miércoles, 13 de noviembre de 2024

Recreación de un jardín bucólico con cierto eco modernista en un portal

 




aquí mismito, 
escuché ayer cantar
las avecitas

Ante el hallazgo de hoy cabria traer este haiku de Yosa Buson, el gran pintor y poeta japonés del siglo XVIII. O bien este otro:

canta el ruiseñor: 
un poco hacia aquí, 
un poco hacia allí


El portal es sencillo. Si no fuera por la decoración del azulejado sería un zaguán anodino y sin mayor carácter. Pero alguien tuvo la fortuna de imaginar un tema ornamental en los azulejos de sus paredes que además de aportar estética transmite oxígeno mental. Está en el número 24 de la céntrica calle López Gómez, vía que padece un tránsito de vehículos notable y en la que a ciertas horas se acusa la contaminación. El forjado de la puerta ennoblece la entrada. Siendo un edificio de 1930, ahora rehabilitado, es de agradecer que en ese año perdurase un elemento decorativo con ecos modernistas. Y también que haya sobrevivido a la destrucción. 

Pero pocas palabras está pidiendo este entorno ajardinado al visitante ocasional. Esa floresta que se multiplica y se entrelaza, con ese toque art déco, a la que acuden las aves del cielo que en realidad son tan terrenales, solo pide contemplación y dejarse envolver. Tal vez ese vuelo de los pájaros nos invite simbólicamente a los humanos para que emprendamos vuelos que nos liberen de las particulares jaulas que nos hemos creado. Puede que entonces encontremos sentido a otro haiku del haijin Buson:

es salir del pantano
y escuchar de nuevo
al ruiseñor












sábado, 9 de noviembre de 2024

Un mural cerámico en el Campillo: evocación y homenaje al mercado tradicional desaparecido



"El sol estaba ya alto, pero no calentaba. Cuando llegamos, cerca ya de las diez, el frío era horroroso pero las calles ardían de animación. El médico guardaba su tartana en casa de un boticario que tenía su corralón en la calle de Miguel Íscar; nos despedimos de él, quedando en volver a encontrarnos allí. Fuimos enseguida al mercado del Val, y del Val al Campillo; de allí salimos con un chico cargado de apios, cardos, lombardas y besugos, que fue a depositarlo todo en casa del boticario. Después, en los soportales de la acera compramos embutidos en las salchicherías, y en las tiendas de ultramarinos aceitunas y barrilitos de ostras". Así cuenta de un día frío de infancia Rosa Chacel el ambiente de su ciudad natal, Valladolid, en la novela Memorias de Leticia Valle. Y esa mención al avituallamiento en las plazas de mercado es un excelente homenaje con el que la escritora puede llegar al conocimiento de nuevas generaciones y al ejercicio de memoria de las antiguas que sobrevivan.

En este sentido va también el mural cerámico del Campillo, conocido hoy como Plaza de España que, erigido en 1996, tras la remodelación de la plaza con ámbito para un mercado al aire libre, fue realizado por Gonzalo Coello Campos. Es una evocación de aquel mercado proyectado en 1878 -el proyecto se denominó 'Proyecto de tres mercados de hierro'- a iniciativa del alcalde Miguel Íscar -el gran impulsor del Campo Grande- junto con los mercados del Val y de Portugalete. Las arquitecturas tenían de referente el mercado monumental de Les Halles, en París, y probablemente el mercado del Borne de Barcelona, lo cual suponía lo más avanzado en aquella época. Desgraciadamente tanto el del Campillo como el de Portugalete fueron derribados en unos años de nula o escasa reflexión y actuación arquitectónica y urbanística. El primero en 1957 y el segundo, aún más incomprensiblemente, en 1974, víctimas de un déficit notable en la protección y cuidado del patrimonio urbano.



Jesús de Anta Roca en su documentado libro Historias y personajes no tan conocidos del Valladolid contemporáneo nos cuenta sobre aquel mercado desaparecido que "Jacinto Peña, nacido en Palencia en 1845, era un promotor muy activo en el ámbito de la concesión de obras municipales: a veces se le citaba como maestro de obras, y otras como maestro cantero. Entre las muchas obras de las que resultó adjudicatartio destacan la construcción del mercado del Campillo de San Andrés que abrió sus puertas en 1880 y fue demolido en mayo de 1957 (...) Aquellos mercados fueron un gran avance tanto para los vendedores como para los compradores: un lugar cerrado a salvo de fríos, lluvia y el fuerte sol estival, disponibilidad de agua corriente y luz artificial (de gas en los primeros años) En definitiva, confortables para su época y con razonables condiciones higiénicas. Las crónicas de la época hablan de que costó que los vendedores se decidieran por trasladar sus puestos en la calle al interior del mercado del Campillo. A fin de cuentas era toda una novedad y un cambio radical en las costumbres. Además, los comerciantes creían que perderían clientela si metían sus puestos en el mercado frente a los que, más  visibles para las amas de casa, quedaban en la calle".



