miércoles, 21 de septiembre de 2016

El pino de la Antigua




Hay espacios verdes más o menos grandes, más o menos afortunados, más o menos admirados por los transeúntes. Hasta hace unos años, en el entorno de la Antigua y la Solanilla había casas. Después, el derribo de éstas -qué recuerdos nos vienen de la taberna de Casa Gabino, en la esquina con Magaña- dio paso a una pequeña parcela de jardín que nunca tuvo mucho tirón. Pero el pino que allí fue creciendo iba dando una impronta especial al lugar.

La amenaza vino de mano de las veleidades de cierto regidor, que pretendía transformar el subsuelo en aparcamiento público. Algo que suscitó el rechazo de algunos entes ciudadanos. Se armó jaleo: denuncias, recursos judiciales, protestas de calle. Se realizaron catas que dieron lugar al descubrimiento de restos de edificaciones de diversas épocas, entre ellos una necrópolis medieval. No en vano esa zona de la ciudad se ubica en lo que fue el Valladolid más primitivo, antes dela fundación de Pedro Ansúrez, la que procede de tiempos romanos, cuyos restos permanecerían bajo las edificaciones y la urbanización actual de la Plaza de la Universidad.   

Durante un tiempo el espacio verde permaneció sumido en el abandono, hasta que una vez desechada la nefasta idea del parking se taparon los restos históricos y se reforma con la actual floritura que engalana el costado de la Antigua y la Solanilla, de la que se beneficia a su vez la calle Magaña, esa trasera de las Angustias por donde transcurría en sus siglos de venturas el ramal norte del río Esgueva.

El pino ubicado en ese espacio urbano es como un símbolo, un monumento al árbol acaso más extendido en Valladolid y provincia. El ábside especial de las Angustias da fe de su talante de vecino fiel.   










viernes, 16 de septiembre de 2016

Ortopedia para el cedro de San Andrés




El cedro de la Plaza de San Andrés se inclina desde hace tiempo peligrosamente y acaso de modo incluso fatídico. No es el único árbol que acusa el inevitable envejecimiento o la cesión del suelo, ya han pasado más casos en parques y plazas de la ciudad. Incluso hay registrados por el Ayuntamiento más de trescientos ejemplares con riesgo de caída en toda la ciudad. 

El cedro de San Andrés es aún joven, apenas unos sesenta años de existencia. Recientemente, a principios de verano, instalaron un puente metálico con anclaje a una base de hormigón en el subsuelo que permita soportar el peso del tronco. No es algo muy estético, no es un elemento armonioso, pero sí un recurso ortopédico sobre un frondoso ejemplar que da sombra y alegría a la plaza. Una operación provisional para salvarlo de la tala y que siga acogiendo a los paseantes que se sientan en los bancos a los que cobija. Tal vez quiso ser demasiado altivo al competir con la torre edificada al lado, de casi doscientos cincuenta años. Acaso a las arquitecturas humanas no les gusta la sombra de lo que sigue siendo naturaleza adaptada a la vida urbana. Disfrutemos a nuestro paso mientras esté. El encorvamiento no tiene por qué restarle belleza.








martes, 13 de septiembre de 2016

Cuando aquellos insignes ya iban a graduarse la vista




Eso parecen decir los personajes recortados en cartón de la fotografía. El paseante no puede pasar por alto el reclamo publicitario de la óptica. Cuando un elemento decorativo ocurrente se suma al mobiliario urbano nos da satisfacción. Si tiene calidad se incorpora a la calle con mayor dignidad y buen gusto que muchos rótulos ordinarios que adolecen de dudosa estética. Si además no está exento de humor, algo que suele escasear hoy día en medio del tránsito veloz de automovilistas y peatones, el círculo del mensaje se cierra gratamente. 

