viernes, 3 de enero de 2025

El Patio de la Casa de los Gallo, algo más que el Hotel Imperial

 




No es frecuente encontrarse en un hotel de toda la vida -aunque la vida del Hotel Imperial vaya a cumplir como tal 111 años, y ya está bien- un patio renacentista con un lujo de arcos, fustes y capiteles como este. Y sobre todo por su esmerada conservación. Y he ahí mi interés por pasearme bajo una iconografía rica cuyo simbolismo se me escapa, pero que se constata que era una práctica al uso en los siglos XVI e incluso XVII en los innumerables palacios y casas nobles que pulularon en nuestra ciudad. Y más cuando fue sede temporal de la Corte de España. Y el gran valor añadido. Este hotel y su restaurante se encuentran ubicados junto a la Plaza Mayor, ágora imprescindible para el local y el forastero.

Cabezas caprinas, seres alados, animales fantásticos, máscaras y mascarones, niños, elementos vegetales, conchas, incluso una calavera, respondiendo a los gustos decorativos de los arquitectos de aquel tiempo, destellan desde los cuatro puntos de cada capitel. Y las esculturas están labradas con sumo primor. Junto a ello la esbeltez de los fustes de las columnas, al igual que su basamento, realzada por la arquería, causa una impresión soberbia al visitante. Sigue la línea del estilo denominado toscano. Nuestro inolvidable historiador de Arte Juan José Martín González calificaba los capiteles de estilo plateresco. Uno piensa que los nombres pueden quedar en segundo plano, y que lo importante es disfrutar sensorialmente de la obra mientras te tomas un café con buen tono o saboreas un verdejo rico. 




No es un patio cualquiera, sino un patio salvado. Hay más en Valladolid, pero también hay menos, pues muchos edificios importantes fueron derribados hace décadas. Nula apreciación por parte de especuladores y autoridades de otros tiempos, si bien seguramente muchos de ellos estarían en deficientes condiciones e incluso entonces se preferiría que se cayeran del todo. Precisamente por ello hay que valorar lo que tenemos. Y lo que ha llegado a nuestros días, como es el caso, se debe en parte a la buena edificación inicial, al mantenimiento de supervivencia de varios siglos y al cuidado de la familia Abellán Velasco, propietarios del hotel.

Leve historial. La casa actual es de finales del primer tercio del siglo XVI, levantada por el banquero Santiago de San Pedro. Pero por deudas con la Corona tuvo que venderla a medidados de siglo a uno de sus acreedores, Hernando de Ochoa que, a su vez se vio obligado poco después a venderla a un banquero de Medina del Campo. Los avatares siguieron, pues pasó a manos de la Compañía de Jesús y después por más manos hasta terminar en 1607 en propiedad de Juan Gallo de Andrada, cuya familia fue dueña hasta 1848. El restaurante que acoge el hotel lleva precisamente el nombre de Casa de los Gallo. Fue entonces cuando un descendiente de aquella familia secular vendió el edificio a Francisco López Santiago, que la convirtió en posada, la llamada Fonda del Peso, que toma nombre de la calle donde está situada la puerta principal del hotel. Nada nuevo ni tan antiguo esto del paso de las propiedades de unas manos a otras a lo largo de la historia, e incluso lo vemos en estos tiempos que vivimos, acaso con tanta o más celeridad.




Naturalmente el edificio actual es una ampliación de aquella hostelería primigenia, dando sus fachadas a la citada calle del Peso, a la calle Correo y a la calle Molinos. Pero volviendo al relato de los cambios de propiedad citaré solamente que ya tenía solera lo que es hoy. Así, desde 1850 a 1885 existió la Fonda Parador del Peso. Desde 1885 a 1908, el Hotel de la Iberia. Desde 1908 a 1913 el Hotel Victoria. Todo un proceso de cambio de propiedad, que no de uso. Y ya en 1914 Damián Velasco San José, oriundo de un pueblo burgalés, fundó el Hotel Imperial vigente. En 1941, doña Carmen, esposa del fundador, y sus hijos llevaron a cabo obras importantes de remodelación y decorativas, y en 1944 comenzó una nueva etapa, pues una de las hijas, Angelines, se casó con un comerciante murciano, Manuel Abellán, tomaron el timón y no cesaron de remozar el hotel y sus funciones, hasta posteriormente trasladar a sus hijos, los actuales gestores, el testigo. Conclusión de los acontecimientos históricos referentes a un negocio hostelero: que este pervive si se ejecuta una recurrente renovación, si se toman iniciativas para su mantenimiento y atención, lo que podría calificarse de adaptación a los tiempos, ya de por sí extraordinariamente competitivos.