En este mural se refleja el acarreo de las mercancías, la exposición para su venta de carnes, pescados, pan o verduras, los alimentos básicos de otra época, pero también la venta de cacharros de barro donde cocer o asar las viandas, y en el centro se halla la representación del mercado -la plaza, que se decía entonces- en su sólida estructura de hierro, ladrillo y tejería.

El mural está instalado en una chimenea de ventilación del aparcamiento subterráneo, en el extremo de la plaza frente al Banco de España y el comienzo de la calle Duque de la Victoria. El mercado actual de frutas y verduras, bajo una marquesina que evoca a su vez la que hubo antiguamente en la calle Dos de Mayo, no es ni la sombra de lo que hace ciento cuarenta años existió en ese lugar. Véase una fotografía actual de los puestos y compárese con la fortaleza antigua de un mercado con resonancias europeas de su tiempo.







viernes, 8 de noviembre de 2024

Presentación de Doble autorretrato mundo, de Moisés Mori, en la Fundación Segundo y Santiago Montes

 


La Fundación Segundo y Santiago Montes  pasa esta información.


Viernes 8 de noviembre de 2024, a las 8 de la tarde 
Presentación de Doble autorretrato mundo, de Moisés Mori 
Intervendrán su autor y Miguel Casado 


Moisés Mori (Cangas de Onís, Asturias, 1950), autor de ensayos literarios como Escenas de la vida de Annie Ernaux (2011), No te conozcas a ti mismo. Nerval, Schwob, Roussel (2015) o César Aira y la silla de Gaspard (2019), así como del libro de poemas Arte y romance (2013), todos ellos publicados en la editorial KRK. 





Doble Autorretrato Mundo es un ensayo literario que esboza dos perfiles: el del escritor y fotógrafo francés Édouard Levé (1965-2007) y el de José María Arguedas (1911-1969), figura mayor de las letras peruanas. Dos autores muy distintos y sin ninguna relación entre sí; ambos, sin embargo, murieron trágicamente y escribieron en sus últimos días sendos libros (Suicidio y El zorro de arriba y el zorro de abajo, respectivamente) en los que anunciaban su inmediata y voluntaria muerte. 

El narrador-personaje que aquí se aproxima a estos dos escritores lo hace, en principio, por azar, por la coincidencia de las lecturas de uno y otro; manifiesta así el impacto que para él han significado sus obras e intenta seguir la trayectoria de esos dos autores no por curiosidad o un mero propósito de estudio, sino de reflexión, memoria e interrogación personal, al punto de que el propio narrador, su escritura, va entrelazándose en ese doble autorretrato mundo. 




 “Más que una novela, el libro de Moisés Mori es un tejido de huellas, un campo de citas, sombras, una poética de investigación de senderos que se bifurcan huyendo de lo uniforme.” Enrique Vila Matas. El País, 21-05-2024 

 “Porque al final, agotado el esfuerzo hermenéutico, satisfecho el vaciado textual, completado el análisis psicológico, lo que queda es un aullido fijado en palabras. Y ahí, ante ese grito congelado que es la escritura, las eternas preguntas que nos concedemos en las noches de insomnio, o en la tristeza de las mañanas sin objeto, o en las prosaicas certidumbres que nos asisten en la cola del pan, vuelven para abrazarnos con su rigor jansenista: ¿cómo podemos vivir? A ese aullido, a ese grito, Mori responde con un libro que se lee en un estado permanente de asombro.” Ricardo Menéndez Salmón. El Periódico de España, 28-07-2024




martes, 5 de noviembre de 2024

Pináculos cual vigías o testigos de otro tiempo

 



Para muchos serán solamente unas piedras decorativas. A fuerza de pasar delante de ellas son ignoradas. Pero si un día no estuvieran, y no se olvide que hace unos años la ocurrencia de un alcalde y su técnico iban camino de eliminar el atrio, ¿se las echaría en falta? Mira, abuelo, una piedra picuda, escuché no hace mucho a un niño, por supuesto observador. Para mi sorpresa más inteligente que su abuelo, que se limitó a decir sí y a tirar de la mano de la criatura. 

