lunes, 19 de mayo de 2025

La Resurrección resucitada del antiguo Hospital que ya citase Cervantes en sus novelas

 



Vas, o vuelves, paseante, más allá del paseo y ya relajado tomas en tus manos El casamiento engañoso, una de esas novelas llamadas ejemplares que escribiera un vecino de hace siglos llamado Miguel de Cervantes. Empiezas a leer:

"Salía del Hospital de la Resurrección, que está en Valladolid, fuera de la Puerta del Campo, un soldado que, por servirle su espada de báculo y por la flaqueza de sus piernas y amarillez de su rostro, mostraba bien claro que, aunque no era el tiempo muy caluroso, debía de haber sudado en veinte días todo el humor que quizá granjeó en una hora. Iba haciendo pinitos y dando traspiés, como convaleciente; y, al entrar por la puerta de la ciudad, vio que hacia él venía un su amigo, a quien no había visto en más de seis meses; el cual, santiguándose como si viera alguna mala visión, llegándose a él, le dijo: 

-¿Qué es esto, señor alférez Campuzano? ¿Es posible que está vuesa merced en esta tierra? ¡Como quien soy que le hacía en Flandes, antes terciando allá la pica que arrastrando aquí la espada! ¿Qué color, qué flaqueza es ésa? 

A lo cual respondió Campuzano: 

-A lo si estoy en esta tierra o no, señor licenciado Peralta, el verme en ella le responde; a las demás preguntas no tengo qué decir, sino que salgo de aquel hospital de sudar catorce cargas de bubas que me echó a cuestas una mujer que escogí por mía, que non debiera".




Pero no copio y pego aquí este comienzo jugoso de la novela de Cervantes para hablar de ella sino para mencionar la existencia de un Hospital en Valladolid -aunque hubo varios- que persistió durante tres siglos. El Hospital de la Resurrección estaba situado donde se ubica ahora la manzana ocupada por la Casa Mantilla en la Acera Recoletos con Miguel Íscar. Aunque la superficie se extendería por calles que llegaron después como Marina Escobar, Rastro y Perú. Tanto en la novela citada como en El coloquio de los perros, otra ingeniosa novela en que dos canes, Cipión y Berganza, se traen unas sabrosas conversaciones sobre sus amos y otras circunstancias de su tiempo, es nombrado ese hospital, derribado en 1890, y del que permanece como reliquia la parte superior de la portada. Se trata del lienzo adherido a una medianera en el jardín entrañable de la Casa Museo de Cervantes. En el Plano de Ventura Seco de 1738 se puede observar la ubicación, muy próxima al ramal sur de la Esgueva. 
 
 



Este trozo de fachada del hospital desaparecido ha sido objeto de una amplia y exhaustiva limpieza y aseguramiento en meses pasados, de ahí que uno hable de resurrección. También la fuente que centra el jardín. Este espacio que bien se merece el calificativo de con encanto está abierto a cualquier transeúnte. No hay que venir con intención de entrar en la Casa Museo ni estar reservado al visitante foráneo. De hecho cualquier viandante que desee hacer un alto en el camino sin necesidad de tener que entrar en un bar, por ejemplo, puede acceder y sentarse un rato en un banco. Le basta bajar unos pocos escalones desde la calle Miguel Íscar o subirlos desde Rastro para relajarse. El tiempo al que vamos suele pedir un parque o un espacio amable como este.












Fotografía de la fachada del Hospital de la Resurrección. Adolfo Eguren la hizo en 1890. Gracias a ella se entiende la ubicación del cuerpo que se conserva hoy en el jardín de la Casa de Cervantes.




El busto del vallisoletano Benigno Vega-Inclán, también conocido como Marqués de la Vega-Inclán, obra de Mariano Benlliure, nos contempla tras el arbusto. Benigno Vega-Inclán fue quien recuperó para el Estado esta Casa de Cervantes, así como la Casa del Greco, en Toledo, y el Museo Romántico, en Madrid. Se le considera promotor del turismo en España en los primeros años del siglo XX.



viernes, 16 de mayo de 2025

La jauría en su marcha ciega, mural en la Plaza Zorrilla

 



Justo enfrente de la escultura de Delibes, en la Plaza de Zorrilla, se encuentra un mural muy bien adaptado a la entrada de un aparcamiento subterráneo. En el lateral de una marquesina de cristal luce una estampa creativa. Tras la representación de una arcada se muestra un paisaje que juega acertadamente con la perspectiva. 

