Me gustó el gesto del otro día de la Corporación Municipal con motivo del atentado terrorista de Barcelona. Creo que tiene un valor añadido. Contra la barbarie fanática y sobre todo de fraternidad con Cataluña. No es poco en estos tiempos. Hoy no es pertinente hablar del edificio del Ayuntamiento. Hoy lo importante es sentir como propio el dolor de otros. Y, sobre todo, prevenirnos contra la maldad y los que la causan.
domingo, 20 de agosto de 2017
lunes, 14 de agosto de 2017
Los garabatos de los pintamonas en el Palacio del Licenciado Butrón
¿Cómo calificar ese vandalismo gratuito y descerebrado que cunde no solo en paredes, puertas y portales de casas comunes sino también en edificios representativos de la ciudad? El paseante alcanza la Plaza de las Brígidas y al tomar la calle San Diego se encuentra de esa guisa el portalón de nueva factura del Palacio del Licenciado Butrón. Rehabilitado hace algunos años el edificio está destinado desde 2002 a Archivo General de Castilla y León. En pleno casco histórico tradicional, cargado de monumentos, lugar de tránsito frecuente de visitantes que buscan señas de identidad del pasado de Valladolid. ¿Estamos condenados al maltrato con las huellas del pasado por parte de los ignorantes? Inútil decir nada más, que cada cual saque conclusiones. Eso sí, que las facturas de los arreglos las paguen los causantes...o sus padres. Impresentable.
miércoles, 9 de agosto de 2017
La Casa Mantilla, un edificio-manzana soberbio
La Casa Mantilla se alzó en la frontera entre el Valladolid ancestro y tradicional, delimitado por la calle Santiago, y el Campo Grande y la prolongación hacia la Estación de ferrocarril. Construida en 1891, de la mano del arquitecto Julio Saracíbar, ocupa una manzana completa con un empaque tal que aún sorprende. Era pionera en un nuevo concepto de ciudad moderna y de clase burguesa que a finales del siglo XIX ya existían en otras ciudades y que podía representar el nuevo ensanche del que tan carente había estado siempre la ciudad. De hecho, tras el tirón de este edificio se van a levantar con tal mentalidad muchos más en la abierta calle Miguel Iscar, Gamazo, Muro, Duque de la Victoria, y otras, y cómo no, a lo largo de la Acera de Recoletos, paradigma de esa nueva concepción edificatoria que representaba los intereses y beneficios de una clase pudiente que iba cundiendo en la ciudad.
Para construirse se derribó el antiguo Hospital de la Resurrección, citado en el comienzo de la novela El coloquio de los perros, de Miguel de Cervantes: "Novela y coloquio que pasó entre Cipión y Berganza, perros del Hospital de la Resurrección, que está en la ciudad de Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, a quien comúnmente llaman los perros de Mahudes". ¿Qué hubieran dicho aquellos perros que lo captaban todo, que de cuanto acontecía entre sus amos y otros paisanos lo analizaban cuando no sacaban punta, del nuevo templo de la habitabilidad levantado sobre la ruina de los años acabados?
La Casa Mantilla da a cuatro calles y a una plaza. La Acera de Recoletos, la calle Mantilla, Marina Escobar, Miguel Íscar y la Plaza de Zorrilla. Así que quien quiera recrear aquella época dorada de la ciudad y reconocerse en una arquitectura pujante no tiene más que recorrer el perímetro de un edificio cuyo estilo fue denominado en su tiempo como neogriego. Uno de los elementos que más asombran al paseante son las amplias galerías y ventanales que emergen a la calle Mantilla.
En la Guía de Arquitectura de Valladolid, coordinada por Juan Carlos Arnuncio Pastor, leemos:
"La obra del arquitecto Julio Saracíbar, que intervino activamente en algunos proyectos vinculados a esta zona del ensanche, consiguió con la Casa Mantilla simbolizar en forma urbana los deseos de modernización que se fomentaban desde la ascendente burguesía harinera. No es de extrañar que en 1911 el cronista García-Valladolid se detuviera, con cierta ingenuidad, en describir aquellos aspectos del nuevo edificio que más sintonizan con cuestiones tanto técnicas como de confortabilidad e higiene: orientación y ventilación del bloque, ascensor hidráulico, electricidad e iluminación interior, etc. No menos ponderada resultó la moderna distribución en planta sometida a la prevista división en cinco portales, así como sus interiores, caracterizados estilísticamente en función de los gustos y libertad estilística de la época. Debe subrayarse que el extraño patio interior abierto a la calle Mantilla está justificado en la medida en que tal calle pretendía ser un paso interior privado al que pertenecía tanto un pequeño jardín como una capilla en planta de cruz griega".
¿No recuerda esta última información a los innumerables pasajes existentes en Barcelona por diversas calles del Eixample?
El chaflán del edificio, dando a las calles Mantilla y Marina Escobar, no hace perder un ápice la rotundidad y armonía, teniendo en cuenta que la visión y perspectiva es desde este ángulo más reducida que en la Plaza de Zorrilla.