El óptico Jesús Blanco, ya lo tuvo claro desde la apertura del establecimiento. Las gafas gigantes que ocupan el frontis de la bella y trabajada fachada de madera es de esos aciertos que hablan por sí solos. Aunque no hubiera recalcado con letras el producto que vende se hubiera entendido a la primera. Sabe recuperar una vieja tradición de los países europeos donde en otras épocas bastaba con nitidez una imagen y la gente entendía de qué iba un taller o un comercio. El desarrollo de las especificaciones es algo que trajo el siglo XIX.

Disfruten de esa esquina a tres calles, entre la Plaza de Fuente Dorada y el comienzo de Cánovas del Castillo y la Bajada de la Libertad. ¿No suavizan más sus líneas esas austeras balconadas de la ciudad histórica, huérfanas casi todas de macetas que alegren los ojos? 

Nota. Esto no es publicidad. Es reconocimiento a una iniciativa tan particular como ingeniosa.






viernes, 9 de septiembre de 2016

La soledad oteadora y slow de Arlequín




¿Qué meditará Arlequín desde su tranquila altura? Este hijo de la Comedia del Arte, ¿la estará añorando? ¿Pensará en qué habrá sido de sus viejos compañeros Colombina, Brighella, Pierrot, Polichinela...en estos tiempos locos y desenfrenados? ¿Cómo habrá ido a parar a una calle vallisoletana donde parece hallar una calma que sus convecinos no siempre encontramos con facilidad? ¿O lo suyo es otear, no sin cierta perplejidad,  el tráfago de nuestra vida urbana?




La escultura, realizada por Ángel Membiela en hierro, preside discretamente la intersección de las calles Fray Luis de León y Simón Aranda. Para su ubicación se creó un pequeño territorio con dos bancos de los que probablemente saquen rédito los alumnos de los colegios próximos a la salida de sus clases. Para mí es un acierto la inclusión de los bancos, por una parte permite mayor perspectiva de la estatua y por otra se asocia con ésta en la transmisión de la idea del slow, de la lentitud entre el ajetreo de la ciudad. Perjudica un poco la intensidad de tráfico que transcurre por Fray Luis pero el simbolismo del hombre inquieto y multifacético que se torna tranquilo queda de alguna manera a salvo. 

Tal vez sea una manía propia, pero cuando paso por allí no puedo por menos que pararme ante Arlequín para platicar un diálogo leve y sosegado.





domingo, 4 de septiembre de 2016

Cuando los árboles definen y salvan una plaza



¿No es obvio que lo que da entidad a esta pequeña plaza son los árboles? En realidad el espacio es la convergencia entre dos calles, Teresa Gil y San Felipe Neri. Es algo así como la confluencia de dos ríos de cierta intensidad, de los que de uno de ellos aún queda un tramo -Teresa Gil-  que acaba en breve desembocando en la Plaza de Fuente Dorada. La urbanización de esta plaza que es tal de hecho pero no de derecho, pues que yo sepa no tiene nombre, es de nueva factura y aún viene marcada por tres edificios ya históricos como la iglesia, la  Residencia Reyes Católicos y el Colegio Notarial, que salvan en gran medida el espacio. En contrapartida, hay algunos edificios de altura desproporcionada, levantados en las décadas salvajes del urbanismo vallisoletano, que han maltratado ambas calles y las han hecho perder el carácter histórico que secularmente habían tenido. 





La forma triangular que adquiere la plaza y la caída de la calle Teresa Gil hacia Fuente Dorada decidieron resolverla con un descenso en escalones que absorbe la ubicación de un quiosco rompedor estéticamente pero que en absoluto daña el paisaje. Es entre la parte trasera del quiosco y el antiguo Colegio Mayor donde se dispusieron unos bancos a la sombra de la fronda, confiriendo así un espacio de parada para el transeúnte. 