Unos perros asilvestrados corren desaforados y a ladrido limpio hacia un abismo, al otro lado del cual un primate parece avisar a la arriesgada carrera. Titulada The blind march of progress (La ciega marcha del progreso) resulta una metáfora de la carrera no tanto de animales como de humanos empeñados en lanzarse a diestro y siniestro hacia horizontes inciertos. El mural que puede parecer pesimista si se toman como referencia estos tiempos actuales de productivismo y consumo tan extremos como depredadores, también invita a otra reflexión sobre la larga marcha de la humanidad. Tal vez la mujer que nos da la espalda con su desnudez no sea sino evocación de la propia humanidad que se contempla a sí misma como completa, que ha alcanzado altas cotas de desarrollo y plenitud, cuando resulta que aún permanece en muchos aspectos desnuda. 

El autor de la obra es el brasileño Eduardo Recife, realizada para el Ephemera Phestival 2023 en Valladolid. Más información:
















martes, 13 de mayo de 2025

Delibes, el hombre que pasea y medita

 



Si algo característico tienen las esculturas peatonales es la cálida proximidad que transmiten al ciudadano. Hay varias en la ciudad. No subliman a los personajes del pasado o de los mitos como hacía la estatuaria historicista más antigua, colocándolos prepotentes y distantes sobre sus pedestales u hornacinas. La estatuaria a nivel peatonal se acerca y se mezcla con el deambular cotidiano. En algunos casos representando un oficio genérico. En este otro, sin dejar de manifestar una dedicación, deja constancia de un personaje vallisoletano del siglo XX, Miguel Delibes, reconocido tanto por su quehacer periodístico como por la creación literaria. Del oficio periodístico es algo que ya ha quedado sobre todo como recuerdo para los vallisoletanos de décadas pasadas, bastante más difíciles que las presentes. De su entrega a la escritura de novelas Delibes sentó sus reales hace tiempo para lectores de todas las generaciones y a estas alturas poco hay que decir que no se haya vertido sobre su obra, que aún cuenta con devotos y leales lectores.

La escultura pretende trasladar al paseante las características bastante fieles de un personaje en su desplazamiento callejero. No es baladí la ubicación, pues está colocada en uno de los tramos que el escritor realizaría diariamente desde su domicilio al periódico que dirigió en una época (El Norte de Castilla) y con el que siempre mantuvo vinculación. No es tampoco capricho del escultor envolver al personaje en una indumentaria de invierno que puede parecer exagerada para el foráneo pero en absoluto para el natural de esta tierra. El paraguas del hombre previsor y la carpeta bajo el brazo del hombre presto al apunte improvisado definen un afán de hombre que camina y va inmerso en sus pensamientos. Porque Delibes era también un paseante, amante del Campo Grande de toda la vida, aunque creo que esta característica la hemos mantenido, y aún lo hacemos, los que crecimos yendo a pasar los ratos al parque, disfrutando de las cuatro estaciones, unas más recorridas con presura a causa de la crudeza invernal y otras solazándonos y refugiándonos en él de los calores del estío. 

La obra fue realizada por Eduardo Cuadrado García (Valladolid, 1947 - Valladolid, 2021), inaugurada en 2020 y se compuso en fibra de vidrio y poliéster con vaciado en bronce. Erigida para conmemorar los cien años del nacimiento del novelista, se sitúa ante la entrada del Paseo del Príncipe del Campo Grande que, como muchos no sabrán, quedaba a las afueras de la ciudad en siglos pasados y fue denominado o bien Campo de la Verdad o bien Campo de Marte. Pero estas denominaciones nos llevarían a otro tema.











miércoles, 7 de mayo de 2025

La humildad de una pared por San Martín

 



No he podido resistir la tentación del ángulo. El ángulo que forma mi propia visión de una sencilla pared que otros no considerarán en absoluto espectacular, sino todo lo contrario, pero que a mí se me antoja que posee la característica digna de los muros de otro tiempo. Aunque probablemente en su totalidad no sea un muro antiguo, si bien conserva elementos tanto en su base como en su cornisa acordes con las viejas construcciones. El ángulo de la contemplación de lo elemental, pared degradada por el tiempo, calle de ciudad sufrida. Con el signo también de nuestros días: las pintadas, las desconchaduras, los remiendos desafortunados, los orines. Una pared que será negada a la contemplación, marginada por el visitante, pero a la cual la compañía de un suelo enlosado la aporta una pizca de nobleza. 

