sábado, 9 de agosto de 2025

Hotel de Inglaterra, Hotel de Francia, Hotel Moderno, Hotel Conde Ansúrez...Aquellos edificios que fueron hoteles pero que hoy conservan su empaque

 




Valladolid ha sido siempre ciudad hospedera. Se dirá que todas las ciudades y villas lo han sido en mayor o menor medida, pero a poco que se revise la historia pasada lo cierto es que Valladolid ha tenido una trayectoria abundante de posadas, paradores, pensiones, fondas y hoteles en función de los períodos más o menos fecundos de su historia. Ya en una entrada anterior saqué a relucir aquí al Hotel Imperial, con un largo y antiguo legado hospedero, y más en concreto resaltando su patio renacentista tan espléndidamente conservado.

Paseando con calma y alargando la mirada uno descubre aún algunos edificios de buena factura constructiva, provenientes del siglo XIX, que tienen un uso renovado pero que cuentan en su haber con una esencia vinculada a la actividad hotelera. Entre estos hay cuatro, en el corazón de la ciudad, que las nuevas generaciones ignorarán cómo y para qué nacieron, y que la gente mayor que va quedando podrá recordar. Mi intención al traerlos aquí es más fotográfica y, por lo tanto, evocadora con las imágenes, que literaria o historiográfica. Pues para quien desee documentarse hay un espléndido libro de José Miguel Ortega, Cuatro siglos de hospedaje en Valladolid, que proporciona además de información un verdadero recreo al que se puede contribuir con la propia imaginación.  

Al final de cada bloque de imágenes de estos hoteles hago figurar una fotografía antigua que da idea de cómo fueron cada uno en el pasado.





Este edificio situado en la intersección de María de Molina con Plaza de Santa Ana, rehabilitado y convertido en viviendas, fue el Hotel Inglaterra. Fundado en 1893, sobre una fonda de 1861 llamada Fonda del Siglo, por unos vascos, los Hermanos Zubillaga, pasó en 1920 a manos de Manuel Rodríguez. Pero con la guerra civil y dado que el nombre del hotel no era precisamente apreciado por el bando vencedor, que estaba alineado con el Eje, pasó a denominarse Hotel Italia, este sí en consonancia con la mentalidad ideológica dominadora. Al perder alemanes e italianos la Guerra Mundial recuperó su nombre primigenio; se ve que ya no se consideraba por parte de las autoridades mantener el nombre de una nación vencida.
 











Nos desplazamos hasta la calle Teresa Gil, donde, haciendo esquina con San Felipe Neri, encontramos una actual residencia de posgrado de la Universidad, con el título de Reyes Católicos. Es como si quisiera permanecer aún en uso de acogida de transeúntes, pues ya anteriormente, durante los años del franquismo, fue también Colegio Mayor. Pero en su origen fue el Hotel de Francia. Abrió en 1883 por iniciativa de un francés, Pedro Hourcade y Abbadie. Sufrió un avatar semejante al del hotel anterior. Durante la guerra civil se vio obligado a cambiar el nombre. Ni Francia ni Inglaterra eran naciones consideradas favorablemente por el régimen, así que se reencarnó con el nombre de Hotel Fernando e Isabel, si bien a finales de la década de los 40 ya se constituyó en residencia universitaria. En los anales de la hostelería se reseña que fue el hotel más exquisito, con clientela más selecta.  














El ágora por excelencia, la Plaza Mayor, mantiene este edificio de empaque superior, situado entre la plaza y las calle Lencería y Ferrari. Pues bien, nació en 1907 para hotel, el Hotel Moderno, de la mano de los empresarios vallisoletanos Santos Rodríguez y Silvestre Motos Blasco. En cuanto a lujo le hacía la competencia al de Francia. Y además tenía un restaurante y un café abiertos al público y no solo a la clientela. Solo ver la disposición de arcadas y la estética de su balconada uno puede soñar en cómo impresionaría a los viajeros de buena posición y a los vallisoletanos comunes que se enorgullecerían de aquella modernidad. Parece ser que además se utilizaron buenos materiales. "El encargo de la obra pedía solidez, y el arquitecto diseñó unos cimientos de mampostería y hormigón, una fachada con piedra granítica de Campaspero, y viguetas de hierro en los pisos", relata José Miguel Ortega en la obra citada. Duró hasta 1965.