A veces el paseante tiene la sensación de que ciertos elementos ornametales adjuntos a un monumento son esculturas que se homenajean a sí mismas. Es el caso de estos pináculos que se alinean para delimitar al atrio de la catedral. Toda la baranda, formada por tales bloques tallados de piedra y del pretil de hierro que los une, coronan una atrio dispuesto para salvar la caída del terreno y dar una entrada solemne a la catedral. ¿Solo solemne? Uno no puede evitar imaginar ese espacio hace casi tres siglos pues el interior del atrio depara un banco corrido que sería frecuentado por las posaderas de filigreses y transeúntes. Hoy, erosionado y desgastado por la acción del clima y no sería de extrañar que por maltrato humano, mantiene su porte en diálogo sordo con un pavimento no menos molido. 

Este atrio de hacia 1750 fue obra de un arquitecto barroco, Alberto de Churriguera, que también actuó en parte de la fachada de la catedral. No hay que verlo solamente como antesala exterior del edificio sino que juega un papel de sujeción, como contrafuerte del templo que está levantado sobre una pendiente. Basta con recorrer su perímetro entre las calles Cos, Arribas y Portugalete para observar el equilibrio que busca nivelarse entre alturas diferentes.



El remate piramidal evoca una tradición simbólica, no solo cristiana pues se da en distintas culturas, y se traduce en la representación de la montaña. Y la montaña encarnada por la confluencia en un vértice -siempre la geometría- busca representar la totalidad, y las cuatro caras del volumen piramidal serían los ciclos anuales, las cuatro estaciones. En realidad es de suponer que esta figura a pie de calle quiera emular los pináculos que elevados en las partes altas de los edificios religiosos y muchos no religiosos, acaso sin mayores pretensiones de simbolismo y dispuestos por seguir alguna moda de ornamentación. En bastantes edificios con diferentes usos que hay en la ciudad se advierten remates en sus alturas con pináculos de diversas formas.

Estos pináculos son aquí un adorno estético que intenta resaltar la fachada y en consonancia con esta da más cuerpo al atrio. Esa pirámide con base cuadrangular forma triángulos equiláteros en sus caras. Desgraciadamente, como se puede observar casi todos están dañados. O bien desmochados, es decir, que han perdido su parte piramidal, o desconchados o desnivelados. El estado de las diferentes escalinatas no es mejor, pues los peldaños se encuentran partidos cuando no hundidos.

Ignorados por el abundante tránsito peatonal del entorno, los pináculos se mantienen como vigías de otras épocas fenecidas y si pudieran hablar relatarían tantas historias de un Valladolid secular y civil... Bien se merecen ser recreados y homenajeados a través de esta sesión fotográfica de detalle, ellos tan impasibles como maltratados. Todos querían salir en la foto.















sábado, 2 de noviembre de 2024

Impasible y pensativo Albert Einstein

 


La explanada del Museo de la Ciencia es el espacio idóneo y vinculante para el descanso del sabio. Ahí en su asiento de calle y posando las manos sobre los papeles de unas fórmulas que cambiaron el mundo, Albert Einstein se reconoce solamente como un intermediario entre la materia y la energía con los humanos, que son parte de la materia y desarrollan su cuota de energía. Oportuna su presencia inmortalizada a corta distancia de la del científico Pío del Río Hortega que en su postura erguida le contempla desde un poco más allá. Este ya salió en otra entrada del blog.

El escultor vallisoletano Luis Santiago Pardo, cuya obra es asidua en calles y plazas de nuestra ciudad, realizó en bronce este trabajo conmemorativo. Inaugurado en 2005 con ocasión del 50 aniversario del fallecimiento del científico. Nada que ver con la escultura al uso en otros tiempos para conmemorar personajes. Aquí la figura del científico aparece en toda su humanidad o, mejor dicho, su humildad, desprovista del aire presuntuoso y la jactancia con que antes se erigían estatuas de los ilustres. Y si alguien tenía, tiene, más derecho a fardar es un científico concienzudo y honesto.



A las puertas del museo pasa sus días el sabio en el banco corrido, como si esperase la llegada de los viandantes a los que contar la historia de su vida o compartir una pizca de sus conocimientos. Tal vez se relaja, acaso su pensamiento mira hacia el pasado, su propia existencia, o bien sigue dando vueltas a sus teorías revolucionarias de la relatividad. Si se compara la familiaridad y bonhomía que desprende esta imagen con la de tantos prohombres subidos a pedestales que acaso no aportaron más que guerras y conquistas, creo que esta visión sobre Einstein de Luis Santiago Plaza es sumamente acertada.

