jueves, 6 de octubre de 2016

La lira de Núñez de Arce tallada por Emiliano Barral




No sé si he visto de niño caer el agua por los canalillos que representan las cuerdas de la lira o son imaginaciones mías. Pero hoy qué ausente está el agua en el monumento fuente. Y qué orfandad supone privar a la piedra del desgaste natural del agua. El monumento al poeta Gaspar Núñez de Arce está ubicado en uno de los espacios más bonitos y sugestivos del Campo Grande, próximo a la Fuente de la Fama y junto a una rosaleda que en este otoño cálido se resiste aún a dejar de alegrarnos la vista. El autor del monumento, el escultor Emiliano Barral, natural de Sepúlveda, lo realizó en 1932. No es una obra historicista y convencional como otros monumentos a prohombres que habían cundido hasta entonces por la ciudad. Este tiene un toque estético y formal diferente. Como lo debió tener otro conjunto de la misma mano dedicado al escritor Leopoldo Cano, también aquí en Valladolid, pero el revanchismo de la barbarie desatada en 1936 lo destruyó. Como acabó con la vida del escultor, caído en noviembre del mismo año defendiendo Madrid y la legalidad constitucional.




La materia donde Barral talló la lira es granito rojo de Ávila. Para entonces el escultor, que procedía de familia de canteros pero que había tomado su propia senda, viajando a París,a Italia, a varias ciudades españolas o trabajando en Madrid, ya tenía suficientes tablas y había realizado un considerable número de trabajos. Es rompedor respecto a un concepto más tradicional de la estatuaria y aunque trabaja el busto también se empeña en grandes volúmenes. Emiliano Barral concibió la lira evocadora de Núñez de Arce no tanto como el elemento excusa que representara el oficio del vate  -cuya testa remata con considerable desproporción el volumen fundamental del monumento-  sino como un espacio en cierto modo arquitectónico donde el agua que brotara de la cima tenía que deslizarse por las estrías, transmitiendo una idea calma. En palabras del escultor: "He querido buscar de esta manera la emoción de la sensibilidad y de la belleza. Que todo el que llegue hasta el lugar se sienta impresionado por este brotar y resbalar del agua, en que simbolizo la inspiración".

El monumento está flanqueado por dos bancos de piedra, verdaderos paralelepípedos racionalistas, más propios de las vanguardias rusas o centroeuropeas del primer tercio del siglo XX que de nuestros lares. De esta manera se refuerza el sentido de que el monumento no es solamente la pieza central que deja claro esa dedicatoria Valladolid a su poeta sino todo un espacio que se amplía y se delimita a su vez. Más allá, la floresta del Campo Grande establece un vínculo natural con la piedra tornando más evocador ese territorio. Y una vez más: lástima que no cumpla su cometido el agua para que el sentido esencial que Emiliano Barral intentó dar a la escultura se cumpliera plenamente. 













domingo, 2 de octubre de 2016

La soledad de la guardería fantasma



¿Alguien sabe algo de la antigua guardería? Cuándo se levantó, cómo funcionó, qué uso llegó a tener, cómo y por qué fue su declive...En fin, cuándo degeneró en erial. Permanece el arco de metal sobre dos columnas, como testimonio fantasmagórico. En la primavera empieza a tomar el aspecto de un jardín salvaje, las amapolas y las plantas silvestres ocupan el suelo y varios árboles frutales enseñan sus dones por pocos días. Es un lugar de paso muy frecuentado que hace de atajo entre la gente que va o viene desde las Estaciones y el Centro por el Arco de Ladrillo hacia la Avenida de Irún y Gabilondo. Como enseñas arbóreas de más entidad permanece un pino y un cedro de considerables dimensiones. Este último tocado del ala, como se puede observar por su inclinación. En las estaciones frías se afirma mucho más el aspecto yermo. Una parte de los terrenos de esa antigua guardería fueron urbanizados como aparcamiento de vehículos y lo que le da cierta solera de otra época son las galerías descubiertas que aún permanecen en el edificio largo que ocupa la esquina de Arco Ladrillo con Puente Colgante que, si no es centenario, poco le puede quedar.

Por más que he consultado varios libros sobre urbanismo editados por el Ayuntamiento no he encontrado aún una información precisa sobre la guardería que debió existir. Sigo prospectando. 











martes, 27 de septiembre de 2016

Los leones vuelven a la jaula (temporalmente)




Enjaulados. Los leones que coronan las pilastras exentas que circundan la fachada de la Universidad vieja van a ser puestos en cuarentena. Deteriorados por la incuria que ha traído la erosión histórica y la contaminación moderna van a ser limpiados. Veremos si los tratamientos a los que van a someter nos permite reconocerlos mejor o si el paseante soltará aquello de estos no son mis leones, que me los han cambiado.

De momento ahí están, unos refugiados tras las vallas y los velos donde los técnicos trabajarán para dejarlos como nuevos. Otros esperando turno. Hay quien opina que no nos los dejen como si acabaran de fabricarlos, por favor. Y es que el desgaste también aporta belleza o que acaso estábamos acostumbrados a verlos tal cual. Que sean reconocibles al final, que no nos resulten extraños. Al fin ya al cabo llevamos contemplándolos toda la vida.