En otro de los espacios más transitados de la ciudad, esquina con la calle María de Molina y Doctrinos, se yergue todavía majestuoso un edificio de buena altura y de diseño más contemporáneo. A iniciativa de un grupo de empresarios -Alejandrino Pérez, Francisco Mateo, Teodoro de Uña, Moliner, etc.- vinculados a la industria y el comercio vallisoletanos, se inauguró en 1943 el Hotel Conde Ansúrez, considerado durante varias décadas el más lujoso. Aún lo recordamos muchos, así como al derribado Hostal Florido, otro edificio situado enfrente y no menos estético. Hace un tiempo el histórico edificio Conde Ansúrez pasó a habilitarse para viviendas, oficinas y comercios. Sin perder el nombre del fundador de la ciudad. 















lunes, 4 de agosto de 2025

El comediante que viene y va por la plaza del viejo corral de comedias

 



Parece irse pero acaso llega. Nunca sabremos si su encogimiento viene dado por los rigores extremos de las estaciones del año o si se encuentra alicaído a causa del poco interés manifestado por el público en la última función. Tal vez se sienta apesadumbrado por un amor que no pudo ser en la última población donde se alojó o porque no fue comprendido por alguna autoridad puritana que le expulsó sin apenas darle tiempo a mostrar su arte. 

La vida del comediante es tan solitaria como despechada. El comediante pone el dedo en la llaga de lo que muchos no dirían en público aunque lo deseasen. Al comediante, salvo excepciones, se le permite la arrogancia, la burla, el desdén y la bufonada porque no es uno de los suyos. Pertenece a otro mundo. Es alguien de paso que con sus máscaras a cuestas y sus letras aprendidas representa la vida como si fuera ficción. El comediante, maleta en mano y personajes a la espalda, da sus funciones para malvivir de ello pero vive para hacer de su rol un sistema de vida. Su andar es lento y pausado. Visto a distancia nunca sabes si llega o se está yendo. Pero él sueña con sirenas porque ha padecido como Odiseo los asaltos que depara el proceloso oceáno, pero también imagina que los molinos son monstruos dispuestos a acabar con él si no idea la manera de combatirlos.
  




La obra escultórica de El comediante se encuentra situada en la Plaza de Martí y Monsó, junto a la Plaza Mayor. Obra del vallisoletano Eduardo Cuadrado (1947-2021) se erigió precisamente para evocar la vieja plaza de la Comedia donde existía desde el siglo XVIII un patio de teatro. Algunos hemos conocido el cine Coca, levantado en 1930 en el mismo lugar, sin que hubiéramos imaginado al disfrutar de innumerables sesiones de cine que aquel suelo había estado poseído anteriormente por otro espacio diferente de representaciones no menos imaginarias. Pero más que evocar la antigua plaza o el oficio mismo del actor es la figura del comediante lo que el artista trata de resaltar de un modo un tanto nostálgico. El mismo material de bronce, la oscuridad que emana de toda la figura, el individuo en tamaño natural pertrechado para una caminata sin fin -y ahí el paraguas habla tanto o más que el resto de la imagen- y su colocación aislada en un extremo de la plaza, transmite una imagen de personaje solitario, reconcentrado y melancólico. O simplemente de alguien que pasa de todos los humanos a los que va dedicando su arte por pueblos y urbes.

Al otro extremo de la plaza le espera la fuente de las sirenas de Concha Gay. Pero su destino es mantener con ellas un diálogo a distancia. Quién sabe si algún día no coincidirán.








jueves, 31 de julio de 2025

Los últimos de Filipinas de una zapatería de toda la vida

 



No es el único, pero casi. Es de los últimos resistentes de un ancestral comercio y edificio, por lo que se ve. Que los pintamonas no hayan respetado su fachada no elimina el diseño de la fachada, que siempre me entusiasmó. Ni deteriora por ello la capacidad de aguante y  veteranía de la zapatería. No se puede pedir dos dedos de frente a quienes ignoran el bien ajeno, que no solo es propiedad, sino estética, visibilidad y diseño. Pero la seña de identidad del comercio sobrevive. Calzados de la Torre fue abierto por Francisco de la Torre Braña en 1939, pero el establecimiento está regentado desde hace 42 años por José María Pérez Martín. Probablemente sea el último comercio vivo de lejanas raíces en Valladolid.

