miércoles, 13 de noviembre de 2024
Recreación de un jardín bucólico con cierto eco modernista en un portal
sábado, 9 de noviembre de 2024
Un mural cerámico en el Campillo: evocación y homenaje al mercado tradicional desaparecido
"El sol estaba ya alto, pero no calentaba. Cuando llegamos, cerca ya de las diez, el frío era horroroso pero las calles ardían de animación. El médico guardaba su tartana en casa de un boticario que tenía su corralón en la calle de Miguel Íscar; nos despedimos de él, quedando en volver a encontrarnos allí. Fuimos enseguida al mercado del Val, y del Val al Campillo; de allí salimos con un chico cargado de apios, cardos, lombardas y besugos, que fue a depositarlo todo en casa del boticario. Después, en los soportales de la acera compramos embutidos en las salchicherías, y en las tiendas de ultramarinos aceitunas y barrilitos de ostras". Así cuenta de un día frío de infancia Rosa Chacel el ambiente de su ciudad natal, Valladolid, en la novela Memorias de Leticia Valle. Y esa mención al avituallamiento en las plazas de mercado es un excelente homenaje con el que la escritora puede llegar al conocimiento de nuevas generaciones y al ejercicio de memoria de las antiguas que sobrevivan.
En este sentido va también el mural cerámico del Campillo, conocido hoy como Plaza de España que, erigido en 1996, tras la remodelación de la plaza con ámbito para un mercado al aire libre, fue realizado por Gonzalo Coello Campos. Es una evocación de aquel mercado proyectado en 1878 -el proyecto se denominó 'Proyecto de tres mercados de hierro'- a iniciativa del alcalde Miguel Íscar -el gran impulsor del Campo Grande- junto con los mercados del Val y de Portugalete. Las arquitecturas tenían de referente el mercado monumental de Les Halles, en París, y probablemente el mercado del Borne de Barcelona, lo cual suponía lo más avanzado en aquella época. Desgraciadamente tanto el del Campillo como el de Portugalete fueron derribados en unos años de nula o escasa reflexión y actuación arquitectónica y urbanística. El primero en 1957 y el segundo, aún más incomprensiblemente, en 1974, víctimas de un déficit notable en la protección y cuidado del patrimonio urbano.
Jesús de Anta Roca en su documentado libro Historias y personajes no tan conocidos del Valladolid contemporáneo nos cuenta sobre aquel mercado desaparecido que "Jacinto Peña, nacido en Palencia en 1845, era un promotor muy activo en el ámbito de la concesión de obras municipales: a veces se le citaba como maestro de obras, y otras como maestro cantero. Entre las muchas obras de las que resultó adjudicatartio destacan la construcción del mercado del Campillo de San Andrés que abrió sus puertas en 1880 y fue demolido en mayo de 1957 (...) Aquellos mercados fueron un gran avance tanto para los vendedores como para los compradores: un lugar cerrado a salvo de fríos, lluvia y el fuerte sol estival, disponibilidad de agua corriente y luz artificial (de gas en los primeros años) En definitiva, confortables para su época y con razonables condiciones higiénicas. Las crónicas de la época hablan de que costó que los vendedores se decidieran por trasladar sus puestos en la calle al interior del mercado del Campillo. A fin de cuentas era toda una novedad y un cambio radical en las costumbres. Además, los comerciantes creían que perderían clientela si metían sus puestos en el mercado frente a los que, más visibles para las amas de casa, quedaban en la calle".
En este mural se refleja el acarreo de las mercancías, la exposición para su venta de carnes, pescados, pan o verduras, los alimentos básicos de otra época, pero también la venta de cacharros de barro donde cocer o asar las viandas, y en el centro se halla la representación del mercado -la plaza, que se decía entonces- en su sólida estructura de hierro, ladrillo y tejería.