No es pared de edificio sino de un pequeño patio adjunto a una iglesia. Tanto esta rúa, Camarín de San Martín, que ya he sacado en otra entrada, como Santo Domingo, son de esas calles paradigmáticas de otros siglos de Valladolid. Calles cortas que se han salvado de la destrucción y el afán inmobiliario debido a que hay iglesias y conventos en ellas. Aunque tampoco esto ha sido garantía de nada, pues la desaparición de edificaciones antiguas han tenido lugar tanto sobre edificios civiles como religiosos. O gracias también a que un viejo caserío, venido a menos, pero habitado sin cesar a lo largo de los tiempos, las ha preservado. O simplemente el azar, si es que tal existe, que detuvo la piqueta.

Y es que, como dijo Juan José Martín González, aquel agudo catedrático de Historia del Arte de nuestros años de aprendizaje, refiriéndose a una década peligrosa para el urbanismo vallisoletano, la de 1939/1949: "El casco histórico era atacado con principios radicales, ignorando su pasado y el valor de una gran parte de sus calles y edificios. El objetivo era obtener una circulación cómoda, con vías de notable ancho, que atravesaban en varias direcciones la ciudad. No hay la menor intención de salvar el casco viejo como unidad. Quedan sentenciados edificios de todo tipo, palacios, iglesias, teatros, mercados. El Valladolid histórico no se consideraba un objetivo venerable, sino un estorbo para la vida presente". (J.J.Martín González y María Antonia Virgili Blanquet, Arquitectura y urbanismo de valladolid en el siglo XX)

El paseante disfruta tanto de la humildad de unas paredes o de unas calles recoletas como de la prestancia de una fachada que se cite en libros de historia.




 

lunes, 28 de abril de 2025

Rescate de los colosos de Pedro Monje en la Rinconada

 



Los colosos se nos muestran de nuevo. Tras cerca de dos años secuestrados por las obras realizadas en el interior del Ayuntamiento, para lo cual cerraron el tramo de amplia acera donde se hallaban ubicados, helos aquí en su demostración de fuerza alegórica. El visitante o el ciudadano que no se haya parado a contemplar la fuente con estos hombres esforzados podría hacerse preguntas. ¿Por qué dos hombres desnudos empujan o caen exhaustos ante unos bloques de piedra? ¿Qué pretenden levantar con ellos? ¿No disponen de otras herramientas que sus propias manos y el empuje del esfuerzo físico que exhiben sus músculos? Todo es simbólico en esta fuente y las respuestas hay que hallarlas en la verdadera clave de sacar adelante un conjunto urbanístico: la relación entre el ser humano y la materia bruta transformada por este para sus necesidades de subsistencia y convivencia.

Sin duda el autor Pedro Monje Lara (Lopera, 1945-Valladolid, 2012) concibió la obra, inaugurada en 1996, como una representación de la construcción de la ciudad. Levantar y mantener una ciudad a lo largo de los siglos es sin duda algo colosal, y es en este sentido, más que en el tamaño de los individuos aquí representados que encarnan la metáfora, como quiero interpretar el sentido con que dotó el escultor a sus personajes. A mayores hay dispuestas en los otros extremos del círculo dos cabezas de carnero. En la tradición simbólica y mitológica el carnero encarna la energía, no solo la fuerza de ataque o empuje sino también la procreadora. Que las cabezas de carnero se nos hayan ofrecido siempre como punta de un ariete para abrir las puertas de una ciudad por un ejército no puede ocultar el elemento representativo del mito del vellocino de oro, la alianza entre autoridad y sabiduría. ¿No es precisamente la alianza del saber y del trabajo humano lo que edifica una urbe? 





No debe olvidarse el diseño de la fuente, con su consiguiente entramado hidráulico, discurrido por el arquitecto Fernando González Poncio, concebido horizontalmente, sin que su leve altura interrumpa la visión de ningún lado de esta parte de la Rinconada, ni siquiera la trasera de la casa consistorial. El plato de la fuente asume a los colosos sin abigarramiento alguno. Gracias a ello las figuras pueden atraer la atención de los viandantes y es precisamente la desnudez de estas lo que nos comunica la capacidad y el ejercicio físico, no transmitidos con un estilo realista. Su acabado prefiere centrarse en las posturas forzadas y el movimiento que ejercitan los personajes más que en un perfeccionamiento de facciones o manos, sin que por ello, más bien al contrario, dejen de transmitirnos el derroche de vigor, el impulso y el tesón de los dos colosos. Las proporciones de las figuras lo consiguen y el bronce se presta a todo ello.

