martes, 17 de diciembre de 2024

Los otros yo de Jorge Gil en la Galería Javier Silva

 



Aunque el artista Jorge Gil titula El otro yo a la obra que expone en la Galería Javier Silva, al paseante que descubre y entra por primera vez en la sala, para propia vergüenza de no haberla descubierto antes, le parece que lo más apropiado sería hablar en plural. Porque este juego de maniquíes o marionetas, si se prefiere, en parte articulados y en parte configurados como un armazón de bastidor candelero, dicen mucho de la personalidad de los individuos, aunque en este caso el médium sea un muñeco. 

En una entrevista que encuentro por internet Jorge Gil nos dice: Sí que es cierto que siento una especial atracción por el universo del muñeco, es decir, de una escultura a la que podemos atribuir, al igual que al muñeco como juguete, cierta función, cierto pensamiento mágico, proyectando nuestros deseos, nuestros ideales, o incluso nuestros miedos o fobias. Incluso proyectarnos a nosotros mismos en ellos. Me atrae la idea del muñeco porque al fin y al cabo es un objeto cercano, que desde la infancia tomamos como algo propio y al que dotamos de un contenido claramente emocional. Y de alguna manera, al emplearlo como un soporte artístico, lo situamos en un lugar mucho más cercano de lo que pueda llegar a estar nunca la escultura en términos tradicionales, por muy realista que sea.




Estos armazones que representan cuerpos humanos y que recuerdan a los santos de vestir que se llevaba en la iconografía tardo barroca son el apoyo donde potenciar los rostros aparentes que todas las personas mostramos. Pero no se tratan de cuerpos como los concebiría un escultor figurativo habitual, copiando o aproximándose a los modelos a la vista, sino de una proyección de esa idea obsesiva de Jorge Gil que es el muñeco. No en vano su tesis doctoral en Salamanca se titulaba El muñeco y su representación en el arte de los siglos XX y XXI. Relaciones e implicaciones entre el muñeco y el artista. El muñeco, que ya era conocido como tal en las civilizaciones más antiguas ha ido existiendo paralelamente a la infancia y crecimiento de los individuos, como una especie de acompañante con el que dialogar, al que se puede trasladar las propias inquietudes, dictar comportamientos de la intimidad y esperar respuestas silenciosas que tantas veces los humanos de carne y hueso no saben ofrecer. La marioneta, por otro lado, da el salto del simple muñeco al espectáculo, con la variante de que tras ella hay argumentos ajenos, ideología o pautas de comportamiento, que hace que el niño vaya recibiendo una visión exterior que, a su vez, irá haciendo suya. ¿Es de ese modo como van sucediéndose los yo dentro de cada uno?

Jorge Gil sobrepone en las cabezas de esta especie de esqueletos una máscara, verdadera metáfora de la conducta de los individuos. Porque tras la máscara condescendiente del día a día, de la actitud al mantener el tipo o de sobrellevar ante los demás nuestra carga más o menos onerosa, se oculta lo que más preservamos, nuestra personalidad más íntima, plural e incluso nunca conocida del todo para nosotros mismos. Esa personalidad se debate permanentemente con el otro o los otros yo, en una persecución por entendernos a nosotros mismos y por entender al prójimo. Estas caretas, que son y no son el rostro auténtico, ¿representan la idea de simulacro como guía de los comportamientos individuales ante los demás? En ese sentido la visión que nos ofrece Jorge Gil de comparar a los hombres con autómatas o santos para vestir o simples marionetas, que de todo somos un poco, sería un acierto.  





Por supuesto este paseante que ha disfrutado con la mirada a esta parte de la obra de Gil y compartido una charla amena y jugosa con Javier Silva no tiene por qué tener razón en sus consideraciones. El artista podría contarnos su película, otros visitantes disponer de puntos de vista diferentes. Solo traduce las sugerencias que recibe de lo que ve. Una obra busca siempre afectar al receptor y, se quiera o no, le obliga a sacar sus propias conclusiones.

En un orden abierto e impreciso coloco aquí una serie de fotografías simplemente para hacernos una idea del trabajo del artista jaqués, profesor actualmente de la Facultad de Bellas Artes en la Universidad de Salamanca. 

