viernes, 3 de julio de 2026

Las sorprendentes esculturas de terracota y piedra del Museo de Arte Africano de Valladolid

 



Decía hace más de un siglo el gran crítico e historiador de arte alemán Carl Einstein: "Quizá no haya arte al que el europeo se acerque con tanta desconfianza como el arte africano. Por lo pronto se le niega la categoría de arte". Partiendo de ese criterio el investigador alemán se dedicó a valorizar cuanto se había realizado o realizaba aún entre las variadas culturas de África. Y desde entonces ha llovido mucho. Primero, que pintores y escultores de principios del siglo XX, los de las llamadas vanguardias, descubrieron las múltiples representaciones africanas y las reinterpretaron, cuando no las copiaron, con sus creaciones. Y después que la investigación profunda y científica ha cambiado el punto de vista de los occidentales, acostumbrados a mirar y considerar el arte desde su propio ombligo. Ya se sabe, durante siglos se ha vendido el arte de occidente como panacea de la creatividad humana.

Así que en una ciudad como la nuestra, donde prima arte medieval o renacentista o barroco, es decir, una visión artística occidental, generada en función de la creencia religiosa o de las estructuras de poder dominantes en cada época, que tengamos una muestra permanente tan interesante como la colección de escultura de terracotas y piedra de la Fundación Jiménez-Arellano Alonso me parece un acierto para cualquier ciudadano que hoy debe estar más abierto al mundo que nunca. Al  mundo y al pasado de los otros mundos. Porque aproximarnos a esos tiempos y espacios ajenos nos proporciona no solo conocimiento sino comprensión. De ellos y de nosotros. No solo información sobre los conceptos de vida y creencias de otros sino percepción estética sobre lo que esos otros realizaron. Respeto sobre sus modos de expresarse. Admiración por la capacidad creativa que culturas tan diversas han dado respuestas a sus pueblos respectivos.





Nuestra tierra, no solo la castellana sino todo el país, tiene una larga tradición de alfares y de trabajo cerámico que han respondido a funciones de uso a lo largo de los siglos. Ello nos conduce con ventaja a entender lo que las manos de los artesanos y artistas africanos han formado, y cuya muestra en este museo es un lujo. Cierto que gran parte de las obras africanas son también o sobre todo representativas de sus creencias religiosas, de sus conceptos sobre la vida y la muerte, de la imagen de  sus dignatarios, y no solo tienen carácter utilitario doméstico. Aunque también contiene utilidad realizar obras que representen lo ceremonial o sirvan para conjurar elementos naturales. No entro en ello, con mi visita a esta exposición solo pretendo dejar constancia de su interés y divulgar para que los paisanos, y no solo los visitantes foráneos, se adentren en el Palacio de Santa Cruz, donde está depositado este conjunto.

Se entiende que no sea fácil para nuestra mentalidad tradicional, tan acostumbrada a lo naturalista o figurativo, a cánones más o menos clásicos de los estilos artísticos que han dominado y modelado nuestros siglos anteriores, comprender de buenas a primeras el universo de formas de la escultura africana. No es fácil comunicarse con rostros de facciones que se nos antojan ausentes, y algunas parecen evocar la manera formal del arte europeo del pasado lejano -¿no hay aquí obras que nos recuerdan las creaciones prerrománicas o románicas, por ejemplo?-, ni con cuerpos distorsionados, ni con figuras cargadas de elementos geométricos  cuyo significado desconoce el visitante. 

Pero el visitante debe romper el tabú de la ignorancia -¿no es este el más peligroso tabú que puede tener un humano?- y acercarse a la obra. Mirar con atención. Dejarse sorprender por lo desconocido. Admirar no solo la factura de los trabajos sino las expresiones y el mundo que ocultan. Conocer ese mundo puede venir después. Pero primero ser receptivos, romper el hielo que puede surgir frente a una estatuaria de terracota sumamente cálida. No es difícil.




Sobre lo relacionados que están el barro, las creencias en los dioses y la vida cotidiana en el extenso universo africano escribe la especialista en arte africano Elena Martínez-Jacquet en su trabajo "Barro, dioses y vida. Introducción a la cerámica tradicional africana".  No me resisto a reproducir unos párrafos:  

"Practicada en el conjunto del continente africano, la cerámica se halla en el centro de las actividades cotidianas -ya sean profanas o sagradas- de las sociedades que habitan en él. Todos los hogares encierran vasijas, jarras, graneros y demás recipientes con los que almacenar y preparar alimentos. Del mismo modo pocos son los altares de ancestros o las tumbas de ilustres difuntos que carecen de cuencos o de esculturas en terracota con los que se honra su memoria.  

La importancia de la tradición cerámica se debe, en primer lugar, a la abundancia de la materia prima. Exceptuando el área congoleña del Kasai central, todas las regiones del África negra disponen de arcilla en cantidad. La gran plasticidad de la arcilla africana ha propiciado la creación de un sinfín de formas, garantizando así la riqueza artística de la producción cerámica.

La omnipresencia de la cerámica en el universo doméstico y ritual africano tiene que ver también con el fuerte simbolismo que posee. Creadas con tierra, fuente de toda existencia según numerosas creencias y tradiciones, las vasijas permanecen unidas a este elemento primigenio tanto por sus formas redondas como por su función de contenedor, similar al de una matriz. Del mismo modo perdura en las esculturas de terracota el recuerdo de la masa informe de la que el artesano, inspirado por el poder creador de la tierra, hace emerger un cuerpo. Así, las producciones en barro aparecen íntimamente ligadas a la vida".





En esta admirable exposición se encuentran obras de diversas culturas africanas. Las Nok, Ife, Yoruba, Benin, Sokoto y otras de Nigeria. Las culturas Djenné o Tennekou, de Mali. La Bura o Dori, de Níger. La Ashanti de Ghana. Algunas son culturas ancestrales y otras más recientes, y en la exposición se pueden comprobar. En fin, no se trata aquí de hacer relación de ellas, sino citar algunas más conocidas para dar idea de la extensión de orígenes de lo ubicado en este museo. En el libro Escultura africana en terracota y piedra, amplio catálogo de lo expuesto, Ruth López-Diéguez Puerta escribía: "El principal cometido de la Fundación es la conservación, cuidado y difusión de las obras que alberga. Y por ello también es su deber presentar al espectador la riqueza y esplendor del arte africano, así como el increíble valor antropológico de los pueblos que lo produjeron. La colección abarca más de dos mil años de la historia del continente, y en ella están representadas más de viente culturas diferentes, quedando así documentadas la práctica totalidad de las sociedades que trabajaron la terracota en África"

Anímese quien no conozca esta parte del Museo Africano de Valladolid a recorrer la Sala Renacimiento y, por supuesto, las demás salas sitas en el Palacio de Santa Cruz. No se olvide que en otra se exponen monedas y en una estancia superior se ofrece el Reino de Oki, que ya expuse en el blog hace tiempo. Aprenderá algo más. Meditará sobre la propia condición humana con más perspectiva todavía. Entenderá la evolución y complejidad de las culturas de otros mundos, no tan diferentes en el fondo de las desarrolladas en Occidente. Aunque sus formas y contenidos nos sorprendan, gratamente, por cierto y nos parezcan tan alejadas a nuestra mentalidad. 

Y ahora, pasen y vean a esta sesión fotográfica, que África nos habla desde cada una de las obras que se ofrecen a nuestra mirada.











































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