martes, 6 de junio de 2017

Las acacias de Recondo




A lo largo de la acera de Recondo, entre Arco Ladrillo y Estación, sobreviven aún varias acacias de tamaño fenomenal. Todas están a la vera de las instalaciones del ferrocarril desde hace décadas. Por el olor que emiten sus flores y frutos las conoceréis. El aroma de los árboles anima nuestros pasos y estimula nuestro ejercicio de respiración cuando pasamos por allí, sobre todo en los días calurosos. Cercadas por las vallas y por los muros de ladrillo se asoman, no obstante, con toda su ligereza. Arraigaron un día y ojalá la mano de las obras que puedan llegar las respete. Lástima que se encuentren en espacios no accesibles al peatón. Pero sus ramas se despliegan altivas y perfumadas. ¿Qué más se puede pedir para contrarrestar el excremento de los tubos de escape que no cesan? 




El poeta Rafael Morales dedicó un soneto titulado La acacia cautiva.

La acacia cautiva 

Cercada por ladrillos y cemento,
por asfalto, carteles y oficinas,
entre discos de luz, entre bocinas
una acacia cautiva busca un viento.

Busca un campo tranquilo, el soñoliento
río sonoro que en sus aguas finas
lleva luces que fluyen diamantinas
en sosegado y suave movimiento.

Busca el salto del pez, el raudo brillo
de su escama fugaz y repentina,
con rápida sorpresa de cuchillo.

Busca la presurosa golondrina,
no la brutal tristeza del ladrillo
que finge roja sangre en cada esquina.


Rafael Morales (Canción sobre el asfalto, 1954)









viernes, 2 de junio de 2017

Más que centenario




En mi infancia todavía llegué a conocer este local como El Horno Francés, cuyo producto estrella eran los dulces Freixas que, por cierto, jamás caté. Debía ser una exquisitez inventada por un pastelero imaginativo. El etnógrafo Joaquín Díaz dice al respecto:

"El horno francés, de Ramón Freixas, se abrió en la calle de Cánovas del Castillo 26, enfrente de otro establecimiento similar denominado el Horno Suizo que perteneció a Justo Stirnimann. Durante el siglo XIX algunos suizos y franceses se establecieron en nuestro país dedicándose a la pastelería. El célebre confitero Franconi -creador de los cafés suizos en España y que se unió a otro compatriota, Matossi, para formar una sociedad que abriría negocios en Madrid, Bilbao, Burgos, Granada y Valladolid-, inventó un bollo especial para servir con el café que terminó denominándose 'suizo'. La misma cerveza Cruz Blanca fue introducida en España por la firma de Matossi. Pues bien, dentro de esa tradición, Ramón Freixas creó una especialidad, los Dulces Freixas, que le harían reconocido y famoso en toda España con una especie de crema de frutas de diferentes sabores envuelta en chocolate".

Pero ya hace varias décadas que el establecimiento desapareció. No así la estructura interior y exterior del local, devenido hoy en zapatería que, aunque da a dos calles, Cánovas del Castillo (al lado de la casa modernista) y Sierpe, esa estrecha callejuela serpenteante, presenta el portal de entrada a las viviendas u oficinas por esta última calle. La fastuosa portada de la entrada al edificio tiene también un aire modernista que otros tildarán de ecléctico, como todo el edificio en sí, promovido por el citado industrial pastelero Ramón Freixas. El edificio tiene fachada a tres calles, las dos citadas y otra a Regalado. En sus orígenes la parte baja estaba ocupada como obrador y despacho de pastelería. En los años 80 se procedió a rehabilitar todo el bloque que mantiene el recuerdo esplendoroso de aquella clase de viviendas burguesas de mayor o menor empaque que viene desde el siglo XIX. La casa levantada por Ramón Freixas es de la segunda década del siglo XX, siendo su autor Modesto Coloma, y los restauradores Salvador Mata y Alfonso Basterra.









martes, 30 de mayo de 2017

La calle de la Estación. Arquitecturas ferroviarias supervivientes




¿Hay una identidad más clara de la calle de la Estación que el rótulo de este bar centenario? ¿Cuántos ferroviarios de otros tiempos no habrán pasado a la entrada o salida del trabajo por ésta y otras cantinas ya desaparecidas? ¿Cuántos operarios de la fábrica de gas que había en la otra acera no se habrán tomado allí su carajillo matutino? ¿Qué empleados del economato que había a la vuelta de Colón no pìsarían el local? ¿Cuántos parroquianos del barrio no harían sus recorridos cotidianos en pandilla?