La ornamentación cubría originariamente toda la fachada, pero los avatares del tiempo hicieron desaparecer muchos de ellos. No obstante aún se pueden admirar frontones, cabezas de león, mujeres atlantes reposando y elementos vegetales. El monumental edificio ha sufrido mucho a lo largo del siglo XX, de ahí que esta información de la citada Guía de Arquitectura sea útil para nuestra comprensión:
"Diversas reformas, groseros ataques publicitarios, desidia de parte de los propietarios y escasa calidad de los materiales hacen que hoy día contemplemos un edificio algo distinto al construido por Julio Saracíbar o del que todavía podía contemplarse en los años cuarenta del siglo XX. En efecto, muchos elementos ornamentales, entre ellos las columnas adosadas de los cuerpos de esquina o las figuras de las ventanas fueron radicalmente eliminados. Sin embargo, el edificio conserva la serenidad y dignidad que le dotan de una poderosa imagen formal".
Lo que el paseante ha pensado muchas veces. Que la arquitectura histórica y el urbanismo tradicional sufrieron las acometidas descaradas de los tiempos y negocios fáciles de la recuperación española de la segunda mitad del siglo pasado. Pero la Casa Mantilla hoy aún bien vale un recorrido exterior general y una contemplación pausada.
lunes, 10 de julio de 2017
El náufrago de Eduardo Cuadrado
Creo que el escultor Eduardo Cuadrado nombra esta escultura como náufrago. El hombre que camina con la cerviz gacha, encadenado onerosamente a sus máscaras, arrastrándolas y arrastrándose a duras penas, puede muy bien ser una metáfora del hombre sobre la tierra. Y más en concreto del tiempo actual en que todos nos vinculamos a un sinnúmero de objetos, relaciones y actividades que ocupan nuestro tiempo. Sin darnos cuenta, acaso, de hasta qué punto ocupar el tiempo con lo ajeno es ser invadidos en nuestro espacio íntimo del pensamiento y de las emociones. Porque el náufrago urbano de hoy día no es el mero hombre receptivo, abierto a todo tipo de ideas y situaciones que van a enriquecer su manera de ser, sino aquel que no las sabe catalizar y su vivir es simple deriva. Aunque mirado de otro modo, ¿no somos todos o bien seres al pairo o a la deriva o eso mismo, náufragos?
Es curioso que las máscaras tengan un detalle evidente -ríen, lloran o son póker- y sin embargo el rostro del náufrago permanezca opaco, invisible, inexistente. El contraste entre rostro y máscaras me parece un logro. Una manera de enfocar al individuo cotidiano presto a ponerse la cara adecuada a cada circunstancia, mal que le pese. Pero cuyo rostro auténtico a veces no se le conoce. En fin, una lectura del paseante como cualquier otra.
Realizada en bronce, la escultura de Cuadrado, que tiene unas cuantas más por plazas y lugares de la ciudad, se encuentra ubicada en el pequeño jardín de entrada a las instalaciones de REVAL, de la Diputación Provincial, en la calle Ramón y Cajal. Lástima que la visibilidad del náufrago solo sea posible a quienes acceden al recinto. Si bien el jardincillo se anima con esta figuración es una pena que no esté en un espacio de mayor paso de transeúntes. Las reflexiones serían más compartidas. Aunque siempre se podría buscar una nueva ubicación más visible. ¿O es porque este tipo pesimista que acarrea sus ataduras no sería un buen mensaje para el mundo feliz y confiado de nuestras calles?
viernes, 16 de junio de 2017
Ponerse a buen recaudo del calor en el Campo Grande
Si no lo tuviéramos...Pero afortunadamente el Campo Grande, el centenario parque en el corazón de la ciudad, sigue cumpliendo su función acogedora de toda la vida. También por suerte, y por dedicación de sucesivas corporaciones a sugerencia de la tenacidad del vecindario de los barrios, la ciudad ha crecido en parques y jardines que espero traer por esta página. La solera del Campo Grande, a mano de cualquier paseante, ya sea el indígena o el visitante, tiene incentivos suficientes para ser espacio de relajación, de entretenimiento y de aprendizaje y asombro para todas las edades.
Nada en estos días de calor como refugiarse un rato en esa ciudad verde dentro de la ciudad, que vive bajo otras pautas, sin obligaciones, sin pedir nada a cambio, salvo sentirse disfrutada. Estas fotografías de tránsito son solo algunas de las visiones y situaciones que uno puede encontrarse al traspasar el umbral del entrañable parque.
sábado, 10 de junio de 2017
La carabela del Campo Grande vuelve a navegar
Por fin se ha reparado la carabela del juego de niños del Campo Grande. Los destrozos causados en enero por los incívicos la han tenido fuera de navegación infantil durante varios meses. No es solo el coste económico, que seguro que ha supuesto unos buenos miles de euros. Es la perversidad manifestada en hacer trizas algo que tiene sentido lúdico y que no es representativo más que de los buenos ratos de los niños. Seguro que con los calores incipientes los chavales vuelven a pasarlo pipa en sus correrías por dentro y fuera de la nao. Es de desear que dure y que los necios que la destrozaron no lo intenten de nuevo solo porque quieran ver sus hazañas en la red. Al paseante le parecía bonito traer hasta aquí a este barco que solo sabe de surcar las aguas de los sueños. Para los chicos es un monumento más de la ciudad, con cómoda entrada desde el Paseo Zorrilla
Me recuerda un poema del cubano Nicolás Guillén titulado Un son para niños antillanos:
Por el Mar de las Antillas
anda un barco de papel:
anda y anda el barco barco,
sin timonel.