La exposición permanecerá abierta hasta el 24 de diciembre. Galería Javier Silva, calle Renedo, 8, junto a la Plaza de San Juan.





























viernes, 13 de diciembre de 2024

Postales de otoño. El Poniente

 


Querido Poniente. El de antes y el de ahora, porque siendo el mismo espacio eres y no eres, pero siempre estás y los ciudadanos sin prisa nos adaptamos. Al contemplarte se me ocurre que miradas y sensaciones suelen ir de la mano. Piedra/Roce. Pátina/Transformación. Hojarasca/Crujido. Ángulo/Encuentro. Horizontalidad/Juegos. Esfera/Tacto. Espiral/Recorrido. Geometrías por doquier que pueden suscitar conexiones y asociaciones caprichosas. Unas de los sentidos. Otras de las fantasías.

Me doy cuenta de ello ahora. Antes, hace siglos, deseaba llegar al Poniente para ver a Pipo y Pipa, Lolín, Pichi, Bobito, aquella figuras escultóricas de niños de tebeos más ancestrales que nosotros que desde sus pedestales nos sonreían. Luego llegó el tiempo de su defenestración por la acción de un vandalismo que, como todos los vandalismos, no entiende nada y disfruta con sus actos de perjudicar los bienes públicos. Y los entrañables personajes desaparecieron para las nuevas generaciones que fueron llegando. Para las otras, a las que uno pertenece, no hay problema. Existe una grabación secreta en algún lugar de nuestro cerebro generoso que sigue sonriendo a los niños del historietista Bartolozzi.

Recuerdo y hablo sobre un tiempo viejo en que aún no habías sido cercada parcialmente por los edificios altos de ahora. Los parterres de entonces, los bancos, las barandillas, las escalinatas y más elementos dieron lugar a otros nuevos.  Algún que otro respaldo jubilado de bancada permanece como testigo y el visitante de hoy pasa la mano por alguno de los bolos, roza con el dedo el trayecto de las espirales, se divierte siguiendo la dispersión de la antojadiza yedra, se acoge a la frondosidad de unos árboles que supone más antiguos que él mismo, pero cuya orfandad de ramaje se va haciendo notar. Activa memoria y sensaciones.

Te dejo una imagen de otra época para tu consuelo, que no para melancolías. Has sabido reponerte en tus noventa años de existencia y habrás visto tanta gente y tantas situaciones...Al fin y al cabo eres una plaza de lujo y oxigenante, tan próxima a la Plaza Mayor como al Pisuerga, y varios edificios monumentales se aproximan a ti. Ahí, al borde de donde estuvieron remotas murallas de esta ciudad que hoy resulta ser cada día más abierta. 





Presentación de los poemarios 'La belleza de la materia', de María Ángeles Pérez López y 'La belleza de la urraca', de José Manuel Suárez en la Fundación Segundo y Santiago Montes


La Fundación Segundo y Santiago Montes remite la siguiente comunicación.


VIERNES 13 DE DICIEMBRE. 20.00

SEDE DE LA FUNDACIÓN SEGUNDO Y SANTIAGO MONTES

CALLE NÚÑEZ DE ARCE, 9

PRESENTACIÓN DE LOS POEMARIOS 'LA BELLEZA DE LA MATERIA', DE MARÍA ÁNGELES PÉREZ LÓPEZ Y 'LA BELLEZA DE LA URRACA' DE JOSÉ MANUEL SUÁREZ.





Aunque el viento es energía no puede desprenderse de la materia por completo. Lleva y trae el polen, las flautas, los mapas cerrados e irrefutables, el sueño oscurecido de todas las raíces. Ósmosis y amor en estas transferencias. Abismo o paradoja o guarecida que hace temblar las hojas de los álamos y trae poemas que son, a la vez, materia y energía. 

La actividad como poeta de María Ángeles Pérez López desde 1997 la ha llevado a la primera línea de la poesía española contemporánea. Es autora de varios libros premiados y traducidos a otras lenguas, entre ellos La sola materia (1998), Carnalidad del frío (2000) o Incendio mineral (2021), por el que recibió en 2022 el Premio de la Crítica de poesía castellana. Antologías de su obra han sido publicadas en Caracas, Ciudad de México, Quito, Nueva York, Monterrey, Bogotá, Lima y Buenos Aires. 




Si hay algo que la urraca no consigue aprender es disimulo y sagacidad, o sea, diplomacia. Loca y atolondrada si la molestan; dulce, complaciente, contemplativa cuando el momento es bueno. No oculta sus enfados, que pueden ser terribles. En horas plácidas, tan moderada y amable que hasta se vuelve empalagosa. 

