lunes, 10 de abril de 2017

Jardines junto al Arco de Ladrillo que amaría Brecht




Tengo una extraña pero familiar predilección por los jardines pequeños, esos que son nuevos y rescatan los rincones de la ciudad, desproveyéndolos de la vocación de basureros a la que se habrían visto abocados si la imaginación no se hubiera impuesto a la incuria. Apenas unos metros de zonas céntricas, de tránsito abundante donde viejos y nuevos sistema de transporte pugnan por coexistir junto al transeúnte presuroso o el jubilado calmo. Sin ocultar realidades inmediatas -viales, ferrocarril, edificios ruinosos y construcciones modernas de alturas desmesuradas- disfrazan la aglomeración, aligeran la mezcolanza de elementos urbanos y traen con su sueño artificial algo de la fronda natural que una vez perdió el paisaje ciudadano.



Se trata de un pequeño espacio situado junto al Arco de Ladrillo. Nada más atravesar el humilde y deprimido paso subterráneo peatonal que comunica la calle Puente Colgante, a la altura del paso elevado sobre el ferrocarril, con toda la zona poblada de la carretera de Madrid. Justo al borde de las vías del tren, en los terrenos que antaño fueron de una fábrica de harinas que hace décadas ardió y que por arte de la fiebre y consecuente burbuja inmobiliaria se trocó en nuevas construcciones. Sorprende el cuidado y buen estado de esta vegetación amable de la que se benefician los vecinos de la zona.



No sé por qué me viene a la mente un relato que el dramaturgo y poeta alemán Bertolt Brecht cuenta en sus Historias del señor Keuner:

"Interrogado sobre sus relaciones con la naturaleza, el señor K. contestó:

- De cuando en cuando me gustaría ver algún que otro árbol al salir de casa, en esos momentos, sobre todo, en que, debido al cambio de aspecto que experimentan según la hora del día y la época del año, tan particular grado de realidad alcanzan. Ocurre además que en las ciudades, el invariable espectáculo de objetos de uso, como casas y calles que no tendrían sentido de estar deshabitadas, acaba por trastornarnos. Nuestra singular organización social nos hace incluir también a los hombres entre los objetos de uso. Pues bien, los árboles tienen -al menos para mí, que no soy carpintero- un no sé qué de autónomo, de independiente de mi persona que me tranquiliza, y confío en que incluso para el carpintero tengan también algo que no sea reducible a pura y simple utilidad".

Ciertamente, hasta las pequeñas zonas ajardinadas, transmiten la ligereza y el bienestar de una naturaleza que no desea ser apartada por el cemento, el asfalto y el ladrillo que sí son simple utilidad, desprovistos con frecuencia de belleza. 




Al fondo asoma la estructura huérfana del antiguo y magistral depósito de locomotoras, por cuya supervivencia procura la gente de la Asociación de Amigos del Ferrocarril. Con la incertidumbre generada por la decisión de no soterrar las vías nadie sabe qué será de una huella de arqueología industrial hoy por hoy echada a perder. pero rescatable incluso en su funcionamiento, siquiera con afán museístico.
 






domingo, 2 de abril de 2017

Sol y sombra en una calle del lejano pasado: Santo Domingo



Fotografiar la calle de Santo Domingo, junto al barrio de San Nicolás,  con esos contrastes tajantes de sol y sombra es como volver al pasado. Esa luz que se combate a sí misma es seguramente análoga a la que se manifestaría hace más de quinientos años. De cuando se levantaron los dos conventos de monjas que vertebran la rúa. La luz y su desdoblamiento también se mantendrían aunque aquí ya no hubiera calle ni conventos ni tapias ni algunas edificaciones más recientes. El reflejo sobre un solar tendría un efecto diferente y su efecto visual sería nonato. Sin edificios el juego de luces poco diría a nadie, sencillamente porque tampoco existiría el transeúnte.




Es precisamente el efecto de ese contraste duro sobre los muros lo que nos lleva a valorar el cambiante comportamiento de la luz. También nos conduce a una reflexión simbólica sobre nuestra historia, cargada de oscuridades y luminosidades. Esta calle no es una especie de maqueta de hace siglos, al estilo del caserío que Ventura Seco dibujara en su fenomenal plano de 1738, que ha llegado casi incólume a nuestros días, sino también una muestra visual digna de disfrutar, preñada de cromatismo, admirable aún en su armonía superviviente.