El mural está instalado en una chimenea de ventilación del aparcamiento subterráneo, en el extremo de la plaza frente al Banco de España y el comienzo de la calle Duque de la Victoria. El mercado actual de frutas y verduras, bajo una marquesina que evoca a su vez la que hubo antiguamente en la calle Dos de Mayo, no es ni la sombra de lo que hace ciento cuarenta años existió en ese lugar. Véase una fotografía actual de los puestos y compárese con la fortaleza antigua de un mercado con resonancias europeas de su tiempo.
viernes, 8 de noviembre de 2024
Presentación de Doble autorretrato mundo, de Moisés Mori, en la Fundación Segundo y Santiago Montes
La Fundación Segundo y Santiago Montes pasa esta información.
martes, 5 de noviembre de 2024
Pináculos cual vigías o testigos de otro tiempo
Para muchos serán solamente unas piedras decorativas. A fuerza de pasar delante de ellas son ignoradas. Pero si un día no estuvieran, y no se olvide que hace unos años la ocurrencia de un alcalde y su técnico iban camino de eliminar el atrio, ¿se las echaría en falta? Mira, abuelo, una piedra picuda, escuché no hace mucho a un niño, por supuesto observador. Para mi sorpresa más inteligente que su abuelo, que se limitó a decir sí y a tirar de la mano de la criatura.
A veces el paseante tiene la sensación de que ciertos elementos ornametales adjuntos a un monumento son esculturas que se homenajean a sí mismas. Es el caso de estos pináculos que se alinean para delimitar al atrio de la catedral. Toda la baranda, formada por tales bloques tallados de piedra y del pretil de hierro que los une, coronan una atrio dispuesto para salvar la caída del terreno y dar una entrada solemne a la catedral. ¿Solo solemne? Uno no puede evitar imaginar ese espacio hace casi tres siglos pues el interior del atrio depara un banco corrido que sería frecuentado por las posaderas de filigreses y transeúntes. Hoy, erosionado y desgastado por la acción del clima y no sería de extrañar que por maltrato humano, mantiene su porte en diálogo sordo con un pavimento no menos molido.
Este atrio de hacia 1750 fue obra de un arquitecto barroco, Alberto de Churriguera, que también actuó en parte de la fachada de la catedral. No hay que verlo solamente como antesala exterior del edificio sino que juega un papel de sujeción, como contrafuerte del templo que está levantado sobre una pendiente. Basta con recorrer su perímetro entre las calles Cos, Arribas y Portugalete para observar el equilibrio que busca nivelarse entre alturas diferentes.
El remate piramidal evoca una tradición simbólica, no solo cristiana pues se da en distintas culturas, y se traduce en la representación de la montaña. Y la montaña encarnada por la confluencia en un vértice -siempre la geometría- busca representar la totalidad, y las cuatro caras del volumen piramidal serían los ciclos anuales, las cuatro estaciones. En realidad es de suponer que esta figura a pie de calle quiera emular los pináculos que elevados en las partes altas de los edificios religiosos y muchos no religiosos, acaso sin mayores pretensiones de simbolismo y dispuestos por seguir alguna moda de ornamentación. En bastantes edificios con diferentes usos que hay en la ciudad se advierten remates en sus alturas con pináculos de diversas formas.
Estos pináculos son aquí un adorno estético que intenta resaltar la fachada y en consonancia con esta da más cuerpo al atrio. Esa pirámide con base cuadrangular forma triángulos equiláteros en sus caras. Desgraciadamente, como se puede observar casi todos están dañados. O bien desmochados, es decir, que han perdido su parte piramidal, o desconchados o desnivelados. El estado de las diferentes escalinatas no es mejor, pues los peldaños se encuentran partidos cuando no hundidos.