El perfil histórico de la calle de la Estación fue el de los edificios de ferroviarios. No sólo en esta calle sino en varias del entorno, tanto a una parte como otra de las vías del ferrocarril, la arquitectura que se levanta entre parte del siglo XIX y parte del XX es para acoger familias de trabajadores de los Talleres y de los servicios de circulación. Compañía de Ferrocarriles del Norte de España, llamada en principio, y posteriormente, tras la guerra civil, RENFE a secas. El tradicional barrio de artesanos de San Andrés se amplió con los hogares de ferroviarios hasta lo que antes se llamó las Puertas de Tudela y ahora Plaza Circular. Y por el otro lado de las vías el barrio de Delicias acogía igualmente al proletariado del ferrocarril, incluso en mayor medida, llegando hasta el Paseo de San Vicente y Canterac. Incluso más lejos se extendía la influencia del tren, como es la zona de La Farola y su otra estación de la línea de Ariza que muchos no habrán conocido ya activa. 

El ferrocarril fue el verdadero aliciente de la ciudad desde hace siglo y medio, obrando como tirón de otras empresas metalúrgicas (Talleres Miguel de Prado, Fundiciones Gabilondo), textiles y fábricas de azúcar. Un tirón importante y decisivo sin el cual la ciudad hoy no sería lo mismo.  





Como se puede comprobar por las fotografías y a poco que uno se dé un paseo desde Colón a la Circular, aunque se mantienen bastantes edificios tradicionales, prácticamente casi todos ellos ya están rehabilitados, reformados o reconstruidos. Hay unos cuantos de nueva factura que desentonan con la tipología histórica y alguno de novísima creación, respetuoso con la altura antigua pero con nuevos materiales y una fachada posmoderna. Tal el que hace esquina con Panaderos, edificado seguramente pensando en lo que llamaron durante los últimos años la nueva centralidad de la urbe, todo aquello del Plan Rogers que quedó en agua de borrajas: el soterramiento de las vías y los nuevos terrenos hacia Delicias que deberían quedar liberados al levantarse los Talleres de RENFE. La calle de la Estación está abocada al sino que ha tenido durante décadas si no se soluciona el contencioso del soterramiento, que parece que no.












sábado, 27 de mayo de 2017

Los monumentos verdes de la Plaza de Santa Cruz



En la Plaza de Santa Cruz el  visitante accidental va buscando el monumento arquitectónico. El paseante ordinario se solaza buscando la sombra de los monumentos verdes. Árboles como el tejo, el cedro del Atlas o los plátanos, a más de los jardincillos que ornamentan el espacio, generan un conjunto de vida verde no solo refrescante sino de una belleza estética considerable. Les acompañan, sorteando el cuadrilátero, unas cuantas columnas de granito ahora dispersas y que antiguamente estarían vinculadas con cadenas, al estilo de las columnas de San Pablo o las de los leones de la portada antigua de la Universidad, para indicar y delimitar el fuero propio que el Colegio de Santa Cruz disponía, fuero obtenido de los Reyes Católicos por el elevado poder del cardenal Pedro González de Mendoza. Esto es historia y de aquellos poderes estas piedras pinaculares que dan más valor a la plaza.
















miércoles, 24 de mayo de 2017

El Pasaje Gutiérrez, al alza




Ya tenía ganas el paseante de ver cómo cada vez con más frecuencia  visitantes de paso se detienen en el Pasaje Gutiérrez. ¿Son las visitas guiadas las que le conducen a él? ¿Qué les contará la cicerone? ¿Les explicará que la arquitectura civil es tan interesante o más que la tradicional religiosa y, por supuesto, más representativa del espectro social y económico de la ciudad que quería modernizarse, incluso al uso de las modas europeas?

A poco que se observe  el paseante puede distinguir a la manada que es llevada amablemente al paseo tranquilo del viajero solitario que descubre casi por casualidad los lugares de la ciudad. El Pasaje ha sido uno de esos espacios tan céntricos como desconocidos incluso para los mismos vallisoletanos. Ha estado fuera de las visitas turísticas o simplemente culturales durante demasiado tiempo. Se ve que ahora pita algo más y aunque todavía falta cierto comercio más dinámico y más ocupación de locales lo que hay es admirable, por su apuesta arriesgada y su capacidad de resistencia. ¿Tiene la culpa el mismo pasaje de no haber sido suficientemente comercial? Es verdad que las modas y pautas de comportamiento de los compradores han cambiado desde su inauguración lejana. Que la capacidad adquisitiva del vallisoletano tampoco fue elevada. Y cuando lo fue ha sido dirigida hacia centros nuevos y comercios más llamativos al paso peatonal. Que ha habido demasiado abandono y tristeza en el ámbito del Pasaje Gutiérrez no cabe duda, pero todo pinta a que las cosas ya no son así. ¿Deseos del vallisoletano de a pie que toma a propósito la vía interior que lleva de una calle a otra por el simple placer de disfrutar de un marco diferente, ajeno a la vorágine del tráfico? 