Se agradece la recuperación del espacio y el rescate de la obra, a mi modo de ver de las más interesantes de tiempos recientes en la ciudad. Dedicada no a personajes públicos o privados como ha hecho siempre la tradicional estatuaria historicista o costumbrista, sino a algo que nos parece hoy borroso o que no cuenta o nadie da en pensar, ni siquiera las autoridades. La trayectoria de trabajo secular para mantener la ciudad. Al menos eso es lo que me sugiere. 



















domingo, 20 de abril de 2025

La campechanía y el compromiso inolvidables del ciudadano Millán Santos

 


Hay lugares por los que pasas por inercia o por comodidad. Otros a los que hay que ir expresamente si se los quiere conocer. El paseante tuvo noticia de una escultura dedicada a un personaje histórico local y buscó su emplazamiento. El barrio de las Delicias depara espacios de distintas épocas y distantes también entre sí. Hay una plaza nueva entre las calles Olmedo, Delicias y pácticamente el Paseo Juan Carlos I con una escultura especial. La de Millán Santos Ballesteros, una persona entregada a causas cívicas y populares desde los años 60 y durante el período de la Transición. La plaza también toma su nombre.

Un personaje que en su tiempo estuvo en las antípodas de la institución a la que pertenecía. Para muchos de los que le conocimos su recuerdo será imborrable. Cura de una parroquia de barrio obrero se le recordará más como educador o partícipe en el movimiento de barrio que como párroco. Potenciador de la educación de adultos en una época que esta no existía concentró en su entorno a colaboradores jóvenes de todo tipo, fueran de las creencias políticas que fuesen y con ámbitos de vida diversos, en una labor colectiva y voluntaria desde aquel callejón de la calle Hornija donde se levantaba su iglesia humilde.  




Para entender la sencilla y campechana postura del Millán Santos de piedra hay que saber de su no menos pétrea, en el sentido de resistente, filosofía en defensa de la gente de su barrio. Millán perteneció a aquella corriente, no mayoritaria pero sí persistente y abierta, de clérigos comprometidos por el desarrollo individual y la defensa de los valores democráticos, que entonces estaban impedidos, en que cualquier atisbo de libertad era reprimido. Millán prestaba los locales de la parroquia para reuniones de sindicalistas o estudiantes, clandestinos en aquellos tiempos, para auspiciar pequeños conciertos de cantautores, compartir apoyo económico en las incipientes cajas de resistencia cuando había huelgas en empresas. Contaba en la cercanía con miembros de las denominadas Comunidades cristianas de base, personas creyentes pero a la vez abiertas al diálogo con todos, comprometidas en la necesidad de los cambios políticos y de la mejora social y jurídica de los ciudadanos.

La escultura, obra de Lorenzo Duque Martín (La Mudarra,1952 - Laguna de Duero, 2023) no se inventa nada. Su rostro es el que Millán tenía, siempre afable y dispuesto a escuchar. El jersey, tal cual llevaba puesto. La pose, relajada y comunicadora. Su actitud, de libre interpretación. ¿Hace un alto relajante en su propia lectura? ¿Deja un instante el libro para escuchar al que viene a pedir su opinión? ¿Propone y enseña a otros? ¿Se abstrae ante la exigencia de lo que lee y compara con el mundo arriesgado que le tocó vivir? La idea de emerger de una roca poderosa, de apariencia bruta, pero dotada de la belleza de la piedra Alcor que tanto abunda por los Montes Torozos, me parece un logro. La piedra de este tipo está plagada de oquedades, como si por ellas se entrara a espacios recónditos y desconocidos, pero sabios. Porque la tierra siempre resguarda celosamente su primigenia sabiduría.




En la página de la empresa Alcor Rocas, SL, que produce materiales derivados de esta piedra se lee: "Las principales ventajas de este material están en su composición mineralógica fundamentalmente. La zona central del los Montes de Torozos donde se asientan estas calizas terciarias sobre y entre estratos de silicato de alúmina (arcillas rojas), hace que la caliza contenga gran cantidad de silicio cristalizado SiO2 lo que la da una dureza y brillo al pulido con un color beige a rojizo que unido a su textura travertínica la hacen especialmente atractiva. El color y la categoría del bloque 1ª ó 2ª determinan el acabado y el aspecto final del producto, así como su valor comercial acorde a sus características mecánicas y físicas"

Unas características que pueden explicar la conservación de este monumento y el tratamiento que el artista ha dado al mismo. 





En este lateral rocoso hay una leyenda: "Lo importante es que se devuelva al pueblo lo que le pertenece: la cultura, la distribución de la riqueza y la participación". Ignoro si esta cita fue expresada por Millán Santos Ballesteros, pero le podría venir como anillo al dedo.