Leo en el blog de Domus Pucelae que las columnas no eran un mero capricho. Que iban vinculadas unas a otras con una cadena de gruesos eslabones de hierro cuyo sentido era simbólico. Parece ser que en tiempos lejanos la Iglesia, las posesiones Reales y la Universidad gozaban de privilegios especiales. "...La presencia de estas cadenas proclamaba que el edificio gozaba de la exención de fuero, es decir, que quien se refugiaba en el recinto cercado por los eslabones quedaba exento de la legislación ordinaria y se sometía a su fuero jurisdiccional especial". Obviamente las cadenas de nuestra vieja Universidad ya no existen, aunque aún podemos contemplarlas en San Pablo o en San MIguel, por ejemplo.





Nuestros leones sujetan escudos. Unos representan a Castilla, otros al símbolo de la propia Universidad, un roble hermoso exhibiendo su ramaje y fijado con hondas raíces en la tierra. El mismo león es en sí mismo un símbolo poderoso. Representa a la realeza que dominaba en los tiempos medievales en que se fundó la Universidad. Pero acaso a su vez dice más, y recojo una opinión de Juan-Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos: "...El león constituye el oponente terrestre al águila en el cielo y, por lo mismo, el símbolo del 'señor natural' o posesor de la fuerza y del principio masculino". Pero ya se sabe que los simbolismos se han inventado para ratificar diferentes estados y tiempos de Poder. Particularmente me fascinan más las esculturas de los leones que los escudos que blanden para satisfacción de los señores e instituciones que tuvieran mando e influencia en su época. 



viernes, 23 de septiembre de 2016

Un paseo en el Día sin coches




Eufemismo y buena intención. El Día sin coches, celebrado ayer, y promovido por los municipios es un símbolo. Acotar el casco histórico amplio de nuestra ciudad por parte de la Policía Municipal forzosamente limita el tránsito de vehículos y los reduce al máximo. No sé si así tiene mérito y sirve para medir la buena voluntad del hombre motorizado de nuestros días. Digamos que acaso si al menos los ciudadanos colaboraron un poquito ya sería un triunfo. Pero uno teme que todo quede en un símbolo festivo y de eso que suele llamarse concienciar en el uso de los automóviles, y queda en agua de borrajas.

Para los que fuimos citados por iniciativa de la Federación Vecinal de Valladolid, con la colaboración de Asociación Cultural Ciudad Sostenible, la Asociación Española de Paisajistas y Arquitectos por la Sostenibilidad, el paseo matutino fue un deleite. Siempre se aprende algo, sobre todo a mirar. El arquitecto Diego González Lasala fue nuestro cicerone, bien empapado del tema. Partiendo desde la Plaza Mayor tomamos la calle Santiago hasta la Plaza Zorrilla, luego seguimos por Miguel Iscar hasta la Plaza Madrid, y contemplamos algunos edificios representativos de la arquitectura local del siglo XX. Un acierto que debería tener continuidad en cualquier fecha, para que nuevos paseantes se incorporen y gocen con visiones en las que antes no habían reparado.



Partida desde  el monumento del fundador de la ciudad, antiguo conde feudal Pero Ansúrez.




Al rincón derecha, dando al Corrillo y Alarcón, un edificio que rompe la plaza tradicional, obra del arquitecto Jacobo Romero y Fernández, de 1926.


¿Se acuerda alguien de Soler, el establecimiento de ropa que ocupó sus bajos? El arquitecto Manuel Cuadrillero y Suárez levantó otro de los edificios rompedores de la Plaza Mayor, a caballo entre ésta y la calle Santiago. Fue entre 1932 y 1934, y ese último piso ático y la torre que hace esquina parecen traer ideas más centroeuropas que tradicionales de nuestro país.




El nutrido grupo  enfilando la tradicional calle comercial de Valladolid, la calle Santiago.


Las viviendas del número 4 de Santiago, el edificio de los Villanueva, que quizá no guste a muchos, es de1932 y su realizador fue Alfonso Fungairiño y Nebot. El sol daba de plano y a mí me parece que este tipo de construcción está más próximo a los de nuestros días que otros exuberantes que pretenden destacar en el centro para gloria de sus promotores ya históricos.



¿Quién no se ha ido fijando, según viene andando desde la Plaza Zorrilla,  en el edificio suntuoso de La Unión y el Fénix, como se le conocía antes, cuando estaba en vigor la empresa de Seguros? Lentamente se va tomando visión paulatina de un edificio que marca la esquina entre Santiago y Constitución. Y que aún gusta, es como si nos hablara de un grado de grandeza de un tiempo que se acortó. Es de 1934, de mano de un tal Gutiérrez Prieto. Tal vez el espacio se les quedó pequeño y un edificio de ese calibre y alegoría hubiera adquirido mayor perspectiva en una Gran Vía vallisoletana, por ejemplo, pero la historia, los límites y la ciudad somos así, señora. Aquí abajo se puede contemplar el remate de la bóveda, con el Ave Fénix emergiendo. Cuando los mitos se utilizaban todavía para ensalzar la fortaleza de las empresas y loaban sus extensiones comerciales.