Lo dicho. Sin esos árboles el lugar no tendría alma. Lo han salvado y transformado. Para los viandantes es una sorpresa, un oasis. Son los árboles los que animan la intersección y abren el espacio que edificios modernos habían achicado. Es como si nos enviaran un mensaje: el paisaje horizontal quedó ahogado pero nosotros le damos vuelo con nuestras verticales. Y a fe que a los ojos del paseante lo consiguen. 










lunes, 29 de agosto de 2016

Donde Hermes sentó sus reales



A la carrera. Podría significar tantos oficios. Que si mensajero de dioses, que si viajero, que si ladrón, que si amante furtivo...Cada cual puede aprehender a Hermes/Mercurio como le venga en gana para sentirse protegido en sus afanes. Que aparezca como evocación principal del Pasaje Gutiérrez hace pensar que sea una alegoría industriosa, comercial, propia del intercambio y el progreso de la época. Destino original, al fin y al cabo, del Pasaje construido en 1886. 

El Pasaje Gutiérrez es uno de los espacios más representativos de la ciudad burguesa vallisoletana de finales del siglo XIX y lo sigue siendo todavía. Si bien no hablamos de un polo comercial que atraiga a las masas, obviamente, ni lo fue nunca, sí es una galería espectacular en cuanto a diseño, modernidad, episodio histórico y efecto nostálgico. Aquella moda del último tercio decimonónico que prendió en las grandes ciudades europeas (Milán, París, Bruselas, Leipzig...) llegó a tocar la sensibilidad de un promotor local de la construcción apellidado Gutiérrez. Que pudo hacer lo que vemos hoy día, a escala menor de otras galerías más mundanas, pero sabiendo estar en la onda, aunque nuestra ciudad no diera comercialmente mucho de sí en aquellos tiempos.

¿He dicho antes nostalgia? ¿Cómo nos acordarnos de aquellas partidas de futbolín y billar a las que nos entregábamos a la salida de clase o bien haciendo novillos? Estaba donde se sitúa ahora el Bar Pigiama, aunque si no me traiciona la memoria su superficie era mayor entonces. 

El Pasaje Gutiérrez, en el corazón de la ciudad, entre las calles Fray Luis de León y Castelar, ofrece y reivindica no solo un lugar de paso apacible sino sobre todo un ámbito de calma, de aislamiento del mundanal ruido, siquiera fugaz. En él la imaginación del paseante puede trasladarle a otro tiempo, sin perderse los múltiples detalles decorativos que lo hacen acogedor. Acaso Hermes lo haya protegido con su insólita presencia. 



No solamente está representado Hermes por la estatua espectacular, copia de la del escultor italiano del Renacimiento Giambologna, sino por una de las pinturas del techo, obra del pintor palentino afincado en Valladolid Salvador Seijas. 







jueves, 25 de agosto de 2016

Miradas sobre un jardín cerrado




Me he dado el capricho de colorear la imagen al uso de una postal antigua. Que conste que hace unas décadas, la primera vez que fotografié el lugar con mi Werlisa no había cipreses, ni se veían las bases de las pilastras y todo era un gran talud de escombros. Hoy, las ruinas de la antigua colegiata de Santa María la Mayor quieren ser una especie de jardín toscano donde los cipreses simulan las columnas del templo inexistente. El espacio está vedado al paseante, que se tiene que conformar con observar desde fuera, preguntándose, más si es de otra ciudad, para qué sirve un jardín al que no se puede acceder.







viernes, 19 de agosto de 2016

Banderolas al viento





No es un texto comercial este, no. Ni hace propaganda de lo que hay detrás de las imágenes. Pero tiene que ver con el comercio. Acostumbrados como nos han tenido durante décadas los establecimientos de cercanía al rótulo poco estético, de maltrecha y burda caligrafía, ocupante de buena parte del frontis del comercio, o bien a base del neón convencional, la extensión más reciente del rótulo en banderola es una sorpresa que hay que acoger. Por una parte, no devora ni ensombrece la fachada. Por otra, muchas de estas banderolas están sumamente trabajadas, tanto en su ilustración como en el material empleado. Es un impacto visual eficaz, sin ocupar prácticamente espacio, que pueden ser artísticas si el propietario del comercio se esmera y sabe realizar el encargo a un buen creativo.