Este tipo de esculturas adquiere más valor si las personas que pasan por delante no se limitan a pasar por delante. Una familia que se sienta en torno al físico y se fotografía. Unos niños que se suben a su regazo y le abrazan y le sonríen y le tiran del bigote. Unas jóvenes que van de fiesta y le dan al selfie junto al señor de las canas de bronce. O un vagabundo que se arriesga a la crudeza de la noche vallisoletana echándose a lo largo del banco, tal vez para encontrarse menos solo.







miércoles, 30 de octubre de 2024

Las maricas andan, que no solo vuelan, por el vecindario

 


La ciudad está tan repleta de objetos -desde edificios al asfalto y el suelo embaldosado, pasando por el ingente cuando no obstaculizante mobiliario urbano- y de sujetos que se comportan como objetos, que nos olvidamos con frecuencia de otros sujetos que van por libre. Y esos diferentes sujetos pueden ser las aves y no me refiero solo a las palomas, que estas ya campan a sus anchas y para mayor guarrería de nuestras aceras arboladas. Las mascotas -las más usuales, también conocidas como perros o gatos- y hoy integradas en otro estatus más acomodaticio puede que se hayan constituido ya como sujetos de iure y no solo de facto. Aunque para muchos de sus dueños sean objetos por mucho que los mimen y digan que los aman.

Las maricas, ese pájaro que antes solo relacionábamos con los accesos a la ciudad -a una carretera cercana que va desde la transversal carretera a Segovia hasta Viana de Cega se la llama carretera de las maricas-  las vemos con más frecuencia cercanas a nuestros vecindarios, sobre todo si estos se hallan próximos a las riberas del Pisuerga o de la Esgueva. Por supuesto, abundan también en el Campo Grande. Siempre fueron atrevidas, pero uno tiene la sensación de que se acomodan progresivamente al interior de la ciudad. ¿Se sienten atraídas como nunca por la humanidad que puebla las ciudades? ¿Encuentran en nuestros detritus formas de alimentarse o simplemente quieren sentirse acompañadas? ¿Pretenden quitarse los sambenitos que la tradición popular les había colgado en sentido negativo? 





A los que no sean de Valladolid les chocará el nombre de maricas. Pues bien, tal ave se trata de la urraca, uno de los córvidos más extendidos por la península, al que los romanos denominaban pica. Y de ahí que, según regiones españolas, lleve en unos casos un nombre basado en la etimología latina: pica pica, picaraza, por ejemplo, o bien gaya, pega, etc. Por qué mencionamos por estos pagos a las urracas como maricas no tengo ni idea, nadie me lo ha aclarado nunca. Pero si el Diccionario de la RAE lo recoge es que fue de uso ancestral mencionarla así.

Dicen de las urracas que es una de las aves más inteligentes, incluso más que muchos animales, capaz de reconocerse en un espejo. ¿Narcisismo? ¿Desarrollo avanzado de alguna zona de su cerebro?  Es de suponer que los especialistas tendrán respuestas y estaré atento a ellas. Como los humanos asociamos a los animales vicios o virtudes, tal vez porque buscamos exorcizar nuestros defectos o exaltar nuestros méritos en sus comportamientos naturales, la urraca no iba a ser menos en esto de tener su peculiar fama. Así, todo depende de la cultura que toque. En una anglosajona si la urraca se posa en el alféizar de una ventana es de mal fario, si es en China es signo de felicidad o al menos de buena suerte. Como emiten sonidos como chasquidos, en zonas suramericanas se aplica su imagen a las personas parlanchinas e incluso chismosas. También leo por alguna parte que hay un cuento en que su dudosa reputación viene de la crucifixión del Cristo, lo cual ya es el colmo, en que todas las aves, acudieron a consolar al crucificado menos las urracas. Aunque si se va más atrás, ya en las mitologías griega y romana aparece, y en la Metamorfosis de Ovidio se habla de una mujer que se convirtió en urraca. En contrapartida, y volviendo a China, resultaba ser el ave de la alegría, recibir buenas noticias o la llegada de huéspedes. En fin, todo un repertorio de connotaciones, mejores o peores. Pero ¿qué animal no tiene que cargar con la cruz a cuestas de las imperfecciones de la naturaleza humana?