En las siguiente imágenes se puede ver lo que sería la entrada antigua en la fachada de sillares de piedra, que da a la calle Correo. Y, oh sorpresa, véase cómo el citado Juan Gallo de Andrada, que se hizo con el viejo edificio, aparece en la introducción a la edición de 1605 del Quijote. 









Con la tarde 
se cansaron los dos o tres colores del patio. 
Esta noche, la luna, el claro círculo, 
no domina su espacio. 
Patio, cielo encauzado. 
El patio es el declive 
por el cual se derrama el cielo en la casa. 
Serena, 
la eternidad espera en la encrucijada de estrellas. 
Grato es vivir en la amistad oscura 
de un zaguán, de una parra y de un aljibe.


Jorge Luis Borges también habría aplicado al patio renacentista de la Casa de los Gallo este poema suyo titulado Un patio. Aunque su cobertura, que ya viene desde la transformación del antiguo edificio en posada y hotel, tal vez no le satisficiera porque Borges era respetuosamente clásico. Larga es la polémica sobre la cubrición de los patios antiguos, pero por mor de nuevos usos, por mucho que quede desvirtuado el sentido original, los criterios de un uso moderno también pueden ser útiles para preservar la herencia histórica. A mí me parece un acierto, pues en realidad la cubrición de este patio no deja de ser una transparencia. Y una vez más, como valor compensatorio hay que decir que probablemente sin el cuidado de los propietarios del hotel actual el patio se hubiera extraviado para siempre.

Porque el patio tiene tres alturas, y los clientes del hotel pueden comprobarlo cuando transitan hacia sus habitaciones. En otra altura se siguen reproduciendo capiteles originales y en la superior son una reelaboración más moderna para que se mantenga la estética, en una obra realizada por Ortiz de Urbina, un arquitecto fundamental en el Valladolid decimonónico.





Y dejo aquí una opinión fundamentada de la historiadora María Antonia Fernández del Hoyo sobre estos capiteles, que aparece en el libro Casas y palacios de Castilla y León. "Son estos seguramente los de mayor calidad de la ciudad y su similitud con los del Palacio Real, la Casa de los Villasantes (actual Palacio Arzobispal) o la desaparecida del Conde Monterrey, en Valladolid, y el Palacio de las Dueñas, de Medina del Campo, pueden hacer pensar en un mismo autor". 

Por supuesto, el historial del Hotel Imperial da sobradamente para multitud de anécdotas vinculadas a la gente que se ha hospedado permanentemente en él, a actores, comerciantes, a actividades y tertulias que han tenido lugar en su seno. Pero la narración solo puede ser de boca de los últimos y actuales testigos, los hermanos Abellán Velasco que con cariño aún mantienen a flote el hotel.   


































domingo, 29 de diciembre de 2024

No es solo recogevidrios sino también recogegatos

 


Dicho así no se trata de que los gatos entren y se queden allí dentro. Es zona comedor, que diríamos los humanos. Y ahí tenemos el elegante contenedor con utilidad de recogida de cascos, apoyado por mensajes tópicos que inducen al civismo. Pero es algo más.

Este espacio arbolado  junto al túnel peatonal de Arco de Ladrillo, donde las vías del ferrocarril, ha sido siempre muy concurrido por la colonia gatuna. Alguien ingenió que un recogedor de vidrio fuera también comedero de gatos, para lo cual tiene unas ventanas laterales. La lujosa pintura que luce, de cuyo autor no he localizado el nombre de momento, es la referencia doble para quien cumpla con el desalojo de las botellas y/o quiera dar de comer a los mininos. 

Al contemplar en la imagen del contenedor la pose observadora y en guardia de un gato, envuelto en la frondosidad de plantas y flores, a uno le da en pensar en la majestuosidad del animal y en sus otras propiedades: la calma, la curiosidad, la capacidad de reflejos, su arrogancia,  su agilidad, su adaptación doméstica, a veces tan demasiado doméstica que se cree el dueño de la casa. Recuerdo aquella Oda al gato de Pablo Neruda, de la que extraigo su comienzo. La poesía completa va con el enlace,


Los animales fueron
imperfectos, 
largos de cola, tristes 
de cabeza. 
Poco a poco se fueron
componiendo, 
haciéndose paisaje, 
adquiriendo lunares, gracia, vuelo. 
El gato, 
solo el gato 
apareció completo 
y orgulloso: 
nació completamente terminado,
camina solo y sabe lo que quiere.








miércoles, 25 de diciembre de 2024

La herida eterna de las estatuas

 



La ciudad tiene que compartir su presente con los restos de su pasado y en cierto modo con el recuerdo de lo que hubo y desapareció. De lo que ya no existe queda constancia a través de la investigación de los historiadores, basada a su vez en documentos, planos y relatos de cronistas. De lo que vemos aún en monumentos, edificios civiles o religiosos, prácticamente todos ellos sufrientes de sucesivas transformaciones y/o privaciones, nos asombramos por su monumentalidad y relativo buen estado, pero con frecuencia olvidamos fijarnos en los detalles. Uno de estos detalles, nada escondido, por cierto, es el del deterioro de las estatuas que muestran hornacinas, tribunas o columnas.