Sin ánimo de agotar el despliegue de este tipo de insignias anunciadoras, una breve batida fotográfica por algunas zonas de la ciudad nos ha proporcionado un buen ramillete de ejemplos. De entrada, uno de los más conseguidos es la banderola con que se anuncia Bulgarcita Pingos, en la calle Ferrocarril. Una tienda que no es de una simple cosetodo sino de una artesana que crea y recrea objetos relacionados con telas. La banderola es una seña de identidad que para sí hubieran querido los gremios de hace siglos.  




Bar Nuberu, en la calle Concha Velasco,  un bar acogedor que se ha ido especializando en cervezas internacionales y además proporcionan cafés elaborados con arte y sabor. No en balde el año pasado consiguieron ser campeones de Castilla y León de baristas 



La parada de los comics, recientemente instalados en una esquina de calle Cadena y Acibelas.



El rótulo de Café Teatro en Cánovas del Castillo no tiene pérdida. Imposible resistirse a no poner el haz y envés de la placa.



Óptica Marta Castrillo, en López Gómez, exhibe el símbolo de lo que vende, una forja recortada severa pero contundente que atrapa nuestra visión.



¿Qué decir del popular Café Berlín sino que su caligrafía volada es de una belleza única? Calle Cardenal Cos, esquina a Arribas.



Suficientemente legible la banderola de la Librería A pie de página, en calle Librería. Nos gusta el contraste de colores y la línea roja que, en cuestión de libros y lecturas, no la hay. O no debería haberla. 


El pelícano de Sildavia, en calle Arribas, ya anuncia de por sí el café, aunque luego la caligrafía del nombre se exhiba a lo largo de la cristalera del establecimiento.


Un establecimiento de ropa de mujer, El vestidor de Susa, en calle Librería, próxima a la librería A pie de página.



De la Peluquería Ópera, en calle Niña Guapa, que no sé si está abierta o cerrada, tiene su punto ver el desenfadado rótulo por ambas caras. ¿Por qué no ese aire de personajes de cómic español de los años 80 para anunciar el establecimiento?


Aunque Calendula es un comercio de ropa, bolsos, complementos, alhajas y otros caprichos, como se anuncia, la seña distintiva es un pajarito pizpireto y risueño. Sus razones tendrán. Calle Labradores, casi esquina con Niña Guapa y próxima al túnel de las Delicias.


De Librería Maxtor, ¿qué decir a estas alturas? El hombre-mujer-libro es una viejo icono de su identificación comercial. Su tela semiondea al viento, como las páginas de los libros. Calle Fray Luis de León.


Un poco más allá, también en Fray Luis de León, pero en la acera opuesta, el herbolario Sara.
La caligrafía adquiere personalidad y la planta queda en segundo plano para los ojos. No está mal.


El empaque aventurero del Morgan, en La Solanilla, al borde de la Antigua, todo un navegante de la noche vallisoletana, a los cuatro vientos.


En la calle San Luis, la ludoteca La higuera. El clásico niño como dibujado por otro niño, apoltronado en una hoja de higuera. Soñando y volando. Volar es jugar.



Todo lo que rodea la moda de los chicos skater tienen un establecimiento en López Gómez. Slappy Skate Shop es su nombre. La S líquida asemeja la marca de El Zorro, pero a la inversa. Rojo sobre negro parece traer a cuento otras iconografías.


Babel, un pequeño café bar de la calle Librería, usa un peculiar dibujo cuya interpretación habrá que preguntar a sus dueños. Por más que trato de ver cierto significado mesopotámico no lo encuentro.


Y hasta una entidad pública como la Universidad de Valladolid (UVA) se suma a la manera de publicitar sus dominios. Esta banderola descomunal corresponde a la Colección de Arte e Historia patrimonial de la propia Universidad que se halla en la Plaza de Santa Cruz, en el Edificio Rector Tejerina.