José Manuel Suárez fue profesor universitario y periodista. Dirige la colección de poesía de la editorial Libros del aire y la revista literaria Licencia poética. Ha publicado numerosos libros de poemas, entre otros, En sigilio de llama (1994); Desde más luz (1996); Tras la huella de un ala, Premio Ciudad de Salamanca de poesía en 2009; Transoscurecer (2016) y Paloma o larga nieve (2021)





lunes, 9 de diciembre de 2024

Paseo por la Ribera de Curtidores en una tarde fría de domingo




Una tarde de domingo frío, pero animada por un sol del membrillo, proporciona un paseo por un tramo de la ribera del Pisuerga bien grato. Elegí el trecho entre los puentes del Cubo y del Paseo de Hospital Militar, en la margen izquierda del río, como podía haber escogido otro. La fortuna de Valladolid es que se puede recorrer la ribera de esta orilla en toda su largura de norte a sur o viceversa. Que tiene su buena distancia. Las riberas, en un nivel inferior al de las construcciones urbanas son un mundo apartado del tráfago, del ruido y de la polución. Un espacio de reencuentro con la vegetación, con el agua y con los caminantes desenfadados. Aunque la naturaleza quede un tanto encajonada por el crecimiento de la ciudad. 




Andar por esta orilla es oxigenante para los pulmones y recuperadora para la visión. Hay quien va ejercitando una marcha o quien simplemente se desplaza a un ritmo lento y se detiene ante tantos motivos que no faltan. Esos árboles frondosos a los que va pillando el otoño, por ejemplo, que le hacen sentir a uno más perplejo y que le obliga a ser consciente de su propia ignorancia, porque apenas sabe los nombres de ellos ni de sus ciclos de vida. O la mirada más cercana y prácticamente accesible a un río tan vital para la ciudad como el Pisuerga. Cuando no se siente atraído por la curiosidad de antiguas edificaciones o admira el mundo de las especies de ánades que concurren por las aguas. Y por no faltar, uno puede encontrarse hasta la base operativa de un club de piragüismo o de una asociación medioambiental que batalla para que se mantenga el cuidado y la belleza del entorno fluvial.














En este paseo uno se topa de pronto con muros de piedra y unos estanques que no muchos paisanos saben de qué van. Son los restos de lavaderos de antiguas tenerías de Valladolid. Las tenerías fueron instalaciones donde tradicionalmente se curtían las pieles. El oficio de pellejero era uno de los más considerados y tenía su complejidad. Había que despellejar a los animales sacrificados, separar las vísceras y la piel y actuar con un criterio muy selecto y cuidadoso, para evitar suciedad, malos olores y consecuentemente perjudicar  la salud pública. En las Ordenanzas con que se gobierna la República de Valladolid (sic), de 1549, en vigor hasta 1818, y que son un ejemplo de modernidad se dice:

"Otrosí ordenamos y mandamos, que ninguna persona sea osada de echar en remojo en el río, ni en la esgueva, ni en ninguna otra parte dentro de esta villa, cueros para curtir, so pena que por cada vez que lo contrario hiciere pague seis reales de pena..." 

"Otrosí ordenamos y mandamos. que ningun pellejero, ni zapatero, ni otra persona no eche de los muros adentro de la villa, en la ribera de Esgueva, ni en otra parte, retazos ni raeduras de sus corambres, por evitar la suciedad é malos olores de ello, so pena que por cada vez que lo contrario hicieren, paguen otros tres reales de pena

Y aunque específicamente se refiera el texto al otro río, la Esgueva, es simplemente porque en el tiempo de estar en vigor las Ordenanzas fue la Esgueva, con sus dos ramales, el curso que atravesaba la urbe histórica. Pero su sentido valía también para épocas posteriores, cuando ya la ciudad había crecido. De ahí que se buscasen más adelante otros lugares apartados, como este de la orilla del Pisuerga.

 


Por cierto, cuando uno lee escritos de otra época y se encuentra con un vocabulario que desconoce le da en pensar cómo se ha perdido gran cantidad de terminología, paralela a la desaparición de viejos oficios que dieron tanta vida a las urbes. Por ejemplo, en esa ordenanza se cita la palabra corambre, y recurriendo al diccionario de la RAE me aclaro:

"1. f. Conjunto de cueros o pellejos, curtidos o sin curtir, de algunos animales, y en especial del toro, de la vaca, del buey o del macho cabrío."

Nunca te acostarás sin saber una palabra más. Aunque no sea hoy útil para el común de los mortales.