Simplemente pisar esta calle, que es prácticamente peatonal, por su escaso tránsito de vehículos, resulta placentero. Hay algo que de pronto te traslada a otra época a lo largo de unos cuantos metros. Si vas acelerado el entorno te sujeta y sientes que demoras el paso. El paseante puede no darse cuenta conscientemente, pero el otro yo que siempre anda por ahí dentro hablándonos con un discurso alternativo seguro que sí lo percibe.



El paseante que va calmo y abstraído puede de pronto ver algo más que el caserío humilde y revocado. Y se fija en la mezcla de colores que de vez en cuando renuevan la protección de las fachadas. Esa gama de ocres intensos, tibios amarillos, decididos asalmonados le hacen a uno sentirse ante lienzos abstractos de formas categóricas, totales, delimitadas, precisas. Si a ello se le suman las diferentes alturas que cabalgan unas sobre otras, los tejadillos, las portadas de entrada a los conventos, los aleros y marquesinas, se tiene la sensación de pasar por una pequeña ciudad que, de no ser por los símbolos religiosos, no se sabría precisar fácilmente a qué región del mundo pertenece. ¿O tal vez sí?




La calle de Santo Domingo fue de lo primero que fotografié con mi cámara de adolescente, la Werlisa Color. Colores más tenues, menos contrastados, pero con una nitidez del objeto, esos muros, que maravillaba. Esta calle tiene mucho de cordón umbilical con el pasado de la ciudad. Pocas calles quedan de esa guisa, conservadas tan modestas como definidas. Uno no puede por menos que tomar esta ruta al acercarse a la biblioteca de la Plaza de la Trinidad. Aquellas huellas de la ciudad que fue y pervive le convierten a uno en un sentimental.












domingo, 26 de marzo de 2017

El jardín del Colegio Mayor Santa Cruz



Es cierto que el jardín del Colegio Mayor Santa Cruz, adjunto al histórico Palacio renacentista de Santa Cruz, gana sobre todo durante la primavera avanzada y el estío exuberante. No solamente por la fronda de sus árboles y el efecto frescor que transmite, sino porque se impone la vegetación compensando el material de los edificios que lo limitan. Pero el paseante de las cuatro estaciones, que diría el poeta Huidobro, debe ver y captar el efecto del clima sobre los espacios urbanos a lo largo de cada ciclo, porque en cada uno hay belleza. Este jardín reservado y casi secreto, en el que nunca he visto que entre gente de la calle que no sea algún perdido y osado turista ocasional, aún huele a un invierno que no acaba de abandonarnos y a una primavera indecisa que cualquier día hará su estallido. De ahí que este ámbito, que, en su actual estructura, procede de los pasados años 40, dispuesto además con algunos añadidos que llegaron de otras partes de la ciudad, se nos ofrezca todavía en esta fecha austero. 



El acceso desde la calle Cardenal Mendoza, en una zona transitada por estudiantes universitarios y de enseñanza media de los numerosos centros que hay en el entorno.




En medio del patio ajardinado, un estanque con nenúfares y peces entre el verdín.



La fachada de iglesia es un traslado, pues perteneció al extinto Colegio de San Ambrosio, ubicado en su tiempo en la que es ahora calle Santuario. El edificio al que se adosa es la instalación del museo de Arte Africano de la Fundación Jiménez Arellano, con acceso desde el interior del Palacio de Santa Cruz.






Los leones y sus escudos están ampliamente representados en monumentos de la ciudad. Su simbolismo procede seguramente de tiempos, civilizaciones y culturas antiguos. De hecho el león está muy relacionado con interpretaciones astrológicas. Luis Eduardo Cirlot, en su "Diccionario de símbolos" señala del león entre otras características, que "constituye, como rey de los animales, el oponente terrestre del águila en el cielo y, por lo mismo el símbolo del señor natural o posesor de la fuerza y del principio masculino". ¿Era por esta razón por la que príncipes, clérigos y nobles, tan representativos de un sistema patriarcal, utilizaban con frecuencia el emblema del león para exaltar sus linajes, propiedades o instituciones? También recuerda Cirlot:"...el león pertenece al elemento tierra y el león alado al elemento fuego. Ambos simbolizan la lucha continua, la luz solar, la mañana, la dignidad real y la victoria". Alegorías todas ellas de las que los estamentos de poder han hecho tradicional ostentación.



La parte de atrás del Palacio de Santa Cruz delimita otro de los lados del jardín.