A este deterioro me da por llamarlo herida eterna. Esculturas que nacieron completas, que fueron testigos pero a la vez reas del paso del tiempo, en su múltiple forma de clima, vandalismo o simple descuido, han llegado a nuestros días amputadas, descabezadas, reducidas, desgastadas. Santos o vírgenes de templos, representaciones alegóricas de la universidad, blasones de fachadas nobles, etc., participan del desinterés o la curiosidad de los viandantes. 

Al curioso le suele dar en pensar. Tal estatua ha sido pasto de las heladas y fríos de la ciudad. Tal otra enseña claramente la venganza de alguna soldadesca ajena. Aquella puede ser por la propia inconsistencia de la materia de que está labrada. Las otras por los excrementos ácidos de las aves. Pero ya digo, son imaginaciones. En algunos casos se sabrá cómo se produjo la pérdida o el daño. En otros, no, simplemente se culpará a la acción atmosférica, a los elementos naturales.




Recuerdo haber leído hace tiempo en el librito Arte deteriorado, del arquitecto barcelonés Francesc Cornadó: "Las obras de arte deteriorado acumulan, además, las señales que la experiencia histórica ha añadido sobre la obra original. Son grietas, son signos de barbarie, de imprudencia o huellas que la naturaleza inclemente ha dejado marcadas en la obra del ser humano. 

El paso de las estaciones, una tras otra, poco a poco ha ido señalando las horas del derribo físico. Lejos de toda consideración negativa entendemos las señales del tiempo como un valor estético añadido. Se trata de una carga comunicativa que enriquece la acción creativa inicial.

A nuestro conocimiento apriorístico, compatible con el juicio de la obra original, sumamos ahora experiencias propias, ajenas e históricas. El tiempo modifica los cuerpos y las mentes. Se alteran las superficies, el vicio y la virtud".

He ahí, pues, la cuestión actual. Vemos las obras deterioradas como parte de la herencia histórica. Nos parece que han estado así siempre, simplemente porque de siempre las hemos conocido en ese estado. Las aceptamos tales como se manifiestan: quebradas, mutiladas, acéfalas, deformes. Han sido alteradas paralelamente a la transformación de circunstancias y avatares de cada tiempo histórico por el que ha atravesado Valladolid. Siempre será mejor esto que tenemos y como lo tenemos que no lamentarnos por lo que que perdimos, que es mucho, solemos decirnos para consolarnos.




Y sin embargo, hay alteraciones por destrucción y cambios por cuidado y preservación. Las limpiezas de estatuas, fachadas o patios de monumentos, por ejemplo, tratan de sortear la incuria del tiempo que ha depositado su pátina.  Figuras o sillares de piedra ennegrecidos que al ser tratados recuperan si no el tono original, lo cual es imposible porque siempre hay pérdida en la superficie de la materia, al menos nos los acercan a una aproximación. He puesto aquí algunas fotografías de hace años donde se observa el tono de las capas adquiridas para que se compare con aquellas otras que han sido limpiadas.

 


He pasado por tres monumentos de Valladolid donde se puede advertir el arte exterior deteriorado. Este primer grupo corresponde a esculturas de la fachada del edificio histórico de la Universidad. Diversas figuras femeninas representando la Teología, la Ciencia Canónica, la Ciencia Legal, la Retórica, la Geometría y la Sabiduría. No en vano el lema de la Universidad es Sapientia Aedificavit Sibi Domum, es decir, La sabiduría edificó para sí esta casa. No he fotografiado otras esculturas situadas más altas, tales como la Astronomía, la Filosofía, la Medicina y la Historia, o las de varios reyes que auspiciaron la fundación o promoción de la universidad.









No pasa desapercibido al paseante el estado de algunos escudos y leones de la ristra de columnas leonadas que adornan la fachada universitaria. Fueron rescatadas de su estado anterior pero el mal fundamental en algunass de ellas ya venía de lejos y se advierte ahora más.










Las siguientes estatuas se encuentran en hornacinas de la fachada de la iglesia de las Francesas, junto al claustro de la entrada anterior. El deterioro de ellas es considerable.










Y por último, San Pedro y San Pablo, en sus hornacinas de la fachada catedralicia, demediados en sus atributos simbólicos.