco o bien una peculiar rueda de la fortuna? Tal vez su sentido se encuentre más próximo al infortunio de los tiempos vertiginosos y despersonalizadores que parecen engullirnos. Escuchemos a Cuco:

"Si por casualidad ves a una persona que a lo lejos se está metiendo en un agujero negro, la percepción espacio-tiempo es diferente para ambos. Estarás viendo a una persona con diferentes circunstancias y tu serás inmune a ellas. 

El punto principal del problema que se plantea en el mural es el agujero negro, que se está tragando todo y a todo el mundo, pero la gran cantidad de información a la que se somete el espectador, hace que este hecho pase a un segundo plano, saturando y anestesiándole, hasta tal punto que le es indiferente ya que está a salvo, mirando. 

Vivimos sometidos a este tránsito de información masivo y vivimos anestesiados ante la catástrofe ajena. El agujero negro no nos toca, pero ¿y si lo hiciese? Seríamos noticia y el mundo entero nos vería como espectadores mientras damos vueltas en redondo". 






PROYECTO: HORIZONTE DE SUCESOS (Galaxia.470) UBICACIÓN: Plaza Mayor 16