Al fondo el actual Colegio Mayor, residencia de estudiantes. Ya en el siglo XVI había una hospedería de estudiantes que posteriormente desapareció. Hubo también aquí una Escuela de Artes y en el siglo pasado volvió a utilizarse como residencia.  

Sobre su fachada dice la "Guía de Arquitectura de Valladolid" dirigida por Juan Carlos Arnuncio Pastor: "La portada, trabajada en piedra y abierta hacia el viejo Colegio, muestra al exterior la nobleza del edificio. Su organización en tres cuerpos -puerta, balcón y escudo del cardenal Mendoza- rematado por un frontón partido, sigue un modelo ya experimentado en el siglo precedente, como en los ejemplos de la Casa del Sol y el palacio del Marqués de Revilla, y que se retomará así mismo en la portada de la Cárcel de la Rean Chancillería".





Y el busto de un prócer de la ciudad, Claudio Moyano, que fue alcalde, rector y diputado en distintas fechas del siglo XIX. Tal vez el elevado pedestal haga destacar al personaje que hoy, mayormente, es un desconocido para la población, no obstante llevar su nombre una calle céntrica. Pues ¿quién recuerda que Claudio Moyano llevó a cabo una iniciativa legislativa por la que se aprobó una ley reguladora de la enseñanza a mediados del siglo XIX, que fue nombrada como la ley Moyano?

Habrá que volver al jardín cuando los árboles estén en su cénit y el estanque se haya poblado de más plantas acuáticas. A ver cómo luce con la estación caluorsa.

martes, 21 de marzo de 2017

Una fuente arquitectónica, la del Ponce de León



Que uno siente debilidad por las viejas fuentes castradas no cabe duda. Existe el modelo tradicional e histórico que cundía por plazas o confluencias, fuente humilde pero efectiva en su tiempo, de la cual pocos ejemplares quedan en activo. Pero a veces uno se encuentra algo diferente, tan distinto que incluso la gente que transcurre diariamente delante de sus narices no sabe siquiera que es una fuente en desuso.

Esta es una fuente arquitectónica. No solamente porque forme parte de un conjunto  -el Colegio Público Ponce de León-  sino porque tiene un no sé qué de templete al que la hiedra corona como para compensar el olvido. La idea de convertir lo que hubiera sido una anodina y áspera esquina en un chaflán amable, con el mismo material en que fue construido el colegio en la tercera década del siglo XX, el honroso y bien trabajado ladrillo, revela el cuidado que ponían arquitectos y albañiles a la hora de cuidar los detalles. Tiempos en que se trabajaba cierta arquitectura con calidez y bien hacer. No olvidemos que Valladolid se entregó en el primer tercio del siglo pasado a la construcción de una verdadera oleada de colegios públicos, de los que tan necesitados estaba la población infantil. Por cierto, el primitivo nombre que llevó el centro fue el de Manuel Bartolomé Cossío, pedagogo krausista perteneciente a la Institución Libre de Enseñanza. 

Se encuentra en la esquina entre las calles Tres Amigos y Francisco Suárez. Supongo que pedir que se active la red de agua en esta fuente, en tiempos en que el paisanaje bebe de botella mineral y de pago, será algo vano.




domingo, 12 de marzo de 2017

El jardín de la Fundación Segundo y Santiago Montes, un retorno al pasado con mirada del presente




La calle Núñez de Arce, en el tramo comprendido entre Cascajares y López Gómez, parece que se mantuviera todavía en otra época. En su época, la decimonónica, cuando naciera el poeta Gaspar Núñez de Arce. Hay una huella todavía viva de aquellas casas de apenas uno o dos pisos con jardín y verja anterior a la entrada. Justo al lado de donde se supone que naciera el poeta se encuentra la sede de la Fundación Segundo y Santiago Montes que, con casi veintitrés años a sus espaldas, se sigue dedicando a proyectos de cooperación al desarrollo en El Salvador. Hoy, esta parte de la calle, peatonalizada y con dos hoteles acordes con la fisionomía de la misma, reviste un encanto recoleto pues su situación céntrica, prácticamente a la sombra de la catedral, genera una especie de oasis arquitectónico y urbanístico, a cobijo del tráfico de otras vías próximas.

Pero este rincón acogedor no es solamente la sede de un ente o un jardín, sino un ámbito donde se realizan a lo largo del curso exposiciones de artistas plásticos o de fotografía, así como conferencias, presentaciones de libros y lecturas poéticas, conciertos. Un retorno al pasado, con miradas avanzadas del presente.






