No es el bosque encantado pero por qué no podría serlo. Y es que no tiene pérdida el parque, lo mires por donde lo mires y pises por donde pises. El paseante se queda absorto, cuando no perplejo, ante la espectacular altura de muchos árboles, por ejemplo. O a causa de los ramajes cuya frondosidad permite una sombra protectora extensa y una configuración estética que invita a no apartar la mirada. O por la clase de hojas o frutos que dan muchas especies, de singular belleza todas ellas. Hay tantas razones por las que recorrer las sendas del Campo Grande y detenerse ante la composición variada y rica de la floresta. Árboles espectaculares u originales como el pinsapo, el cedro, el ginkgo, el catalpa, el álamo negro, el castaño de Indias, la sequoya, el aligustre, el tilo y un montón de variedades más de las 62 especies arbóreas existentes se codean con arbustos y plantas de diverso tamaño y condición, sorteando y dando vida a las cuatro estaciones del año. Aunque no mencionemos ahora a la fauna, no olvidemos que acaba de dar sentido a la vegetación y convive con ella.
Hay una zona junto al lago, en el camino de la cascada y frente a ella, que reúne a un tipo de árbol que visualmente nos sorprende por sus peculiares formas. Es el terreno de los aladiernos. Poco podemos aportar quienes no sabemos nada de lo arbóreo o de botánica, y en este sentido viene bien el cartel que informa al borde de la vereda. Pero sí podemos admirar. Y nos deleitamos entonces con las extrañas y agrupadas formas de una especie que crece en una geometría retorcida y única. Cuyos troncos parecen venir ya diseñados desde el interior de la tierra, como emergiendo caóticos pero con una personalidad que se va definiendo. Como si se confundieran raíces y troncos y su primer aprendizaje fuera proyectarse en una expansión desordenada, dibujando en cada tronco un trazo diferente donde la línea recta no existe. Cada ejemplar, ¿es un solo árbol o varios? ¿Se buscan entre sí o tienden a independizarse? ¿Se aparean o se rechazan? Caligrafía de curvas, ensortijados ondulamientos, desordenadas sinuosidades, despliegue en abanico buscando el cielo y la tierra, trenzados de dura madera que se doblan sobre sí mismos. Generando un paisaje que se aísla del resto del panorama plural del parque. Simulando un pequeño bosque embrujado.
Es una mínima parte del Campo Grande, un espacio que estos días se ve ampliamente visitado, y que, como escriben Mª Teresa López y Raúl Domingo en su cuidado y pedagógico libro Campo Grande. Jardín histórico de Valladolid, editado hace ya treinta y cinco años, "sus atractivos caminos invitan a pasear, a respirar aire puro y a interesarse por la diferente vegetación que los bordea. Nuestros sentidos se abren: con la vista a esos bellos contrastes de colores, de árboles, adornos, animales y flores: con el oído percibimos modulaciones de cantos de aves; con el olfato nos llenamos de aroma y frescor de su atmósfera. También la piel abre sus poros para impregnarse de la fragancia especial que circula por el parque".
Siempre me parecieron todos los árboles verdaderas esculturas. Cualquier árbol. Unos más figurativos y casi naturalistas. Otros más abstractos o expresionistas. Tal vez el aladierno, díscolo e imprevisible, imite a este último imaginario estilo. Para el paseante atento no puede pasar desapercibido.


















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