Difícil no valorar la opinión del filósofo Walter Benjamin: "Los pasajes son casas o corredores que no tienen ningún lado exterior, igual que los sueños".  ¿Será porque el lado exterior y el interior se funden en una dimensión diferente y, en efecto, comos los sueños?  Entusiasmado por las calles, los paseos y los pasajes Walter Benjamin escribió con su carácter metafórico preciso: "Se señalaban, en la antigua Grecia, sitios que bajaban al submundo. También nuestro existir de la vigilia viene a ser una tierra donde, por huecos casi imperceptibles, se puede descender a ese submundo, donde se abren espacios por los cuales desembocan los sueños. Pasamos ante ellos diariamente sin sospechar siquiera su existencia mas, al llegar el sueño, en seguida tratamos de atraparlos dando apresurados manotazos, hasta que finalmente nos perdemos entre sus oscuros corredores. El laberinto de casas que conforma la red de las ciudades equivaldría a la conciencia diurna; los pasajes (que son las galerías que llevan a su existencia en el pasado) desembocan de día, inadvertidamente, en esas calles. Pero después, al llegar la noche, bajo las ciegas masas de las casas de nuevo surge la espesa oscuridad". 

Desde el balconcillo el niño y la niña, que parecen de purpurina, sostienen sin tregua el reloj de unas horas que se desean, oh paradoja, intemporales, como ellos.





Por el bien del pasaje, de los comerciantes que han apostado por situarse en él con sus mercancías y por la ciudad misma que tiene en el Pasaje Gutiérrez un tesoro, los que pasamos con frecuencia deseamos que tenga vida fructífera. El visitante dirigido en masa ve un espacio del siglo XIX que no disponen en todas las ciudades. Solo hace falta que bien el visitante o el indígena sean los que se interesen por cuanto se ofrece en él.  Me parece que el lugar hay que mimarlo y evitar que volviera a caer en la incuria pasada.    









lunes, 22 de mayo de 2017

El autor nombrado da la cara (O cómo Zorrilla recita desde su pedestal)




Siquiera porque le tiene visto de toda la vida, el paseante no podía dejar de lado o, mejor dicho, de espaldas, al poeta emérito de la ciudad. Ese cambio de siglo, del XIX al XX, con ecos estéticos aún románticos y mucha parafernalia historicista, trajo esta escultura representando a José Zorrilla y Moral que, si bien nació en Valladolid, vivió casi toda su vida fuera, incluso en el extranjero y, principalmente, en Madrid. Entre el Ateneo de Madrid y el Ayuntamiento de nuestra ciudad decidieron que el escultor Aureliano Vicente Rodríguez Carretero realizara este conjunto escultórico dedicado al poeta fallecido varios años antes. También Rodríguez Carretero era de la tierra, en concreto riosecano, pero vivió en Madrid y se desplazó por ciudades italianas aprendiendo del oficio. Que el tema de la exaltación literaria o histórica le iba a Rodríguez Carretero no cabe duda. Los elementos simbólicos definen la estatua y su posición. El poeta Zorrilla sostiene en su mano izquierda un poemario, mientras la derecha hace ademán de estar declamando.




En el tronco del monumento la musa, la inspiración  -qué importa si el autor pensaba en Erato o en Talía o en Melpómene, o en una mezcla de todas ellas-  tañe la lira con ese toque afectado que más que inspirar al poeta parece que se dejase transportar por las palabras melindrosas de Zorrilla. Hay quien opina que hay cierta contradicción entre las dos estatuas, la del poeta y la de la musa, bastante severa y bruta la primera y toda una realización delicada y precisa la de la musa. Que el conjunto es del gusto de aquel tiempo, ni que decir tiene. La encrucijada entre Paseo de Zorrilla que se inicia, el Campo Grande y dos calles significativas como son Santiago  -tradicional, antigua-  y Miguel Iscar -apertura de un siglo XIX avanzado y burgués-  realza el conjunto escultórico, homenaje al poeta vallisoletano, y lo transforma en una de las señas de identidad características de la ciudad.   

Como todo el mundo sabe, la escultura ha cambiado en sucesivas ocasiones de posición, incluso de entorno inmediato. Éste unas veces ajardinado, otras inmerso en fuentes o, bien como ahora, independiente. Discutibles todas sus orientaciones, lo que es obvio es que el poeta se dirige siempre hacia el centro burgués y confiado  -otros dirían simplemente histórico- y al paseante no le parece mal en absoluto. La ciudad profunda y antigua también está más allá y en la dirección en que el poeta recita. 






De fiero no tiene el león más que la máscara. Encarnación del sol, acaso del poder de la palabra, está condenado el pobre a ser ignorado salvo por los niños que le tienen al alcance. Originalmente cumplía el papel, junto con el gemelo del otro lado, de generar chorro de agua. Una metáfora que los hombres posteriormente se han negado a valorar, cegando y desconectando las redes de la fuente a aquella idea con que fue concebido el félido de bronce. El agua es el ciclo natural de la vida, obviamente, pero también de la belleza estética y de la construcción de las palabras. Y sobre todo, símbolo del devenir, del flujo incesante. Acordémonos de Heráclito.






Desde esta posición Don José se alinea con una de las cúpulas de la Casa Mantilla, uno de esos grandes edificios civiles de la ciudad. situado al principio del Paseo de Recoletos. Pero se trata de otra historia.