Cierto ente político del antiguo régimen estuvo instalado en este edificio, pero los veteranos ¿nos acordamos más de ello o del Salón Ideal, la cafetería que estaba en uno de los bajos dando a la calle Santiago? El Salón Ideal fue un icono de cafetería y heladería que hizo huella en la infancia y juventud de muchos vallisoletanos. A dos aguas entre Santiago y Doctrinos, otro soberbio edificio formando rotonda semicircular, levantado entre 1935-1936 con la autoría de Ramón Pérez Lozana.



Ver este edificio de empaque, que a muchos no les gusta, es tanto como decir Molinero, el tradicional café que ha ocupado desde hace muchas décadas parte de sus locales. Levantado entre 1935 y 1940, es del mismo arquitecto del edificio anterior. Otra construcción de la que la vista agradece la forma semicircular, siempre menos tajante y más acogedora que una esquina escuadrada en ángulo recto. 



Este edificio de viviendas de la calle Perú, casi junto a la Plaza de Madrid, obra de Jacobo Romero Fernández, viene de 1935-1940. Una esquina en ángulo agudo, suavizada por la forma redondeada, interiormente cilíndrica, que produce un efecto grato, donde lo ecléctico se moderniza y abre una calle bastante anodina. Parte del edificio da a la calle Rastro, la neoordenada rúa donde vivió Cervantes y con la que no parece tener nada que ver.
  


Creo que me he saltado algún edificio que otro, qué se le va a hacer. Es lo que tiene el paseo, y más un paseo organizado, que te encuentras con gente de los viejos y nuevos tiempos y te despistas charlando y recuperando unos minutos de buena y noble amistad. Oportunidad habrá de reparar el fallo. Y además, ¿a que no se nota?

Gracias a los promotores de la caminata ilustrada. Especial agradecimiento al ilustrador, Diego González Lasala, cuya imagen se puede contemplar en varias fotos. Por mi parte, con sumo reconocimiento a su tarea continuada por la ciudad.






miércoles, 21 de septiembre de 2016

El pino de la Antigua




Hay espacios verdes más o menos grandes, más o menos afortunados, más o menos admirados por los transeúntes. Hasta hace unos años, en el entorno de la Antigua y la Solanilla había casas. Después, el derribo de éstas -qué recuerdos nos vienen de la taberna de Casa Gabino, en la esquina con Magaña- dio paso a una pequeña parcela de jardín que nunca tuvo mucho tirón. Pero el pino que allí fue creciendo iba dando una impronta especial al lugar.

La amenaza vino de mano de las veleidades de cierto regidor, que pretendía transformar el subsuelo en aparcamiento público. Algo que suscitó el rechazo de algunos entes ciudadanos. Se armó jaleo: denuncias, recursos judiciales, protestas de calle. Se realizaron catas que dieron lugar al descubrimiento de restos de edificaciones de diversas épocas, entre ellos una necrópolis medieval. No en vano esa zona de la ciudad se ubica en lo que fue el Valladolid más primitivo, antes dela fundación de Pedro Ansúrez, la que procede de tiempos romanos, cuyos restos permanecerían bajo las edificaciones y la urbanización actual de la Plaza de la Universidad.   

Durante un tiempo el espacio verde permaneció sumido en el abandono, hasta que una vez desechada la nefasta idea del parking se taparon los restos históricos y se reforma con la actual floritura que engalana el costado de la Antigua y la Solanilla, de la que se beneficia a su vez la calle Magaña, esa trasera de las Angustias por donde transcurría en sus siglos de venturas el ramal norte del río Esgueva.

El pino ubicado en ese espacio urbano es como un símbolo, un monumento al árbol acaso más extendido en Valladolid y provincia. El ábside especial de las Angustias da fe de su talante de vecino fiel.   










viernes, 16 de septiembre de 2016

Ortopedia para el cedro de San Andrés




El cedro de la Plaza de San Andrés se inclina desde hace tiempo peligrosamente y acaso de modo incluso fatídico. No es el único árbol que acusa el inevitable envejecimiento o la cesión del suelo, ya han pasado más casos en parques y plazas de la ciudad. Incluso hay registrados por el Ayuntamiento más de trescientos ejemplares con riesgo de caída en toda la ciudad. 

El cedro de San Andrés es aún joven, apenas unos sesenta años de existencia. Recientemente, a principios de verano, instalaron un puente metálico con anclaje a una base de hormigón en el subsuelo que permita soportar el peso del tronco. No es algo muy estético, no es un elemento armonioso, pero sí un recurso ortopédico sobre un frondoso ejemplar que da sombra y alegría a la plaza. Una operación provisional para salvarlo de la tala y que siga acogiendo a los paseantes que se sientan en los bancos a los que cobija. Tal vez quiso ser demasiado altivo al competir con la torre edificada al lado, de casi doscientos cincuenta años. Acaso a las arquitecturas humanas no les gusta la sombra de lo que sigue siendo naturaleza adaptada a la vida urbana. Disfrutemos a nuestro paso mientras esté. El encorvamiento no tiene por qué restarle belleza.