De La Habana a Portobelo,
de Jamaica a Trinidad,
anda y anda el barco barco,
sin capitán.
Una negra va en la popa,
va en la proa un español:
anda y anda el barco barco,
con ellos dos.
Pasan islas, islas, islas,
muchas islas, siempre más:
anda y anda el barco barco,
sin descansar.
Un cañón de chocolate
contra el barco disparó,
y un cañón de azúcar, zúcar,
le contestó.
¡Ay, mi barco marinero,
con su casco de papel!
¡Ay, mi barco negro y blanco
sin timonel!
Allá va la negra negra,
junto junto al español:
anda y anda el barco barco
con ellos dos.
martes, 6 de junio de 2017
Las acacias de Recondo
A lo largo de la acera de Recondo, entre Arco Ladrillo y Estación, sobreviven aún varias acacias de tamaño fenomenal. Todas están a la vera de las instalaciones del ferrocarril desde hace décadas. Por el olor que emiten sus flores y frutos las conoceréis. El aroma de los árboles anima nuestros pasos y estimula nuestro ejercicio de respiración cuando pasamos por allí, sobre todo en los días calurosos. Cercadas por las vallas y por los muros de ladrillo se asoman, no obstante, con toda su ligereza. Arraigaron un día y ojalá la mano de las obras que puedan llegar las respete. Lástima que se encuentren en espacios no accesibles al peatón. Pero sus ramas se despliegan altivas y perfumadas. ¿Qué más se puede pedir para contrarrestar el excremento de los tubos de escape que no cesan?
El poeta Rafael Morales dedicó un soneto titulado La acacia cautiva.
La acacia cautiva
Cercada por ladrillos y cemento,
por asfalto, carteles y oficinas,
entre discos de luz, entre bocinas
una acacia cautiva busca un viento.
Busca un campo tranquilo, el soñoliento
río sonoro que en sus aguas finas
lleva luces que fluyen diamantinas
en sosegado y suave movimiento.
Busca el salto del pez, el raudo brillo
de su escama fugaz y repentina,
con rápida sorpresa de cuchillo.
Busca la presurosa golondrina,
no la brutal tristeza del ladrillo
que finge roja sangre en cada esquina.
Rafael Morales (Canción sobre el asfalto, 1954)
viernes, 2 de junio de 2017
Más que centenario
En mi infancia todavía llegué a conocer este local como El Horno Francés, cuyo producto estrella eran los dulces Freixas que, por cierto, jamás caté. Debía ser una exquisitez inventada por un pastelero imaginativo. El etnógrafo Joaquín Díaz dice al respecto:
"El horno francés, de Ramón Freixas, se abrió en la calle de Cánovas del Castillo 26, enfrente de otro establecimiento similar denominado el Horno Suizo que perteneció a Justo Stirnimann. Durante el siglo XIX algunos suizos y franceses se establecieron en nuestro país dedicándose a la pastelería. El célebre confitero Franconi -creador de los cafés suizos en España y que se unió a otro compatriota, Matossi, para formar una sociedad que abriría negocios en Madrid, Bilbao, Burgos, Granada y Valladolid-, inventó un bollo especial para servir con el café que terminó denominándose 'suizo'. La misma cerveza Cruz Blanca fue introducida en España por la firma de Matossi. Pues bien, dentro de esa tradición, Ramón Freixas creó una especialidad, los Dulces Freixas, que le harían reconocido y famoso en toda España con una especie de crema de frutas de diferentes sabores envuelta en chocolate".
Pero ya hace varias décadas que el establecimiento desapareció. No así la estructura interior y exterior del local, devenido hoy en zapatería que, aunque da a dos calles, Cánovas del Castillo (al lado de la casa modernista) y Sierpe, esa estrecha callejuela serpenteante, presenta el portal de entrada a las viviendas u oficinas por esta última calle. La fastuosa portada de la entrada al edificio tiene también un aire modernista que otros tildarán de ecléctico, como todo el edificio en sí, promovido por el citado industrial pastelero Ramón Freixas. El edificio tiene fachada a tres calles, las dos citadas y otra a Regalado. En sus orígenes la parte baja estaba ocupada como obrador y despacho de pastelería. En los años 80 se procedió a rehabilitar todo el bloque que mantiene el recuerdo esplendoroso de aquella clase de viviendas burguesas de mayor o menor empaque que viene desde el siglo XIX. La casa levantada por Ramón Freixas es de la segunda década del siglo XX, siendo su autor Modesto Coloma, y los restauradores Salvador Mata y Alfonso Basterra.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