La marica de la imagen se posó en una baranda del Museo de la Ciencia. El río, prácticamente al lado. El barrio, Arturo Eyries en este caso, más cercano todavía. Socializándose aún más con el vecindario. ¿Tomarán el relevo a las palomas? ¿Compartirán más espacios? Lo dejo para la imaginación.







sábado, 26 de octubre de 2024

La geometría que por doquier nos rodea en Valladolid

 


El paseante, que andará mucho pero es lego en infinidad de detalles que mira y no siempre ve, ha sabido de un libro sobre la ciudad que tiene un alcance especial. El de que sitúa en cada objeto que nos rodea, en altura o en suelo, sobre tímpanos o en bordillos, en frisos o tapas de alcantarilla un despliegue de formas geométricas que a veces uno capta pero que Inmaculada Fernández Benito y María Encarnación Reyes Iglesias han sido capaces de estudiar y catalogar concienzudamente. El libro tiene ese precioso y preciso título de Periplo por la geometría de Valladolid y no es reciente, pero está en vigor y lo estará siempre. Data de 2018 y las fotografías, de gran calidad y detalle, además de realizadas por las autoras lo están por Cristina Franco y Pablo López. 

Y voy a decir lo que pienso. Que es un libro emocionante. Porque deja constancia de la existencia de una geometría que nos atraviesa benévolamente desde y a través de todas partes. Geometría que puede ser interpretada matemáticamente por los especialistas y se proyecta a través de urbanistas y arquitectos, pero que al ser percibida por parte del ciudadano de a pie se socializa, se humaniza. Pero qué digo, ¿es que acaso las formas geométricas fueron alguna vez inhumanas?




Ya en la introducción las autoras del libro aclaran que en este "no se trazan itinerarios en función de la historia del arte o de los atractivos turísticos convencionales, sino que el objetivo es fijar la mirada a partir de grandes conceptos matemáticos -figuras en el plano o en el espacio, curvas, proporciones, mosaicos, superficies- que aparecen proyectados en la edificación y el mobiliario urbano y se hallan diseminados en calles y plazas". Y esta mirada, que no es propiedad exclusiva de los especialistas es la que ha acompañado de continuo al paseante, vaya con prisas o camine realajado  dejándose empapar por el entorno tan polifacético y visual que, sin embargo, tantas veces nos pasa desapercibido. 

No obstante, en cuántas ocasiones hemos detactado formas sin poner nombre pero sí apreciando su ingeniosa disposición. En este sentido el libro de Fernández Benito y Reyes Iglesias ayuda, hasta el extremo que uno desee llegar. Está dividido en cinco grandes temáticas: Polígonos y formas derivadas, proporciones, mosaicos y simetrías, curvas planas y espaciales y figuras geométircas en el espacio. Si nos fijáramos solamente en los términos no sé si todos sabríamos hacer acompañar con imágenes. De ahí que el despliegue de texto y fotografías nos sirva a los ignorantes para situar en la visión de los objetos que vemos por nuestras calles y edificios de qué se habla cuando se cita arco parabólico, prisma octogonal, astroides o frisos, por citar breves ejemplos. 





Periplo por la geometría de Valladolid tiene una breve pero intensa aportación en su presentación. Un artículo firmado por Juan Á. Canal titulado Del deambular ingenuo al pasear instruido donde otorga el valor que completaría al paseante ordinario. Si mirar es mucho, saber mirar es sobre todo más, parece decirnos. Porque mirar e incluso observar lo hace mucha gente. Pero ¿cuántos sienten al fijar la mirada? ¿Cuánto les dice lo que miran? ¿Cuántos se preguntan y cuántos son capaces de indagar en los objetos que ven? Mirar y sentir y percibir van unidos, pero ahí hace mucho saber educar la mirada. Canal se pregunta:

"¿Por qué unas personas gozan más que otras ante unos u otros estímulos de la naturaleza o la realidad humanamente construida, es decir, de la cultura? ¿Por qué, incluso, aquellas captan más que estas? La respuesta parece hallarse, como cabe imaginar, en el adiestramiento: no es lo mismo adentrarse en un ámbito cualquiera de la realidad si se dispone de algún conocimiento previamente adquirido acerca de él que si se carece de tal preparación. Consiguientemente, y dando por supuesto que gozar de nuestro mundo en torno es bueno y deseable para todos, el logro de esta meta nos lleva a la educación, entendida aquí principalmente como 'educación de la mirada' (y de la audición o el resto de nuestras sensaciones)"

Un libro que he tardado en descubrir, pero cuya vigencia invita e incita al disfrute. He fotografiado para mayor tentación algunas páginas del mismo y he añadido algunas fotografías de mi cosecha, acordes con las temáticas que el libro recoge. Libros de esta guisa respaldan el placer de mirar la ciudad.