La fachada, con los originales escaparates cual ojos de buey, esa rotulación magistral y la proa dirigida entre la Bajada de la Libertad y la calle Tintes, parece ennoblecer un edificio de ventanas cerradas, aparentemente obsoleto, donde solamente respira el local mientras los fantasmas de la casa se recrean en sus recuerdos. Porque si Idealista no miente el edificio es de 1850. ¿Cuántos avatares no habrá presenciado esta reliquia? ¿Cuántos paseantes no se habrán parado ante los escaparates o cruzado a la calle Gallegos y Ebanistería a tomar sus vinos en aquellas tabernas de otras épocas o en las que han tomado el relevo ahora? Recordemos la afluencia a la plaza de Cantarranillas o a la Plaza de La Libertad y su Penicilino, en mejores tiempos. ¿Llegaría a sus oídos el croar de las ranas de la Esgueva que transcurría por sus inmediaciones' ¿Tiene memoria la casona sobre el tranvía que pasaba a sus pies a principios del siglo XX? ¿Recuerda las algaradas estudiantiles que tenían lugar por el entorno? ¿O el tránsito de procesiones de Semana Santa? 

Unas preguntas del pasado nos llevan a otras para el futuro. ¿Cuántos años le quedarán al edificio por mantener su testimonio vivo? ¿Sobrevivirá a una renovación sin alterar la fisionomía de un Valladolid que hubo alguna vez? Los últimos edificios antiguos del entorno ya han pasado por la rehabilitación, o están pasando por ella, aunque en muchos casos la mala solución fue el derribo y alzar un edificio de nueva planta total en desarmonía con los tradicionales. A buen observador...











domingo, 27 de julio de 2025

La cascada y gruta entrañables del Campo Grande (y su entorno)

 



El poeta chileno Vicente Huidobro poetizó aquello de:
 
"Soy el paseante
el paseante que se parece a las cuatro estaciones"

Y esa sensación tiene uno ante la visión a lo largo del año del Campo Grande de Valladolid, la gran joya de nuestra ciudad que en el  siglo XIX pretendía casi contrarreloj hacerse moderna. Cada estación del parque y pulmón tiene sus pecularidades y su encanto. En brisas, en colores, en fronda, en aromas, en comportamiento de los animales que la pueblan y, cómo no, en la actitud con que es tomado el espacio por quienes lo visitan. Sé de muchas vallisoletanos que en su recorrido diario hacia el trabajo lo atraviesan por el Paseo del Príncipe y de simples paseantes que recorren sin rumbo sus sendas. El Campo Grande, con sus zonas diferenciadas pero armonizadas unas y otras entre sí, se presta a ello. Hoy hago el recorrido del río artifical pero fantástico y elegante. Mañana el entorno del lago, que es un estanque pero que la fantasía ve en las rocas que lo delimitan, su surtidor y los peces un auténtico espacio acuático. Me paro en torno a la Fuente de la Fama o entro al recoleto rincón del monumento a Núñez de Arce. Etcétera. El Campo Grande no existe para un día sino para todos los días y todo el año.

Si de pronto me he ido a buscar y rebuscar por el entorno de la cascada y su gruta es porque a uno le vienen recuerdos de etapas tan diferentes como la de la niñez y la juventud, en que gastamos parque a mansalva. Incluso posteriormente, llevado por el afán paternal, uno ha iniciado a sus vástagos en el afecto por el parque. Esta cascada es de lo más espectacular, teniendo en cuenta que se creó una montaña para que simulara  lo que es, y da el pego realmente. Parece auténtica. Antiguamente se podía entrar a la gruta por sus laterales y recuerdo que incluso hubo una barra de bar. Si el vandalismo no fuera norma para ciertos humanos lo ideal sería que su entrada y recorrido estuviera permanentemente accesible. Uno se conforma con que no vuelvan a instalar allí dentro ningún chiringuito. Uno quiere lo más puro posible ese espacio.





María Antonia Fernández del Hoyo en su artículo El Campo de la verdad, recogido en el libro El Campo Grande, un espacio para todos:

"...La cascada del Campo Grande, ideada por Oliva, estaba carente de plano; su construcción sería larga y compleja. La estructura se hizo con piedras procedentes de derribos, entre ellos del Ayuntamiento herreriano, y revestida de otras ornamentales, lo que incrementó muchísimo el peso haciendo temer su ruina. Más polémica resultó la búsqueda de las estalactitas naturales que debía revestir el interior de la guta. La persona encargada de localizar una cueva natural de donde se pudiesen tomar eligió la hoy muy célebre de Atapuerca, en la vecina provincia de Burgos, para extraer las que consideró necesarias, pero un periódico burgalés puso el grito en el cielo acusando de vandalismo al Ayuntamiento de Valadolid. El enfrentamiento con Burgos implicó a varias instituciones y no se saldó hasta que la intervención del Ministerio de Fomento autorizó el traslado de las estalactitas a Valladolid, colocándoise en junio de 1880".