En este paseo relajante no falta una sorpresa viva. Encontrarse con una especie de base operativa de la asociación medioambiental  A.M.A. el Pisuerga, cuyos miembros se citan todos los sábados para ejecutar una de sus acciones constructivas. Limpiar de arbustos secos y hierbajos las orillas, retirar troncos del río, recoger la basura que antes el ciudadano incívico ha dejado tirada por ahí, realizar divulgación.






También existe por esta zona una instalación de la Escuela de Piragüismo Club Pisuerga, que da otro toque actual a la relación entre ciudadanía y naturaleza, en este caso el río. No es difícil ver cualquier día ejercitarse a los aficionados a las piraguas, algo que da envidia a los de secano pero que a los viandantes les gusta observar sus desplazamientos melódicos.








viernes, 6 de diciembre de 2024

Postales de otoño. ¿Árbol hombre u hombre árbol?

 


Estimado Elfo. Te resistes a desaparecer del paseo después de estar verdecido durante meses más cálidos y haber adornado el pavimento junto a los plátanos. Pero no sabes irte como otros de la noche a la mañana, desvistiéndote y dejando tu esqueleto a la intemperie. Eres tan generoso que hasta en tu otoñada tienes que hacer un alarde de belleza y desparramar lentamente la hojarasca. Como quien regala onzas de oro a los caminantes. Te doras con los colores de la senectud, porque aunque te cuesta la partida quieres sentirte esperanzado. Bien sabes que recuperarás nuevamente el ciclo que llevas dentro. 

Te llamo Elfo porque no sé si eres árbol convertido en humano o humano mutado en árbol. Imaginaciones mías, si quieres. Es que me recuerdas por una parte a aquellos seres que vivían inmersos en la naturaleza fecunda de los países nórdicos y que podían ser considerados incluso deidades. Pero también pienso, por su mayor cercanía, en el roblón de Cantabria que la mitología céltica cultivó para pasmo de niños y de incautos. Y aún más. Existe una tradición escultórica de tiempos medievales en que cundieron las representaciones de los salvajes, hombres cubiertos de vegetación, y aquí, en la fachada del Colegio de San Gregorio, tenemos una exquisita muestra desde la que se exhiben tan misteriosos como arrogantes. 

Ya te digo, que son asociaciones de ideas,pero también de sueños, del paseante. Porque si algo tiene una ciudad es que permite, si se la sabe mirar en sus detalles y a la vez en su perspectiva más global, asociar imágenes que remiten no solamente al pasado de la urbe sino de cualquier rincón del mundo que nos haya sido dado conocer. Y consiguientemente del propio individuo que observa. Y con las imágenes viaja siempre el pensamiento, esa propiedad que es a la vez elaboradora y nutritiva para comprender el tiempo y el ámbito en que se vive. Pero qué te voy yo a contar a ti que durante tu florecimiento y maduración has visto transitar a tantos vallisoletanos, humanos y caninos.

Te dejo la imagen de una pareja de salvajes de piedra para que dialogues con ellos. Mientras dure tu hermosura gualda seguiré parándome ahí donde tú y otros como tú os encontráis, delante del antiguo Hospital Militar, en el Paseo de Zorrilla. Y seas Elfo, Roblón o Salvaje, o ninguno de ellos o acaso todos en esencia permite que siga soñando y conectando imaginaciones que me deleitan.



domingo, 1 de diciembre de 2024

Los orantes de las Calderonas

 


Pasaba por delante de una iglesia llamada de las Calderonas, en la calle Teresa Gil, vi el portalón abierto y entré porque no recordaba su interior. Un vago recuerdo de otro tiempo me decía que había unas esculturas de orantes a la altura del crucero. Figuras de un hombre y una mujer, no dudo que matrimonio, que aun en apariencia recogida, genuflexos y con las manos juntas en signo de sumisión religiosa, mantienen sus testas altivas y las figuras lucidas de sus cuerpos. Las vestimentas denotan que pertenecen a la nobleza de un tiempo harto pretérito y de aquel linaje probablemente no quede descendencia alguna. El paseante se detiene ante ambas parejas y fantasea que interroga al mármol albo sobre si creen en lo que representan tan lujosamente. Pero la respuesta es tan fría como el material del que están hechos y la pose inalterable que ofrecen.

Engalanados como se hallan, de mano de un artista de calidad, el visitante se pregunta cómo se llamaría cada detalle de los vestidos y tocados que lucen, las armaduras y aditamentos, el significado del yelmo que se exhibe entre los dos. A su vez observa la actitud tan evasiva de los rostros que, no obstante, se ofrecen con porte bello, y le parece que tienen una mirada sin luz, como si además fueran transportados a una supuesta eternidad a través de la frágil posición adoradora de las palmas de las manos. 

