Es un bonito y tierno detalle el del niño sacándonos la lengua. Al imaginativo escultor Fernando González Poncio, a quien aún recuerdo entrañablemente como compañero de mis tiempos escolares, también le saldría el infante que todos llevamos siempre dentro aunque peinemos canas. Esta criatura sentada a los pies de su madre, la aguadora, rompe el presencialismo más severo de las otras estatuas. Obras estas, no obstante, que adquieren una ligereza más cercana al espectador que las de los prohombres que hay en otras plazas.
Y es que Poncio intentó sortear la rigidez que siempre presentó la escultura historiográfica tradicional. En parte le ayudó que el tema fuera relatar y hacer alegoría de los oficios del pasado, homenajeando así a los gremios que los componían, que fueron innumerables, con esta síntesis de cuatro modelos escogidos. En cierto modo huye del hieratismo e incluso altanería que estatuas del pasado que se sortean por la ciudad -el conde fundador, el celebérrimo escritor de paso, el monarca nacido en la ciudad, el navegante que dio con otro continente, los reyes fundamentales a los que se concede la unidad política de los reinos de la nación- nos transmiten. Pero que son expresiones también de los criterios estéticos de otra época.
Estas figuras representan no solo a los oficios sino a los que desempeñaron los trabajos. Al visitante de fuera o al peatón cotidiano cada estatua le lleva a dedicar un punto, siquiera breve, de pensamiento sobre la actividad que ejercía. ¿Cómo no imaginar el trasiego de la aguadora tomando en un cántaro el agua del río o de las fuentes y vendiéndola por doquier? ¿Cómo no sentir los golpes sobre el yunque del hombre que practicó uno de los oficios más duros del mundo? ¿Cómo no percibir al musculoso botero cargando sobre sus hombros el pesado odre de vino cigaleño? ¿O cómo no sospechar de las heridas ocultas de un hombre de armas que precisamente recurriría a uno de los talleres de la calle del gremio de espaderos que, mira por dónde, quedaba justo enfrente de donde se ubica esta representación?
Obviamente hubo tal infinidad de oficios en siglos pasados que para establecer una alegoría de todos y representarlos con estatuas no habría espacio suficiente. Supongo que el criterio para elegir el autor del conjunto estos personajes es porque serían de lo más conocido y habitual. Y que se prestan a ser representados con sus atributos y reconocidos fácilmente por el común de la ciudadanía. No obstante tras cada uno de los personajes de la fuente hay una placa donde se cita un número determinado de oficios, mayormente desaparecidos. Y que evocan a su vez zonas y calles de la proximidad o del centro histórico tradicional.
González Poncio no fue solamente el escultor. Diseñó este y otros espacios del entorno para recuperar la memoria de las antiguas ubicaciones de los menestrales y gentes de oficios. Su profesión era la de arquitecto, pero tocó más palillos, ya lo dice en el libro Escultura pública en la ciudad de Valladolid José Luis Cano de Gardoqui García: "El interés de Poncio por la concepción de proyectos globales, totales, al modo de los maestros renacentistas, donde la libertad del artista se despliega y asume todo tipo de presupuestos y realizaciones -arquitectónicas, escultóricas, ingenieriles, etc.- ha quedado bien demostrado en sus intervenciones urbanísticas en las plazas de la Rinconada, Martí y Monsó, de España y de la Fuente Dorada".
El oficio de aguadora nos hace pensar en que se trataba de algo sencillo. Que no había transformación de por medio como en otros oficios. Que su labor consistía en tomar agua del río o de manantiales y distribuirla por la ciudad, pues hasta fechas relativamente recientes no hubo conducción de agua que llegara a cada domicilio o a los talleres o tahonas que precisasen el agua para sus elaboraciones. La aparente tarea simple conllevaba la fortaleza de la persona que la transportase. Uno supone cuando ve y admira la variedad y tamaño de cántaros que acarrearlos cargados a tope sobre la cabeza o adaptándolos a un costado no tenía que ser baladí. Aunque también se utilizaran asnos con alforjas para llevar las vasijas. Parece ser que la estatua de la aguadora está orientada simbólicamente hacia el monasterio de San Benito, meta del llamado Viaje de aguas de Argales, una obra hidráulica importante del siglo XVI que fue generando algunas fuentes por la ciudad.
El herrero constituía uno de los oficios más considerados. Generar útiles y herramientas de hierro para todo tipo de trabajos relacionados con otros oficios, durante tantos siglos antes de que llegara la producción industrial, tuvo que ser muy apreciado. No en balde el yunque y el fuego de la forja se convirtieron en el símbolo y la denominación visual por excelencia del oficio. Y por supuesto, el músculo y el temple de acero del herrero no va a la zaga. Las películas suelen reflejar muy bien al fornido hacedor de útiles con hierro y fuego. ¿En qué dirección mira desde su constante golpear el hierro este transformador de una materia de materias? Tal vez hacia ninguna parte y hacia todas, pues fraguas habría unas cuantas en distintos barrios.

Importantes fueron siempre los trabajos relacionados con el tratamiento de las pieles y su transformación en distintos artículos. El oficio de botero sirvió para crear odres, botas o pellejos donde guardar no solo vino sino también vinagre y aceite en cantidades menores. Así que fue siempre muy valorado, pero algo parecido ocurría con oficios afines como zapateros, guarnicioneros, coleteros, etc., todos partiendo de la materia prima piel y destinados a diferentes usos. Parece ser que el escultor colocó la figura representativa del botero mirando en dirección a la actual calle de Ferrari, donde se encontraba el corral de boteros, que era el espacio donde se concentraban los del oficio. Hoy existe el callejón todavía pero con una puerta que clausura su entrada, y eso que es de suponer que siga siendo un espacio público.

Incorporar por parte del escultor Poncio un militar del siglo XVII al conjunto puede interpretarse a dos bandas. Por una parte, que el llamado oficio de armas había sido siempre un ejercicio profesional al servicio de poderes privados o públicos, en este caso sin duda que al servicio de la Corona. Por otro lado, refiriéndose a los oficios relacionados con la armería en general, es decir los arcabuceros, los armeros, los fabricantes de pólvora y cohetería, y, cómo no, los espaderos. Acaso el soldado que sujeta las bridas del caballo con una mano y asienta la otra en una empuñadura, dirige su vista en dirección a donde se encontraba precisamente la calle de Espaderos, hacia la actual Cánovas del Castillo.

Entre tantas imágenes de los representantes de oficios he ido incrustando otras de varios mascarones por donde expulsa el agua la fuente. Una alegoría añadida de las cuatro estaciones. Las esculturas están talladas en granito abulense. Y no es pura invención la forma ochavada de la fuente. Comenta Cano de Gardoqui en el libro citado anteriormente: "Poncio ha retomado la forma ochavada del pilón de la fuente de 1876; ello con el añadido de cierto carácter simbólico relativo a la proximidad de la Plaza del Ochavo o a la forma ochavada de la moneda de uso corriente en el siglo XVI. Lo mismo puede decirse de la ubicación de la fuente actual, más o menos similar a la del siglo XVII". Fuentes citadas que desaparecieron hasta que esta obra de 1998 recuperó el verdadero sentido y nombre de la concurrida plaza.
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