Y en el jardín, Jorge Oteiza de nuevo. Un obsequio de reconocimiento del escultor a su amigo Santiago Montes en forma de chapa pintada a la que tituló Retrato de un gudari llamado Odiseo. El escultor sabría por qué.

Jorge Ramos y Fernando Zaparaín, de la Escuela de Arquitectura de Valladolid, dicen sobre ella:

"Es una obra que expresa muy bien el final de las investigaciones de Oteiza, su concepción de la escultura como hecho arquitectónico, que por lo tanto, se centra en construir un hueco interior habitable mediante superficies yuxtapuestas. Esas superficies son de chapa recortada y soldada en sus aristas, con el grosor estándar del propio material constructivo. No existen vestigios de la masa modelada de sus comienzos y ni siquiera se experimenta sobre el volumen como hacen las maclas volumétricas de los cuboides y tizas. Todo el esfuerzo se dedica a definir una envolvente que active y haga significante el vacío interior. Algo que se consigue con la operación de plegar, concebida como la transición de unas caras a otras siguiendo las ortogonales del triedro euclídeo. Para ello son de suma importancia los recortes a los que se someten los planos de ese triedro, y la selección precisa de las aristas más decisivas para soportar el artefacto y definir un prisma virtual dinámico. El plegado garantiza la superposición y el silueteado de unas caras del cubo virtual sobre otras a través, precisamente, del vacío interior. Este último se llena de relaciones y sirve de puente entre los distintos planos plegados y recortados. Es un espacio diagonal y dinámico que fuga por las esquinas y bordes. Paradójicamente la escultura se reduce a composiciones bidimensionales porque las caras se ven como siluetas oscuras sobre el vacío espacial luminoso y blanco".

¿Permiten las plantas del jardín esa visión sobre la obra, algo que tal vez se podría objetar? Oteiza, no obstante, decidió su instalación donde está ahora, calculando incluso la propia base de cemento sobre la que se yergue. A mi modo de ver las plantas no trastocan el sentido de la escultura, pues el que quiere ver no tiene más que moverse y buscar los ángulos adecuados.





También se puede admirar en el mismo jardín dos trabajos de Miguel Isla, un autor nacido en Tudela de Duero (Valladolid) y cuyas obras se han expandido por diversos países, tales como Egipto, Turquía, China, Siria, Corea, Georgia, Argentina, Japón.... 

De Isla dice María Calleja, de la Fundación Segundo y Santiago Montes: "Considero que su trayectoria es, al menos, sorprendente porque desde un principio prescindió de un entorno que le podía ser más o menos amigable y se aventuró por esos mundos ignotos, míticos, para dejar la huella de su trabajo junto a los más bellos monumentos de la antigüedad y los paisajes más exóticos y sugerentes. Creo que no me equivoco si mantengo que Miguel Isla es el escultor más internacional y más arriesgado de cuantos han surgido en nuestra tierra en los últimos cuarenta años". 



El profesor de Historia del Arte Ignacio Mínguez opina sobre el trabajo de Miguel Isla: "La materia en sus manos se convierte en esencia, sea papel, madera, piedra o metal, haciéndose visible, palpable, legible ante nuestros sentidos, simplicidad plena. El espacio se nos muestra abierto, y a la vez lo encierra todo, aglutinando el todo y la parte, creando axiomas imposibles, cargados de una enorme belleza y simbolismo plástico. El tiempo se transforma, rompe los moldes marcados, busca ámbito nuevos, cauces por los que derramarse empapando toda la obra".

Contar, por lo tanto, en el jardín de entrada a la Fundación con dos representaciones de este autor es todo un lujo. Para quien desee saber más, decir que en esta sede existe un catálogo a la venta sobre las briosas esculturas de Miguel Isla por las regiones más apartadas del planeta.  



  










En la fachada de la entrada a la Fundación, un relieve del escultor Luis Santiago Pardo celebra a la pintora Cristina Montes, una de los hermanos Montes. A muchos paisanos Luis Santiago Pardo les sonará más por la escultura de Rosa Chacel sentada en un banco de la acera de la Plaza del Poniente o el conjunto de Jorge Guillén y los niños jugando a los barcos en la fuente del Parque del Poniente que se repondrá tras la nueva remodelación.



Disfruten del paseo por este tramo de calle, contemplen las fachadas de los edificios restaurados pero acordes, en especial los dos que disponen de jardín. El traslado imaginativo a otro tiempo está asegurado.