Este tipo de estatuas era lo que se llevaba en lejanas épocas entre aquellos a los que tocó en suerte pertenecer al señorío y al poder. Tal vez con aquella actitud orante buscaban proyectar en las generaciones venideras la imagen de su particular piedad y fe, para que fueran recordados perpetuamente, como si el tiempo no existiera. Pero el tiempo existe en cuanto experiencia vivida y los hechos de los vivientes son los que hablan, y por ellos son juzgados o valorados, más que las estatuas y las representaciones que se pretenden encarnadas en ellas. En realidad esta especie de cenotafios solo transmiten la sombra de lo fueron, no obstante las apariencias. 

Pienso en lo que escribió el gran poeta Jorge Manrique en aquellas coplas dirigidas a su padre Don Rodrigo cuando este falleció:

¿Qué se hicieron las damas, 
sus tocados, sus vestidos, 
sus olores? 
¿Qué se hicieron las llamas 
de los fuegos encendidos 
de amadores? 
¿Qué se hizo aquel trobar, 
las músicas acordadas 
que tañían? 
¿Qué se hizo aquel dançar
y aquellas ropas chapadas 
que traýan?

 



Las estatuas representan a un noble del siglo XVI y a su padre, un militar también de alcurnia, con sus respectivas esposas. El noble, en la primera imagen, es Rodrigo de Calderón, que fuera militar y político al servicio de Felipe III. Con él aparece su esposa Inés de Vargas. Este Rodrigo patrocinó el convento donde se halla enterrado que, aunque su nombre oficial es Convento de Portacoeli, el pueblo llano llamó siempre a sus monjas las Calderonas. Este noble metido a negocios fue un fiel servidor del valido del rey Felipe III conocido como Duque de Lerma. Envuelto en asuntos turbios y rencillas y odios parece ser que fue acusado de asesinato y brujería y su caída en desgracia ante la Corte le llevó a un proceso judicial largo y al final al cadalso. Lo anecdótico es que su cadáver se encuentra momificado en ese convento. La segunda fotografía muestra las esculturas orantes de los padres de Rodrigo Calderón, el militar Francisco de Calderón y María de Aranda.

El paseante, al salir de la contemplación de lo pretérito prefirió consolarse con unas pastas de la sabrosa repostería que las mañosas monjas venden en el zaguán del portal adjunto. Eso sí, la transacción a través del torno, como en el siglo XVI.




viernes, 29 de noviembre de 2024

Postales de otoño. Subida de la cascada

 


Misterio del inicio. Los escalones distantes y deteriorados por el tiempo sugieren una ascensión. ¿A dónde conducen? A una cima, se dirá. Pero ¿y si más allá de la cima hay otra cima? No nos lo planteamos. Lo importante es que siga habiendo escalones o una senda por la que sea posible la subida. Los humanos tenemos la tentación de conquistar las alturas o de ir más allá. Lo vertical y lo horizontal se nos ofrecen como dos direcciones que, siquiera en nuestra imaginación, anhelamos tomar. No podemos olvidar lo profundo, pero esta dimensión tienen connotaciones más complicadas.

La subida, lenta y firme, a la cima de la cascada sugiere la idea de una peregrinación. ¿Qué hay allá arriba? Una visión limitada y pletórica de fronda y de lago. Pero el paseante sabe que lo más importante no ha sido llegar y, aun disfrutando de una parcelada visión del parque y de su arboleda, se siente atraído sobre todo por el camino escalonado, que también se presta a múltiples metáforas y simbolismos. Esa subida de peldaños maltrechos le recuerdan a una calzada romana. Calizas que hacen de riscos bordeando el camino y solazándose con la floresta. Sillares llegados no se sabe cómo y cuándo de antiguas edificaciones desaparecidas. Y en cada paso uno sueña que se sumerge en un territorio desconocido y selvático. ¿No era lo que fantaseábamos de niños al jugar en ese entorno? Una ascensión sin ansiedad, sin deseo de llegar a ninguna parte, reconfortado solamente por la exuberante y bondadosa vegetación. ¿No es este anhelo el que pide el cuerpo a las personas que han llegado a edades provectas?

El otoño le sienta bien a la subida a la cascada, así como beneficia con total espectacularidad al Campo Grande en su conjunto. Pero, ¿acaso hay alguna estación del año que no dote de belleza y satisfacción al parque?