Ignorados por el abundante tránsito peatonal del entorno, los pináculos se mantienen como vigías de otras épocas fenecidas y si pudieran hablar relatarían tantas historias de un Valladolid secular y civil... Bien se merecen ser recreados y homenajeados a través de esta sesión fotográfica de detalle, ellos tan impasibles como maltratados. Todos querían salir en la foto.
sábado, 2 de noviembre de 2024
Impasible y pensativo Albert Einstein
La explanada del Museo de la Ciencia es el espacio idóneo y vinculante para el descanso del sabio. Ahí en su asiento de calle y posando las manos sobre los papeles de unas fórmulas que cambiaron el mundo, Albert Einstein se reconoce solamente como un intermediario entre la materia y la energía con los humanos, que son parte de la materia y desarrollan su cuota de energía. Oportuna su presencia inmortalizada a corta distancia de la del científico Pío del Río Hortega que en su postura erguida le contempla desde un poco más allá. Este ya salió en otra entrada del blog.
El escultor vallisoletano Luis Santiago Pardo, cuya obra es asidua en calles y plazas de nuestra ciudad, realizó en bronce este trabajo conmemorativo. Inaugurado en 2005 con ocasión del 50 aniversario del fallecimiento del científico. Nada que ver con la escultura al uso en otros tiempos para conmemorar personajes. Aquí la figura del científico aparece en toda su humanidad o, mejor dicho, su humildad, desprovista del aire presuntuoso y la jactancia con que antes se erigían estatuas de los ilustres. Y si alguien tenía, tiene, más derecho a fardar es un científico concienzudo y honesto.
A las puertas del museo pasa sus días el sabio en el banco corrido, como si esperase la llegada de los viandantes a los que contar la historia de su vida o compartir una pizca de sus conocimientos. Tal vez se relaja, acaso su pensamiento mira hacia el pasado, su propia existencia, o bien sigue dando vueltas a sus teorías revolucionarias de la relatividad. Si se compara la familiaridad y bonhomía que desprende esta imagen con la de tantos prohombres subidos a pedestales que acaso no aportaron más que guerras y conquistas, creo que esta visión sobre Einstein de Luis Santiago Plaza es sumamente acertada.
Este tipo de esculturas adquiere más valor si las personas que pasan por delante no se limitan a pasar por delante. Una familia que se sienta en torno al físico y se fotografía. Unos niños que se suben a su regazo y le abrazan y le sonríen y le tiran del bigote. Unas jóvenes que van de fiesta y le dan al selfie junto al señor de las canas de bronce. O un vagabundo que se arriesga a la crudeza de la noche vallisoletana echándose a lo largo del banco, tal vez para encontrarse menos solo.
miércoles, 30 de octubre de 2024
Las maricas andan, que no solo vuelan, por el vecindario
sábado, 26 de octubre de 2024
La geometría que por doquier nos rodea en Valladolid
El paseante, que andará mucho pero es lego en infinidad de detalles que mira y no siempre ve, ha sabido de un libro sobre la ciudad que tiene un alcance especial. El de que sitúa en cada objeto que nos rodea, en altura o en suelo, sobre tímpanos o en bordillos, en frisos o tapas de alcantarilla un despliegue de formas geométricas que a veces uno capta pero que Inmaculada Fernández Benito y María Encarnación Reyes Iglesias han sido capaces de estudiar y catalogar concienzudamente. El libro tiene ese precioso y preciso título de Periplo por la geometría de Valladolid y no es reciente, pero está en vigor y lo estará siempre. Data de 2018 y las fotografías, de gran calidad y detalle, además de realizadas por las autoras lo están por Cristina Franco y Pablo López.
Y voy a decir lo que pienso. Que es un libro emocionante. Porque deja constancia de la existencia de una geometría que nos atraviesa benévolamente desde y a través de todas partes. Geometría que puede ser interpretada matemáticamente por los especialistas y se proyecta a través de urbanistas y arquitectos, pero que al ser percibida por parte del ciudadano de a pie se socializa, se humaniza. Pero qué digo, ¿es que acaso las formas geométricas fueron alguna vez inhumanas?














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